jueves, 13 de agosto de 2009

Novena al Inmaculado Corazón de María según el espíritu de Fátima


Publicamos esta novena de preparación a la festividad del Inmaculado Corazón de María (22 de agosto) y que hemos tomado de un sitio católico muy recomendable: http://www.devocionesypromesas.com.ar/.


Puede rezarse esta novena en cualquier época del año. Leemos en la vida del santo Cura de Ars: “Su gran práctica era recomendar a los fieles y peregrinos de Ars una novena al Corazón de María. Por este medio se obtenían innumerables gracias y favores”.



ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS

¡Oh María, digna Madre de Dios y tierna Madre nuestra, que apareciendo en Fátima, nos habéis mostrado nuevamente en vuestro Corazón un asilo y refugio segurísimo, y en vuestro rosario un arma victoriosa contra el enemigo de nuestras almas, dándonos también rica promesa de paz y vida eterna!

Con el corazón contrito y humillado por mis culpas, pero lleno de confianza en vuestras bondades, vengo a ofreceros esta novena de alabanzas y peticiones.

Recordando, Señora benignísima, las palabras de Jesús en la cruz, "Ahí tienes a tu Madre", os digo con todo afecto: ¡Madre, aquí tenéis a vuestro hijo!

Recibid mi corazón, y ya que es palabra vuestra "Quien me hallare, hallará la vida", dadme que amándoos con amor filial, halle y goce aquí la vida de la gracia y después la vida de la gloria. Amén.


Día 1º
Reinado del Corazón de María

Dijo la Virgen a los pastorcitos de Fátima: "Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón".
En verdad, ¿puede haber cosa más justa y digna? Oigamos al P. Claret: "¿Habrá quien pregunte por qué veneramos al Corazón de María? ¿Se han meditado bien la excelencia de este Corazón y las perfecciones sobrehumanas y más que angélicas que lo adornan? ¡Oh, con qué alegría contempla el Señor al Corazón de María, al que ninguna mancha desfigura ni afea germen alguno de pasión mala, en el que no existe sobra de defecto que pueda hacerle indigno y cuyas afecciones son todas celestes! O por hablar con más propiedad, ¡con qué satisfacción no se contempla a Sí mismo en aquel espejo fiel en donde se hallan retratados todos los rasgos de su semejanza, borrados en el resto de los hombres!". Y afirma San Bernardino de Siena que "para ensalzar los sentimientos del Corazón Virginal de María no bastan las lenguas de todos los hombres, ni aún las de los ángeles". ¡Tan digno y santo es!
¡Oh alma devota! Dios lo quiere: Dios ha honrado sobremanera al Corazón de María: honra tú también, ama y obsequia cuanto puedas al Corazón amantísimo de tu dulce Madre.

Después de la meditación propia del día pídanse las gracias.
Para alcanzarlas, rezar cinco Avemarías al Corazón de María.


ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

¡Oh Corazón de María, el más amable y compasivo de los corazones después del de Jesús, Trono de las misericordias divinas en favor de los miserables pecadores! Yo, reconociéndome sumamente necesitado, acudo a Vos en quien el Señor ha puesto el tesoro de sus bondades con plenísima seguridad de ser por Vos socorrido. Vos sois mi refugio, mi amparo, mi esperanza; por esto os digo y os diré en todos mis apuros y peligros:

¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Cuando la enfermedad me aflija, o me oprima la tristeza, o la espina de la tribulación llague mi alma,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Cuando el mundo, el demonio y mis propias pasiones, coaligados para mi eterna perdición, me persigan con sus tentaciones y quieran hacerme perder el tesoro de la divina gracia,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

En la hora de mi muerte, en aquel momento espantoso del que depende mi eternidad, cuando se aumenten las angustias de mi alma y los ataques de mis enemigos,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Y cuando mi alma pecadora se presente ante el tribunal de Jesucristo para rendirle cuenta de toda su vida, venid Vos a defenderla y ampararla, y entonces, ahora y siempre,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Estas gracias espero alcanzar de Vos, ¡oh Corazón amantísimo de mi Madre!, a fin de que pueda veros y gozar de Dios en vuestra compañía por toda la eternidad en el cielo. Amén.


Día 2º
Desagravio al Corazón de María

La Virgen pidió en Fátima a los tres niños ofrecieran sacrificios en reparación de las ofensas que se infieren a su Inmaculado Corazón. Pidió en particular la comunión reparadora de los primeros sábados.
Lo que sostiene a este mundo pecador es el espíritu de reparación, que llega a su valor más alto en la misa, donde Jesús encabeza las reparaciones y desagravios de la Iglesia toda a su Eterno Padre.
Se ofende a Dios, y se ofende mucho también a su amadísima Madre, cuyo Corazón gime atravesado con la simbólica espada. "Ese vaso de santidad -exclama San Buenaventura- ¿cómo se ha trocado en mar de penalidades?" La Virgen Madre puede responder: "Hijos he criado y exaltado, mas ellos me despreciaron".
¡Penitencia! nos dice María en Fátima como en Lourdes. Sí: Fátima es un pregón de penitencia para esta época en que se niega la gravedad del pecado, se glorifica el sensualismo y se concretan las aspiraciones a gozar de esta vida.
No volver a pecar: esto es lo primero en el verdadero penitente. Y luego, mortificarse y sufrir algo por Dios. Oigamos, pues, el clamor de María: ofrezcamos oraciones, buenas obras y sacrificios en desagravio a su afligido Corazón.


Día 3º
El Corazón de María, iris de paz

El mundo desconoce a Dios; es impío; y está escrito: "No hay paz para los impíos". Habrá en él mucha inteligencia, mucho brazo, mucha máquina; pero falta corazón. Y por eso falta amor, concordia, paz.
En Fátima aparece y brilla como nunca un Corazón, un Corazón de Madre, capaz de unir los corazones todos y llevarlos a Dios.
"En ese Corazón -dice Ricardo de San Lorenzo- la justicia y la paz se besaron", porque como explica San Bernardo, "maría recibió del mismo Corazón del Eterno Padre en su propio Corazón, al Verbo", que es nuestra paz y reconciliación.
¿Acaso no es oficio propio de la madre aplacar al Padre con los hijos y pacificar a éstos entre sí? Sala de esos armisticios es el corazón de toda madre. El de María es arca noética de donde sale siempre la paloma mensajera de paz, cuyos ramitos de olivo caen y germinan en las tierras ensangrentadas por el odio.
"Abre, pues, oh María -le suplica San Bernardo- la puerta del Corazón a los llorosos hijos de Adán". Ante ese "áureo altar de paz" vengan todos a depositar su ofrenda, reconciliados ya con sus hermanos. Roguemos a la Reina de la paz la dé a los pueblos y familias; pero más, mucho más a los pecadores que están alejados de Dios y tiranizados por el demonio.


Día 4º
El Corazón de María y los pecadores

No una, sino varias veces exhortó la Virgen a los niños de Fátima a orar y sufrir por la conversión de los pecadores, y pidió expresamente el culto a su Corazón como medio de conversiones.
Dicen muchos: "Pequé, y ¿qué de malo me ha sucedido?". No hablarían así, a poca fe y reflexión que tuvieran. Verían que el pecado mortal mata al alma, roba la paz y todos los méritos, enemista con Dios y esclaviza bajo el poder de satanás. El que muere en pecado mortal se condena para siempre. ¡Qué espantosa desgracia!
Una avemaría diaria rezan los archicofrades del Corazón de María por los pecadores. Y María les inspira arrepentimiento, confesión, enmienda, y así les torna la vida, antes insoportable, dulce y feliz. "¡Cuánto no debemos al tesoro de consuelos que encierra el Corazón Inmaculado de María!" exclamaba el P. Faber, convertido por ese Corazón de Madre.
"¡Oh María! -le decía San Alfonso María de Ligorio- si vuestro Corazón llega a tener compasión de mí, no podrá dejar de protegerme".
El Papa en nombre de toda la humanidad pecadora, ora de este modo: "Estamos seguros de obtener misericordia y de recibir gracias, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro materno Corazón".
Acude tú también a este Trono de misericordia; y pídele la conversión de los pecadores empedernidos.


Día 5º
La Gran Promesa del Corazón de María

Esta promesa será sin duda lo que más perpetúe el nombre de Fátima a través de los siglos y traiga más frutos de salvación. "Prometo -dijo la Virgen- asistir en la hora de muerte con las gracias necesarias para la salvación a los que en cinco primeros sábados de mes seguidos comulguen y recen el rosario meditado".
Ante este alarde de misericordia del Corazón de María, el mundo se ha conmovido. El mismo soberano Pontífice pone al principio de la misa del Corazón de María aquella invitación: "Vayamos con confianza a ese Trono de gracia". Y cada uno de los fieles ganoso de asegurar lo que más importa, el porvenir eterno, tiene cuenta con sus cinco primeros sábados, evita el interrumpirlos, se alegra de coronarlos y se complace en repetirlos.
Es interesante el dato evangélico: Jesús otorgaba sus favores y prodigios preferentemente en sábado. E interrogaba a sus detractores: ¿Es lícito curar en sábado? Su Madre divina parece responder: los sábados son los días de mi predilección a favor de mis devotos en la tierra y en el purgatorio.
¡Oh alma! reza el rosario y comulga en dichos días, con gratitud, con fervor, en espíritu de reparación, y no lo dudes: albergada en ese Corazón, que es, según San Buenaventura, "deliciosísimo paraíso de Dios", pasarás al paraíso eterno.


Día 6º
El Corazón de María y el Rosario

Como en Lourdes, María pide en Fátima el rezo del rosario, y pide lo recemos diariamente, por la paz y por los pecadores, es decir: "por la paz de las armas y por la paz de las almas", según frase del Papa.
¿Necesitaremos más invitaciones para darnos a esta dulcísima y salvadora devoción? Dulcísima, pues como dice San Anselmo de Luca, "debería rebosar célica dulzura nuestra boca al saludar a tan benigna Señora y bendecir el fruto de su vientre, Jesús". Salvadora, pues dice Montfort: "No sé el cómo ni el porqué, pero es una verdad, que para conocer si una persona es de Dios, basta examinar si gusta de rezar el avemaría y el rosario".
Dijo la Virgen al P. Claret: "Quiero que seas el Domingo de Guzmán de estos tiempos". Y él propagó el rosario con celo indecible, transformando los hogares.
Al B. P. Hoyos le declaró la misma Señora: "Hasta ahora ninguno se ha condenado, ni se condenará en adelante que haya sido verdadero devoto de mi rosario".
"¡Reina del Smo. Rosario!": así empieza el Papa la Consagración al Corazón de María, para indicarnos su aprecio al rosario. Alma fiel: el rosario sea para ti un tesoro: rézalo en familia o en particular todos los días de tu vida.


Día 7º
El Corazón de María y la meditación

La Virgen de Fátima prometió el cielo a los que n cinco primeros sábados comulguen y recen el rosario meditando sus misterios.
En la historia del cristianismo, que cuenta 20 siglos, es la primera vez que la Virgen invita al mundo a la práctica de la meditación u oración mental. Sabe muy bien que la irreflexión es la característica de nuestra época, llena de desolación, porque no hay quien medite de corazón.
¿Y quién podrá invitarnos mejor a la meditación que María, que en su Corazón -testigo el Evangelio- guardaba, meditaba y analizaba todas las palabras y acciones de Jesús niño, de Jesús adolescente, de Jesús hombre, y así se santificaba de día en día?
Para Ella sí que las palabras de Jesús eran palabras de vida eterna; y pues el hombre vive de toda palabra que procede de la boca de Dios, de ellas se alimentaba la Virgen como de una verdadera Eucaristía.
Si San Juan Eudes llama al Corazón de María "Libro de la Vida", es porque en las páginas delicadas de su Corazón la Virgen imprimía y releía todo lo que decía y hacía Jesús durante aquellos 30 años, para ser después el archivo divino de la Iglesia naciente.
"Ea, pues, -dice San Juan Crisóstomo- lo que María meditaba en su Corazón, meditémoslo en el nuestro". En los misterios del rosario está la vida de Jesús y de María: quien los medite bien, no pecará jamás.


Día 8º
El Corazón de María y el Papa

En sus apariciones de Fátima la Virgen menciona varias veces con amor al Santo Padre y pide se ore mucho por él.
El Papa es, entre todos los mortales, el primer hijo del Corazón de María, por ser el "Jesús visible", o como decía Santa Catalina de Siena, "el dulce Cristo en la tierra".
El Papa es nuestro Padre. ¡Oh si le tuviéramos aquel amor filial que le profesaba San Juan Bosco, quien por ser fiel a su consigna "con el Papa hasta la muerte", tanto sufrió de los enemigos de la Iglesia, y el P. Claret, que en pleno Concilio Vaticano manifestó que ansiaba derramar toda su sangre en defensa de la infalibilidad pontificia!
Es nuestro Padre amantísimo: hemos de profesarle amor, respeto y obediencia; no consentir jamás se le ataque y persiga; rogar para que el Corazón de María lo ilumine y guarde de todo peligro, lo haga feliz en la tierra y lo corone de gloria en el cielo.


Día 9º
Consagración al Corazón de María

El Papa Pío XII, en el 25 aniversario de las apariciones de Fátima, consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María, secundando la petición de la aparecida Señora. Y a tono con él, innumerables Prelados le han consagrado sus diócesis, provincias y naciones.
Apareció el foco de la benignidad de la Salvadora del mundo y éste lo ha saludado con transportes de júbilo. De ese foco de amor maternal no habrá ya quien se esconda.
"Os tengo en mi Corazón", puede decirnos María, mejor que San Pablo a los filipenses. En esa arca de salvación nos ha refugiado a todos el Papa, por salvarnos del diluvio de males y vicios. ¿Cuándo? Cuando dijo solemnemente: "A vuestro Corazón Inmaculado nos confiamos y nos consagramos, no sólo en unión con la Santa Iglesia... sino también con todo el mundo".
Ahora nos toca a nosotros, a cada uno de nosotros repetir la consagración y vivir de acuerdo con ella llevando una conducta digna de hijos del Corazón de María, una vida de pureza, de oración, de mansedumbre, de caridad, de paciencia, de mortificación, virtudes que nos harán semejantes a nuestra Madre y fieles discípulos de Jesús, nuestro adorable Redentor, y nos otorgarán derecho a la eterna bienaventuranza.


sábado, 1 de agosto de 2009

LA GRAN INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA


Hoy día 1º de agosto, día en el que se conmemora la milagrosa liberación del apóstol san Pedro de la prisión en la que había sido puesto por orden de Herodes (San Pedro ad Vincula), después de mediodía, se puede ganar hasta mañana la gran Indulgencia de la Porciúncula, extraordinario privilegio franciscano, la narración de cuyo origen copiamos a continuación, sacada de un precioso manual de los Terciarios seráficos editado en Lima en 1958 por orden del arzobispo franciscano Fray Juan Landázuri (más tarde cardenal).

Esta preciosísima indulgencia, concedida por el mismo Jesucristo en persona a nuestro Seráfico Padre San Francisco, reconocida y confirmada por la Iglesia, merced a los grandiosos portentos operados en su favor, se gana en todos los templos franciscanos, el día 2 de agosto, señalado también por el mismo Jesucristo.

He aquí su historia en compendio. Una de las cosas que más afligían al Padre San francisco durante su vida en este mundo, la constituían las ofensas que se hacían a Dios con tantos pecados y la perdición eterna de tantas almas que los cometían. Una noche de 1216, en que más abundaba en estos sentimientos (por lo cual se encontraba angustiadísimo), se le apareció un Ángel de parte de Dios, dándole orden para que fuese a la pequeña iglesia (porziuncola chiesa) que él había reparado en honra de la Reina de los Ángeles. Al llegar allí, entre vivísimos resplandores de gloria y majestad y multitud de ángeles y serafines que llenaban el templo, vio a Jesucristo, vivo y gloriosísimo, y a su divina Madre la dulcísima Virgen María. Extático y fuera de sí San Francisco cayó en tierra y, así postrado, oyó la voz de Jesús que le decía: “Pues tantas son tus lágrimas y afanes por la salvación de las almas, pídeme, Francisco, lo que quieras”. Replicó Francisco: “¡Señor y dios Altísimo!, yo, miserable pecador, os suplico, por intercesión de vuestra Santísima Madre, que concedáis la gracia de que todos los que vengan confesados a esta iglesia alcancen perdón e indulgencia de todos sus pecados y queden en vuestra presencia lo mismo que quedaron después de recibir el santo bautismo”. Respondió la voz divina: “Mucho pides, Francisco, pero por ruegos de mi Madre, a quien has puesto por intercesora, te concedo esa gracia. Acude a mi Vicario en la tierra para que te la confirme”.

Francisco se presentó al Papa, que lo era entonces Honorio III, y, con sencillez y humildad, le dijo: “Santísimo Padre, vengo a solicitar una indulgencia plenísima para todos los pecadores que, habiéndose confesado, vengan a visitar la iglesia que yo he reparado”. Díjole el Papa: “No es costumbre conceder una indulgencia tan grande a tan poca cosa; pero, dime –añadió–, ¿cuántos años quieres que dure esta gracia?”. Replicó San Francisco: “Padre Santo, yo no pido años sino almas, y no soy yo, sino mi Señor Jesucristo quien lo quiere”. Al oír esto el Papa Honorio se sintió interiormente movido por Dios y dijo por tres veces: “Me place, me place, me place conceder esta gracia”.

Faltaba determinar el día en que se había de ganar este jubileo tan extraordinario, y vencer las dificultades que ponían los cardenales diciendo que esta indulgencia y jubileo, sin ninguna carga de ayunos, limosnas ni otras obras determinadas, menoscabaría los de Roma, Jerusalén, Santiago y otros que suele conceder la Iglesia.

San Francisco continuaba rogando a Dios y haciendo penitencia; hasta llegó a arrojarse desnudo, en el rigor del invierno, en un espinoso zarzal, ensangrentándose todo su cuerpo. Al instante el zarzal se vistió de verdor y brotó frescas y fragantes rosas, unas blancas y otras encarnadas. Además, una luz inefable sobre la engalanada zarza y multitud de ángeles convidaban a San Francisco con melodiosos cánticos para que fuese otra vez a la iglesia de la Porciúncula. San francisco cogió del florido zarzal doce rosas blancas y doce encarnadas, todas muy hermosas, pasó con ellas la senda deslumbradora del monte, que todo parecía arder sin consumirse, entró en la iglesia y, delante de Jesucristo y de la divina Madre, que le aguardaban como la vez primera, cayó de rodillas y fijó su pensamiento en la indulgencia, oyendo estas palabras: “Por los ruegos de mi Madre te concedí, Francisco, la gran Indulgencia, y para ganarla, sea el día en que mi apóstol Pedro, encarcelado por Herodes, se libró milagrosamente de las cadenas. Llévale a mi Vicario esas rosas que has tomado de la zarza, en testimonio de lo que has visto y oído. Yo moveré su corazón y cumpliré tu deseo”.

San Francisco fue a Roma, llevando las rosas consigo y acompañado de cuatro compañeros que habían sido testigos de la visión, y obtuvo la confirmación de la indulgencia para el 1º de agosto, desde las vísperas de ese día hasta la puesta del sol del siguiente 2 de agosto, según el mismo Jesucristo nuestro Señor se lo había concedido.

Muchos milagros se obraron después, a favor de la autenticidad de esta indulgencia, entre otros el haber manifestado el Señor cuán hermosas salían de los templos franciscanos las almas que habían entrado manchadas, y cuántas salían muy gloriosas del Purgatorio por las visitas que por ellas se hacían.

No es de extrañar, pues, que en dicho día se observe un movimiento de piedad y fervor en el cristianismo, que sólo con el de Cuaresma, en tiempo de Semana Santa, se puede comprara, pues no sólo los simples fieles, sino que también los religiosos, los sacerdotes, los obispos, los arzobispos, los cardenales y hasta los mismos Soberanos Pontífices, han acostumbrado ir a las iglesias franciscanas en este día, entrar y salir de ellas, y ganar así tantas veces el jubileo como visitas se practican*.

* De acuerdo con las nuevas normas de las Indulgencias de Pablo VI, desaparecidas las concesiones toties quoties, la indulgencia plenaria se gana una tantum cada día (21. § 1 ).



Condiciones para ganar la Indulgencia

1.- Hacer una buena y dolorosa confesión, a no ser que la persona que quiera ganarla se confiese cada ocho o quince días, pero todos deben estar arrepentidos, en el acto de ganar la indulgencia, de todos sus pecados, hasta de los veniales. Puede hacerse ocho días antes o dentro de los siete días siguientes.

2.- Es indispensable comulgar el día 1º de agosto o el día 2 de agosto o dentro de los siete días siguientes. Tanto la confesión como la comunión pueden hacerse en cualquier iglesia.

3.- Visitar en el dicho día entre el mediodía del 1º de agosto y el crepúsculo del 2 de agosto una iglesia franciscana con intención de ganar la indulgencia, rogando a este fin por las intenciones del Romano Pontífice (se recomienda la estación del Santísimo, a saber: seis Pater, Ave y Gloriapatris). Es muy recomendable hacer una piadosa meditación.

Para comodidad de todos, ponemos aquí la siguiente

Oración para ganar la Indulgencia de la Porciúncula

¡Dios y Señor mío!, yo creo que estáis realmente presente en este santo templo; os adoro con toda la sumisión de mi alma; me arrepiento, Señor, de todos mis pecados y propongo la enmienda; os suplico, Dios mío, me concedáis la gracia de ganar la santa indulgencia que Vos mismo concedisteis a vuestro siervo el humilde San Francisco, y que aplico por mí mismo o por… (aquí se dice el nombre del alma de algún difunto por la que se quiere lucrar). A este fin os ruego, por las intenciones del Romano Pontífice, por la exaltación de la Santa Iglesia, por la paz de los gobiernos cristianos y por la conversión de todos los pobres y desgraciados pecadores.

Y Vos, oh Reina de los Ángeles, interceded por mí, supliendo, con vuestra poderosa mediación, mis defectos en esta plegaria. Amantísimo protector de todas las almas, benditísimo San José, amparadme con vuestra protección. Ángel de mi guarda, acompañadme en este santo ejercicio. Seráfico y glorioso Padre San Francisco y todos los Ángeles y Bienaventurados, interceded por mí. Amén.

Seis Padrenuestros, Avemarías y Gloriapatris a la intención del Papa.

Nota.- Si el alma del difunto por la que se ha ofrecido la indulgencia ya goza de la gloria, se recomienda formar la intención de que valga condicionalmente para el alma que más lo necesite o que sea más del agrado de la Reina de los Ángeles.

Para la historia del santuario de la Porciúncula
(Basílica Papal de Santa María de los Ángeles),
véase el siguiente enlace (muy interesante):


http://www.porziuncola.org/es/index.html



Rosario Sacerdotal: Segundo Misterio Gozoso

Ghirlandaio: La Visitación a Santa Isabel

“En esos Días se levantó María y fue de prisa a una ciudad en la región montañosa de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Elisabet. Aconteció que, cuando Elisabet oyó la salutación de María, la criatura saltó en su vientre. Y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz y dijo: --¡Bendita Tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde se me concede esto, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque he aquí, cuando llegó a mis oídos la voz de tu salutación, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le ha sido dicho de parte del Señor. Y María dijo: - Engrandece mi alma al Señor; y mi Espíritu se alegra en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la bajeza de su sierva. He aquí, pues, desde ahora me tendrán por bienaventurada todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho grandes cosas conmigo. Su nombre es santo, y su misericordia es de generación en generación, para con los que le temen. Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó a los poderosos de sus tronos y levantó a los humildes. A los hambrientos sació de bienes y a los ricos los despidió vacíos. Ayudó a Israel su siervo, para acordarse de la misericordia, tal como habló a nuestros padres; a Abraham y a su descendencia para siempre. Y María se quedó con ella como tres meses, y regresó a su casa. Se cumplió para Elisabet el tiempo de su alumbramiento, y dio a luz un hijo” (Luc I, 39-57).

María, después de la Anunciación, estaba llena del Espíritu Santo. En la Biblia aparece esta divina persona con los rasgos de la juventud impetuosa y emprendedora. Su acción es siempre enérgica y resuelta. Se ve en María, que se levanta y va “cum festinatione” a asistir a su prima Isabel, de la que se ha enterado por el Ángel que está encinta de seis meses. La expresión latina no expresa la fuerza de la palabra griega que usa san Lucas: σπουδῆς (de σπεύδω), que significa ciertamente “con apresuramiento”, pero con un matiz fuerte, que da la idea de vertiginoso. La Virgen tenía un llenazo de Dios que la hacía catapultarse al encuentro de quien la necesitaba. Ése es el efecto de la gracia en las almas dóciles, que se dejan llevar por el Espíritu Santo. No hay que insistir con ellas para que obren, no hay que arrearlas: son resueltas y expeditas. Se vería también en Pentecostés, al descender el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego sobre los Apóstoles: éstos, antes acobardados y temerosos, bajo el influjo divino se vuelven al improviso valientes y briosos y predican abiertamente a Jesucristo desafiando a los sanedritas. Así también, el buen sacerdote, cuya vida espiritual se nutre de la gracia divina, de la inhabitación del Espíritu Santo, no es moroso en el ejercicio de su apostolado, sino que siempre está dispuesto y animado por el llamado “celo sacerdotal”: celo por las cosas de Dios y celo de las almas.

Pero consideremos cómo la Virgen, que marcha con vehemencia al encuentro de su prima para prestarle los auxilios materiales que requiere una mujer encinta (auxilios especiales tratándose de una mujer de cierta edad), es vehículo de una acción del todo insospechada: la santificación del Bautista en el seno de su madre por la proximidad de Aquél de quien sería el precursor. Jesús, apenas concebido en las purísimas entrañas de la doncella nazaretana, ejerce su primer influjo salvífico en una de sus criaturas, borrándole el pecado original sin mediación de ningún sacramento: es lo que se llama la “potestad de excelencia” de Cristo (la misma que sirve para explicar la salvación de los niños que no reciben materialmente el sacramento de la regeneración, según el Padre Royo Marín). María, que lleva al Autor mismo de la gracia consigo, se convierte así en instrumento de la gracia santicante, cumple un papel santificador, por lo cual se la puede considerar, en cierto modo (análoga y no unívocamente), sacerdote. El sacerdote, en efecto, es sacrificador y santificador, es el que da la vida sobrenatural mediante la comunicación de la gracia por participación en el Sacerdocio eterno de Jesucristo. La Santísima Virgen se nos presenta en este hermoso episodio como modelo de sacerdotes.

Pero otra consideración nos lleva a ver cómo su acción principal es la santificación del Bautista; los cuidados a su prima –con ser importantes– pasarán a segundo plano. Lo que nos sugiere que lo importante en el apostolado sacerdotal es primordialmente la santificación de las almas. El apostolado material, la beneficencia, la caridad organizada o, como se suele decir hoy, la promoción humana, viene después. No es poco importante, por supuesto, porque al fin y al cabo hemos de ser juzgados por cómo hemos cumplido con las obras de misericordia; pero lo principal es comunicar a las almas esa vida de la gracia que las hace partícipes del Reino de Dios, que es lo que hay que buscar con preferencia. El sacerdote es ante todo un vehículo de la gracia santificante: ésa es su prioridad. Los misioneros católicos allí donde han llegado lo primero que han hecho ha sido plantar la Cruz y levantar un altar. Después, la fuerza de la caridad ha hecho el resto y ha construido escuelas, hospitales, dispensarios, carreteras, asilos, cementerios, etc. Hay que tener siempre en cuenta esto: el sacerdote debe procurar ante todo y sobre todo la salvación de las almas; ésa es su misión como sacerdote. Todo lo demás se deriva de esta principio; de otro modo, no se distinguiría el ministro de Dios de sun asistente social, un filántropo o un voluntario, ocupaciones dignísimas de reconocimiento y aplauso, pero que no son específicamente sacerdotales.

María, en fin, se nos presenta en la visitación como una mujer de fe, de fe sencilla, profunda y pura; la fe que hace milagros y que mueve montañas. La fe por la que vive el Justo. La fe por la que se agrada a Dios y que granjea la bienaventuranza. Lo dice Isabel: “Bienaventurada tú, que has creído, porque se te cumplirá todo lo que de parte del Señor tienes prometido”. Esta es la fe teologal y la fe fiducial: María en la Anunciación ha creído en las palabras del Ángel, emisario de Dios. Ha creído a Dios y ha creído en Dios. Le cree y se fía de Él totalmente, al punto que se le entrega como esclava. Ésa es la fe que trastoca todas las miras humanas y que nos hace ver las cosas desde la perspectiva divina, tal y como lo expresa gráficamente la Virgen en el hermosísimo canto del Magníficat, en el que prorrumpe con la fuerza de un volcán en erupción, pero en erupción piroclástica, que lo envuelve todo en segundos y todo lo arrasa. Aquí María Santísima, grácil doncella comedida, discreta como una violeta, de pocas palabras y reflexiva, se muestra con un arrebato místico que muestra el llenazo de Espíritu Santo que debía tener. El Magníficat es uno de los más bellos himnos de la Biblia, de ideas claras y contundentes, que vuelan ligeras y certeras como saetas. Compite con ventaja con las mejores creaciones del Antiguo Testamento, con el que la Virgen estaba familiarizada. Es a la vez, fresco, viril y delicado y rezuma amor al Padre Celestial. El sacerdote, como María debe ser hombre de fe y de amor a Dios y su vida entera debe ser un Magníficat constante, que edifique a los demás, como quedó edificada Isabel.


El sacerdote es santificador


viernes, 31 de julio de 2009

MES DE AGOSTO EN HONOR DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA



En el calendario del usus antiquior del rito romano se celebra la festividad del Inmaculado Corazón de María el 22 de agosto, antigua octava de la Asunción, una de las fiestas más importantes en honor de la Santísima Virgen, como que fue la primera que se celebró en Oriente y en Occidente. Es por ello que tradicionalmente se ha dedicado este mes a honrtar con especiales homenajes a tan dulcísimo instrumento de la misericordia divina, a través del cual nos vienen muchas gracias y que ha sido dado, junto con el Sagrado Corazón de Jesús, como extremo remedio para nuestra salvación. Este Costumbrario, recogiendo la práctica tradicional, propone, pues, a sus amables lectores el Mes de Agosto como Mes del Inmaculado Corazón.

Esta devoción empezó a abrirse camino gracias a san Juan Eudes (1601-1680), el apóstol de los Sagrados Corazones en la Francia del Gran Siglo. Sin embargo, ya el Evangelio nos insinúa su importancia al repetirnos que “María guardaba en su corazón” los misterios que le tocó protagonizar. Recordemos también la profecía de Simeón, a la hora de la Presentación del Niño en el Templo: “una espada de dolor traspasará tu alma para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones” (Luc. II, 35). Como el corazón era considerado el principio de vida y la sede del alma, siempre se ha visto en estas palabras la descripción del Corazón dolorido de María y el preanuncio de su personal Pasión unida a la de su Divino Hijo en oblación corredentora. Algunos Padres de la Iglesia aluden más o menos claramente al Corazón de María.

Esta devoción tomó grandes vuelos con un santo español: san Antonio María Claret (1807-1870), arzobispo que fue de Santiago de Cuba y confesor de la reina Isabel II, que fundó la congregación de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María (llamados Padres Claretianos). He aquí sus palabras, que expresan la tierna devoción que profesaba a la Madre de Dios:

“Ni en mi vida personal, ni en mis andanzas misioneras podía olvidarme de la figura maternal de María. Ella es todo corazón y toda amor. Siempre la he visto como Madre del Hijo amado y esto la hace Madre mía, Madre de la Iglesia, Madre de todos. Mi relación con María siempre ha sido muy íntima y a la vez cercana y familiar, de gran confianza. Yo me siento formado y modelado en la fragua de su amor de Madre, de su Corazón lleno de ternura y amor. Por eso me siento un instrumento de su maternidad divina. Ella está siempre presente en mi vida y en mi predicación misionera. Para mí, María, su Corazón Inmaculado, ha sido siempre y es mi fuerza, mi guía, mi consuelo, mi modelo, mi Maestra, mi todo después de Jesús".

Pero el impulso decisivo del culto a este Corazón amabilísimo se dio en las apariciones de Nuestra Señora en Fátima (1917). Aquí la Santísima Virgen se presentó bajo la advocación de su Inmaculado Corazón, pidiendo la comunión reparadora de los cinco Primeros Sábados, paralela a la comunión reparadora de los Nueve Primeros Viernes en honor al Sagrado Corazón de Jesús. Esta devoción está muy vinculada al desarrollo de la Historia del siglo XX. De hecho, la Virgen en Fátima reveló que Rusia sería el azote del mundo mediante la expansión de sus errores (el comunismo, parece olvidarse, denunciado como “intrínsecamente perverso" por Pío XI, ha sido el sistema más mortífero que ha existido), pero vinculó su conversión a su consagración colegial por el Papa y por todos los obispos del mundo (cosa que sólo se ha realizado parcialmente). El Inmaculado Corazón de María se proyecta como la devoción salvadora en los Últimos Tiempos. De hecho, por ella vendrá el triunfo de los buenos: “Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará”. La Virgen se presenta así como la precursora de Cristo en su Parusía o Segunda Venida.

El papa Pío VII instituyó una fiesta en honor del Purísimo Corazón de María, la cual fue confirmada por el beato Pío IX. Pero fue Pío XII quien el 4 de mayo de 1944 la extendió oficialmente con el nombre del Corazón Inmaculado de María a la Iglesia universal por el papa Pío XII, el 4 de mayo de 1944, con el fin de obtener por medio de la intercesión de María "la paz entre las naciones, libertad para la Iglesia, la conversión de los pecadores, amor a la pureza y la práctica de las virtudes". Ordenó que se celebrara el día de la Octava de la Asunción. Con la reforma litúrgica postconciliar, la fecha se trasladó al sábado siguiente a la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.




EJERCICIO DEL MES DE AGOSTO

PRECES

Jesús, María, José.

V. Dígnate que yo te alabe, Virgen sagrada.
R. Dame fuerza contra tus enemigos.
V. Oh Dios, venid en mi auxilio.
R. Señor, daos prisa en socorrerme.
V. Gloria al Padre…
R. Como era en el principio… Amén.

Acto de contrición breve.- Dios mío, me arrepiento sinceramente con todo mi corazón de mis pecados y los odio y detesto por ser un ultraje a vuestra Divina Majestad y causa de la muerte de vuestro Divino Hijo y de mi ruina espiritual. No quiero cometerlos más en adelante y estoy dispuesto a evitar las ocasiones. Señor, misericordia, perdonadme.


I

Virgen inmaculada que, concebida sin pecado, enderezasteis hacia dios todos los movimientos de vuestro Purísimo Corazón, siempre dócil a su divino querer; alcanzadme que, aborreciendo de todo corazón la culpa, aprenda de Vos a vivir resignado en la voluntad de Dios. Ave María


II

Admiro, oh María, aquella profunda humildad con que se conturbó vuestro bendito Corazón, al anunciaros el Arcángel san Gabriel, que habíais sido escogida por Madre del Hijo del Altísimo, haciendo protestas de que erais su humildísima esclava; y, confundido a la vista de mi soberbia, os pido la gracia de un corazón contrito y humillado, para que, conociendo mi miseria, pueda llegar a conseguir aquella gloria prometida a los verdaderos humildes de corazón. Ave María


III

Virgen bendita, que en vuestro Corazón dulcísimo conservabais el precioso tesoro de las palabras de vuestro Hijo Jesús, y meditando los sublimes misterios no sabíais vivir sino para Dios, ¡cuánto me confunde la frialdad de mi corazón! ¡Ah. Amada Madre mía, alcanzadme la gracia de que, meditando constantemente la ley santa de Dios, procure imitaros en el fervoroso ejercicio de las cristianas virtudes. Ave María


IV

¡Oh gloriosa Reina de los Mártires!, cuyo Corazón sagrado, durante la pasión del Hijo, fue acerbamente traspasado por aquella espada que había profetizado Simeón, alcanzad a mi corazón una verdadera fortaleza y una santa paciencia para soportar las tribulaciones y las adversidades de esta vida y para que, crucificando mi carne con sus concupiscencias, me muestre verdadero hijo vuestro en el seguimiento de la mortificación de la cruz. Ave María


V

¡Oh mística Rosa, María!, cuyo amabilísimo Corazón, ardiendo en las llamas de la más viva caridad, nos aceptó por hijos al pie de la Cruz, llegando a ser de esta manera nuestra tiernísima Madre, ¡ah!, haced que sienta la dulzura de vuestro Corazón maternal y la fuerza de vuestro poder ante Jesús, en todos los peligros de mi vida y, particularmente, en la hora terrible de mi muerte, y que mi corazón, unido al vuestro, ame siempre a Jesús, ahora y por los siglos de los siglos. Así sea. Ave María


LETANÍAS DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Cristo, oyenos.
Cristo, escúchanos.
Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.
Santa María, ruega por nosotros.
Corazón Inmaculado de María,
Corazón de María, lleno de gracia,
Corazón de María, vaso del amor más puro,
Corazón de María, consagrado íntegro a Dios,
Corazón de María, preservado de todo pecado,
Corazón de María, morada de la Santísima Trinidad,
Corazón de María, delicia del Padre en la Creación,
Corazón de María, instrumento del Hijo en la Redención,
Corazón de María, la esposa del Espíritu Santo,
Corazón de María, abismo y prodigio de humildad,
Corazón de María, medianero de todas las gracias,
Corazón de María, latiendo al unísono con el Corazón de Jesús,
Corazón de María, gozando siempre de la visión beatífica,
Corazón de María, holocausto del amor divino,
Corazón de María, abogado ante la justicia divina,
Corazón de María, traspasado de una espada,
Corazón de María, coronado de espinas por nuestros pecados,
Corazón de María, agonizando en la Pasión de tu Hijo,
Corazón de María, exultando en la resurrección de tu Hijo,
Corazón de María, triunfando eternamente con Jesús,
Corazón de María, fortaleza de los cristianos,
Corazón de María, refugio de los perseguidos,
Corazón de María, esperanza de los pecadores,
Corazón de María, consuelo de los moribundos,
Corazón de María, alivio de los que sufren,
Corazón de María, lazo de unión con Cristo,
Corazón de María, camino seguro al Cielo,
Corazón de María, prenda de paz y santidad,
Corazón de María, vencedora de las herejías,
Corazón de María, de la Reina de Cielos y Tierra,
Corazón de María, de la Madre de Dios y de la Iglesia,
Corazón de María, que por fin triunfarás,

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, perdónanos Señor.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros.

V. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar la promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos. Oh Dios, que nos has preparado en el Corazón Inmaculado de María una digna morada de tu Hijo Jesucristo, concédenos la gracia de vivir siempre conformes a sus enseñanzas y de cumplir sus deseos. Por Cristo tu Hijo, Nuestro Señor. R. Amén.


ACTO DE CONSAGRACIÓN
AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

(Compuesto por Pío XII)

(para el 22 de agosto)

¡Oh Reina del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano, vencedora de todas las batallas de Dios! Ante vuestro Trono nos postramos suplicantes, seguros de impetrar misericordia y de alcanzar gracia y oportuno auxilio y defensa en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro maternal Corazón.

En esta hora trágica de la historia humana, a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, nos entregamos y nos consagramos, no sólo en unión con la Santa Iglesia, cuerpo místico de vuestro Hijo Jesús, que sufre y sangra en tantas partes y de tantos modos atribulada, sino también con todo el Mundo dilacerado por atroces discordias, abrasado en un incendio de odio, víctima de sus propias iniquidades.

Que os conmuevan tantas ruinas materiales y morales, tantos dolores, tantas angustias de padres y madres, de esposos, de hermanos, de niños inocentes; tantas vidas cortadas en flor, tantos cuerpos despedazados en la horrenda carnicería, tantas almas torturadas y agonizantes, tantas en peligro de perderse eternamente.

Vos, oh Madre de misericordia, impetradnos de Dios la paz; y, ante todo, las gracias que pueden convertir en un momento los humanos corazones, las gracias que preparan, concilian y aseguran la paz. Reina de la paz, rogad por nosotros y dad al mundo en guerra la paz por que suspiran los pueblos, la paz en la verdad, en la justicia, en la caridad de Cristo. Dadle la paz de las armas y la paz de las almas, para que en la tranquilidad del orden se dilate el reino de Dios.

Conceded vuestra protección a los infieles y a cuantos yacen aún en las sombras de la muerte; concédeles la paz y haced que brille para ellos el sol de la verdad y puedan repetir con nosotros ante el único Salvador del mundo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Dad la paz a los pueblos separados por el error o la discordia, especialmente a aquellos que os profesan singular devoción y en los cuales no había casa donde no se hallase honrada vuestra venerada imagen (hoy quizá oculta y retirada para mejores tiempos), y haced que retornen al único redil de Cristo bajo el único verdadero Pastor.
Obtened paz y libertad completa para la Iglesia Santa de Dios; contened el diluvio inundante del neopaganismo, fomentad en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y del celo apostólico, a fin de que aumente en méritos y en número el pueblo de los que sirven a Dios.

Finalmente, así como fueron consagrados al Corazón de vuestro Hijo Jesús la Iglesia y todo el género humano, para que, puestas en El todas las esperanzas, fuese para ellos señal y prenda de victoria y de salvación; de igual manera, oh Madre nuestra y Reina del Mundo, también nos consagramos para siempre a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, para que vuestro amor y patrocinio aceleren el triunfo del Reino de Dios, y todas las gentes, pacificadas entre sí y con Dios, os proclamen bienaventurada y entonen con Vos, de un extremo a Otro de la tierra, el eterno Magníficat de gloria, de amor, de reconocimiento al Corazón de Jesús, en sólo el cual pueden hallar la Verdad, la Vida y la Paz.



ACTO DE REPARACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARIA

(para los Primeros Sábados de Mes)

¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan vuestro Santísimo nombre y vuestras excelsas prerrogativas! Aquí tenéis, postrado a vuestros pies, un indigno hijo vuestro que, agobiado por el peso de sus propias culpas, viene arrepentido y lloroso, y con ánimo de resarcir las injurias que, a modo de penetrantes flechas, dirigen contra Vos hombres insolentes y malvados.

Deseo reparar, con este acto de amor y rendimiento que hago delante de vuestro amantísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra vuestro augusto nombre, todos los agravios que se infieren a vuestras excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a vuestro maternal amor e inagotable misericordia.

Aceptad, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta pequeña demostración de mi filial cariño y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hago de seros fiel en adelante, de salir por vuestra honra cuando la vea ultrajada y de propagar vuestro culto y vuestras glorias. Concededme, ¡oh Corazón amabilísimo!, que viva y crezca incesantemente en vuestro santo amor, hasta verlo consumado en la gloria. Amén.

Rezar tres Avemarías en honra del poder, sabiduría y misericordia del Inmaculado Corazón de María, menospreciado por los hombres. Terminar con las siguientes jaculatorias:

¡Oh Corazón Inmaculado de María, compadeceos de nosotros!
Refugio de pecadores, rogad por nosotros.
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Pater, Ave y Gloriapatri por las intenciones del Romano Pontífice.


domingo, 26 de julio de 2009

En honor a la gloriosa Santa Ana, madre de la Santísima Virgen María



Santa Ana, la Madre de la Santísima Virgen, es una de las más veneradas de todos los bienaventurados, habiéndose extendido su culto profusamente en la Edad Media. Aunque los Evangelios canónicos callan sobre ella y San Joaquín, lo cierto es que puede deducirse que pertenecían a la tribu de Judá y a la Casa de David, ya que San Pablo (Rom. I, 3) afirma de Jesucristo qui factus est ex semine David secundum carnem (fue engendrado de la simiente de David según la carne). Ahora bien, como Nuestro Señor se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno purísimo de María, sin concurso de San José, de quien es hijo putativo, es claro que la descendencia davídica biológica sólo le podía venir de su Madre (viniéndole la legal del glorioso patriarca).

Los Evangelios apócrifos dan ellos sí varios datos sobre los abuelos de Jesús. Naturales de Nazaret, en la Galilea, se cree que eran gentes de cierta riqueza proveniente de la ganadería. Algunos creen que eran francamente ricos; pero hay que pensar más bien que se trataba de una familia que podía permitirse vivir con holgura aunque sin lujos. Desde luego, no casa con el estilo de la Virgen la vida regalada y despreocupada en la que habría sido educada de haber sido sus padres muy acaudalados. Si, de acuerdo a la tradición apócrifa, el parentesco de María con Santa Isabel, la madre del Bautista, le venía por Santa Ana, se ha de pensar que ésta era de estirpe sacerdotal, ya que el evangelio de San Lucas dice que Isabel era “de filiabus Aaron” (de las hijas de Aarón, el Sumo Sacerdote, hermano de Moisés).

El episodio principal que se narra en los escritos apócrifos relativo a Santa Ana y su esposo es el de la milagrosa concepción de la Santísima Virgen. Aquéllos se habían mudado de Nazaret para vivir en Jerusalén. Se dice que Ana era ya de edad no apta para concebir y era estéril, lo cual era un baldón para una familia israelita, ya que se consideraba como una maldición de Dios. Un día que Joaquín fue a ofrecer su sacrificio en el templo, el sacerdote Matatías lo rechazó, increpándole el no poder tener descendencia. El patriarca se retiró humillado al monte a meditar en su vergüenza, mientras su esposa, sin comprender la ausencia de Joaquín, se lamentaba ante Dios de su desgracia. El Señor envió a ambos un ángel que les indicó que corrieran el uno al encuentro del otro. Obedeciendo al celeste mensajero, Ana y Joaquín se dieron alcance mutuamente bajo la Puerta Dorada del Templo, cesando la esterilidad aquélla, que concibió a la Virgen pura y sin mancha por especialísimo privilegio de Dios.

Esta bella historia tiene un sugestivo paralelismo con la de otra Ana, éste del Antiguo Testamento: la madre del juez Samuel, que también era mayor y estéril y había rogado sin cesar a Dios que le diera un hijo, al que prometió consagrar a su servicio. Por la unción de Samuel, el justo, David se convertiría en Rey de Israel; por María vendría al mundo el Rey del Universo, hijo de David. El papel desempeñado por las dos mujeres de nombre Ana en capítulos decisivos del plan de salvación es muy semejante. Otra Ana encontraremos en el Nuevo Testamento: la llamada profetisa, que hablaba a todo el mundo del Niño que fueron a presentar sus padres al Templo y que el anciano y venerable Simeón tomó en sus brazos anunciando sobre él cosas maravillosas, que María “guardaría en su corazón”. Todas las Anas son como anticipadoras y anunciadoras de salvación.

Otro episodio relacionado con la madre de la Virgen es su parto. Se dice que, en virtud de la criatura tan perfecta que iba a dar a luz, Ana quedó exenta de los normales dolores del parto. Las noticias sobre los padres de María vuelven con motivo de la presentación de la Niña en el Templo a los tres años para servir en él a Dios. Ana había ya educado a su hija desde muy pequeña en el temor de Dios y la precoz criatura, a quien consumía el celo de su Casa, se soltó de sus padres y corrió hacia el sacerdote, subiendo rápidamente las gradas del Templo para entregarse gozosa a su vida retirada como doncella escogida. Después vinieron los Desposorios de la Virgen con San José, heredero de la dinastía de David, y la concepción y Nacimiento de Jesús, acontecimientos a los que ciertamente asistirían los ancianos Joaquín y Ana. Poco más se narra de ellos, salvo que Santa Ana enviudó primero, después de haber asistido a San Joaquín en su última enfermedad y agonía.

El culto de Santa Ana se difundió en Oriente tan pronto como en el siglo IV. El emperador Justino (que reinó a principios del siglo VI) le dedicó una hermosa iglesia en Constantinopla, lo que da fe de la importancia de su veneración. En Occidente no se introdujo hasta el siglo XIII y fue a través de Francia y los cruzados que venían de los reinos francos del Medio Oriente. El papa Urbano VI instituyó una fiesta en su honor en 1382, aunque sólo para el Reino de Inglaterra. Fue Gregorio XIII quien en 1584 extendió su culto a toda la Iglesia. Esta gran santa es patrona, naturalmente de todas las abuelas, seres entrañables que contribuyen con su toque de dulzura y abnegación a la felicidad doméstica.





LETANÍAS DE SANTA ANA

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos
Dios, Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios, Hijo, redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios, Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.
Santa Ana, ruega por nosotros,
Descendente de la familia de David,
Hija de los patriarcas,
Fiel esposa de San Joaquín,
Madre de María, la Virgen Madre de Dios,
Amable madre de la Reina del Cielo,
Abuela de nuestro Salvador,
Amada de Jesús, María y José,
Instrumento del Espíritu Santo,
Ricamente dotada de las gracias de Dios,
Ejemplo de piedad y paciencia en el sufrimiento,
Espejo de obediencia,
Ideal del autentico feminismo,
Protectora de las vírgenes,
Modelo de las madres cristianas,
Protectora de las casadas,
Guardián de los niños,
Apoyo de la vida familiar cristiana,
Auxilio de la Iglesia,
Madre de misericordia,
Madre merecedora de toda confianza,
Amiga de los pobres,
Ejemplo de las viudas,
Salud de los enfermos,
Cura de los que sufren del mal,
Madre de los enfermos,
Luz de los ciegos,
Voz de quienes no pueden hablar,
Oído de los sordos,
Consuelo de los afligidos,
Alentadora de los oprimidos,
Alegría de los ángeles y Santos,
Refugio de los pecadores,
Puerto de salvación,
Patrona de la buena muerte,
Auxilio de cuantos recurren a ti,

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,perdónanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo,escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo,ten piedad de nosotros.

V. Ruega por nosotros buenísima Santa Ana,
R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

Oremos. Dios todopoderoso y eterno, que te has complacido en escoger a Santa Ana para que de ella naciera la Madre de tu amado Hijo, haz que cuantos la honramos con especial confianza podamos, por su intercesión, alcanzar la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. R. Amén.


sábado, 11 de julio de 2009

La medalla de San Benito



El día de hoy se conmemora la traslación de las reliquias de San Benito y de su hermana Santa Escolástica desde Montecasino a Francia, que tuvo lugar en el siglo VIII por obra de unos monjes de la abadía de Fleury (foto), los cuales, movidos de gran devoción al cenobiarca de Occidente, se las llevaron subrepticiamente según relata el historiador Pablo Diácono hacia el año 785. El hecho parece apoyarse documentalmente en una carta del papa Zacarías pidiendo a los obispos francos que convencieran a los monjes para que restituyeran las reliquias (cosa que no hicieron). Hoy éstas siguen en la abadía, cuya población adyacente ha tomado el nombre de Saint-Benoît-sur-Loire. La ciencia y la historia parecen corroborar su autenticidad. De hecho el culto a San Benito se desarrolló precisamente por la misma época del “rapto de las reliquias” y a partir de lo que es hoy el centro de Francia (que es donde se halla la abadía de Fleury), siendo así que en Italia aparece posteriormente, coincidiendo con la introducción del sacramentario gelasiano-franco.

Buena ocasión es, pues, la efeméride para hablar de un sacramental muy difundido y eficaz, aunque un poco olvidado en las últimas décadas: la Medalla de San Benito. Este gran santo tenía una gran devoción a la Cruz de Cristo, de la cual sacaba fuerza contra las tentaciones diabólicas que sufría (como narra San Gregorio el Grande en sus Diálogos). A sus monjes recomendaba siempre hacer frecuente uso del signo de la Cruz. Se cuenta que en cierta ocasión, algunos de ellos, hastiados de la disciplina austera que su fundador les imponía, intentaron envenenarle emponzoñando el vino de su copa. Al hacer San Benito sobre ella, como acostumbraba siempre antes de beber, la señal de la Cruz, se rompió, frustrándose las malas intenciones de los conjurados. San Mauro, su discípulo amado y sucesor como abad de Subiaco cuando Benito se retiró a Montecasino, es el autor de una bendición con la señal de la Cruz a favor de los enfermos.

Los benedictinos utilizaban constantemente la Cruz, costumbre que hizo que en la Edad Media se representase al santo patrón de Occidente con ella en una mano. Fue así como se le manifestó a un adolescente alsaciano llamado Brunón, segundogénito del conde Hugo de Egisheim, el cual, gravemente enfermo por la mordedura de un animal venenoso y habiendo perdido el habla, tuvo en sueños la aparición de un venerable monje que llevaba una cruz mientras bajaba del cielo por una escala que descendía hasta su lecho de enfermo. El jovencito quedó curado y reconoció en el monje a San Benito, a la difusión de cuya difusión contribuyó grandemente en Alemania, sobre todo cuando andando el tiempo se convirtió en el papa León IX. La historia fue recogida de labios del pontífice por el diácono Wilberto. Desde esta época fue ya generalizada la costumbre de representar a San Benito con la Cruz en la mano.

La existencia de la medalla de San Benito, ornada con la Cruz y unas misteriosas iniciales, sólo está atestiguada fehacientemente en el siglo XVII, cuando las Hijas de la Caridad, recién fundadas por San Vicente de Paúl la adoptaron para su rosario, pero este hecho presupone que ya existía desde tiempo atrás. Por esta misma época se produjo un hecho sorprendente en Alemania: durante el proceso a unas nigromantes en Baviera se pudo comprobar que en la región que había sido objeto de infestaciones demoníacas por obra de sus conjuros sólo un lugar se había visto incólume: el convento de Metten. Al investigarse a qué razón podía deberse se descubrió que en diversos lugares del claustro se hallaban representadas unas cruces con unas letras enigmáticas. Éstas fueron descifradas más tarde gracias a un manuscrito del siglo XV descubierto en la biblioteca del convento. Parece ser, pues, que es desde esta época cuando la Medalla de San Benito comenzó a extenderse, pero no recibió un reconocimiento oficial de la Iglesia hasta el breve del 12 de marzo de 1742, dado por Benedicto XIV, que la enriqueció con innumerables indulgencias. Desde entonces fue difundida ampliamente tanto suelta como insertada en un crucifijo.



La medalla representa en su anverso a San Benito blandiendo con una mano la Cruz como defensa contra sus enemigos y teniendo en la otra el libro de la Regla. En el reverso se representa una Cruz griega con cuatro círculos entre sus brazos y varias iniciales, cuyo significado es como sigue:

En los círculos: C S P B. Significa: CRVX SANCTI PATRI BENEDICTI (la Cruz del Santo Padre Benito).

En el travesaño de la Cruz: N D S M D. Significa: NON DRACO SIT MIHI DVX (Que el Dragón no sea mi guía).

En el árbol de la Cruz: C S S M L. Significa: CRUX SACRA SIT MIHI LVX (La Santa Cruz sea mi Luz)

Encima de la Cruz había antiguamente el monograma de Jesús (IHS), que ha sido reemplazado por la palabra PAX.

Una inscripción acróstica larga circunda todo el reverso de la medalla y está dividida en dos partes:

V R S N S M V. Significa: VADE RETRO SATANA, NVMQVAM SVADE MIHI VANA (Retrocede, Satanás, y nunca me logres tentar con vanidades).

S M Q L I V B. Significa: SVNT MALA QVAE LIBAS, IPSE VENENVM BIBAS (Lo que ofreces es veneno, bébetelo tú).

La medalla de San Benito es muy eficaz contra las tentaciones y contra las asechanzas de los enemigos del alma, particularmente el demonio, y las insidias de nuestros adversarios. También es eficaz para curar o aliviar a los enfermos y para los moribundos, a fin de que se vean librados de las tentaciones que suelen acometernos en el trance final. Es bueno tenerla colgada en la pared inserta en el crucifijo y llevarla encima de uno como medalla. Por supuesto, como todos los sacramentales no es un talismán ni se la debe tener de forma supersticiosa: ella presupone la fe y una vida cristiana, conformada con Jesús Crucificado a Quien hace referencia.


sábado, 4 de julio de 2009

Rosario sacerdotal: Primer Misterio Gozoso




"Yo no sé si ya sabes acerca de la devoción reparadora de los cinco primeros Sábados al Inmaculado Corazón de María. Como todavía esta reciente, me gustaría inspirarte a practicarla, porque es pedida por Nuestra querida Madre Celestial y Jesús ha manifestado un deseo de que sea practicada. También me parece que serias muy afortunada querida madrina, no solo de saberla y de darle a Jesús la consolación de practicarla, pero también de hacerla conocida y abrazada por muchas otras personas.

"Consiste de esto: Durante cinco meses en los Primeros Sábados, recibir a Jesús en la Sagrada Comunión, recitar un Rosario, mantener quince minutos de compañía a la Virgen mientras se meditan los misterios del Rosario, y hacer una confesión. La confesión se puede hacer unos pocos días antes, y si en esta confesión previa tu haz olvidado la intención (requerida), la siguiente intención se puede ofrecer, siempre y cuando en el Primer Sábado uno reciba la Sagrada Comunión en estado de Gracia, con la intención de hacer reparación por las ofensas en contra de la Santísima Virgen y las cuales afligen Su Inmaculado Corazón" (Carta de Sor Lucía dos Santos a doña María Miranda, su madrina).

Desde este Primer Sábado de mes, dedicado a honrar al Inmaculado Corazón de María, y cumpliendo con lo pedido por Ella como uno de los medios de santificarlo (a saber la meditación durante al menos quince minutos de alguno de los misterios del Santo Rosario), comenzamos a publicar unas meditaciones muy aptas para el Año Sacerdotal que acaba de comenzar, siguiendo las cuatro series de misterios: gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. Las iremos poniendo cada Primer Sábado de Mes y todos los sábados de octubre (Mes del Rosario) y mayo (Mes de María) próximos. Empezamos hoy con el primer misterio gozoso:



LA ENCARNACIÓN DEL VERBO

LA VOCACIÓN

La Anunciación (Leonardo)


Y al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón, que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado el ángel a donde estaba, dijo: "Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres". Y cuando ella esto oyó, se turbó con las palabras de él, y pensaba, qué salutación fuese ésta. Y el ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. He aquí, concebirás en tu seno, y parirás un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre; y reinará en la casa de Jacob por siempre, y no tendrá fin su reino". Y dijo María al ángel: "¿Cómo será esto, porque no conozco varón?" Y respondiendo el ángel, le dijo: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te hará sombra la virtud del Altísimo. Y por eso lo santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios. Y he aquí Elisabeth tu parienta, también ella ha concebido un hijo en su vejez; y este es el sexto mes a ella, que es llamada la estéril; porque no hay cosa alguna imposible para Dios". Y dijo María: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Y se retiró el ángel de ella. (San Lucas I, 26-38).


MEDITACIÓN

En este episodio de los Santos Evangelios se nos narra la vocación de María. Dios envía su ángel a la dulce Virgen de Nazaret con el objeto revelarle que es Ella la escogida para contribuir decisivamente a la obra trascendental de la Redención mediante la maternidad divina. Desde toda la eternidad el Padre celestial se había reservado del género humano dos personas para llevar a cabo sus arcanos designios de divinización de la creación: Jesús y María y los preparó con ese propósito. A Jesús, nacido de mujer e hijo de David secundum carnem, lo tenía destinado para que se uniese a Él hipostáticamente la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. María era la mujer en cuyo seno virginal y purísimo debía producirse ese milagro del que resultaría Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, el Cordero inmaculado nacido de la Cordera inmaculada. Dios Padre tenía sus planes, pero quiso someterlos a la decisión libérrima de María. La economía de la salvación, en este sentido, dependió de Ella. María estaba predestinada ciertamente, pero fue llamada por Dios para que su colaboración en la obra redentora fuera plenamente asumida, como fruto de un asentimiento deliberado.

Analicemos el texto de la Sagrada Escritura para comprender lo que debió ser para María el llamado de la vocación. San Gabriel comienza con un saludo que produce turbación en María. Algunos comentaristas creen que se debió al pudor virginal ante el ángel que en alguna manera invadía su intimidad, pero no parece que sea este el motivo, ya que el evangelista dice que Ella se turbó por las palabras del ángel, no por el ángel mismo, y se quedó meditando en su significado. Además, María era como una niña pequeña, sin malicia alguna, y no es pensable que pudiera albergar sospechas de tipo escabroso. ¿Qué fue, pues, lo que le dijo el mensajero de Dios que la turbó? Primero la saluda, luego la halaga diciéndole que es “graciosísima hasta el colmo” (según interpretación del Padre Alcañiz) y a continuación le dice: “El Señor está contigo”. Esta última frase tuvo que poner en alerta a la Virgen, que conocía perfectamente la Sagrada Escritura (como quedará probado por el Magníficat, de un precioso estilo davídico, que revela un alma familiarizada con la Biblia). Cada vez que el Señor confiaba una misión ardua a sus siervos en el Antiguo Testamento les decía: “No temas, Yo estaré contigo”. Así pues, al oír las palabras del ángel, María no pudo por menos de preguntarse: “¿Qué querrá Dios de mí, que me manda decir que está conmigo?”.

El ángel le aclara cuál es la misión que Dios le confía y para la que la llama. No lo hace con gran profusión de palabras ni con circunloquios, sino con frases certeras y directas, como saetas: “no temas”, “vas a concebir y dar a luz un hijo”, “que será el Hijo del Altísimo”, “reinará para siempre”. Con un rápido trazo le ha descrito el plan mesiánico de Dios, proyectándolo directamente a los Últimos Tiempos y el Reino (cuando se restauren todas las cosas en Cristo). Pero, ¿dónde está lo arduo? No se habla aquí de la Pasión ni del sufrimiento del Siervo de Dios. Nuevamente debemos buscar la explicación en el conocimiento que de la Palabra de Dios debía tener la Virgen, que los Evangelios nos presentan como un alma dada a la meditación. De hecho en la iconografía tradicional de la Anunciación siempre se la representa ante el libro abierto de la Sagrada Escritura. Ella a buen seguro que conocía la Ley y los Profetas, como buena israelita que era, pero además, al haber sido educada en el Templo ese conocimiento tenía que ser profundo. Por lo tanto, es claro que sabía lo que implicaba ser la Madre del Mesías, que reinaría para siempre, sí, pero que primero debía ser “varón de dolores”.

La Virgen cree al ángel y está dispuesta a plegarse a la voluntad de Dios, pero surge una dificultad, natural después de todo: ¿cómo se realizará lo que me dices, si no tengo las relaciones por las que se verifica naturalmente la concepción de un ser humano? Aquí, por cierto, hay un argumento a favor del dogma de la perpetua virginidad de María. Se ve por lo que dice San Lucas que Ella había hecho voto de virginidad perpetua; si no, la objeción no tendría sentido. El ángel podría haberle respondido: “no conoces varón ahora, pero lo conocerás; ¿cuál es el problema?” En cambio le responde con la revelación del modo divino mediante el que concebirá: por la virtud del Espíritu Santo y en prueba de que este prodigio no es impensable le cuenta que su prima Isabel va a ser madre a pesar de ser una mujer anciana (es decir, que ya habría pasado el climaterio). En este punto la Virgen, confiando completamente en el Señor, da su asentimiento, y lo hace substituyendo la voluntad de Dios a la suya, declarándose su esclava, es decir, entregando su libertad. María desde este momento ya no se posee; es posesión de Dios y ahora Él puede llevar tranquilamente a cabo sus planes, gracias a la libre docilidad y entrega de Sí misma de esta criatura suya, en la que depositó una confianza que no ha sido defraudada.

Encontramos en la Anunciación los elementos principales de lo que es la vocación sacerdotal. María ciertamente no es sacerdote en el sentido estricto del término, o sea “el que ofrece sacrificios a Dios”. Pero sí lo es en un doble sentido: por medio de su aceptación de la Divina Maternidad hace presente a Dios entre los hombres (cosa que es también competencia sacerdotal) y prepara la Víctima del gran sacrificio, del sacrificio por antonomasia, proporcionando al Verbo al hombre que con Él se va a unir hipostáticamente. En la Epístola a los Hebreos se leen estas palabras atribuidas a Jesucristo al tomar carne humana: “Me has dado un cuerpo: aquí estoy para hacer tu voluntad”. Es curiosa la coincidencia de disposición en María y en Cristo: “hágase en mí según tu palabra”, “aquí estoy para hacer tu voluntad”. En el mismo instante de la Encarnación. Dios Padre da al Verbo un cuerpo para llevar a cabo la obra de la Redención, pero se lo da por medio de la voluntad de María, que se pliega a la de su Creador. Así pues, la Virgen es un magnífico ejemplo de vocación para el sacerdocio y para los sacerdotes (que deben cultivarla hasta el último día de sus vidas terrenales).

¿Qué podemos aprender de Nuestra Señora en cuanto a la vocación? Las disposiciones con las que se ha de recibir: fe, sencillez, confianza, entrega. La Virgen es una mujer de fe profunda. Nos enseña una fe no está hecha de grandes y pomposas manifestaciones, sino que discurre como los ríos caudalosos, tranquilamente y serenamente. Una fe que está anclada en la Palabra de Dios, meditada y hecha vida de modo que la menor sugestión divina nos es reconocible. Una fe vivida, interiorizada, de modo que nuestros actos sean reflejos de ella. María es también una doncella de sencillez arrebatadora. No es engreída, a pesar de ser perfectamente consciente de su condición especialísima (que ha podido intuir a lo largo de su vida, especialmente durante su servicio en el Templo, y a través de sus mociones interiores y ahora le es confirmada por el ángel). No se ensoberbece y toma lo que le viene del Señor con una naturalidad pasmosa, que revela una personalidad sin artificio ni doblez. Esa misma sencillez que el Dios “que resiste a los soberbios” quiere en sus elegidos y exige de ellos. Una sencillez que en nosotros debe provenir de la consciencia de nuestra nada y de nuestra contingencia, de nuestra imperfección y nuestras limitaciones, de nuestras miserias y debilidades, que sabe que todo lo bueno que tenemos se lo debemos a Dios, es pura gratuidad de su munificencia.

Confianza. Nuestra Señora no pone en duda lo que se le anuncia de parte de su Señor, pero hay un obstáculo natural que Ella no sabe cómo se puede superar. San Gabriel le da una explicación sobrenatural y María se fía de lo que le dice. Si Dios lo dice, es que así será. ¡Cuántas veces no oponemos al llamado de Dios nuestras dificultades humanas! Que si mis padres, que si mi hacienda, que si mi situación económica, que si el trabajo, que si la seguridad material… El Evangelio narra un episodio de vocación personal de Cristo a un joven rico que tenía buenas disposiciones. Cuando el Maestro le dice que lo deje todo y lo siga, el muchacho se marcha entristecido “porque tenía muchas posesiones”. No se acababa de fiar de Jesús y prefería la seguridad que le otorgaban sus riquezas. ¡Qué pena de vocación frustrada! Pero pasa cuando se deposita la confianza en cualquier otra cosa que no sea Dios. Falta fe en la Providencia. Los Apóstoles eran hombres pobres y trabajadores en su mayor parte; se jugaban mucho por seguir a Jesús y, sin embargo, creyeron en Él y se fiaron de Él. Cuando se siente el llamado hay que entregarse total y confiadamente. “Me fio de ti; creo en lo que me has mandado decir y acepto”.

La entrega ha de ser total. Hay que abandonarse enteramente a Dios que llama. La Virgen expresó la radicalidad y plenitud de la entrega mediante la figura de la esclavitud: es decir, el dominio de una persona sobre otra, con poder de vida y de muerte, que es como se concebía esta institución en la Antigüedad. Me doy a Ti, Señor, haz de mí lo que se te antoje que mi voluntad es la tuya”. Que se cumpla en mí según tu palabra. En otro episodio evangélico en que se narra una vocación, el que era llamado por Cristo le dice que le espere a que vaya a enterrar a su padre muerto, lo que provoca la respuesta aparentemente dura del Señor: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú sígueme”. Es decir, que los afanes del mundo no nos hagan diferir la decisión de seguir el llamado. No podemos tener el corazón dividido y puesto en otra cosa que no sea Jesucristo. Tenemos que ser como Zaqueo, para quien la vocación fue una total conversión de vida, o como su colega el publicano Leví, que dejó su lucrativo negocio sin pensarlo dos veces y se convirtió en Mateo, el apóstol. En el momento que aceptamos la vocación ya no nos pertenecemos: somos los esclavos del Señor, como María en la Anunciación.


La vocación de Mateo (Caravaggio)