sábado, 11 de julio de 2009

La medalla de San Benito



El día de hoy se conmemora la traslación de las reliquias de San Benito y de su hermana Santa Escolástica desde Montecasino a Francia, que tuvo lugar en el siglo VIII por obra de unos monjes de la abadía de Fleury (foto), los cuales, movidos de gran devoción al cenobiarca de Occidente, se las llevaron subrepticiamente según relata el historiador Pablo Diácono hacia el año 785. El hecho parece apoyarse documentalmente en una carta del papa Zacarías pidiendo a los obispos francos que convencieran a los monjes para que restituyeran las reliquias (cosa que no hicieron). Hoy éstas siguen en la abadía, cuya población adyacente ha tomado el nombre de Saint-Benoît-sur-Loire. La ciencia y la historia parecen corroborar su autenticidad. De hecho el culto a San Benito se desarrolló precisamente por la misma época del “rapto de las reliquias” y a partir de lo que es hoy el centro de Francia (que es donde se halla la abadía de Fleury), siendo así que en Italia aparece posteriormente, coincidiendo con la introducción del sacramentario gelasiano-franco.

Buena ocasión es, pues, la efeméride para hablar de un sacramental muy difundido y eficaz, aunque un poco olvidado en las últimas décadas: la Medalla de San Benito. Este gran santo tenía una gran devoción a la Cruz de Cristo, de la cual sacaba fuerza contra las tentaciones diabólicas que sufría (como narra San Gregorio el Grande en sus Diálogos). A sus monjes recomendaba siempre hacer frecuente uso del signo de la Cruz. Se cuenta que en cierta ocasión, algunos de ellos, hastiados de la disciplina austera que su fundador les imponía, intentaron envenenarle emponzoñando el vino de su copa. Al hacer San Benito sobre ella, como acostumbraba siempre antes de beber, la señal de la Cruz, se rompió, frustrándose las malas intenciones de los conjurados. San Mauro, su discípulo amado y sucesor como abad de Subiaco cuando Benito se retiró a Montecasino, es el autor de una bendición con la señal de la Cruz a favor de los enfermos.

Los benedictinos utilizaban constantemente la Cruz, costumbre que hizo que en la Edad Media se representase al santo patrón de Occidente con ella en una mano. Fue así como se le manifestó a un adolescente alsaciano llamado Brunón, segundogénito del conde Hugo de Egisheim, el cual, gravemente enfermo por la mordedura de un animal venenoso y habiendo perdido el habla, tuvo en sueños la aparición de un venerable monje que llevaba una cruz mientras bajaba del cielo por una escala que descendía hasta su lecho de enfermo. El jovencito quedó curado y reconoció en el monje a San Benito, a la difusión de cuya difusión contribuyó grandemente en Alemania, sobre todo cuando andando el tiempo se convirtió en el papa León IX. La historia fue recogida de labios del pontífice por el diácono Wilberto. Desde esta época fue ya generalizada la costumbre de representar a San Benito con la Cruz en la mano.

La existencia de la medalla de San Benito, ornada con la Cruz y unas misteriosas iniciales, sólo está atestiguada fehacientemente en el siglo XVII, cuando las Hijas de la Caridad, recién fundadas por San Vicente de Paúl la adoptaron para su rosario, pero este hecho presupone que ya existía desde tiempo atrás. Por esta misma época se produjo un hecho sorprendente en Alemania: durante el proceso a unas nigromantes en Baviera se pudo comprobar que en la región que había sido objeto de infestaciones demoníacas por obra de sus conjuros sólo un lugar se había visto incólume: el convento de Metten. Al investigarse a qué razón podía deberse se descubrió que en diversos lugares del claustro se hallaban representadas unas cruces con unas letras enigmáticas. Éstas fueron descifradas más tarde gracias a un manuscrito del siglo XV descubierto en la biblioteca del convento. Parece ser, pues, que es desde esta época cuando la Medalla de San Benito comenzó a extenderse, pero no recibió un reconocimiento oficial de la Iglesia hasta el breve del 12 de marzo de 1742, dado por Benedicto XIV, que la enriqueció con innumerables indulgencias. Desde entonces fue difundida ampliamente tanto suelta como insertada en un crucifijo.



La medalla representa en su anverso a San Benito blandiendo con una mano la Cruz como defensa contra sus enemigos y teniendo en la otra el libro de la Regla. En el reverso se representa una Cruz griega con cuatro círculos entre sus brazos y varias iniciales, cuyo significado es como sigue:

En los círculos: C S P B. Significa: CRVX SANCTI PATRI BENEDICTI (la Cruz del Santo Padre Benito).

En el travesaño de la Cruz: N D S M D. Significa: NON DRACO SIT MIHI DVX (Que el Dragón no sea mi guía).

En el árbol de la Cruz: C S S M L. Significa: CRUX SACRA SIT MIHI LVX (La Santa Cruz sea mi Luz)

Encima de la Cruz había antiguamente el monograma de Jesús (IHS), que ha sido reemplazado por la palabra PAX.

Una inscripción acróstica larga circunda todo el reverso de la medalla y está dividida en dos partes:

V R S N S M V. Significa: VADE RETRO SATANA, NVMQVAM SVADE MIHI VANA (Retrocede, Satanás, y nunca me logres tentar con vanidades).

S M Q L I V B. Significa: SVNT MALA QVAE LIBAS, IPSE VENENVM BIBAS (Lo que ofreces es veneno, bébetelo tú).

La medalla de San Benito es muy eficaz contra las tentaciones y contra las asechanzas de los enemigos del alma, particularmente el demonio, y las insidias de nuestros adversarios. También es eficaz para curar o aliviar a los enfermos y para los moribundos, a fin de que se vean librados de las tentaciones que suelen acometernos en el trance final. Es bueno tenerla colgada en la pared inserta en el crucifijo y llevarla encima de uno como medalla. Por supuesto, como todos los sacramentales no es un talismán ni se la debe tener de forma supersticiosa: ella presupone la fe y una vida cristiana, conformada con Jesús Crucificado a Quien hace referencia.


sábado, 4 de julio de 2009

Rosario sacerdotal: Primer Misterio Gozoso




"Yo no sé si ya sabes acerca de la devoción reparadora de los cinco primeros Sábados al Inmaculado Corazón de María. Como todavía esta reciente, me gustaría inspirarte a practicarla, porque es pedida por Nuestra querida Madre Celestial y Jesús ha manifestado un deseo de que sea practicada. También me parece que serias muy afortunada querida madrina, no solo de saberla y de darle a Jesús la consolación de practicarla, pero también de hacerla conocida y abrazada por muchas otras personas.

"Consiste de esto: Durante cinco meses en los Primeros Sábados, recibir a Jesús en la Sagrada Comunión, recitar un Rosario, mantener quince minutos de compañía a la Virgen mientras se meditan los misterios del Rosario, y hacer una confesión. La confesión se puede hacer unos pocos días antes, y si en esta confesión previa tu haz olvidado la intención (requerida), la siguiente intención se puede ofrecer, siempre y cuando en el Primer Sábado uno reciba la Sagrada Comunión en estado de Gracia, con la intención de hacer reparación por las ofensas en contra de la Santísima Virgen y las cuales afligen Su Inmaculado Corazón" (Carta de Sor Lucía dos Santos a doña María Miranda, su madrina).

Desde este Primer Sábado de mes, dedicado a honrar al Inmaculado Corazón de María, y cumpliendo con lo pedido por Ella como uno de los medios de santificarlo (a saber la meditación durante al menos quince minutos de alguno de los misterios del Santo Rosario), comenzamos a publicar unas meditaciones muy aptas para el Año Sacerdotal que acaba de comenzar, siguiendo las cuatro series de misterios: gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. Las iremos poniendo cada Primer Sábado de Mes y todos los sábados de octubre (Mes del Rosario) y mayo (Mes de María) próximos. Empezamos hoy con el primer misterio gozoso:



LA ENCARNACIÓN DEL VERBO

LA VOCACIÓN

La Anunciación (Leonardo)


Y al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón, que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado el ángel a donde estaba, dijo: "Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres". Y cuando ella esto oyó, se turbó con las palabras de él, y pensaba, qué salutación fuese ésta. Y el ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. He aquí, concebirás en tu seno, y parirás un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre; y reinará en la casa de Jacob por siempre, y no tendrá fin su reino". Y dijo María al ángel: "¿Cómo será esto, porque no conozco varón?" Y respondiendo el ángel, le dijo: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te hará sombra la virtud del Altísimo. Y por eso lo santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios. Y he aquí Elisabeth tu parienta, también ella ha concebido un hijo en su vejez; y este es el sexto mes a ella, que es llamada la estéril; porque no hay cosa alguna imposible para Dios". Y dijo María: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Y se retiró el ángel de ella. (San Lucas I, 26-38).


MEDITACIÓN

En este episodio de los Santos Evangelios se nos narra la vocación de María. Dios envía su ángel a la dulce Virgen de Nazaret con el objeto revelarle que es Ella la escogida para contribuir decisivamente a la obra trascendental de la Redención mediante la maternidad divina. Desde toda la eternidad el Padre celestial se había reservado del género humano dos personas para llevar a cabo sus arcanos designios de divinización de la creación: Jesús y María y los preparó con ese propósito. A Jesús, nacido de mujer e hijo de David secundum carnem, lo tenía destinado para que se uniese a Él hipostáticamente la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. María era la mujer en cuyo seno virginal y purísimo debía producirse ese milagro del que resultaría Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, el Cordero inmaculado nacido de la Cordera inmaculada. Dios Padre tenía sus planes, pero quiso someterlos a la decisión libérrima de María. La economía de la salvación, en este sentido, dependió de Ella. María estaba predestinada ciertamente, pero fue llamada por Dios para que su colaboración en la obra redentora fuera plenamente asumida, como fruto de un asentimiento deliberado.

Analicemos el texto de la Sagrada Escritura para comprender lo que debió ser para María el llamado de la vocación. San Gabriel comienza con un saludo que produce turbación en María. Algunos comentaristas creen que se debió al pudor virginal ante el ángel que en alguna manera invadía su intimidad, pero no parece que sea este el motivo, ya que el evangelista dice que Ella se turbó por las palabras del ángel, no por el ángel mismo, y se quedó meditando en su significado. Además, María era como una niña pequeña, sin malicia alguna, y no es pensable que pudiera albergar sospechas de tipo escabroso. ¿Qué fue, pues, lo que le dijo el mensajero de Dios que la turbó? Primero la saluda, luego la halaga diciéndole que es “graciosísima hasta el colmo” (según interpretación del Padre Alcañiz) y a continuación le dice: “El Señor está contigo”. Esta última frase tuvo que poner en alerta a la Virgen, que conocía perfectamente la Sagrada Escritura (como quedará probado por el Magníficat, de un precioso estilo davídico, que revela un alma familiarizada con la Biblia). Cada vez que el Señor confiaba una misión ardua a sus siervos en el Antiguo Testamento les decía: “No temas, Yo estaré contigo”. Así pues, al oír las palabras del ángel, María no pudo por menos de preguntarse: “¿Qué querrá Dios de mí, que me manda decir que está conmigo?”.

El ángel le aclara cuál es la misión que Dios le confía y para la que la llama. No lo hace con gran profusión de palabras ni con circunloquios, sino con frases certeras y directas, como saetas: “no temas”, “vas a concebir y dar a luz un hijo”, “que será el Hijo del Altísimo”, “reinará para siempre”. Con un rápido trazo le ha descrito el plan mesiánico de Dios, proyectándolo directamente a los Últimos Tiempos y el Reino (cuando se restauren todas las cosas en Cristo). Pero, ¿dónde está lo arduo? No se habla aquí de la Pasión ni del sufrimiento del Siervo de Dios. Nuevamente debemos buscar la explicación en el conocimiento que de la Palabra de Dios debía tener la Virgen, que los Evangelios nos presentan como un alma dada a la meditación. De hecho en la iconografía tradicional de la Anunciación siempre se la representa ante el libro abierto de la Sagrada Escritura. Ella a buen seguro que conocía la Ley y los Profetas, como buena israelita que era, pero además, al haber sido educada en el Templo ese conocimiento tenía que ser profundo. Por lo tanto, es claro que sabía lo que implicaba ser la Madre del Mesías, que reinaría para siempre, sí, pero que primero debía ser “varón de dolores”.

La Virgen cree al ángel y está dispuesta a plegarse a la voluntad de Dios, pero surge una dificultad, natural después de todo: ¿cómo se realizará lo que me dices, si no tengo las relaciones por las que se verifica naturalmente la concepción de un ser humano? Aquí, por cierto, hay un argumento a favor del dogma de la perpetua virginidad de María. Se ve por lo que dice San Lucas que Ella había hecho voto de virginidad perpetua; si no, la objeción no tendría sentido. El ángel podría haberle respondido: “no conoces varón ahora, pero lo conocerás; ¿cuál es el problema?” En cambio le responde con la revelación del modo divino mediante el que concebirá: por la virtud del Espíritu Santo y en prueba de que este prodigio no es impensable le cuenta que su prima Isabel va a ser madre a pesar de ser una mujer anciana (es decir, que ya habría pasado el climaterio). En este punto la Virgen, confiando completamente en el Señor, da su asentimiento, y lo hace substituyendo la voluntad de Dios a la suya, declarándose su esclava, es decir, entregando su libertad. María desde este momento ya no se posee; es posesión de Dios y ahora Él puede llevar tranquilamente a cabo sus planes, gracias a la libre docilidad y entrega de Sí misma de esta criatura suya, en la que depositó una confianza que no ha sido defraudada.

Encontramos en la Anunciación los elementos principales de lo que es la vocación sacerdotal. María ciertamente no es sacerdote en el sentido estricto del término, o sea “el que ofrece sacrificios a Dios”. Pero sí lo es en un doble sentido: por medio de su aceptación de la Divina Maternidad hace presente a Dios entre los hombres (cosa que es también competencia sacerdotal) y prepara la Víctima del gran sacrificio, del sacrificio por antonomasia, proporcionando al Verbo al hombre que con Él se va a unir hipostáticamente. En la Epístola a los Hebreos se leen estas palabras atribuidas a Jesucristo al tomar carne humana: “Me has dado un cuerpo: aquí estoy para hacer tu voluntad”. Es curiosa la coincidencia de disposición en María y en Cristo: “hágase en mí según tu palabra”, “aquí estoy para hacer tu voluntad”. En el mismo instante de la Encarnación. Dios Padre da al Verbo un cuerpo para llevar a cabo la obra de la Redención, pero se lo da por medio de la voluntad de María, que se pliega a la de su Creador. Así pues, la Virgen es un magnífico ejemplo de vocación para el sacerdocio y para los sacerdotes (que deben cultivarla hasta el último día de sus vidas terrenales).

¿Qué podemos aprender de Nuestra Señora en cuanto a la vocación? Las disposiciones con las que se ha de recibir: fe, sencillez, confianza, entrega. La Virgen es una mujer de fe profunda. Nos enseña una fe no está hecha de grandes y pomposas manifestaciones, sino que discurre como los ríos caudalosos, tranquilamente y serenamente. Una fe que está anclada en la Palabra de Dios, meditada y hecha vida de modo que la menor sugestión divina nos es reconocible. Una fe vivida, interiorizada, de modo que nuestros actos sean reflejos de ella. María es también una doncella de sencillez arrebatadora. No es engreída, a pesar de ser perfectamente consciente de su condición especialísima (que ha podido intuir a lo largo de su vida, especialmente durante su servicio en el Templo, y a través de sus mociones interiores y ahora le es confirmada por el ángel). No se ensoberbece y toma lo que le viene del Señor con una naturalidad pasmosa, que revela una personalidad sin artificio ni doblez. Esa misma sencillez que el Dios “que resiste a los soberbios” quiere en sus elegidos y exige de ellos. Una sencillez que en nosotros debe provenir de la consciencia de nuestra nada y de nuestra contingencia, de nuestra imperfección y nuestras limitaciones, de nuestras miserias y debilidades, que sabe que todo lo bueno que tenemos se lo debemos a Dios, es pura gratuidad de su munificencia.

Confianza. Nuestra Señora no pone en duda lo que se le anuncia de parte de su Señor, pero hay un obstáculo natural que Ella no sabe cómo se puede superar. San Gabriel le da una explicación sobrenatural y María se fía de lo que le dice. Si Dios lo dice, es que así será. ¡Cuántas veces no oponemos al llamado de Dios nuestras dificultades humanas! Que si mis padres, que si mi hacienda, que si mi situación económica, que si el trabajo, que si la seguridad material… El Evangelio narra un episodio de vocación personal de Cristo a un joven rico que tenía buenas disposiciones. Cuando el Maestro le dice que lo deje todo y lo siga, el muchacho se marcha entristecido “porque tenía muchas posesiones”. No se acababa de fiar de Jesús y prefería la seguridad que le otorgaban sus riquezas. ¡Qué pena de vocación frustrada! Pero pasa cuando se deposita la confianza en cualquier otra cosa que no sea Dios. Falta fe en la Providencia. Los Apóstoles eran hombres pobres y trabajadores en su mayor parte; se jugaban mucho por seguir a Jesús y, sin embargo, creyeron en Él y se fiaron de Él. Cuando se siente el llamado hay que entregarse total y confiadamente. “Me fio de ti; creo en lo que me has mandado decir y acepto”.

La entrega ha de ser total. Hay que abandonarse enteramente a Dios que llama. La Virgen expresó la radicalidad y plenitud de la entrega mediante la figura de la esclavitud: es decir, el dominio de una persona sobre otra, con poder de vida y de muerte, que es como se concebía esta institución en la Antigüedad. Me doy a Ti, Señor, haz de mí lo que se te antoje que mi voluntad es la tuya”. Que se cumpla en mí según tu palabra. En otro episodio evangélico en que se narra una vocación, el que era llamado por Cristo le dice que le espere a que vaya a enterrar a su padre muerto, lo que provoca la respuesta aparentemente dura del Señor: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú sígueme”. Es decir, que los afanes del mundo no nos hagan diferir la decisión de seguir el llamado. No podemos tener el corazón dividido y puesto en otra cosa que no sea Jesucristo. Tenemos que ser como Zaqueo, para quien la vocación fue una total conversión de vida, o como su colega el publicano Leví, que dejó su lucrativo negocio sin pensarlo dos veces y se convirtió en Mateo, el apóstol. En el momento que aceptamos la vocación ya no nos pertenecemos: somos los esclavos del Señor, como María en la Anunciación.


La vocación de Mateo (Caravaggio)

martes, 30 de junio de 2009

Julio: Mes de la Preciosísima Sangre



Salvete Christi vulnera,
Immensi amoris pignora,
Quibus perennes rivuli
Manant rubentis sanguinis.


LITANIAE PRETIOSISSIMI SANGUINIS D.N.I.C.





Mañana, 1º de julio, es la festividad de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que hace pendant de la de Corpus Christi. Con ella se completa en el año litúrgico la conmemoración de la Santísima Eucaristía: el Jueves Santo dedicado a recordar su institución durante la Última Cena; Corpus, a celebrarla especialmente bajo la especie del pan, y la fiesta que nos ocupa, bajo la especie del vino.

El culto a la Preciosísima Sangre es tan antiguo como el Cristianismo, ligado como está a la Cruz de Jesucristo, objeto primordial de la predicación apostólica (como puede verse en San Pablo). El derramamiento de sangre como expresión suprema del sacrificio (“Sine sanguinis effussione non fit remissio”), acto principal de la virtud de religión, está, además, ínsito en todas las creencias que hacen referencia a lo trascendente y numinoso, como lo demuestran la fenomenología y la historia de las religiones. No hay religión auténtica sin sacrificio y, consiguientemente, sin sacerdocio (por eso, el budismo, por ejemplo, es considerado más una filosofía). Vale la pena recordar la definición de sacrificio aportada por el benedictino Dom Anscario Vonier en su precioso librito Doctrina y Clave de la Eucaristía: “es la oblación de una cosa sensible, por su real o mística destrucción, que se hace a Dios como reconocimiento de nuestra absoluta dependencia respecto de Él”.

El sacrificio de la Cruz canceló todos los demás de la Ley Antigua, defectuosos por la insuficiencia de las víctimas, que no podían satisfacer condignamente el honor y la justicia divina. Jesucristo, el Verbo de Dios encarnado, hecho víctima, satisface no sólo condignamente, sino sobreabundantemente, porque todos sus actos son teándricos (a la vez divinos y humanos) y, por lo tanto, infinitamente meritorios. Su Pasión y Muerte sobre la Cruz bastaron una sola vez (semel) por todas, pero la repetición de los actos de religión es necesaria no sólo para favorecer este hábito (parte de la virtud cardinal de la justicia), sino para aumentar la gloria accidental de Dios. Por eso, Nuestro Señor instituyó la Santa Misa, por medio de la cual se renueva –mística e incruenta pero realmente– el sacrificio cumplido históricamente sobre el Calvario. Así también se prolongan en el tiempo y en el espacio y se aplican de modo actual los efectos salutíferos de éste.

En la Santa Misa el momento cumbre en el que se verifica el sacrificio es el de la consagración, mediante la cual, en virtud de las palabras de la institución pronunciadas separadamente por el sacerdote in persona Christi sobre el pan y el cáliz, se efectúa místicamente la destrucción de la Divina Víctima. La separación del Cuerpo y la Sangre del Señor mediante la doble consagración constituye la esencia del sacrificio eucarístico. Pero en cada una de las especies consagradas subsiste de modo misterioso, íntegro y permanente Jesucristo con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Esta Presencia Real posibilita el sacramento de la comunión y la adoración eucarística. Ambas cosas pueden realizarse con cualquiera de las dos especies. En principio, la comunión bajo la sola especie de vino es tan completa como la que se hace con la sagrada forma y nada impediría el culto del vino consagrado. La Iglesia, sin embargo, sabiamente ha restringido a la especie del pan ambos actos (excepto en el caso de la comunión sub utraque specie, preceptivo para los sacerdotes que celebran la misa y esporádico para los fieles de rito latino).

La devoción a la Preciosísima Sangre, latente en la Iglesia de los Mártires (cuya sangre derramada en testimonio de su fe era considerada participación de la Sangre del Redentor) y en la Patrística (sobre todo, gracias a san Agustín), conoció un gran desarrolló durante la Edad Media gracias a algunos prodigios eucarísticos, como los famosos milagros de los Corporales de Daroca (1239) y de Bolsena (1264), este último inmortalizado por Rafael en la Estancia de Heliodoro del Palacio Apostólico Vaticano. También por obra de algunos místicos como Santa Catalina de Siena y, más tarde, la beata Hosanna de Mantua, santa María Magdalena de Pazzis, la venerable sor Ana de Jesús (compañera de santa Teresa), Francisca de Bermond y santa María Francisca de las Cinco Llagas. Se ha de considerar asimismo la existencia de reliquias de la Preciosísima Sangre, cuyo culto está en el origen de muchas cofradías, como la Congrégation des Bonshommes fundada en el siglo XIII en Inglaterra por el duque Ricardo de Cornualles, hermano de Enrique III e hijo de Juan Sin Tierra. En fin, ¿cómo olvidar el Santo Grial, que, según, cuenta la Tradición, fue el cáliz usado por Nuestro Señor en la Última Cena y contuvo parte de la Preciosísima Sangre derramada sobre la Cruz? Esta reliquia que se venera en la Catedral de Valencia ha dado origen a múltiples leyendas, como la Quête du Graal del ciclo caballeresco del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda (asunto del Parsifal de Wagner), y también, desgraciadamente, a deformaciones pseudo-históricas (como las ficciones de Dan Brown).

La introducción del culto de la Preciosísima Sangre en la Liturgia Católica es más bien reciente. En Roma existía una cofradía a ella dedicada bajo Gregorio XIII (1572-1580). En 1808 era revivida por san Gaspar del Búfalo (fundador de los Misioneros de la Preciosa Sangre) y el P. Francesco Albertini en la iglesia de San Nicolás in Carcere Tulliano y elevada a archicofradía y enriquecida con numerosas indulgencias por Pío VII (1800-1823). Pero no fue hasta el pontificado del beato Pío IX cuando se instituyó la fiesta. El papa Mastai –que también había favorecido con diversos privilegios la archicofradía romana y había aprobado el Escapulario Rojo– dio un decreto en 1849, al regreso de su exilio de Gaeta, estableciendo una fiesta peculiar en honor de la Preciosísima Sangre a celebrarse en Roma con misa propia el primer domingo de julio. No podía ser más oportuno este recuerdo tan especial de la Pasión de Jesucristo en unos difíciles momentos para el Pontificado Romano, en trance de pasar su propia pasión por obra de la Revolución liberal y del Risorgimento.

En el año santo de 1933, para conmemorar el milésimo nongentésimo aniversario de la Pasión de Nuestro Señor, Pío XI extendió la festividad de la Preciosísima Sangre a la Iglesia universal con la categoría litúrgica de doble de primera clase (la máxima). El beato Juan XXIII aprobó el 3 de marzo de 1960 las Letanías respectivas, mandando incluirlas en el Rituale Romanum (tit. XI, cap. III), con lo que pasaron a ser auténticas (son las que reproducimos en estas líneas). Recomendamos vivamente rezarlas diariamente durante este mes de julio que empieza, a poder ser acompañando el Septenario de la Preciosísima Sangre que consignamos a continuación.



SEPTENARIO DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE


Oración preparatoria


¡Oh Sangre preciosa de Jesús!, precio infinito del rescate de la humanidad pecadora, bebida y lavatorio de nuestras almas, que protegéis continuamente la causa de los hombres ante el trono de la suprema Misericordia, os adoro profundamente, y quisiera, en cuanto me fuere posible, resarciros de las injurias y ultrajes que recibís continuamente de los hombres, especialmente de aquellos que se atreven temerariamente a blasfemar contra Vos. ¿Y quién no bendecirá esta Sangre de valor infinito? ¿Quién no se sentirá inflamado de amor a Jesús, que la derrama? ¿Qué sería de mí si no hubiese sido rescatado por esta Sangre divina? ¿Quién ha sacado de las venas de mi Señor hasta la última gota? ¡Ah! Ha sido ciertamente el amor. ¡Oh, amor inmenso, que nos has dado este tan saludable bálsamo! ¡Oh bálsamo inapreciable, brotado del manantial de un inmenso amor! ¡Ah! Haced que todos los corazones y todas las lenguas os puedan alabar, ensalzar y dar gracias, ahora y por siempre. Amén.


I

Eterno Padre, os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de Jesús, vuestro amado Hijo y divino Redentor mío, por la propagación y exaltación de mi querida Madre la Santa Iglesia, por la conservación y prosperidad de su Cabeza visible, el Soberano Romano Pontífice, por los Cardenales, Obispos y Pastores de almas y por todos los ministros del Santuario. Gloria Patri…

Sea siempre bendito Jesús y dénsele gracias, porque con su Sangre nos ha salvado.

II


Eterno Padre, os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de Jesús, vuestro amado Hijo y divino Redentor mío, por la paz y concordia entre los reyes y príncipes [gobernantes] católicos, por la humillación de los enemigos de la santa Fe y por la felicidad del pueblo cristiano. Gloria Patri…

Sea siempre bendito Jesús y dénsele gracias, porque con su Sangre nos ha salvado.



III


Eterno Padre, os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de Jesús, vuestro amado Hijo y divino Redentor mío, por la propagación y exaltación de mi querida Madre la Santa Iglesia, por el retorno de los incrédulos, por la extirpación de todas las herejías y por la conversión de los pecadores. Gloria Patri…

Sea siempre bendito Jesús y dénsele gracias, porque con su Sangre nos ha salvado.

IV


Eterno Padre, os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de Jesús, vuestro amado Hijo y divino Redentor mío, por todos mis parientes, amigos y enemigos, por los indigentes, enfermos y atribulados, y por todos aquellos por quienes sabéis que debo rogar y por quienes queréis Vos que ruegue. Gloria Patri…

Sea siempre bendito Jesús y dénsele gracias, porque con su Sangre nos ha salvado.


V

Eterno Padre, os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de Jesús, vuestro amado Hijo y divino Redentor mío, por todos aquellos que hoy pasarán a la otra vida, para que los libréis de las penas del infierno y los admitáis con la mayor solicitud en la posesión de vuestra gloria. Gloria Patri…

Sea siempre bendito Jesús y dénsele gracias, porque con su Sangre nos ha salvado.


VI

Eterno Padre, os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de Jesús, vuestro amado Hijo y divino Redentor mío, por todos aquellos que aman un tan gran tesoro, por todos los que se han unido conmigo en adorarlo y honrarlo, y, en fin, por todos los que se ocupan en propagar esta devoción. Gloria Patri…

Sea siempre bendito Jesús y dénsele gracias, porque con su Sangre nos ha salvado.


VII

Eterno Padre, os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de Jesús, vuestro amado Hijo y divino Redentor mío, por todas mis necesidades espirituales y temporales; en sufragio de las santas almas del purgatorio, especialmente de las que han sido más devotas del precio de nuestra redención y de los dolores y las penas de nuestra amada Madre María Santísima. Gloria Patri…

Sea siempre bendito Jesús y dénsele gracias, porque con su Sangre nos ha salvado.

Alabada sea la Sangre de Jesús, ahora y siempre y por todos los siglos de los siglos. Amén.



Letanías de la Preciosa Sangre


Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo óyenos.
Cristo escúchanos.
Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espiritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.
Sangre de Cristo, hijo único del Padre Eterno, sálvanos.
Sangre de Cristo, Verbo encarnado,
Sangre de Cristo, Nuevo y Antiguo Testamento,
Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra durante su agonía,
Sangre de Cristo, vertida en la flagelación,
Sangre de Cristo, que emanó de la corona de espinas,
Sangre de Cristo, derramada sobre la Cruz,
Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación,
Sangre de Cristo, sin la cual no puede haber remisión,
Sangre de Cristo, alimento eucarístico y purificación de las almas,
Sangre de Cristo, manantial de misericordia,
Sangre de Cristo, victoria sobre los demonios,
Sangre de Cristo, fuerza de los mártires,
Sangre de Cristo, virtud de los confesores,
Sangre de Cristo, fuente de virginidad,
Sangre de Cristo sostén de los que están en peligro,
Sangre de Cristo, alivio de los que sufren,
Sangre de Cristo, consolación en las penas,
Sangre de Cristo, espíritu de los penitentes,
Sangre de Cristo, auxilio de los moribundos,
Sangre de Cristo, paz y dulzura de los corazones,
Sangre de Cristo, prenda de la vida eterna,
Sangre de Cristo que libera a las almas del Purgatorio,
Sangre de Cristo, digna de todo honor y de toda gloria,
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

V. Nos rescataste, Señor, por tu Sangre.
R. E hiciste nuestro el reino de los cielos.


Oremos. Dios Eterno y Todopoderoso que constituíste a tu hijo único Redentor del mundo, y que quisiste ser apaciguado por su sangre, haz que venerando el precio de nuestra salvación y estando protegidos por él sobre la tierra contra los males de esta vida, recojamos la recompensa eterna en el Cielo. Por Jesucristo Nuestro Señor. V. Amén.


jueves, 25 de junio de 2009

El Padre Alcañiz y la consagración personal al Corazón de Jesús



Quizás no haya en época contemporánea alguien que haya contribuido más a la difusión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús que el R. P. Florentino Alcañiz García, S.I., incansable misionero y fundador de dos congregaciones religiosas a Él dedicadas: las Misioneras Hijas del Sagrado Corazón de Jesús y de las Celadoras del Reinado del Sagrado Corazón de Jesús. Al principiar este mes de Junio ya recomendamos su clásico libro de la Devoción (http://costumbrario.blogspot.com/2009/05/junio-mes-del-sagrado-corazon-de-jesus.html), universalmente divulgado y traducido a varias lenguas. Hoy, al finalizar este mismo mes, vamos a tratar sobre lo que debería ser su fruto: la consagración personal, es decir, el compromiso que consiste en que, al tiempo que confiamos nuestros asuntos en manos del Corazón de Jesús, nos ocupamos nosotros de los suyos, es decir, de extender su devoción y su reinado en las almas y en la sociedad mediante diferentes formas de apostolado.

Como hicimos respecto al Padre Mateo, repasaremos primero su biografía, interesante y ejemplar. Agradecemos a D. Rodolfo Vargas el texto que sigue y que escribió para un diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia (en la actualidad prepara la edición de una selección de textos del P. Alcañiz de próxima aparición).

Florentino Alcañiz García nació en Torrubia del Castillo (provincia de Cuenca), el 14 de marzo de 1893, en el seno de una familia sencilla que vivía de un molino de su propiedad sobre el río Júcar. Muy pronto se manifestó en él una fuerte inclinación a la vida contemplativa, al punto que quiso ingresar en la Orden de los Cartujos. Pudo más, sin embargo, el impulso del apostolado y el 12 de octubre de 1908, a los quince años, fue aceptado en la casa noviciado que los jesuitas tenían en Granada y que era conocida casualmente como la Cartuja. Como novicio conoció y trabó amistad con el mejicano Miguel Pro, futuro mártir de la persecución religiosa callista. También entró en contacto con la doctrina escatológica del milenarismo (la interpretación literal del capítulo XX del Apocalipsis), enseñada entonces por el P. Ramón Orlandis Despuig S.I. y más tarde por el insigne escriturista P. Ramón Rovira S.I. y que iba a tener un lugar preponderante en su pensamiento teológico.

La extraordinaria capacidad intelectual demostrada por el maestrillo Florentino Alcañiz, hizo que sus superiores lo enviaran a Roma, donde se doctoró en Filosofía por la Pontificia Universidad Gregoriana, obteniendo las máximas calificaciones y el título de Maestro Agregado. Su tesis De autografo Tractatus inediti Card. Ioannis de Lugo "De Anima" fue considerada una contribución importante a las ciencias sagradas. Por esa misma época publicaba su obra clave en escatología: Ecclesia patristica et millenarismus (La Iglesia Patrística y el Milenarismo), de la cual haría una importante glosa décadas más tarde el teólogo y escritor argentino P. Leonardo Castellani (publicada por las Ediciones Paulinas).

Ordenado sacerdote y hecha la profesión en la Compañía, pasó e enseñar en varios teologados jesuitas; tanto en España (Granada) como, más tarde, a partir de 1932 (cuando la Segunda República Española expulsó a los Padres de España), en el extranjero (Cerdeña y Bélgica). Paralelamente, se dedicó a difundir la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, tan propiamente jesuítica y que había hecho suya con gran fervor en sus años de noviciado, fruto de lo cual fue el libro por el que el Padre Alcañiz es más conocido: La Devoción al Corazón de Jesús, la mejor exposición histórica y ascética que se ha escrito en español del tema, parangonable al clásico francés La dévotion au Sacré-Cœur. Doctrine, histoire del P. Jean-Vincent Bainvel S.I.

Terminada la Guerra de Liberación, regresó a Granada, en cuya Facultad de Teología fue profesor. En esta misma ciudad tuvo trato espiritual con Carmen Méndez, con quien fundó en 1942 la congregación de las Misioneras Hijas del Corazón de Jesús, aprobada por el arzobispo (más tarde cardenal) Agustín Parrado y García. El Padre Alcañiz fue también inspirador de otra fundación: la de las Celadoras del Reinado del Corazón de Jesús, establecida por la religiosa salmantina Amadora Gómez Alonso y que recibió la aprobación canónica en abril de 1949 del obispo de Cuenca, mons. Inocencio Rodríguez Díez.

Con ser ingente su actividad, el espíritu misionero que lo animaba le pedía más; por eso, solicitó a sus superiores pasar a América para difundir la devoción al Sagrado Corazón entre los católicos del Nuevo Mundo. Escuchado que fue, le enviaron al Perú. Puso su cuartel general en Lima, a donde bajaba de vez en cuando desde el lugar en que se hallara para cumplir con la obligación de la vida en comunidad que es preceptiva incluso para los más inquietos hijos del de Loyola. Desde la capital peruana desplegó una increíble red de apostolado, yendo de pueblo en pueblo, a través de los Andes y llegando hasta a cruzar fronteras: el Ecuador, Colombia y Bolivia se beneficiaron también de su palabra fácil, amena, entrañable y estimulante.

Ningún obstáculo era infranqueable para el Padre Alcañiz. Fuera en un desvencijado coche o a lomo de caballo o mula, practicaba los senderos más peligrosos, bordeando precipicios, vadeando cursos torrentosos, salvando desprendimientos de roca, desafiando las inclemencias de un clima durísimo, los ataques de insectos inverosímiles y hasta el carácter huraño y desconfiado de más de alguna población que no había visto un rostro forastero en años y tal vez en décadas. A todo se acomodaba: se cuenta que en los lugares donde no encontraba sitio para pernoctar no se hacía un problema y dormía en algún nicho vacío del cementerio. Se hacía todo a todos: hacendados, braceros, peones, aristócratas, gentes citadinas, proletarios… todos se beneficiaron de su verbo y de su acción sacerdotal y a todos abrió sin distinción los tesoros escondidos en el Corazón de Jesús.

No se crea, sin embargo, que el Padre Alcañiz descuidó su vida intelectual: era un asiduo lector de la Sagrada Escritura, de la que sacaba muchos argumentos no sólo para su predicación, sino también para la reflexión teológica, en lo cual cumplió a la letra los deseos del Concilio Vaticano II, que quería una fundamentación más bíblica y menos especulativa de la Teología Católica. Fruto de sus largas horas de sumergimiento en la Palabra de Dios fue una magnífica serie de libros divulgativos bajo el título de “Destellos bíblicos”: El Padre Celestial, El Espíritu Santo, Psicología de la Virgen, San José, Los pequeños en la Biblia, El acto de caridad. En cada uno de ellos desarrolla con un maravilloso orden lógico cada asunto, analizando lo que la Biblia dice al respecto con una sencillez admirable y sin pedantería, lo que hace accesible a todos los públicos un discurso que, no por ello, deja de ser rigurosamente teológico. Estas obras fueron impresas —con la licencia de su buen amigo Mons. Mariano Jacinto Valdivia, obispo de Huaraz en los Andes peruanos— por las Misioneras Hijas del Corazón de Jesús, a las que había hecho establecerse en Lima, donde también tenían casa las Celadoras.

Un grave accidente sufrido en medio de sus andanzas andinas –y que a punto estuvo de costarle la vida– acabó abruptamente con su apostolado itinerante. Sus superiores le acabaron destinando al Colegio de la Inmaculada de Monterrico en Lima, donde se dedicó a las confesiones de los estudiantes y al estudio asiduo de las más diversas cuestiones, que interesaban a su espíritu inquieto y curioso de humanista. Investigó el fenómeno de las apariciones marianas, mostrando un verdadero entusiasmo por las presuntas manifestaciones de Garabandal (en un momento llegó incluso a adherir a las supuestas apariciones de El Palmar de Troya, pero se retractó humildemente). Profundizó en la mariología, llegando a proponer la “irredención” de la Virgen (su exención no sólo de la culpa sino del débito) y la consiguiente corredención plena con Jesucristo. Continuó con sus investigaciones escatológicas y llegó a escribir un osado compendio comentado (inédito) de La Venida del Mesías en gloria y majestad, conocida y controvertida obra que el ex jesuita chileno P. Manuel Lacunza publicó, a principios del siglo XIX, bajo el pseudónimo de Juan Josafat Ben Ezra y en la que defiende abiertamente el milenarismo.

El P. Alcañiz intentó fundar una nueva congregación inspirada en el anacoretismo de los Padres del desierto y la experiencia cenobítica: los Cartujos del Padre Celestial, en dos ramas: masculina y femenina. La experiencia no prosperó al dispersarse los primeros adeptos y optar algunos por otras órdenes ya establecidas. Hacia el final de sus días, volvió a la misa tradicional (hoy forma extraordinaria del rito romano). Sus últimos años los pasó apaciblemente en la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima en Miraflores (Lima). El 13 de agosto de 1981, se sintió repentinamente indispuesto y, tras breve agonía, murió con fama de santidad, a la edad de 88 años, siendo enterrado en el cementerio de la casa jesuita de ejercicios espirituales Villa Kostka en Huachipa (Lima), donde espera la resurrección de la carne y la vida perdurable.




LA CONSAGRACIÓN PERSONAL


El Padre Alcañiz es el gran promotor de la consagración personal al Sagrado Corazón de Jesús entendida como un pacto entre Él y el alma que se quiere consagrar. Ya dijimos que este pacto consiste en que confiamos al Señor todos nuestros asuntos y, a cambio, nos comprometemos a cuidar nosotros de los suyos.



EL ABC DE LA CONSAGRACIÓN PERSONAL

A.- ¿Qué dejamos en manos del Corazón de Jesús? ¡Todo! Alma y cuerpo. Familia, bienes de fortuna y bienes espirituales.

B.- ¿Qué prometemos a cambio? Difundir la devoción y el reinado del Corazón de Jesús mediante el apostolado y reparar las ofensas que se le infieren.

C.- ¿Cómo puede desarrollarse el apostolado del Corazón de Jesús?

1. Oración: mental y vocal, constante, de manera que el alma se llene de Dios y salgan espontáneamente las jaculatorias como flechas de amor)

2. Sacrificios: a) pasivos o de aceptación de las tribulaciones y b) activos o de mortificación

3. Ocupaciones diarias (hacer de ellas trabajos apostólicos)

4. Propaganda: a) oral, b) escrita y c) de difusión.


ENLACE AL TEXTO DEL PADRE ALCAÑIZ


¡Sacratísima Reina de los cielos y Madre mía amabilísima! Yo N.N., aunque lleno de miserias y ruindades, alentado sin embargo con la invitación benigna del Corazón de Jesús, deseo consagrarme a Él; pero, conociendo bien mi indignidad e inconstancia, no quisiera ofrecer nada sino por tus maternales manos, y confiando a tus cuidados el hacerme cumplir bien todas mis resoluciones.

Corazón dulcísimo de Jesús, Rey de bondad y de amor, gustoso y agradecido acepto con toda la decisión de mi alma ese suavísimo pacto de cuidar Tú de mí y yo de Ti, aunque demasiado sabes que vas a salir perdiendo. Lo mío quiero que sea tuyo; todo lo pongo en tus manos bondadosas: mi alma, salvación eterna, libertad, progreso interior, miserias; mi cuerpo, vida y salud; todo lo poquito bueno que yo haga o por mi ofrecieren otros en vida o después de muerto, por si algo puede servirte; mi familia, haberes, negocios, ocupaciones, etc., para que, si bien deseo hacer en cada una de estas cosas cuanto en mi mano estuviere, sin embargo, seas Tú el Rey que haga y deshaga a su gusto, pues yo estaré muy conforme, aunque me cueste, con lo que disponga siempre ese Corazón amante que busca en todo mi bien.

Quiero en cambio, Corazón amabilísimo, que la vida que me reste no sea una vida baldía; quiero hacer algo, más bien quisiera hacer mucho, porque reines en el mundo; quiero con oración larga o jaculatorias breves, con las acciones del día, con mis penas aceptadas, con mis vencimientos chicos, y en fin, con la propaganda no estar a ser posible, ni un momento sin hacer algo por Ti. Haz que todo lleve el sello de tu reinado divino y de tu reparación hasta mi postrer aliento, que ¡ojalá! sea el broche de oro, el acto de caridad que cierre toda una vida de apóstol fervorosísimo. Amén.

(Hay concedida indulgencia parcial a todos los fieles que devotamente reciten esta consagración personal al Sagrado Corazón de Jesús).

Forma resumida de pacto con el Corazón de Jesús:

"Corazón de Jesús yo cuidaré de tu honra y de tus cosas y tú cuida de mí y de las mías."




viernes, 19 de junio de 2009

¡Recuperemos la Hora Santa!


"Velad y orad para no caer en tentación:
el espíritu está dispuesto, mas la carne es débil"

En una e sus apariciones a Santa Margarita María de Alacoque, el Sagrado Corazón de Jesús le enseñó una práctica de piedad llamada “Hora Santa”. Fueron sus palabras:

«Todas las noches de jueves a viernes te haré participar en la tristeza mortal que tuve a bien experimentar en el Huerto de los Olivos ; la cual te reducirá, sin que tú puedas comprenderlo, a una suerte de agonía más dura de soportar que la muerte. Y para acompañarme en esta humilde plegaria que entonces presenté a mi Padre en medio de todas mis angustias, te levantarás entre las once y medianoche para prosternarte una hora conmigo, con el rostro en tierra, tanto para apaciguar la cólera divina, pidiéndole misericordia para los pecadores, como para aliviar de algún modo la amargura que sentí por el abandono de mis apóstoles, que me obligó a reprocharles el no haber podido velar ni una hora conmigo. Durante esta hora tú harás lo que te eneñaré».

Las notas caracterísiticas de este ejercicio de piedad están contenidas en estas palabras de Nuestro Señor que acabamosde consignar. Repasémoslas :

1. Se trata de una hora ininterrumpida de oración (mental o vocal).
2. En la noche de jueves a viernes, entre las once y las doce de la noche.
3. Con postración (todo el cuerpo prosternado, con la cabeza tocando el suelo).
4. Oración de propiciación y de impetración.
5. Hacer compañía a Jesús.

Es importante no confundir la Hora Santa con la adoración al Santísimo Sacramento, con la que no está directamente relacionada. Aquí se recuerda la agonía de Getsemaní que siguió a la Última Cena y fue el preludio de la Pasión. Santa Margarita María no la practicaba en la capilla del monasterio, sino en su celda. Aunque sea muy laudable hacer la Hora Santa delante del Tabernáculo, no ha de perderse de vista que su objeto principal no es la oración de culto latréutico ni de acción de gracias, sino la oración de expiación e intercesión por los pecadores. Ambién es importante señalar que, si bien, nada impide que se haga en común para mejor ayudar a la meditación, es ésta una devoción de intimidad con Jesús.

Lo ideal es practicar la Hora Santa tal y como fue revelada a la gran vidente de Paray-le-Monial, pero la Iglesia, Madre sabia y comprensiva, al aprobar la archicofradía respectiva, quiso facilitar este ejercicio a los fieles, poniéndola al alcance de todos, incluso de los que se hallan aquejados de enfermedad, debilidad o cualquier otro impedimento. Así, puede llevarse a cabo : a) en el espacio de una hora seguida desde el atardecer del jueves hasta el amanecer del viernes, y b) simplemente de rodillas, sin postración, o hasta sentado o echado si se está físicamente impedido.

Nuestro Señor pidió periodicidad semanal –« todas las noches de jueves a viernes » – a su confidente, pero si no se es capaz de esa regularidad, al menos sí es recomendable preparar el Viernes Santo, los Primeros Viernes de Mes, la festividad solemne del Sagrado Corazón de Jesús, la de Cristo Rey y otras ocasiones durante el año (como los días de carnaval y la nochevieja) mediante una Hora Santa lo más aproximada al modo deseado por el Santísimo Redentor.

Una manera práctica consiste en encender dos cirios delante de la imagen del Sagrado Corazón que se tenga en el dormitorio o en casa y extender una alfombrilla en el suelodelante de ella para prosternarse. Si no se puede estar on el rostro en tierra todo el rato, puede emplearse para apoyarlo un cojín, como el de que disponen los ministros en la ceremonia del Viernes Santo en Parasceve al inicio de la Acción Liturgica posmeridiana. No hace falta ninguna fórmula preestablecida para recitar. Basta que se tenga la intención de acompañar al Señor durante esa hora, como si estuviésemos con Él en Getsemaní y pedir perdón y misericordia, desagraviándole. Esto puede hacerse mentalmente, sin necesidad de oración vocal. Lo importante es no distraerse ni dormirse en esta postura. Si prevemos que el cansancio nos traicionará, cada cuarto de hora podemos levantarnos y orar de pie o arrodillados. También se puede hacer las meditaciones sentados y los afectos postrados. En fin, cada cual haga como mejorse acomode a su naturaleza, su devoción y sus posibilidades.

El R.P. Mateo Crawley-Boevey, SS.CC., de quien hemos hablado ampliamente la semana pasada fue también un gran apóstol de esta práctica de la Hora Santa, a la cual dedicó un libro llamado precisamente con ese nombre : Hora Santa, el cual contiene modelos de meditación y oración para hacerla con fruto y cuyos vínculos ponemos a continuación para quien quiera aprovecharse de ellos :

Enero : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Enero.htm

Febrero : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Febrero.htm

Marzo : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Marzo.htm

Jueves Santo : http://www.geocities.com/asociacionmariana/SeptJuevSto.htm

Abril : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Abril.htm

Mayo : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Mayo.htm

Junio : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Junio.htm

El Corazón de Jesús : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Reinadointimo.htm

Julio : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Julio.htm

Agosto : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Agosto.htm

Septiembre : http://www.geocities.com/asociacionmariana/SeptJuevSto.htm

Octubre : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Octubre.htm

Cristo Rey : http://www.geocities.com/asociacionmariana/FiestaRealezaCristo.htm

Noviembre : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Noviembre.htm

Diciembre : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Diciembre.htm

Año nuevo : http://www.geocities.com/asociacionmariana/ANuevo.htm

Para los niños : http://www.geocities.com/asociacionmariana/ninos.htm

Para los atribulados : http://www.geocities.com/asociacionmariana/Paralasalmas.htm

Antiguamente la Hora Santa era una práctica bastante extendida, gracias a los apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, como el P. Mateo o el P. Alcañiz. Hoy parece que el entusiasmo de los fieles se ha entibiado, debido en buena parte a que nuestra vida doméstica ha sido invadida (o la hemos dejado invadir) por distracciones si no poco o nada cristianas, sí indiferentes, pero a las que no somos capaces de renunciar ni siquiera por una hora en obsequio del Señor. La televisión, internet, los juegos virtuals y otros entretenimientos que, en sí mismos, no tienen por qué ser malos (si se usan razonablemente como instrumentos para fines buenos y elevados), nunca deben ser, en todo caso, un obstáculo que nos impida elprivilegio de un tiempo de intimidad con el Corazón que todo lo ha dado por nosotros.
Mañana, sábado 20 de junio, tendrá ugar la vigilia de preparación para la renovación de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, ocasión inmejorabe para practicar este santo ejercicio. ¡Recuperemos en nuestras vidas la Hora Santa!

viernes, 12 de junio de 2009

La entronización del Sagrado Corazón de Jesús y el Padre Mateo



Entre los apóstoles contemporáneos del Corazón de Jesús tiene un lugar especial el célebre Padre Mateo Crawley-Boevey y Murga, religioso de la congregación de los Sagrados Corazones, gran impulsor de dos obras que han tenido una amplísima difusión entre los católicos: la entronización en los hogares y la Hora Santa. Hoy vamos a ocuparnos de la primera, dejando la segunda para más adelante. Pero antes trazaremos algunas pinceladas sobre la vida del Padre Mateo.

Nació en la localidad de Tingo, cerca de Arequipa (Perú), el 18 de noviembre de 1875, siéndole impuesto en el bautismo el nombre de Eduardo Máximo. Hijo de padre británico y madre peruana, creció entre dos culturas, lo que le permitió no sólo desarrollar su natural aptitud para los idiomas, sino también para adquirir un útil conocimiento humano, complementado por su educación francesa en el colegio de los Sagrados Corazones de Valparaíso (Chile), ciudad a la que había ido a residir la familia después de sucesivas estancias en el Perú y en Inglaterra.

Cuando contaba trece años el mundo se enteró de la piadosa muerte del P. Damián de Veuster, el apóstol de los leprosos, que pertenecía a la congregación de sus educadores. Este hecho no dejó de ejercer su influencia en la naciente vocación del joven Eduardo, que, edificado por el ejemplo del héroe de Molokai, se decidió a entrar en los Sagrados Corazones. Al principio su padre se opuso, pero finalmente lo dejó marchar, comenzando su noviciado el 2 de febrero de 1891. En religión cambió su nombre por el de José Estanislao.

Desde el principio se distinguió el novicio Crawley-Boevey por su fervor eucarístico, pasando mucho tiempo en adoración ante el Santísimo en la capilla. Sus superiores se mostraron siempre contentos de él por su observancia y regularidad. Hizo la profesión temporal el 11 de septiembre de 1892. Entonces cambió su nombre de Hno. José Estanislao por el de Hno. Mateo, para no ser confundido con otro religioso que llevaba el mismo nombre. El P. General quiso enviarlo a estudiar a la Universidad Católica de Lovaina para completar sus estudios, pero el P. Provincial de Chile consiguió retenerlo. Fue ordenado sacerdote por el arzobispo Jaime Casanova y Casanova en la catedral metropolitana de Santiago de Chile, el 17 de diciembre de 1898.

Su primer apostolado fue entre los obreros de Valparaíso en el seno de la llamada Acción Social, obra de la Iglesia para paliar y remediar en lo posible la triste situación de explotación que sufrían los trabajadores por entonces. El P. Mateo sabía ganarse a la gente por su sincera preocupación por sus problemas y por su contagiosa confianza en Dios. Su gran caridad quedó de manifiesto con ocasión del terrible terremoto que azotó Valparaíso el 16 de agosto de 1906, destruyendo prácticamente por completo la ciudad. Tanto se desvivió por socorrer a los damnificados que cayó seriamente enfermo. Entonces los médicos recomendaron a sus superiores que lo enviaran de viaje para reposarse, como así hicieron.

Marchó a Europa, donde, gracias al cardenal capuchino Vives y Tutó, fue recibido por en audiencia privada por el papa San Pío X, al que confió un íntimo proyecto que venía acariciando en su mente desde hacía algún tiempo: la entronización de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en los hogares. El Romano Pontífice, después de escucharlo atentamente, le mandó que consagrara su vida a esa obra. De Roma fue a Francia y visitó el monasterio de Paray-le-Monial, donde el Corazón de Jesús se había aparecido a su gran confidente y mensajera Santa Margarita María de Alacoque. Allí llegó el 24 de agosto de 1907, quedándose durante un tiempo. Fue entonces cuando el P. Mateo se corroboró en el apostolado al que Dios le llamaba y que se convertiría en la razón de su existencia: propagar allí por donde fuere la gran devoción del Corazón Divino en sus varias manifestaciones: la práctica de los primeros viernes de mes, la Hora Santa, la entronización en los hogares, la adoración nocturna, etc.

Al regresar a Chile fundó en 1908 el Secretariado de la Entronización y difundió libros y folletos de propaganda, logrando en poco tiempo que miles de familias se consagraran a Jesús, Rey de Amor (precisamente el título de uno de sus libros más conocidos). Pero no sólo los hogares observaron esta práctica: colegios, fábricas, negocios, hospitales, despachos, administraciones públicas y otros establecimientos también hicieron la entronización, que se extendió prodigiosamente por toda Sudamérica. Hasta fue ocasión de grandes conversiones de gente alejada de la práctica religiosa.

En 1914 emprendió un largo viaje por Europa, visitando varios países. El 6 de abril de 1915 lo recibió en audiencia privada Benedicto XV, que aprobó la obra de la entronización mediante una carta fechada el 27 de abril siguiente. En ella la definió con estas palabras: «La instalación de la imagen del Sagrado Corazón, como en un trono, en el sitio más noble de la casa, de tal suerte que Jesucristo Nuestro Señor reine visiblemente en los hogares católicos». Se trata, pues, no de un acto transitorio, sino de una verdadera y propia toma de posesión del hogar por parte de Jesucristo, que debe ser permanentemente el punto de referencia de la vida de la familia, que se constituye en súbdita de su Corazón adorable.


El acto del Cerro de los Ángeles hace noventa años


El P. Mateo recorrió dos veces toda España. Aquí promovió la erección del monumento al Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles e hizo de todo por obtener la consagración de la nación, que finalmente realizó don Alfonso XIII el 30 de mayo de 1919 –hace ahora noventa años–en aquél lugar, con asistencia del propio P. Mateo. A este respecto, existe un interesantísimo dato que aporta en uno de sus libros: el Rey, que le concedió audiencia, le refirió que, al anunciarse que consagraría España al Sagrado Corazón de Jesús, recibió la visita de una delegación de significados masones que le advirtieron que no llevara a cabo tal acto. Al responder el monarca que seguiría adelante con su propósito, los caballeros se retiraron diciéndole que con ello había sellado el destino de su reinado (efectivamente, doce años más tarde caía la monarquía en España, en lo que la masonería tuvo una parte significativa).

Pío XI apoyó al P. Mateo en su intenso apostolado, concediéndole cinco audiencias privadas y apoyando especialmente su obra de la adoración nocturna en los hogares. En una de esas veces el religioso peruano le regaló una medalla del Sagrado Corazón al Papa, que prometió conservarla en su despacho y acordarse de su dador cada vez que la mirara. En otra ocasión el Santo Padre rechazó la petición del gobierno peruano para que el P. Mateo se convirtiera en nuevo arzobispo de Lima. A la sazón, el anterior prelado, el vicentino Mons. Emilio Lissón Chávez, había tenido que renunciar a su sede y marcharse del país por una conjura política en su contra tras el derrocamiento del católico presidente Leguía. El piadoso arzobispo Lissón había intentado consagrar el Perú al Sagrado Corazón en 1923, pero el solemne acto fue frustrado por los sectarios. Pío XI quería, pues, ahorrar esa clase de disgustos al P. Mateo y respondió amable y agudamente al gobierno que era "mejor dejar al religioso ser un bombardero del Corazón de Jesús en todo el mundo que un coronel-comandante en plaza”.

El P. Crawley-Boevey llegó en 1935 hasta Asia, predicando en el Indostán, el Lejano Oriente y el Sudeste asiático. De vuelta a Europa, pasó poco después a Nortemérica, donde misionó profusamente en los Estados Unidos y el Canadá. En 14 de abril de 1949, que era Jueves Santo, se sintió mal, manifestándosele la afección cardíaca que le acompañaría el resto de sus días. No por ello cesó en sus correrías, pero tuvo que ir dejando progresivamente sus actividades y su vida se convirtió en un verdadero calvario. Se cumplió cabalmente lo que él mismo anunció: «Cuando ya no pueda predicar, escribiré; cuando ya no pueda escribir, rezaré; cuando ya no pueda rezar, siempre podré amar sufriendo y sufrir amando». En febrero de 1956 tuvo que regresar ya definitivamente a Valparaíso.

Tres años más tarde se le diagnosticó una leucemia y ya no pudo celebrar la santa misa. Afectado por una úlcera maligna en la pierna derecha, sufrió la amputación de ésta el 14 de enero de 1960. En medio de sus sufrimientos atroces tuvo el consuelo de recibir la visita del P. General de los Sagrados Corazones, que quedó muy edificado del espíritu con que el P. Mateo los asumía. Falleció santa y apaciblemente en el curso de una postrer hemorragia y habiendo recibido la extremaunción y el viático, el 4 de mayo de 1960. Tenía 84 años de edad. Noticiado el papa de entonces, beato Juan XXIII, envió por medio de su secretario de Estado, cardenal Domenico Tardini, el siguiente mensaje de pésame al Superior General: “El Santo Padre está totalmente familiarizado con la misión que este infatigable apóstol llevó a cabo durante toda su vida: la difusión del culto del Sagrado Corazón. Por esto es consolador el pensar que la triste pérdida que ha sufrido la Congregación de los SS. Corazones se compensa con la presencia en el cielo -como podemos creer- de un nuevo y poderoso protector”.


ENTRONIZACIÓN EN LOS HOGARES


1.- En qué consiste.

Ya citamos las palabras de Benedicto XV definiendo esta piadosa práctica: «La instalación de la imagen del Sagrado Corazón, como en un trono, en el sitio más noble de la casa, de tal suerte que Jesucristo Nuestro Señor reine visiblemente en los hogares católicos» (Carta al Padre Mateo, 27 de abril de 1915). Vemos que lo esencial es:

a. La imagen del Sagrado Corazón de Jesús.
b. El lugar preferente de la casa.
c. Consagrar el hogar para que reine visiblemente en él el Divino Corazón.


2.- A qué compromete.

El acto de la entronización implica un compromiso de la familia que lo realice. No se trata de un acto aislado, sino del primer acto de un modo de vida, en el que todos los miembros de aquélla se hallan en adelante llamados a llevar. Ese modo de vida es someterse de voluntad y con gusto al imperio suavísimo de Cristo Rey mediante el reinado de su Amor, representado en el Sagrado Corazón. ¿Cómo se verifica esto? Cumpliendo los deberes del cristiano, observando los mandamientos de la Ley de Dios y los preceptos de la Santa Madre Iglesia, haciendo pública profesión de fe católica sin avergonzarse de ella y difundiendo en lo posible esta devoción.

El cabeza de familia tiene en esto un papel fundamental y decisivo: debe dar ejemplo, debe corregir, debe recordar a todos el ser fieles al que es en realidad el Rey de la casa. Debe ser como un lugarteniente del Corazón Divino y, como Él, ser bondadoso y providente con todos los de la casa: familiares y domésticos. Estos últimos son una prolongación de la familia y deben ser tratados como prójimos, con justicia y caridad, pero también con cariño porque son colaboradores que conviven bajo el mismo techo. Ellos también están llamados a sumarse a la consagración.

En una casa consagrada no debe entrar mala prensa, ni se debe dar un uso irrestricto de Internet sin que los padres vigilen, no deben proferirse por supuesto blasfemias ni palabras malsonantes; la inmodestia en los vestidos ha de estar desterrada; deben observarse los días de precepto y los días de ayuno y abstinencia; el aniversario de la consagración tendría que ser un día de fiesta especialísimo; los padres deberían tener la piadosa costumbre de bendecir a sus hijos y los hijos de pedir la bendición; sería recomendable tener una pequeña pileta de agua bendita para uso de los de casa; también rezar el rosario en familia y practicar los ejercicios de los meses de junio (Sagrado Corazón), mayo (mes de María) y marzo (mes de San José); en lo posible, acudir juntos a la misa dominical, y tener el catecismo en familia.


3.- Cómo se realiza.

Siendo la consagración un acto a cargo del cabeza de familia, la presencia del sacerdote es testimonial y no estrictamente necesaria, pero sí muy recomendable, especialmente si se ha de llevar a cabo en conformidad con la obra de la entronización, cuyo secretariado depende de la congregación de los Sagrados Corazones (Picpus). Eso sí, la imagen a entronizar ha de ser bendecida. Si no se bendice en el curso del acto de entronización por falta de sacerdote, se debe bendecir previamente a él.

Lo ideal es llamar a un sacerdote que sea religioso de los Sagrados Corazones, contactando con el secretariado local de entronización. La casa puede aderezarse como para día de fiesta, pero con buen gusto. El trono debe estar alzado en el lugar más noble y adornado de flores y candelas. Al acto sería muy bueno que fueran invitados los vecinos y amigos más estrechos de la familia y tener preparado un refrigerio para obsequiarles por su presencia.

El sacerdote, revestido de sobrepelliz y estola, procederá a bendecir la imagen. A continuación, lee el acto de reparación al Sagrado Corazón y dirige las letanías correspondientes. Acabadas éstas, el cabeza de familia pronuncia el acto de consagración de su hogar y se suele terminar con el canto de algún himno a Cristo Rey y de la Salve a la Virgen. El sacerdote, entonces, extiende el diploma oficial de la obra de entronización.

Después de la ceremonia y del refrigerio a los invitados, sería recomendable que la familia tuviera una comida o cena con el sacerdote como convidado.


No olvidemos la promesa del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque: “Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y honrada”. Recomendamos vivamente la práctica de la entronización de los hogares.

jueves, 4 de junio de 2009

La Gran Promesa de la comunión de los Nueve Primeros Viernes de Mes


A lo largo de la Historia el Sagrado Corazón de Jesús ha tenido amigos y confidentes, pero qué duda cabe que entre todos descuella santa Margarita María de Alacoque, a la que distinguió por medio de la gran revelación de esta devoción a finales del siglo XVII. En una de sus apariciones a la visitandina, un viernes de 1688, el Señor le dijo: « Je te promets dans l'excès de la miséricorde de mon Cœur que son amour tout-puissant accordera à tous ceux qui communieront les premiers vendredis neuf fois de suite la grâce de la pénitence finale ; qu'ils ne mourront point dans ma disgrâce ni sans recevoir leurs sacrements et que mon Cœur se rendra leur asile assuré à cette dernière heure » (Yo te prometo en el exceso de misericordia de mi Corazón que su amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren los primeros viernes de mes nueve veces seguidas la gracia de la penitencia final ; que no morirán en mi desgracia ni sin haber recibido sus sacramentos y que mi corazón se volverá para ellos un asilo seguro en la última hora).

¡Magnífica promesa! Por eso se la llama “la Gran Promesa”, pues en ella ofrece el Corazón de Jesús nada menos que la seguridad de la salvación a los que comulgaren nueve primeros viernes de mes seguidos. Ya en 1674, había instado a santa Margarita María a esta práctica, pidiéndole que comulgara “siempre que la obediencia se lo permita, especialmente todos los primeros viernes”. Catorce años después quería que esta comunión se extendiera a todos, vinculándole nada menos que la certeza de la perseverancia final. En toda la Historia de la Iglesia sólo se conocía una promesa del género: la del Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen, hecha a san Simón Stock en el siglo XIII. Ahora se añadía la hecha por Jesucristo mismo a su confidente cuatro siglos más tarde, en el curso de unas revelaciones que constituían “un último esfuerzo del amor del Señor amor para con los pecadores, con el objeto de llevarlos a penitencia y darles abundantemente sus gracias eficaces y santificantes, y así obtener su salvación” (Sta. Margarita María: Carta 102). El paralelo de estas dos grandes promesas está plasmado en la medalla-escapulario que, por privilegio de san Pío X, puede substituir el escapulario de tela del Carmelo y que representa en una cara al Sagrado Corazón y en la otra a la Santísima Virgen bajo la advocación del Carmen.

Como con el Santo Escapulario, se han dado malos entendidos respecto de la gran promesa de la comunión de los nueve primeros viernes de mes. Los enemigos de la Iglesia se ríen de una revelación que promete el cielo por sólo unos actos de piedad, diciendo: “¡Qué barato sale salvarse!”. Y piensan que todo consiste en que basta comulgar nueve primeros viernes seguidos y después hacer uno lo que le venga en gana. “Total –continúan– hágase lo que se haga, se tiene ya asegurado el Paraíso: ¡palabra de Jesucristo!”. Por desgracia, hay no pocos entre los católicos que también piensan eso, cayendo así en el terrible pecado de presunción, al creer que la misericordia divina los salvará sin conversión y les dará la gloria sin mérito. Es como si se dijeran: “comulguemos los nueve primeros viernes y después pequemos cuanto queramos”, lo cual es una deformación odiosa de la Gran Promesa y un terrible abuso de la confianza y de la bondad del Divino Corazón.

Vamos a disipar equívocos. No es que quien comulgue nueve primeros viernes de mes seguidos posea ya infaliblemente un certificado de salvación, sino que esa serie de nueve comuniones, si hechas digna y reverentemente y con recta intención, le proporcionarán las gracias necesarias para ser un buen cristiano y, como consecuencia y colofón, le granjearán una buena muerte, la muerte de los justos. No debemos ver en la promesa un automatismo y una eficacia mágica, como si pudiéramos manipular las cosas de Dios para obtener determinados resultados. Tanto si se lleva el escapulario, como si se comulga los nueve primeros viernes (o los cinco primeros sábados de mes, de los que hablaremos en otra ocasión), ello presupone en principio una vida cristiana y conforme a la Ley de Dios y los preceptos de la Iglesia (aunque uno tenga caídas y recaídas, propias de nuestra naturaleza quebrantada por el pecado original). Tales prácticas a las que van aparejadas tan extraordinaria promesa como es la de la perseverancia final se suponen siempre en buena fe. Es decir, quien las llevare a cabo dolosamente, con el único propósito de asegurarse la salvación y llevar más tarde una vida desarreglada estaría ya pecando y haciéndolas ineficaces. Es como el adulto no bautizado que, sabiendo que el sacramento del bautismo borra todos los pecados, tanto el original como los actuales, difiriera el recibirlo para poder gozarse un tiempo más de licencia y de disipación, lo cual sería burlarse de la gracia de Dios.

Así pues, la comunión de los nueve primeros viernes ha de hacerse concienzudamente y teniendo en vista que si es verdad que Jesucristo quiere que por ella nos salvemos no es menos cierto que implica el compromiso de ser buenos y corresponderle por su gran misericordia. La comunión debe prepararse y hacerse con las condiciones necesarias para que sea digna y eficaz (véase: http://costumbrario.blogspot.com/2009/02/recibir-la-santa-comunion-se-ha.html). Una comunión hecha incluso en estado de gracia, pero distraídamente y como de pasada, sólo por cumplir con el trámite para ganar la promesa del Corazón de Jesús, difícilmente podría reputarse como satisfactoria. Además, ha de hacerse, como se ha dicho antes, con recta intención, esto es: con la intención de corresponder a Nuestro Señor por sus bondades mediante una vida santa y entregada al amor de su Sagrado Corazón. La comunión ha de hacerse siempre con el propósito de permanecer en la gracia de Dios y detestando el pecado, nunca con la maliciosa perspectiva de pecar más adelante para después confesarse. Quien vive en estado habitual de pecado y persiste en él difícilmente podrá tener recta intención al comulgar (si es que sus comuniones no son sacrílegas por confesiones inválidas al faltar el sincero propósito de enmienda).

¿Por qué el número de nueve comuniones y que sean seguidas? Se nos ocurre que el Corazón de Jesús nos ha puesto con ello una dulce trampa para que caigamos en sus redes de Amor. Sabiendo lo inconstantes que somos, el obligarnos a estar en gracia para poder comulgar una vez al mes durante nueve meses seguidos crea en nosotros un hábito bueno, que nos predispone a perseverar. Si repetidamente nos confesamos y comulgamos dignamente, terminaremos por encontrar que se está muy bien siendo buenos cristianos. En el arco de nueve meses eso se nota. Por supuesto hablamos aquí de un hábito humano, que se crea con la repetición de los mismos actos. Pero este hábito humano de recibir los sacramentos para prepararse a los nueve primeros viernes se perfecciona con la gracia y las virtudes teologales, que, como sabemos, son hábitos infusos, que perfeccionan y elevan nuestros hábitos humanos. Así pues, es difícil –por no decir imposible– que alguien que quiere acogerse sinceramente a la Gran Promesa tenga después la intención de vivir mal. Por supuesto, poderoso es Dios que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva y no niega sus auxilios al mayor monstruo de maldad que pueda existir, pero que vaya a salvar a quien juega a la ruleta rusa con su salvación y pretenda cometer fraude contra el Espíritu Santo abusando de una promesa maravillosa de Jesucristo, eso es impensable.

Muchos de nosotros hemos hecho las comuniones de los nueve primeros viernes, sobre todo los que tuvimos la fortuna de ser educados por los Padres de la Compañía de Jesús, abanderada de la devoción al Corazón de Jesús. Pero muchos otros no las han hecho. Todos podemos cumplir una y otra vez con esa cita de amor con Nuestro Señor cada primer viernes de mes. No importa si ya lo hemos cumplido o no. Y cada vez que lo hacemos podemos encomendar a alguien de nuestro entorno o que se haya encomendado a nuestras oraciones para que se anime a observar esta santa práctica. Es un modo de ser apóstol del corazón adorable de nuestro Redentor. Hace muchos años, en la televisión de algún país sudamericano unos días antes del primer viernes aparecía un breve anuncio entre la programación que decía: “Católico: este viernes es primer viernes. ¡Comulga!”. Lástima que esta hermosa costumbre haya desaparecido ahogada por nuevos contenidos televisivos que no nos recuerdan la fe católica sino los engañosos atractivos de los enemigos del alma. Pero sí sería conveniente que una campanita en nuestro corazón nos recordara la proximidad del primer viernes.

Para prepararse a ese día recomendamos preparar una confesión concienzuda a fin de adecentar el alma para recibir a Jesús y dedicarle una Hora Santa el jueves anterior (se pueden ver los magníficos textos del P. Mateo Crawley-Boevey, el gran apóstol peruano del Sagrado Corazón, en este vínculo: http://www.geocities.com/asociacionmariana/PMateo.htm). Ya el viernes sería lo ideal observar el ayuno antiguo (desde la medianoche) y asistir a la misa por la mañana temprano, comulgando en ella, o pedir la comunión fuera de la misa si no hay tiempo de oír ésta (lo que podría hacerse por la tarde). De este modo, se comienza ya el día consagrándolo al Corazón de Jesús mediante la comunión reparadora (en la que, como mínimo, deberíamos detenernos un cuarto de hora, si no más). Para aspectos prácticos relacionados con la comunión de los nueve primeros viernes de mes recomendamos este vínculo: http://webcatolicodejavier.org/nueveviernes.html.




CATÓLICO: MAÑANA ES PRIMER VIERNES. ¡COMULGA!