miércoles, 23 de septiembre de 2009

El Padre Pío, los grupos de oración y los cenáculos




“Yo invito a las almas a orar y esto ciertamente fastidia a Satanás. Siempre recomiendo a los Grupos la vida cristiana, las buenas obras y, especialmente, la obediencia a la Santa Iglesia” .

San Pío de Pietrelcina


Los Grupos de Oración (Gruppi di Preghiera) constituyen una de las grandes obras del Padre Pío, surgida no por un plan preconcebido, sino espontáneamente como derivación de su apostolado. Como se sabe el capuchino estigmatizado exhortaba invariablemente a sus penitentes y visitantes a la oración, la que él mismo practicaba con preferencia y perseverancia. Estaba convencido de que, como asegura san Alfonso María de Ligorio, “el que ora ciertamente se salva; el que no ora se condena”. Sabía que no hay cosa que deteste tanto el demonio como la comunicación y comercio con Dios, que eso es la oración.

Los devotos del Padre Pío se entregaban, pues, a la plegaria, pero pronto sintieron la necesidad de reunirse para orar en común. El primer núcleo de grupos de orantes se formó en torno a la naciente obra de la Casa Sollievo della Sofferenza (Alivio del Sufrimiento), el hospital fundado en 1940 frente al convento de San Giovanni Rotondo con las limosnas recibidas por el santo fraile y que era como la niña de sus ojos, su obra predilecta. Hay que destacar los nombres de Guglielmo Sanguinetti, Mario Sanvico, Carlo Kisvarday, John Telfener, Ida Seitz, Angela Serritelli y Cleonice Morcaldi, que fueron los mayores impulsores del proyecto hospitalario. El Padre Pío, que estaba convencido de que sin la oración ninguna acción apostólica podía prosperar, los animaba, los guiaba y les daba orientaciones para que fueran el apoyo espiritual de aquél.

En plena Guerra Mundial, el 17 de febrero de 1942, había Pío XII hizo un urgente llamado a todos los católicos pidiendo oraciones, el cual renovó una vez acabada la conflagración. A pesar de la paz, la situación del momento era particularmente difícil: una parte de la Humanidad sufría las terribles consecuencias de la locura bélica; el mundo se hallaba dividido en dos bloques hostiles e irreconciliables, la Iglesia había sido reducida al silencio en los países sometidos al comunismo (cuya sombra se cernía amenazante sobre el mundo libre) y sufría una diabólica persecución. El Padre Pío, siempre atento a la voz del Vicario de Cristo, puso los nacientes grupos de oración en sintonía con los deseos e intenciones papales, instando a sus hijos espirituales a orar por la Iglesia, en la Iglesia y con la Iglesia, en comunión con sus pastores y en fidelidad a ellos. Es éste el inequívoco sello de la obediencia seráfica, que movía al capuchino de San Giovanni Rotondo como a su santo fundador, el Poverello de Asís, de quien fue digno émulo.

San Pío de Pietrelcina llamó a los grupos de oración “viveros de fe, hogares de amor”. Fe y amor. Oración y acción. Contemplación y apostolado. Dos elementos esenciales de la vida espiritual que quiso conjugar en ellos su inspirador, el cual quería que sus hijos espirituales fueran intercesores, que prestaran su voz al clamor de las criaturas a su Creador, que vivieran una intensa vida sacramental centrada en la Eucaristía y que dieran de lo que habían recibido. Para el Padre Pío la fe es operativa por la caridad y la oración fecunda en obras; por eso, quiso vincular los grupos de oración a la de la Casa Sollievo della Sofferenza. He aquí el porqué los cenáculos tienen siempre una proyección apostólica inspirada en las obras de misericordia.

El capuchino estigmatizado no solía predicar, pues su palabra se prodigaba en el encuentro personal en el confesionario, en la dirección espiritual y en la atención a los peregrinos. Pero por sus amados grupos de oración accedió a hablar en público en ocasión del décimo aniversario de la inauguración de la Casa Sollievo della Sofferenza. Vale la pena copiar sus palabras, que contienen el espíritu que los informa :

“Mi recuerdo y paternal pensamiento se dirige de manera muy especial a los Grupos de Oración, difundidos por todo el mundo y presentes hoy aquí, en ocasión del primer decenio de la Casa y de su segundo congreso internacional. Alineados con la Casa Sollievo della Sofferenza, son ellos la vanguardia de esta ciudadela de la caridad. Viveros de fe, hogares de amor, en los cuales Cristo mismo se hace presente cada vez que se reúnen para la plegaria y el ágape eucarístico bajo la guía de sus pastores.

“Es la plegaria, esta fuerza unida de todas las almas buenas, la que mueve el mundo, la que renueva las conciencias, la que sostiene la Casa, la que consuela a los que sufren, la que cura a los enfermos, la que santifica el trabajo, la que eleva la asistencia sanitaria, la que da la fuerza moral y la cristiana resignación al sufrimiento humano, la que expande la sonrisa y la bendición de Dios sobre toda flaqueza y debilidad”.
(San Giovanni Rotondo, 5 de mayo de 1966).


De todo esto se deducen los cinco principios que presiden el establecimiento y funcionamiento de los grupos de oración:

1.- Plena e incondicional adhesión a la doctrina de la Iglesia Católica, guiada por el Papa y por los Obispos.

2.- Obediencia al Papa y a los Obispos, cuyo portavoz, dentro del Grupo, es el Sacerdote Director Espiritual, nombrado por el Obispo.

3.- Oración con la Iglesia, por la Iglesia y en la Iglesia, con la participación activa en la vida litúrgica y sacramental, vivida como vértice de la íntima comunión con Dios.

4.- Reparación a través de la participación de los sufrimientos de Cristo, según las enseñanzas de San Pablo.

5.- Caridad activa e laboriosa en el alivio de los que sufren y de los necesitados, como actuación práctica de la caridad hacia Dios.

Los grupos de oración han inspirado a otras organizaciones de seglares, entre las que destacan los Cenáculos de Oración. A veces se confunden cenáculos y grupos, pero no son lo mismo. A diferencia de los grupos de oración, los cenáculos no suelen reunirse en las parroquias u otros locales dependientes de la Iglesia, sino en domicilios particulares, a semejanza de la casa en la que Jesucristo y sus Apóstoles comieron la Pascua antes de la Pasión y donde éstos “perseveraban en la oración” junto con la Virgen y las santas mujeres, antes de Pentecostés. De ahí que se denomine a estas reuniones “cenáculos”. Tampoco su consiliario o director espiritual es necesariamente nombrado por el Obispo, sino que se puede invitar libremente a cualquier sacerdote pío y observante. No se trata de ignorar la autoridad legítima de la Iglesia, sino de obrar con la santa libertad de los Hijos de Dios y con las precauciones necesarias ante posibles desviaciones doctrinales en el cierto clero, de lo cual hay, desgraciadamente, hay muchos ejemplos.

Cenáculos de oración han surgido para diversos fines, especialmente para promover apariciones marianas (La Salette, Fátima, Garabandal) o movimientos espirituales como el Movimiento Sacerdotal Mariano o la defensa de la misa tridentina. Los cenáculos no tienen una organización central como los grupos de oración, por lo que su difusión es más improvisada y espontánea. También el orden de sus reuniones varía según el espíritu y la idiosincrasia de cada agrupación. En algunos hay un cierto parentesco con la Legio Mariae (Legión de María), pero se distinguen en el hecho de que ésta es una organización volcada a la acción apostólica, en tanto que los cenáculos, sin descuidarla, son esencialmente reuniones para la plegaria en común.

Copiamos del antiguo Cenáculo de Oración del Padre Moreno, organizado en 1982 por el Excmo. Sr. Embajador Don Julio Vargas-Prada, en un domicilio de Lima (Perú) el siguiente orden:

Himno Veni Creator Spiritus
Exposición de intenciones de vivos y por los difuntos encomendadas al cenáculo
Rezo del Santo Rosario con las Letanías Peruanas (aprobadas por Pablo V para el Perú)
Explicación didáctica de algún punto de doctrina o liturgia (por el consiliario eclesiástico cuando asiste o por el presidente del cenáculo)
Coloquio sobre dicho tema
Canto del Angelus
Dialogo sobre noticias de actualidad y cuestiones prácticas.
Acto de reparación final
Canto de la Antífona mayor mariana que corresponda.
Refrigerio de convivencia

Como se ve, no hay misterio ni mayor dificultad en organizar un cenáculo, siempre que se encuentre un cierto número de personas bien dispuestas y de fe católica acreditada. El número ideal es de doce a quince. Cuando un cenáculo lo duplica, debería escindirse en dos para multiplicar los focos de difusión.

Los grupos de oración y los cenáculos son dos maneras distintas de cumplir un mismo ideal y objetivo: la intercesión. Ambas formas de asociación tienen al Padre Pío por patrono e inspirador. Una es más institucional y la otra más informal, pero Spiritus ubi vult spirat (el Espíritu sopla donde quiere) y no hay que cerrarse a ninguna posibilidad de honrar a Dios, servir a la Iglesia y ayudar a los hermanos. Desde el Costumbrario Tradicional Católico animamos a nuestros lectores a que se unan a grupos de oración o formen cenáculos. En los tiempos que corren, que nos hacen pensar en la proximidad de la Parusía, es más necesario que nunca perseverar en la oración, en actitud de espera, como los Apóstoles antes de Pentecostés.


Perseveraban en la oración...


domingo, 13 de septiembre de 2009

14 de septiembre: la Exaltación de la Santa Cruz



La liturgia romana dedicó a la Santa Cruz de Nuestro Señor, además del Viernes Santo (cuyo acto central es precisamente la adoración del instrumento de nuestra Redención), dos festividades peculiares, celebradas en la Iglesia universal: la Invención (3 de mayo) y la Exaltación (14 de septiembre). El calendario particular español contempla, por su parte, una tercera: la del Triunfo de la Cruz (17 de julio), en conmemoración de las Navas de Tolosa. La festividad del 3 de mayo recuerda el hallazgo (inventio) de la verdadera Cruz por santa Elena Augusta, madre del emperador Constantino (cuya historia está tan ligada a aquélla desde la famosa aparición la víspera de la batalla del Puente Milvio: In hoc signo vinces). La del 14 de septiembre, que es más antigua, originalmente evocaba el mismo suceso, pues se creía que era ésta la fecha en la que tuvo lugar. Pero para no crear confusiones, acabó por dedicarse a conmemorar la recuperación de la cruz de manos de los persas por el emperador Heraclio.

La célebre peregrina Eteria, valioso testigo de la vida cristiana del siglo IV, refiere con todo detalle en su Peregrinatio la celebración que tenía lugar en Jerusalén el 14 de septiembre, día en el que se juntaba en una misma fiesta la de la Invención de la Cruz y la dedicación de la basílica constantiniana tripartita del Martyrion y la Anastasis (Santo Sepulcro). El concurso de fieles era inmenso y acudían gran número de obispos y monjes y hasta anacoretas provenientes de Siria, Mesopotamia, Egipto y la Tebaida. Llegaban peregrinos de muchas provincias del Imperio. La importancia de la festividad era tal que se equiparaba a la Pascua y a la Epifanía, por lo cual todas las iglesias de Jerusalén se adornaban con la misma riqueza que en estas ocasiones. Con el tiempo la dedicación de la basílica del Santo Sepulcro pasó a segundo plano hasta quedar casi por completo obnubilada.

Con el tiempo, la fiesta de la Exaltación de la Cruz se comenzó a celebrar en todos aquellos lugares donde se conservaba la reliquia de la Vera Cruz (Lignum Crucis). En Roma se introdujo bajo el reinado del papa Sergio I (687-701), según consta por el Liber Pontificalis. En ese día se exponía y adoraba el fragmento de la Cruz llevado a Roma por santa Elena. La ceremonia revestía la misma solemnidad que la adoración que tenía lugar en Viernes Santo y se celebró hasta el siglo XIII. Mientras tanto, a través de los sacramentarios galicanos, había entrado en la liturgia romana la festividad del 3 de mayo, que se celebraba desde la época carolingia sin estar claro su origen. Al fundirse los libros litúrgicos galicanos con el sacramentario gregoriano subsistieron, sin embargo, ambas fiestas, aunque tenían el mismo objeto. Como queda dicho, la del 14 de septiembre, originalmente dedicada al hallazgo de la Cruz, pasó a ser el recuerdo litúrgico de su recuperación del poder de los paganos.


Piero della Francesca: Batalla de Heraclio contra Cosroes II
(Storie della Vera Croce, Arezzo)


El año 614, los persas, al mando del general Sharbahraz, conquistaron Damasco y Jerusalén. De la Ciudad Santa se llevaron la Cruz como trofeo, siendo incrustada en el trono de madera del rey sasánida Cosroes II Parviz (el Victorioso). Durante años, los cristianos, sumidos en disputas internas, no pudieron hacer frente al avance de los persas, pero en 622 el emperador Heraclio tomó finalmente el control de la situación y empezó a avanzar victoriosamente contra aquéllos. En 627 los venció en Nínive, logrando avanzar hasta Ctesifonte, la capital de Cosroes II, el cual huyó sin resistir pero sólo para ser depuesto por los magnates, que pusieron en el trono a su hijo Khavad II, el cual le hizo asesinar, lo mismo que a sus dieciocho hermanos, y entró en negociaciones con Heraclio. En el curso de éstas murió Khavad, siendo sucedido por su hijo Ardacher III, quien firmó la paz con Bizancio, sellándola con la devolución de la Cruz a los cristianos el año 629. Heraclio llevó en triunfo la sagrada reliquia de regreso a Jerusalén. Al llegar a sus puertas, la comitiva hubo de detenerse porque se derrumbó una parte del muro obstaculizando el paso. Apareció entonces un ángel que hizo ver al emperador que la gran pompa de la que iba acompañado no casaba con la humildad con la que Jesucristo había entrado en la Ciudad Santa, montado sobre un pollino. Emocionado hasta las lágrimas, Heraclio se despojó de sus ricas vestiduras y, tomando la Cruz a hombros, entró con ella en Jerusalén, llevándola al Calvario y restaurando la iglesia del Santo Sepulcro.

Tanto la historia de la Invención de la Cruz por santa Elena como la de su recuperación por Heraclio forman parte de lo que se llama la Legenda Sanctae Crucis (Leyenda de la Santa Cruz), que no significa que se trate de un relato mítico o fabuloso, sino una historia para ser leída (legenda) y meditada. El dominico Jacopo de Voragine (1228-1298) la inmortalizó en su famosa Legenda Aurea (Leyenda Dorada). Basándose en ella, Piero de la Francesca (1415-1492) pintó una serie de magníficos frescos en la capilla Bacci de la catedral de Arezzo bajo el título de Storie della Vera Croce (Historias de la Vera Cruz). Es una de las grandes obras maestras del Renacimiento.


Agnolo Gaddi: Decapitación de Cosroes y entrada de Heraclio
con la Vera Cruz en Jerusalén

La festividad de hoy nos lleva a reflexionar en la Santa Cruz como un signo de victoria: la de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, la del Bien sobre el mal, la de la Luz sobre las tinieblas. Cristo, crucificado en ella, alzado entre el cielo y la tierra, reconcilia a Dios con los hombres, al Creador con sus criaturas, y juzga al mundo y su iniquidad. Su poder se manifiesta precisamente cuando parece despojado de él; por eso dice el himno de Venancio Fortunato “regnavit a ligno Deus” (ha reinado Dios desde el madero). El signo de la Cruz es, pues, un signo poderoso de protección contra el maligno y sus insidias. De allí que debamos usarlo constantemente, en todos nuestros actos importantes, para vencer las tentaciones, para que nuestras obras tengan un buen resultado y para que el Señor nos proteja en todos los momentos de nuestra vida.

Usamos de la señal de la Cruz de dos maneras: santiguándonos y persignándonos. Santiguarse es llevar las yemas de los dedos de la mano derecha de la frente al pecho y del hombro izquierdo al derecho (los orientales invierten el movimiento horizontal: y llevan la mano del hombro derecho al izquierdo para ser como un reflejo exacto de los movimientos del sacerdote que bendice). Al mismo tiempo que uno se santigua dice: “In nomine Patris (+), et Filli (+), et Spiritus (+) Sancti. Amen” (En el nombre del Padre (+), y del Hijo (+), y del Espíritu (+) Santo. Amén). Hay quienes acostumbran al final besar el dedo pulgar extendido sobre el índice formando una cruz, como reverencia y devoción al signo de nuestra redención. Sin embargo, por piadosa que sea esta práctica no forma parte del acto de santiguarse. Cuando se hace la señal de la cruz tomando el agua bendita se ha de decir primero, al sumergir los dedos en la pila: “Haec aqua benedicta sit nobis salus et vita” (Que esta agua bendita, nos sea salvación y vida). Santigüémonos frecuentemente: cuando comenzamos el día, al salir de casa, al pasar delante de una iglesia, en los peligros y tentaciones, al entrar y salir de la iglesia, al oír blasfemar o jurar, al bendecir la mesa, al empezar una obra importante, al pasar frente a un cementerio o encontrarse con un cortejo fúnebre como señal de respeto a las ánimas de los difuntos, al volver al hogar y al encomendar nuestro sueño a Dios.

Además de santiguarnos también nos persignamos y lo hacemos con la yema del dedo pulgar de la mano derecha, haciendo pequeñas cruces respectivamente sobre la frente, los labios y el corazón y, acto seguido, santiguándonos. Al hacerlo decimos: Per signum (+) Sancta Crucis, de inimicis (+) nostris, libera nos (+), Domine Deus noster. In nomine Patris (+), et Filli (+), et Spiritus (+) Sancti. Amen” (Por la señal (+) de la Santa Cruz, de nuestros (+) enemigos líbranos (+), Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre (+), y del Hijo (+), y del Espíritu (+) Santo. Amén). Esta manera de hacer la señal de la cruz se emplea para empezar algún ejercicio de piedad importante, como el Via Crucis, el Santo Rosario, las Coronas de Gozos y Dolores, las Novenas, la meditación, etc. También cuando, al entrar en la iglesia, después de santiguarnos con el agua bendita y hacer la genuflexión ante el tabernáculo, nos arrodillamos para empezar nuestras devociones.

En la liturgia hay varios signos de la cruz. La misa empieza con el acto de santiguarse. El mismo se efectúa: al versículo Adiutorium nostrum antes del acto penitencial, al Indulgentiam, a las primeras palabras del Introito, al final de la doxología mayor, al final del Credo, al Benedictus después del Sanctus, al Indulgentiam que precede la comunión de los fieles y a la bendición final (a veces también antes y después de la homilía o sermón, si lo hay). Nos persignamos, en cambio (aunque sin santiguarnos) al anuncio del Evangelio de la misa y del Prólogo de san Juan. En los demás ritos católicos se usa ampliamente el signo de la Cruz, especialmente siempre que se recibe la bendición, pero sobre todo en la bendición eucarística que sigue a la exposición y a la reserva del Santísimo Sacramento.

Hacer la señal de la cruz, sea santiguándose sea persignándose, es un acto de la virtud de religión, que debemos hacer con toda devoción y decoro y no a la volada o de cualquier manera. Muchas veces parece que algunas personas hacen una mueca o un pase mágico en lugar de evocar el signo bendito y sagrado de nuestra salvación. Es como si nos avergonzáramos de que nos vieran y tratáramos de disimular. No: el cristiano ha de confesar a Cristo delante de los hombres (si no quiere que Jesucristo se avergüence de él delante de Dios Padre) y, por consiguiente, debe santiguarse o persignarse de modo sobrio, pausado y sin precipitaciones. Es una elemental regla de urbanidad para con Dios. Si nos esmeramos en homenajear a los grandes de este mundo al saludarlos, ¡cuánto más debe ser nuestro cuidado al dirigirnos a Dios e invocar su asistencia con la señal de la Cruz! Que ésta sea hoy la enseñanza del gran día de la Exaltación de la Santa Cruz.

Adoramus Te, Christe, et benedicimus Tibi:
Quia per Sanctam Crucem Tuam redemisti mundum!

viernes, 4 de septiembre de 2009

Rosario Sacerdotal: Tercer Misterio Gozoso


EL NACIMIENTO DEL HIJO DE DIOS EN BELÉN


En aquella época salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a empadronarse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Mientras se encontraban en Belén, se le cumplieron los días del parto; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en el mesón. En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No temáis, porque os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él» (Luc. II, 1-14).

Consideremos, en primer lugar, la circunstancia del nacimiento de Jesús. Él debía aparecer como el heredero de la Casa de Jacob y de la dinastía davídica, a las cuales estaban vinculadas las grandes promesas mesiánicas. Por eso, ya no sólo José le acepta como su hijo, desistiendo de repudiar a su Madre, con lo que legalmente vendrá a ser hijo suyo (de quien es el huerto es la flor que en él nace), sino que oficialmente, para el Imperio Romano, la potestad legítima que gobierna en aquel momento, el Niño que nacerá será registrado en el censo como hijo de José, reforzándose así, a los ojos de los hombres, su estirpe regia (que, por la carne, ya le venía de María). Todo sacerdote, a imitación de Cristo, debe, pues, aparecer como otro Cristo, con los atributos de su realeza, que es sobre todo espiritual y de la cual participa de modo especial en virtud de su ordenación. Esa realeza la ejerce juzgando en el tribunal de la penitencia y dirigiendo a las almas y santificándolas para que formen parte del reino de Jesucristo, que no es de este mundo, pero está en este mundo y empieza a incoarse aquí.

Fijémonos en el dato que nos aporta el evangelista. Jesús debe nacer en una cuadra de animales “porque no hubo lugar en el mesón”. Se puede imaginar que con el empadronamiento en curso, los albergues debían estar llenos. Ni siquiera el estado de avanzada gravidez de María hizo conmoverse a los posaderos por el caos y las preocupaciones de una clientela ya colmada. De modo que Ella y José se ven obligados a buscar cobijo y lo encuentran en el lugar donde se guardan los animales domésticos. Hay que decir, sin embargo, que en esa época la familiaridad con las criaturas irracionales era mucho mayor que hoy, cuando, sumergidos en una sociedad urbanita y de confort no estamos en contacto ya con la naturaleza. Las familias convivían con sus animales, por lo que no es tan extraordinario ni raro el que Jesús naciera entre ellos por no haber acomodo en las habitaciones normales. Esto nos mueve a una doble reflexión.

En primer lugar, ¡cuántas veces llama el Señor a la puerta de nuestras almas y no le respondemos o le cerramos la puerta, diciéndole: “no hay sitio para Ti”! Lo hacemos cada vez que llenamos nuestra posada interior con otra clase de huéspedes, que nos distraen de dar hospitalidad a Quien realmente tiene derecho a ella, a una hospitalidad total, incondicional y diligente. Tenemos nuestros espíritus ocupados en tantas cosas, en tantos activismos, en tantas vanidades, en tantas disputas y tantos afanes y cuidados, que cuando pasa Jesús lo despachamos porque no tenemos lugar para Él. Y no pide mucho: un corazón sencillo y limpio donde poder nacer. Claro, si lo tenemos ocupado, si no está disponible, pasa de largo y se marcha adonde sí es recibido. Normalmente es la soberbia la que nos impide ver a quién le estamos cerrando la puerta. Pagados como estamos de nosotros mismos no sabemos reconocer la voz inconfundible de Dios que llama y volvemos a las preocupaciones que nos tienen ocupado el sitio. ¡Qué triste que, como María y José en Belén, el Señor tenga que buscar otros lugares donde ser acogido!

Y esos lugares son los corazones de los sacerdotes humildes, despojados de todo artificio, mansos como el buey y la mula que dieron con sus generosos vagidos el primer calor al Niño Jesús, cálidos por el fuego de la fe inquebrantable. Sí, el Mesías nació en el portal de un establo, entre sus criaturas más humildes, como humildes deben ser sus ministros para saber recibirle y acogerle, darle abrigo y cobijo. La paja del pesebre sobre la que se acurrucó al Niño Divino nos muestra a qué se adaptó para nacer: a lo más pobre y a lo más simple, y nos hace pensar en la vanidad de tantas cosas de las que nos preocupamos y por las que nos desvivimos, y que nos hacen olvidar desgraciadamente a Aquel que desearía encontrar posada en nosotros, para nacer y renacer cada vez. Para los sacerdotes, esta inhabitación de Jesús es tanto más importante cuanto que ellos, por los poderes sublimes del sacramento del orden, hacen nacer a Jesucristo en la misa. Cada vez que consagran se realiza el mismo milagro: Cristo viene al mundo con Su Carne y con Su Sangre, con Su Alma y con Su Divinidad. Antes de ser Calvario, el altar es Portal de Belén.

Otro dato que puede prestarse a la meditación es la doxología de los Ángeles en el Cielo, después de anunciar a los pastores (es decir, a los más humildes en primer lugar) el nacimiento del Mesías: “¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de la buena voluntad!”. Estas palabras resumen maravillosamente cuál es el objeto y cuál es la misión del sacerdocio católico: dar gloria a Dios y dar paz a los hombres. El culto divino, especialmente la Santa Misa, es un culto latréutico, de adoración y alabanza a Dios. Mediante dicho culto, la criatura rinde homenaje a su Creador y reconoce su absoluta dependencia respecto de Él, le da gloria y gracias por sus bondades y su providencia. Pero también el sacerdote, cuando oficia en el culto, hace de intermediario entre Dios y los hombres a los que ama y restaura las relaciones entre ellos, rotas por el pecado; es decir, pone paz, tiende puentes. Por eso, la epístola a los Hebreos, llama “pontífices” a los sacerdotes, porque levantan los puentes que comunican a los hombres con Dios. Es por ello por lo que la misa, además de ser sacrificio latréutico y de acción de gracias, es también sacrificio propiciatorio e impetratorio. El nacimiento de Cristo sobre el altar y su incruenta pero real inmolación nos permite poder dirigirnos a Dios nuevamente y pedirle cuanto necesitamos, además de adorarlo, alabarlo y darle gracias. Lo que Jesús empezó naciendo en Belén, lo continúa hoy y hasta el fin del mundo en nuestras iglesias.

Y aquí cabe, en fin, un pensamiento sobre María y José, que se nos presentan como modelos sacerdotales, ya que hacen contribuyen con el plan salvífico de Dios en la Encarnación, de modo semejante a como se espera que los sacerdotes contribuyan a ese mismo plan salvífico renovando cada día el misterio de la Encarnación consumado mediante la Redención del sacrificio supremo.


El altar es Portal de Belén y Calvario

lunes, 31 de agosto de 2009

MES DE SEPTIEMBRE EN HONOR DE LOS SANTOS ÁNGELES



Este mes de septiembre está dedicado a honrar a los Santos Ángeles, ya que en él se celebra la gran festividad de san Miguel Arcángel, originalmente dedicada a todos los bienaventurados espíritus celestiales (como se puede ver por la colecta de la misa del 29 de septiembre). Ya el Credo asegura su existencia. Así, en el Símbolo niceno-constantinopolitano rezamos: “Credo in unum Deum, Patrem omnipotentem, factorem clei et terrae, visibilium ómnium et invisibilium” (Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible). En la Biblia aparecen los espíritus angélicos del principio al fin, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Se nos presentan como mensajeros de Dios, encargados de importantes misiones en orden a la economía de salvación y auxiliadores de los hombres.

Un ángel se aparece a Abraham para impedirle sacrificar a su hijo Isaac; dos visitan en Sodoma a Lot para advertirle que huya de la ciudad destinada a la destrucción; Jacob ve una escala por la que ascienden y descienden del cielo los ángeles de Dios; el arcángel Miguel se muestra a Josué ante Jericó y es señalado por el profeta Daniel como el protector del pueblo de Israel; el arcángel Gabriel se aparece al mismo profeta para revelarle los misterios de los últimos tiempos; el arcángel Rafael acompaña y protege al joven Tobías en sus vicisitudes; el Evangelio de san Lucas habla de la embajada del arcángel Gabriel a la Santísima Virgen; los ángeles aparecen sirviendo a Jesús después de sus tentaciones en el desierto; otro ángel le consuela en la agonía de Getsemaní; dos ángeles anuncian la Resurrección a las pías mujeres; otros dos anuncian a los discípulos la Parusía después de la Ascensión de Cristo; un ángel libera a san Pedro de su prisión; en el Apocalipsis aparecen precediendo la Segunda Venida de Cristo y acompañándole en santas miríadas en su triunfo sobre el Anticristo, la Bestia y sus secuaces.

¿Cuál es la naturaleza de los ángeles? Son puros espíritus, dotados de entendimiento y voluntad. Pero a diferencia de nosotros los seres humanos, no conocen discursivamente sino por inmediatamente por intuición. Su voluntad es asimismo mucho más perfecta que la nuestra. Una vez que han formado una intención la ponen en acto sin marcha atrás y sin desistimiento. Cada ángel es único y constituye una especie en sí misma. Evidentemente, no estando dotados de cuerpo material, no tienen forma ni sexo, aunque al manifestarse a los hombres adquieren forma humana para que puedan éstos percibir por los sentidos lo que Dios quiere comunicarles por medio de sus mensajeros. Los ángeles ejercen poder sobre las cosas materiales y las fuerzas de la naturaleza por su pura acción espiritual.

Los ángeles tienen su propia historia, que viene a ser como nuestra “prehistoria espiritual”. Antes de la creación material, Dios produjo de la nada millones y millones de espíritus para su mayor gloria y su servicio. Estableció entre ellos una jerarquía de tres órdenes divididos en nueve coros. El primer orden fue dedicado a Dios Padre, constando de tres jerarquías: serafines, querubines y tronos; el segundo orden fue dedicado a Dios Hijo, estando compuesto de otras tres jerarquías: dominaciones, potestades y virtudes; el tercer orden, en fin, fue dedicado al Espíritu Santo y quedó conformado de otras tres jerarquías: los principados, los arcángeles y los ángeles. Se cree que Dios sometió a sus ángeles a una prueba (algunos sostienen que se trató de la revelación de la creación del hombre). El más hermoso de los serafines, llamado Luzbel, se rebeló contra su Creador al grito de “Non serviam!” (No obedeceré) y arrastró tras de sí a la tercera parte de los espíritus celestiales, entablándose una batalla en el cielo con los ángeles fieles capitaneados por un humilde arcángel: san Miguel, el cual respondió al soberbio serafín con la exclamación que le dio el nombre “Quis ut Deus?” (Quién como Dios?). Luzbel y sus secuaces fueron arrojados al tártaro, siendo privados de la visión de Dios por toda la eternidad. El acto volitivo de rebelión fue instantáneo y no cupo arrepentimiento. Así fue como surgieron los demonios, con Lucifer o Satanás, como su jefe.

Dios creó entonces el mundo material, haciendo rey de él al ser humano, al que creo a su imagen y semejanza, dotado de entendimiento y voluntad, aunque sometido a las limitaciones de la carne. Los hizo varón y hembra para que fueran un icono de la Trinidad. También les puso una prueba, que no superaron, pero, a diferencia de los ángeles rebeldes (cuya voluntad era inflexible y como fosilizada en el mal), les ofreció la Redención en su Hijo, que se encarnaría para salvar a la raza humana. Ciertos teólogos sostienen que Dios tiene previsto cubrir con los elegidos de entre los hombres los puestos dejados vacantes por los ángeles caídos. Éstos intentan por todos los medios tentar a aquéllos y arrastrarlos a la común condenación. Pero Dios ha dispuesto que los ángeles buenos ayuden a sus criaturas humanas a perseverar en su gracia y salvarse. Ha dispuesto un ángel guardián para cada hombre; pero además, otros ángeles protegen las naciones, las sociedades, las ciudades y las comunidades humanas. Nunca sabremos en su justa medida hasta qué punto estamos en deuda con nuestros hermanos mayores de la creación; por eso hemos de invocarlos con frecuencia, honrarlos y darles gracias por su asistencia tanto espiritual como temporal, pues no sólo nos asisten en nuestras tentaciones, sino también en nuestros peligros materiales.

El día de la semana dedicado especialmente a los Santos Ángeles es el martes. Procuremos santificarlo siempre con ejercicios de piedad, especialmente oyendo la Santa Misa en su honor y encomendando a Dios nuestras intenciones por su intermedio. En este mes de septiembre, además, dediquémonos a profundizar en la teología de los ángeles, para lo que recomendamos la lectura de un clásico: el tratado De coelesti hierarchia (Sobre la jerarquía celestial) del Pseudo-Dionisio Areopagita. Lamentablemente no se encuentra todavía en la red en su traducción castellana, pero vale la pena comprar el volumen de las Obras Completas de este autor publicado por la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC).

CORONA ANGÉLICA O DE SAN MIGUEL





Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium, et tui amoris in eis ignem accende.
(Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.)

V. Emitte Spiritum tuum et creabuntur.
(Envía tu Espíritu y todo será creado.)
R. Et renovabis faciem terrae.
(Y renovarás la faz de la tierra.)

Oremus. Deus, qui corda fidelium Sancti Spiritus illustratione docuisti: da nobis in eodem Spiritu recta sapere, et de eius semper consolatione gaudere. Per Christum Dominum nostrum. R. Amen.
(Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo; haznos dóciles a sus inspiraciones, para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Por Jesucristo nuestro Señor. R. Amén.)

Sancte Michaël Archangele, defende nos in praelio. Contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur. Tuque princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo divina virtute in infernum detrude. Amen. (Arcángel San Miguel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tu príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el divino Poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo, para la perdición de las almas. Amén).


SALUTACIÓN I

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del celeste coro de Serafines, suplicamos al Señor nos haga dignos de una llama de perfecta caridad. Amén.

Un Padrenuestro y tres Avemarías al primer coro angélico.


SALUTACIÓN II

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro celeste de Querubines, quiera el Señor concedernos la gracia de abandonar el camino del pecado, y de correr por el de la perfección cristiana. Amén.

Un Padrenuestro y tres Avemarías al segundo coro angélico.


SALUTACIÓN III
Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del sagrado coro de los Tronos, infunda el Señor en nuestros corazones un espíritu de verdadera y sincera humildad. Amén.

Un Padrenuestro y tres Avemarías al tercer coro angélico.


SALUTACIÓN IV

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro celeste de las Dominaciones, quiera el Señor concedernos la gracia de poder dominar nuestros sentidos y corregir las pasiones depravadas. Amén.

Un Padrenuestro y tres Avemarías al cuarto coro angélico.


SALUTACIÓN V

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del celeste coro de las Potestades, dígnese el Señor librar nuestras almas de las asechanzas y tentaciones del demonio. Amén.

Un Padrenuestro y tres Avemarías al quinto coro angélico.


SALUTACIÓN VI

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro de las admirables Virtudes celestiales, no permita el Señor que caigamos en las tentaciones, sino que nos libre de todo mal. Amén.

Un Padrenuestro y tres Avemarías al sexto coro angélico.


SALUTACIÓN VII

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro celeste de los Principados, dígnese Dios llenar nuestras almas del espíritu de verdadera y sincera obediencia. Amén.

Un Padrenuestro y tres Avemarías al séptimo coro angélico.


SALUTACIÓN VIII

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro celeste de los Arcángeles, quiera el Señor concedernos el don de la perseverancia en la fe y en las obras buenas, para que podamos conseguir la gloria del paraíso. Amén.

Un Padrenuestro y tres Avemarías al octavo coro angélico.


SALUTACIÓN IX

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro celeste de todos los Ángeles, dígnese el Señor concedernos que nos guarden en la presente vida mortal, y después nos conduzcan a la gloria eterna de los cielos. Amén.

Un Padrenuestro y tres Avemarías al nono coro angélico.

A continuación se rezan cuatro Padrenuestros: el primero a San Miguel, el segundo a san Gabriel, el tercero a san Rafael, y el cuarto a nuestro Ángel Custodio.

Antífona. Gloriosísimo príncipe san Miguel arcángel, cabeza y jefe de los ejércitos celestiales, depositario de las almas, vencedor de los espíritus rebeldes, doméstico en la real morada de Dios, nuestra guía admirable después de Jesucristo, y de excelencia y virtud sobrehumanas, dignaos librar de todo mal a todos los que acudimos a Vos con confianza, y haced por medio de vuestra protección incomparable que adelantemos cada día en servir fielmente a nuestro Dios.

V. Rogad por nosotros, oh gloriosísimo San Miguel arcángel, príncipe de la Iglesia de Jesucristo.
R. Para que seamos dignos de alcanzar sus promesas.

Oración. Omnipotente y sempiterno Dios, que con un prodigio de bondad y misericordia para la salvación de todos los hombres elegisteis por príncipe de vuestra Iglesia al gloriosísimo san Miguel arcángel; os suplicamos nos hagáis dignos de que con su benéfica protección nos libre de todos nuestros enemigos, para que ninguno de ellos nos moleste en la hora de nuestra muerte, sino que seamos conducidos por él a la presencia de vuestra divina Majestad. Por los méritos de Nuestros Señor Jesucristo. R. Amén.




LETANÍAS DE LOS SANTOS ÁNGELES

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, óyenos.Cristo, escúchanos.
Dios Padre, Creador de los Angeles,
Dios Hijo, Señor de los Angeles,
Dios Espíritu Santo, Vida de los Ángeles,
Santísima Trinidad, delicia de todos los Ángeles,
Santa María, Reina de los Ángeles, ruega por nosotros.

Santos Serafines, ángeles del Amor Purísimo de Dios, rogad por nosotros.
Santos Querubines, ángeles guardianes de la Ley de Divina,
Santos Tronos, ángeles sobre los que se asienta la gloria del Altísimo,
Santas Dominaciones, ángeles ejecutores de la voluntad del Señor,
Santas Potestades, ángeles que presidís la armonía de la creación,
Santos Virtudes, ángeles que inspiráis a obrar el bien,
Santos Principados, ángeles que cuidáis los pueblos y naciones,
Santos Arcángeles, ángeles de las grandes misiones de Dios,
Santos Ángeles, mensajeros de Dios y custodios de los hombres,

San Miguel Arcángel, vencedor de Lucifer, ruega por nosotros.
San Miguel Arcángel, ángel de la fe y de la humildad,
San Miguel Arcángel, preservador de la santa unción,
San Miguel Arcángel, protector del Pueblo de Dios,
San Miguel Arcángel, patrono de los moribundos,
San Miguel Arcángel, gran príncipe batallador de los ejércitos celestes,
San Miguel Arcángel, compañero de las almas de los difuntos,

San Gabriel Arcángel, santo Ángel de la Encarnación, ruega por nosotros.
San Gabriel Arcángel, fiel mensajero de Dios,
San Gabriel Arcángel, ángel de la esperanza y de la paz,
San Gabriel Arcángel, protector de todos los siervos y siervas de Dios,
San Gabriel Arcángel, guardián del santo Bautismo,
San Gabriel Arcángel, cultivador de las vocaciones,
San Gabriel Arcángel, patrono de los sacerdotes,

San Rafael Arcángel, ángel del Amor divino, ruega por nosotros.
San Rafael Arcángel, vencedor del enemigo malo,
San Rafael Arcángel, auxiliador en la gran necesidad,
San Rafael Arcángel, favorecedor del santo matrimonio,
San Rafael Arcángel, ángel del dolor y de la curación,
San Rafael Arcángel, patrono de los médicos,
San Rafael Arcángel, protector de los caminantes y viajeros,

Grandes Arcángeles Santos, que servís ante el divino acatamiento, rogad por nosotros.
Grandes Arcángeles Santos, turiferarios de la gloria de Dios,
Grandes Arcángeles Santos, que hacéis subir al cielo las oraciones de los justos,

Ángeles para ayuda de los hombres, rogad por nosotros.
Santos Ángeles Custodios,
Auxiliadores en nuestras necesidades,
Luz en nuestra oscuridad,
Apoyo en todo peligro,
Exhortadores de nuestra conciencia,
Intercesores ante el trono de Dios,
Escudo de defensa contra el enemigo maligno,
Constantes compañeros nuestros,
Segurísimos conductores nuestros,
Fidelísimos amigos nuestros,
Sabios consejeros nuestros,
Ejemplos de obediencia,
Consoladores en el abandono,
Espejo de humildad y de pureza,
Ángeles de nuestras familias,
Ángeles de nuestros Sacerdotes y pastores,
Ángeles de nuestros niños,
Ángeles de nuestra tierra y Patria,
Ángeles de la Santa Iglesia,

Todos los Santos Ángeles y Arcángeles, rogad por nosotros
Todos los coros de los bienaventurados espíritus celestiales, interceded por nosotros.

Asistidnos en la vida (repítase)
Asistidnos en la muerte (repítase)
En el Cielo os lo agradeceremos (repítase)

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.

V. Dios mandó a sus Ángeles que cuiden de ti.
R. Los cuales te guardarán en todos sus caminos

Oremos. Oh Dios, que con admirable orden distribuyes los oficios de los ángeles y de los hombres: haz propicio que nuestra vida sea protegida en la tierra por aquellos que, sirviéndote, te asisten siempre en el cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. R. Amén.


JACULATORIA A SAN MIGUEL

Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio, ut non pereámus in tremendo iudicio. (San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla para que no perezcamos en el tremendo juicio.)


INVOCACIÓN AL ÁNGEL DE LA GUARDA

Angele Dei, qui custos es mei, me tibi commíssum pietáte supérna, illúmina, custódi, rege et gubérna. Amen. (Ángel de Dios, que eres mi custodio: ilumíname, guárdame, guíame y gobiérname, a mí confiado a ti por la piedad divina Amén.)

Ángel de mi guarda,
dulce compañía:
no me desampares
ni de noche ni de día,
ni me dejes solo,
que me perdería.







viernes, 21 de agosto de 2009

Novena a Santa Rosa de Lima, Patrona del Perú, las Indias y Filipinas


Hoy comienza la novena de preparación a la festividad de Santa Rosa de Lima, celestial patrona del Perú, América y Filipinas. Ofrecemos la vida extraordinaria de esta virgen limeña, que fue la primera flor de santidad que dio el vergel del Nuevo Mundo sembrado por España con las semillas de nuestra santa religión católica. También publicamos su novena y unas letanías para uso privado consistentes en 31 invocaciones en memoria de los 31 años que vivió sobre la Tierra.


Isabel Flores de Oliva nació el 30 de abril de 1586, en la festividad de santa Catalina de Siena, a la que profesaría a lo largo de su vida una gran devoción. Fueron sus padres el capitán de arcabuceros Gaspar Flores, natural de Puerto Rico e hijo de españoles “cristianos viejos”, y la limeña María de Oliva, también criolla o acaso con algún grado de mestizaje. Era la cuarta de los diez vástagos del matrimonio que sobrevivieron a la infancia (otros tres nacieron muertos o murieron muy pequeños). Se la bautizó con el nombre de su abuela Isabel de Herrera, pero pronto se la comenzó a llamar Rosa por haberla visto en la cuna las que la cuidaban con el rostro bellísimo y encarnado como esta flor.

Era una niña muy hermosa y de rubios cabellos, de los cuales se preciaba y que cuidaba con esmero. Cuando tenía cinco años, jugando con su hermano Hernando, éste se los ensució, lo cual provocó el enojo de Rosa, que se oyó decir: “Si te preocupas por tus cabellos, que sepas que por ellos van muchas almas al infierno”. Estas palabras resonaron en su alma como un trueno y desde entonces formó la resolución de apartarse de las vanidades del mundo y de hacer vida de penitencia, formulando voto de perpetua virginidad. Ayudaba en las labores domésticas a su madre y a las criadas, pues la situación económica del hogar de los Flores de Oliva era más bien modesta. Vivían en una casa grande con huerto, a espaldas del hospital del Espíritu Santo “para mareantes” y con fachada que daba al río Rímac.

Rosa había sido instruida en el catecismo por su abuela Isabel y tuvo el ejemplo próximo de su hermana Bernardina, cinco años mayor que ella y joven de extraordinaria piedad. Estas dos mujeres influyeron decisivamente en su formación y a ambas las perdería en su juventud. Era muy fervorosa y aprendió a rezar por medio de jaculatorias que podía repetir día y noche, incluso cuando se hallaba enfrascada en la costura, en la que era muy hábil. Su invocación preferida -y que ella misma compuso- era: "Jesús sea bendito y sea con mi alma. Amén" y la interiorizó de tal modo que hasta durmiendo la decía. Siendo de siete años decidió que en adelante la llamasen sólo Rosa como quería su madre, al cual nombre añadió el apelativo de Santa María. Cuando tuvo 10 años hizo voto de ayunar a pan y agua todos los miércoles, viernes y sábados, días tradicionales de penitencia.

En 1596, su padre dejó la plaza de arcabucero y aceptó la administración de un obraje en el poblado indígena de Quives, en la serranía de Lima, camino de Canta. Allí se trasladó por cuatro años con toda su familia. En febrero de 1598 pasó por el lugar el santo arzobispo Toribio de Mogrovejo, en el curso de una de sus grandes visitas pastorales a su inmensa arquidiócesis limense, administrando el sacramento de la confirmación a los niños lugar, entre ellos a Rosa, que contaba casi doce años y que tomó entonces el nombre que le era tan querido de Rosa de Santa María. Tuvo por padrino al clérigo Francisco González, doctrinero de Quives. Fue poco después de este episodio cuando murió su amada hermana Bernardina, que había sido confirmada con ella, siendo enterrada en el pueblo. También fue por esta época cuando, entregada a la oración mental, descubrió la oración de unión, entrando así Rosa en la vivencia mística que ya no la abandonaría nunca.

Volvió a Lima convertida en lo que en la época se llamaba "doncella". A pesar de los ayunos y penitencias a los que se entregaba, conservaba una belleza que se hacía notar y comenzaron a acercarse los pretendientes, con la natural complacencia de su madre que la quería bien casada. Rosa era una joven hacendosa y diligente, con un gran sentido de la economía y una afición típicamente limeña a la cocina. Preparaba para los demás viandas apetitosas, de las que se privaba por espíritu de sacrificio. Pero no se sentía de ningún modo inclinada al matrimonio y tenía siempre presente el voto que de niña había hecho a Dios. Sus abstinencias y ayunos desesperaban a su progenitora, que la castigaba con dureza para apartarla de tales prácticas que juzgaba dañinas para su salud y poco propicias para hallar marido. Cuando le iban a presentar a algún muchacho, afeaba su rostro frotándoselo con guindillas o entumeciéndoselo mediante lavados con agua muy fría.

Tendía a la vida anacorética, por lo cual nunca salía de casa de sus padres para pasear o asistir a festejos, sino tan sólo para ir a misa y confesarse en la vecina iglesia de los Dominicos. Gozando de aposento propio con sus enseres, construyó dentro de él, con tabiques de madera, un cubículo estrecho al que llamaba su “celdita” y donde se recogía en oración. Su madre, al ver su comportamiento, acabó por comprender que Rosa era especial y diferente de las otras jóvenes. No es que estuviera loca, pero sí era rara, así que desistió de su porfía por que conociera y tratara a varones que pudieran desposarla y la dejó hacer, aunque siempre controlando que no se pasase en sus penitencias, que fueron muchas. Quería vivir como religiosa y quiso vestir el hábito de las clarisas, que llevó desde 1603 hasta que tomó el de terciaria dominica tres años más tarde. La devoción hacia el sayal pardo franciscano persistiría en ella al llevarlo como túnica en lugar de camisa bajo el hábito de santa Catalina hasta su muerte.

En realidad, Rosa había creído tener vocación de monja y quiso ingresar en el recién fundado monasterio de Santa Clara, para lo cual contó con el apoyo de doña María de Quiñones, sobrina del arzobispo Mogrovejo, pero María de Oliva se oponía a que su hija profesase en el claustro. Ésta encomendó el asunto a la Santísima Virgen pidiéndole su bendición para partir, pero estando postrada ante su imagen en la iglesia del Rosario, sintió de pronto todo su cuerpo inmovilizado y como tullido y así permaneció hasta que le vino el pensamiento que quizás no era voluntad de Dios que en ese momento se hiciese monja. Ella atendía en casa a sus mayores, especialmente a su abuela tullida y a su padre, ya anciano y frecuentemente enfermo. También su madre, a quien empezaban a fallarle las fuerzas, la necesitaba para ayudarle en la educación de sus hermanos menores. Rosa pensó entonces que entraría en el monasterio más tarde, cuando Dios le diera una señal inequívoca, y siguió inclinada hacia la orden clarisa.

Estando un día bordando con otras jóvenes, apareció una paloma blanca que voló a sus pies y subió hasta sus pechos, deteniéndose en el lado izquierdo donde dibujó con el pico un corazón blanco, hecho que fue interpretado por Rosa como la voluntad de Dios de que se hiciese beata dominica. Así pues, el 10 de agosto de 1606, a los 20 años de edad, le fue impuesto el hábito (saya y escapulario blanco y manto negro) de terciaria por fray Juan Alonso Velásquez en el convento de los dominicos. A partir de ese día observó escrupulosamente las constituciones de la Orden de Santo Domingo, teniendo dada obediencia a un fraile de la iglesia del Rosario. Siendo terciaria, Rosa era como una religiosa pero podía seguir viviendo en su casa. Ello no impidió que siguiera considerando la idea de hacerse monja en un futuro. Bajo el hábito vistió el cilicio, una especie de vestidura áspera hecha de cerdas de buey o de caballo que bajaba desde los hombros hasta por debajo de las rodillas usada para mortificación de los sentidos. Lo llevó la mayor parte de su vida.

Desde niña fue Rosa dada a la penitencia. Ayunaba, como sabemos, tres veces por semana y evitaba la carne en virtud de un voto condicional que hizo a los quince años de no comerla a menos que se lo estorbasen su madre, sus médicos o sus confesores. A veces se pasaba días enteros sin comer y hubo una cuaresma en la que se alimentó sólo de pepitas de naranja y hiel. Su mayor problema en este aspecto consistía en que la mesa de su casa siempre estaba bien provista y la madre era muy exigente en materia de comidas. Rosa, la mayor parte de las veces, hacía como que comía, repartiendo sus raciones entre sus hermanos menores, lo cual encendía la ira de su progenitora. No era una persona inapetente, sino que se sentaba a la mesa y se mortificaba privándose, por amor de Dios, de platos que hubiera comido seguramente de buena gana. Su bebida habitual era el agua y ésta entibiada para mayor penitencia. Ocasionalmente bebía gazpachos, chocolate o yerba del Paraguay (mate). Los viernes, para imitar a Nuestro Señor sobre la Cruz, tomaba hiel. Lo extraordinario es que, a pesar de tantas privaciones, siempre mostraba un semblante lleno y rozagante, hasta el punto que, una vez, al verla en la iglesia por Pascua, un caballero no pudo por menos de exclamar con ironía: “¡Qué mortificada sale la monja de esta Cuaresma!”.

Rosa dormía sólo dos horas cada día y lo hacía en camas que parecían más objetos de tortura que instrumentos de descanso. La primera que tuvo estaba hecha de troncos, pero desiguales, de manera que el cuerpo yacía en ella como descoyuntado. En la parte alta había un hueco en el que encajaba la cabeza. La segunda cama la hizo fabricar de tejas: era una especie de barbacoa hecha de cañas gruesas en cuyas junturas insertó trozos de tejas, tiestos o botijos de arcilla, lo cual provocaba que acostarse en ella fuera un verdadero suplicio. La almohada era un adobe o una piedra. Su madre le ordenó cambiarla por una hecha de lana embutida en tela. Para cumplir con la obediencia y al mismo tiempo con su deseo de penitencia, Rosa embutió de tal manera la lana que la almohada resultante era tan dura como la primera. La cama de tejas era tan dolorosa que, a veces, la rehuía y dormía sentada en una silla. Para evitar dormirse más de la cuenta, ataba sus cabellos a un clavo a cierta altura de la pared, de modo que si se recostaba vencida por el sueño, los cabellos tiraban de su cabeza y debía volver a su posición erguida.

Otras penitencias consistían en: ponerse guantes de piel de buitre (que le dejaba las manos en carne viva), darse disciplina con unos latiguillos de hilos a los que estaban atados garfios y aplicarse cilicios de metal en brazos y piernas. También entretejió una corona de púas a imitación de la corona de espinas de Nuestro Señor Jesucristo, que se la ponía bajo las tocas y sujetaba con una cintas, de las que tiraba para procurarse más dolor. Es famosa asimismo la cadena de la que ciñó su cintura y que cerró mediante un candado, cuya llave dio a su confesor en custodia para no tener que quitársela por propia voluntad. El hierro de la cadena penetró en sus carnes, causándole una gran infección que motivó que sus confesores le mandasen quitársela. Al hacerlo, la criada que la ayudó a abrir la cadena dio fe que se hallaba mojada, sin duda por la sangre de Rosa, lo que no pudo saber con certeza por ser de noche. La verdad es que, como dijo su confesor y biógrafo fray Pedro de Loayza, “no hay santa en el cielo más grande en penitencia que sor Rosa de Santa María”.

Rosa amaba la naturaleza y pasaba muchas horas en el jardín de casa de sus padres, dedicada a alabar a Dios con su música (sabía cantar y tañer algunos instrumentos) y a contemplar las maravillas de su creación. Era muy delicada con las demás criaturas, incluso con las más molestas, como los mosquitos, a los que, cual otro san Francisco de Asís, aleccionaba para que honrasen a su Hacedor. En este huerto construyó una ermita de adobes (que aún puede verse en el hoy monasterio de Santa Rosa de los Padres), donde se recluía para huir de las visitas y darse penitencia. Cada vez que salía al huerto para ir a su ermita hablaba con los árboles para que también ellos dieran gloria a Dios y éstos le respondían agitando sus ramas. Allí tuvo lugar el milagro de las clavellinas: un día que era la fiesta de santa Catalina de Siena, no hallando flor alguna para engalanar su altar, Rosa rezó en su interior y al punto brotó una hermosa vara con tres claveles. También se fabricó una pesada cruz de madera, con la que recorría las estaciones del Vía Crucis alrededor del huerto.

No se crea, sin embargo, que Rosa descuidaba sus deberes de estado por darse a las prácticas piadosas. Era muy aplicada en las labores domésticas, y muy hábil en las labores manuales. Con éstas ayudaba al sustento de su casa y le quedaba, además, para hacer sus caridades. En el vecino hospital del Espíritu Santo acudía a los pacientes. Pero también cuidaba de los indios y negros enfermos, especialmente los que servían en su casa, a los que trataba con exquisita misericordia. Ella misma preparaba sus remedios muchas veces y se hacía con medicinas compradas de su peculio. Confiaba en la acción benéfica del Niño Jesús, al que llamaba su “Doctorcito”. Tuvo especial deferencia hacia los esclavos negros por no haber todavía en este tiempo un hospital para ellos, que a menudo morían descuidados y en medio del abandono. Todos concordaban en que Rosa era de una gran caridad y amor para con el prójimo. Pero, además, se ocupaba de su bien espiritual, y cuando sabía que alguno de sus enfermos estaba en pecado mortal al punto procuraba sacarle de ese estado, llevándole al arrepentimiento y a la confesión.

La vida espiritual de Rosa fue un itinerario místico de los más sorprendentes. Vivía constantemente en la presencia de Dios y experimentaba grandes arrobamientos, pero también era atormentada por momentos de terrible sequedad espiritual, en los que llegaba a sentir un total vacío y ausencia divina. Éstos eran para ella peor que los tormentos del infierno y la desconsolaban indeciblemente. Sin embargo, servían para templar y fraguar su alma extraordinaria. Como su patrona santa Catalina de Siena, se desposó místicamente con Jesucristo. Un día, se le apareció en forma de Niño junto a su Santísima Madre, y le dijo: “Rosa de mi Corazón, sé mi esposa”. En fe de ello se hizo fabricar una sortija nupcial que llevó hasta el lecho de muerte. El espíritu poético de ella la llevaba a deliquios muy humanos, como la siguiente redondilla, muy del gusto de la época:

Las doce han dado
Y mi Jesús no viene.
¿Quién será la dichosa
Que lo entretiene?

En 1614, la salud de Rosa era muy precaria, por lo que unos amigos que había conocido en medio de sus correrías caritativas, se constituyeron en sus protectores y la acogieron de huésped en su casa con el asentimiento de su madre. Se trataba del contador del Tribunal de la Santa Cruzada de Lima don Gonzalo de la Maza y Sáenz Hermoza y su mujer doña María de Usátegui y Rivera, ambos peninsulares y sobre los cincuenta años de edad. Tenían casa en el otro extremo de la Ciudad de los Reyes (hoy monasterio de Santa Rosa de las Monjas). En ella Rosa llevó una vida de gran serenidad en medio de sus ayunos y penitencias, siendo la admiración de todos por lo recatado y modesto de su continente. Obedecía a sus tutores como a sus propios padres y ellos la consideraban como una hija, a la que querían y auxiliaban en sus molestias físicas y enfermedades, que se fueron agudizando, especialmente el “mal de ijada”, las cefaleas, la podagra (gota) y el entumecimiento, que llegaban a paralizar a Rosa. No por ello dejó sus mortificaciones y, cuando se esparció la nueva de la amenaza de los corsarios holandeses frente al Callao y el temor de las profanaciones de esos herejes, se dio tal disciplina pidiendo a Dios que librase de ellos a Lima, que casi se mató de los azotes. El hecho es que el ataque de los corsarios no se produjo y se marcharon.

Como queda dicho, Rosa nunca abandonó el deseo de profesar como monja. Abandonada la idea de hacerlo en la segunda orden de san Francisco, formó el proyectó de fundar ella misma un monasterio dominico dedicado a santa Catalina de Siena, para lo cual pidió la intervención de don Gonzalo de la Maza y del provincial dominico ante los superiores de la Orden y el Consejo de Indias. La respuesta no llegó de España, pero sí de los frailes de Lima, que le dijeron que, de acuerdo a las constituciones, no era posible tal fundación. Rosa quedó frustrada, pero con la convicción íntima que el monasterio se acabaría fundando (y de hecho fue así, en 1624). Conformándose a la voluntad de Dios manifestada por medio de sus superiores, siguió venerando en santa Catalina a su modelo y, como ella, se santificó en el mundo sin ser del mundo, como terciaria de la orden del Padre santo Domingo. Muchas almas piadosas y jóvenes quedaron muy edificadas por su ejemplo y algunas entraron en religión gracias a ella.

La vida de Rosa llegaba a su fin. El 1º de agosto de 1617, estando en casa de sus protectores, antes de medianoche empezó a quejarse de graves dolores, sin haber tenido síntomas previos. Le asaltó una terrible jaqueca y comenzó a manifestarse el mal de costado. Rosa no sabía cómo explicar a los galenos lo que le pasaba, por lo que llamaron a su padre espiritual fray Juan de Lorenzana para que le hiciera declarar sus padecimientos. El 13 de agosto se presentó un cuadro de hemiplejia y a partir de allí empezó un empeoramiento irreversible. Gota, calenturas, neumonía. Sus padres fueron a visitarla y comprobaron que lo que estaban haciendo era despedirse de su hija, pues se moría a ojos vista. El 21 de agosto recibió la extremaunción muy devotamente, pero en medio de terribles padecimientos. Uno de sus últimos gestos fue el de entregar el anillo de sus desposorios místicos a Micaela de la Maza, hija del contador. El día 23, víspera de san Bartolomé, recibió la última visita de su confesor fray Juan de Lorenzana que le impartió la bendición in articulo mortis. A continuación pidió la de don Gonzalo de la Maza y doña María de Usátegui, que le habían hecho de padres. Después, hubo un desfile de todos los de la casa para recibir la de la moribunda. Rosa mandó llamar a todos los negros y negras esclavos de la casa y, pidiéndoles perdón si les había alguna vez ofendido, los bendijo con gran amor.

En la madrugada del día 24, estando su hermano Hernando con ella, Rosa de Santa María expiró a consecuencia de un paro cardíaco. La expresión que quedó en su rostro fue la de una gran serenidad, reflejada por el retrato que le hizo, de cuerpo presente, el pintor manierista Medoro Angelino. Los sollozos de los circunstantes se trocaron en alborozo al recordar que Rosa había pedido que a su muerte no se apenaran, sino que mostraran su júbilo. La noticia de su deceso corrió veloz por Lima y acudieron gentes de toda condición a velarla. Fue amortajada con el hábito dominico y su cadáver llevado a duras penas a la iglesia del Rosario, debido a la afluencia de personas que porfiaban por obtener alguna reliquia de la santa. El 25 de agosto fue la solemne misa pontifical de exequias con asistencia del arzobispo limense, Bartolomé Lobo Guerrero, y Pedro de Valencia, obispo de Guatemala, electo para La Paz. También estaban presentes el virrey del Perú, príncipe de Esquilache, los cabildos municipal y catedralicio y los representantes de las órdenes religiosas. Tal era el concurso de fieles ávidos de tocar el cuerpo de Rosa que los dominicos decidieron aprovechar la pausa de la comida para enterrarlo rápidamente en secreto.

La fama de santidad de Rosa de Lima fue unánime y su proceso de beatificación pudo incoarse con una relativa rapidez si consideramos lo que duraban los trámites de la época debido a lo lento de las comunicaciones. Ella muere en 1617 y cincuenta y cuatro años después es ya santa, la primera de las Indias. Las etapas son las siguientes: entre el 1º de septiembre de 1617 y el 7 de abril de 1618 tuvo lugar en Lima el proceso ordinario; el apostólico, entre mayo de 1630 y mayo de 1632, también en Lima; el papa Clemente IX la beatificó el 12 de marzo de 1668, y su sucesor Clemente X la canonizó el 12 de abril de 1671. Se cuenta una anécdota (que trae Ricardo Palma en sus Tradiciones Peruanas) según la cual Clemente IX se mostraba escéptico ante proceso de beatificación de una mujer de lejanas tierras y quiso dar carpetazo exclamando: “¿Santa y limeña? ¡Tanto se me da una lluvia de rosas!”. Y en ese momento cayeron sobre la mesa del despacho papal pétalos de rosa, dejando al pontífice maravillado y trocando su incredulidad en entusiasmo, tal que no sólo beatificó a Rosa, sino que estableció en su testamento un legado para erigirle un altar en Pistoya, la ciudad natal del papa Rospigliosi. La fiesta de la virgen limeña se estableció el 30 de agosto. Con los cambios del calendario de 1969, se trasladó al 23 de agosto, pero la costumbre inveterada del Perú y de América, hizo que Pablo VI concediera que en los países de los que es patrona se siga celebrando en la fecha original, que es la que se observa también en el rito romano clásico.




NOVENA

Acto de contrición.- Señor mío Jesucristo…


Oración preparatoria

Gloriosa Santa Rosa de Lima, tú que supiste lo que es amar a Jesús con un corazón tan fino y generoso. Que despreciaste las vanidades del mundo para abrazarte a su cruz desde tu más tierna infancia. Que profesaste una gran ternura y dedicación a los más desvalidos sirviéndolos como al mismo Jesús. Que amaste con filial devoción a la Virgen María. Enséñanos tus grandes virtudes para que, siguiendo tu ejemplo, podamos gozar de tu protección y de tu compañía en el cielo. Te rogamos también aceptes el obsequio de esta novena y nos obtengas del Señor las gracias que pedimos por tu intercesión, si son para su mayor gloria y bien de nuestras almas. Así sea.

Pídase las gracias que se deseen.


Oraciones para cada día


Día 1. Amantísimo Señor Dios, Trino y Uno, que como en la antigua ley, os complacíais en que os llamasen Dios de aquellos grandes Santos Patriarcas, hoy no menos os agradáis, en que os llamemos, Dios de la Rosa de Santa María: alegrámonos y gozámonos con el mismo gozo, con que ella se complacía en vuestras divinas perfecciones, en especial, de que seáis un Ser tan infinitamente perfecto, que de nadie depende, y todo depende de vuestro Ser, y os pedimos por vuestra soberana independencia, y por el asimiento, que tuvo siempre a Vos vuestra finísima Santa Rosa, nos concedáis un apartamiento total de cuanto es contra vuestra voluntad, a que vivamos y muramos asidos a Vos; y lo que en esta novena os pedimos a mayor honra y gloria vuestra.

Día 2. ¡Oh incomprensible Sabiduría! ¡Oh Dios Trino y Uno! tan infinitamente sabio, que os comprendéis a Vos, y con inefable claridad todo lo creado lo sabéis, y lo sobrecomprendéis: alegrámonos, y gozámonos con el mismo gozo, con que la ilustradísima Rosa de Santa María, se gozaba de vuestra Sabiduría, y por ella, y por lo que supo de vos nuestra Santa, os pedimos nos comuniquéis la ciencia de los Santos, vuestra Divina Luz, y lo que en esta novena os suplicamos, si es para honra y gloria vuestra.

Día 3. ¡Oh bondad inefable! ¡Oh hermosura indecible! ¡Oh Dios Trino y Uno, que sois el centro de toda belleza y perfección! Alegrámonos y gozámonos en Vos con aquel mismo afecto con que la amorosísima Rosa de Santa María, en Vos únicamente descansaba su corazón, como en su centro, y os pedimos por vuestra infinita bondad, y por lo que os comunicasteis a la hermosísima Santa Rosa, que toda vuestra voluntad nos la robe perfección tan divina, y lo que os suplicamos en esta novena, si es honra y gloria vuestra.

Día 4. ¡Oh Santidad Purísima! ¡Oh fuente y ode toda Santidad! ¡Oh Dios Trino y Uno, que por esencia tenéis el oponeros a la culpa! Alegrámonos y gozámonos con el mismo gozo que la perfectísima Rosa, de vuestra infinita perfección, y os pedimos por tan inmensa Santidad, y por las que le comunicasteis a esta purísima Santa, nos concedáis que os sirvamos de suerte que consigamos la perfección que ella deseaba y pedía para sus prójimos; y lo que en esta novena os suplicamos, si ha de ser para honra y gloria vuestra.

Día 5. ¡Oh caridad incomprensible! ¡Oh Dios Trino y Uno, todo amor, que con infinita propensión os inclináis a favorecer a vuestras criaturas y hacerlas bien! Deseamos alegrarnos y gozarnos con aquel mismo gozo e incendio de amor, con que vuestra muy amada Rosa de Santa María se complacía en vuestra inefable caridad; y os pedimos por esta divina perfección, y por el agradecimiento y amor con que maravillosamente os correspondió esta amorosísima Santa, nos comuniquéis los efectos de vuestra especial asistencia y caridad; y lo que en esta novena os suplicamos, si fuere para mayor honra y gloria vuestra.

Día 6. ¡Oh Omnipotente Majestad! ¡Oh Dios Trino y Uno, que cuanto queráis podéis, y es infinito vuestro poder! Deseamos alegrarnos y gozarnos en tan soberana omnipotencia, con aquel mismo gozo con que se complacía la Santa Rosa de Santa María y os pedimos por esta perfección y por el poder que concedisteis a esta fortísima doncella, elevéis y confortéis nuestra grandísima flaqueza y debilidad, para que podamos corresponder a lo que vuestra omnipotencia obra en nuestras almas; y lo que os suplicamos en esta novena, si fuere para Honra y Gloria vuestra.

Día 7. ¡Oh Liberalidad Divina! ¡Oh inclinación indecible a dar y favorecer! ¡Oh Dios Trino y Uno, que dando infinito más que lo deseáis dar! Deseamos alegrarnos y gozarnos en tan divina franqueza con aquel mismo gozo con que os complacía vuestra reconocidísima Santa Rosa, y os pedimos por esta infinita perfección, y por lo mucho que disteis a esta dichosísima santa, nos libréis del vicio de la ingratitud, y nos concedáis que no cesemos de daros gracias por los infinitos beneficios de vuestra liberalidad, y lo que os suplicamos en esta novena, si es para honra y gloria vuestra.

Día 8. ¡Oh Divina Inmensidad! ¡Oh Dios Trino y Uno, que por vuestro ser estáis en todo, sin necesidad de lugar porque estáis en Vos, que sois sobre todo lugar! Deseamos alegrarnos y gozarnos en tan incomprensible inmensidad, con aquel mismo gozo con que la humildísima Santa Rosa se complacía; y os pedimos por esta inmensa perfección, y por la presencia vuestra, que en todas las criaturas concedisteis a tan íntima Esposa vuestra, nos concedáis tenernos siempre presentes y vivir dentro de vos, y lo que en esta novena os suplicamos, si fuere para mayor honra y gloria vuestra.

Día 9. ¡Oh y quién podrá, gran Dios y Señor, Trino y Uno, hacerse capaz de vuestra bienaventuranza y gloria, de la que tenéis en Vos por esencia, gozándoos y amándoos, y de la gloria accidental que os dan todas vuestras criaturas! Deseamos alegrarnos y gozarnos en vuestra grande gloria, con el mismo gozo con que se complacía la felicísima Santa Rosa, y os pedimos por esta su perfección y por la gloria a que la elevasteis, y la que recibís de tan amada criatura vuestra, nos concedáis, que confesando y conociendo vuestra gloria infinita, no caigamos en la eterna pena, sino que seamos bienaventurados y participemos de la infinita bienaventuranza vuestra; y lo que os suplicamos es esta Novena a mayor honra y gloria vuestra.


Oración final

Os doy gracias, o Señor, de la asistencia especial que me habéis prestado en esta novena. Continuad siempre en vuestras misericordias sobre de mí, a satisfacción de mis pecados, en sufragio de las almas del purgatorio y por la conversión de los pecadores. Perdonadme todas las faltas que he cometido. Y juntando el poco bien que he hecho con los inconmensurables méritos de Jesucristo, concededme por Él todas aquellas gracias que son necesarias a mi eterna salud, especialmente una plenaria remisión de la pena debida a mis culpas, que nuevamente lloro y detesto, resuelto como estoy de conducir en lo futuro una vida toda en conformidad a vuestros Santos Mandamientos. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. R. Amén.


LETANÍAS DE SANTA ROSA
(para uso privado)



El retrato post mortem por Medoro Angelino

Señor, ten piedad.
Cristo ten piedad.
Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios Padre Celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

Santa María, ruega por nosotros.
San Miguel Arcángel y todos los coros de los ángeles, rogad por nosotros.
San José, padre nutricio de Jesús, ruega por nosotros.
Santa Isabel, con cuyo nombre fue bautizada Santa Rosa, ruega por nosotros.
San Bartolomé Apóstol, en cuya vigilia subió Santa Rosa al cielo, ruega por nosotros.
Glorioso Padre Santo Domingo, ruega por nosotros.
Seráfico Padre San Francisco, ruega por nosotros.
Santa Catalina de Siena, madre espiritual de Santa Rosa, ruega por nosotros.
Santo Toribio de Mogrovejo, que confirmaste a Santa Rosa, ruega por nosotros.
San Francisco Solano, cuya predicación escuchó Santa Rosa, ruega por nosotros.
San Martín de Porras y San Juan Masías, hermanos de hábito y de virtud de Santa Rosa, rogad por nosotros.


Santa Rosa de Lima, virgen limeña, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, gloria y orgullo del Perú, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, primera flor americana de santidad, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, lirio de pureza, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, violeta de humildad, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, azucena de castidad, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, rosa encendida de amor, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, ramillete de todas las virtudes, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, oliva de penitencia, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, bálsamo de consuelo, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, mirra de mortificación, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, admiración de los españoles, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, ejemplo de los criollos, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, patrona de los mestizos, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, protectora de los indios, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, auxiliadora de los negros, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, defensora contra los corsarios, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, sostén de tu hogar, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, alivio de los enfermos, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, socorro de los más pobres, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, ejemplo de observancia, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, despreciadora de las galas mundanas, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, insigne penitente, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, coronada de espinas, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, ayunadora y abstinente, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, triunfante de los demonios, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, inspirada cantora, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, respetuosa de toda forma de vida, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, modelo de hija y hermana, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, dócil a tu padre espiritual y confesor, ruega por nosotros.
Santa Rosa de Lima, mística esposa de Cristo, ruega por nosotros.


Todos los bienaventurados de la Orden de Predicadores, rogad por nosotros.
Todos los bienaventurados de la Orden Seráfica, rogad por nosotros.
Todos los Santos y Santas de Dios, interceded por nosotros.


Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
Señor, ten piedad.
Cristo ten piedad.
Señor, ten piedad.


Padre nuestro… (secreto)

V. Y no nos dejes caer en tentación.
R. Mas líbranos del mal.
V. Señor, escucha mi oración.
R. Y llegue a Ti mi clamor.
(V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.)

Oremos. Oh Dios Omnipotente, dador de todo bien, que hiciste florecer en América por la gloria de la virginidad y paciencia a la bienaventurada Rosa, prevenida con el rocío de tu gracia; haz que nosotros, atraídos por el olor de su suavidad, merezcamos ser buen olor de Cristo. Que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. R. Amén.


jueves, 13 de agosto de 2009

Novena al Inmaculado Corazón de María según el espíritu de Fátima


Publicamos esta novena de preparación a la festividad del Inmaculado Corazón de María (22 de agosto) y que hemos tomado de un sitio católico muy recomendable: http://www.devocionesypromesas.com.ar/.


Puede rezarse esta novena en cualquier época del año. Leemos en la vida del santo Cura de Ars: “Su gran práctica era recomendar a los fieles y peregrinos de Ars una novena al Corazón de María. Por este medio se obtenían innumerables gracias y favores”.



ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS

¡Oh María, digna Madre de Dios y tierna Madre nuestra, que apareciendo en Fátima, nos habéis mostrado nuevamente en vuestro Corazón un asilo y refugio segurísimo, y en vuestro rosario un arma victoriosa contra el enemigo de nuestras almas, dándonos también rica promesa de paz y vida eterna!

Con el corazón contrito y humillado por mis culpas, pero lleno de confianza en vuestras bondades, vengo a ofreceros esta novena de alabanzas y peticiones.

Recordando, Señora benignísima, las palabras de Jesús en la cruz, "Ahí tienes a tu Madre", os digo con todo afecto: ¡Madre, aquí tenéis a vuestro hijo!

Recibid mi corazón, y ya que es palabra vuestra "Quien me hallare, hallará la vida", dadme que amándoos con amor filial, halle y goce aquí la vida de la gracia y después la vida de la gloria. Amén.


Día 1º
Reinado del Corazón de María

Dijo la Virgen a los pastorcitos de Fátima: "Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón".
En verdad, ¿puede haber cosa más justa y digna? Oigamos al P. Claret: "¿Habrá quien pregunte por qué veneramos al Corazón de María? ¿Se han meditado bien la excelencia de este Corazón y las perfecciones sobrehumanas y más que angélicas que lo adornan? ¡Oh, con qué alegría contempla el Señor al Corazón de María, al que ninguna mancha desfigura ni afea germen alguno de pasión mala, en el que no existe sobra de defecto que pueda hacerle indigno y cuyas afecciones son todas celestes! O por hablar con más propiedad, ¡con qué satisfacción no se contempla a Sí mismo en aquel espejo fiel en donde se hallan retratados todos los rasgos de su semejanza, borrados en el resto de los hombres!". Y afirma San Bernardino de Siena que "para ensalzar los sentimientos del Corazón Virginal de María no bastan las lenguas de todos los hombres, ni aún las de los ángeles". ¡Tan digno y santo es!
¡Oh alma devota! Dios lo quiere: Dios ha honrado sobremanera al Corazón de María: honra tú también, ama y obsequia cuanto puedas al Corazón amantísimo de tu dulce Madre.

Después de la meditación propia del día pídanse las gracias.
Para alcanzarlas, rezar cinco Avemarías al Corazón de María.


ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

¡Oh Corazón de María, el más amable y compasivo de los corazones después del de Jesús, Trono de las misericordias divinas en favor de los miserables pecadores! Yo, reconociéndome sumamente necesitado, acudo a Vos en quien el Señor ha puesto el tesoro de sus bondades con plenísima seguridad de ser por Vos socorrido. Vos sois mi refugio, mi amparo, mi esperanza; por esto os digo y os diré en todos mis apuros y peligros:

¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Cuando la enfermedad me aflija, o me oprima la tristeza, o la espina de la tribulación llague mi alma,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Cuando el mundo, el demonio y mis propias pasiones, coaligados para mi eterna perdición, me persigan con sus tentaciones y quieran hacerme perder el tesoro de la divina gracia,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

En la hora de mi muerte, en aquel momento espantoso del que depende mi eternidad, cuando se aumenten las angustias de mi alma y los ataques de mis enemigos,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Y cuando mi alma pecadora se presente ante el tribunal de Jesucristo para rendirle cuenta de toda su vida, venid Vos a defenderla y ampararla, y entonces, ahora y siempre,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Estas gracias espero alcanzar de Vos, ¡oh Corazón amantísimo de mi Madre!, a fin de que pueda veros y gozar de Dios en vuestra compañía por toda la eternidad en el cielo. Amén.


Día 2º
Desagravio al Corazón de María

La Virgen pidió en Fátima a los tres niños ofrecieran sacrificios en reparación de las ofensas que se infieren a su Inmaculado Corazón. Pidió en particular la comunión reparadora de los primeros sábados.
Lo que sostiene a este mundo pecador es el espíritu de reparación, que llega a su valor más alto en la misa, donde Jesús encabeza las reparaciones y desagravios de la Iglesia toda a su Eterno Padre.
Se ofende a Dios, y se ofende mucho también a su amadísima Madre, cuyo Corazón gime atravesado con la simbólica espada. "Ese vaso de santidad -exclama San Buenaventura- ¿cómo se ha trocado en mar de penalidades?" La Virgen Madre puede responder: "Hijos he criado y exaltado, mas ellos me despreciaron".
¡Penitencia! nos dice María en Fátima como en Lourdes. Sí: Fátima es un pregón de penitencia para esta época en que se niega la gravedad del pecado, se glorifica el sensualismo y se concretan las aspiraciones a gozar de esta vida.
No volver a pecar: esto es lo primero en el verdadero penitente. Y luego, mortificarse y sufrir algo por Dios. Oigamos, pues, el clamor de María: ofrezcamos oraciones, buenas obras y sacrificios en desagravio a su afligido Corazón.


Día 3º
El Corazón de María, iris de paz

El mundo desconoce a Dios; es impío; y está escrito: "No hay paz para los impíos". Habrá en él mucha inteligencia, mucho brazo, mucha máquina; pero falta corazón. Y por eso falta amor, concordia, paz.
En Fátima aparece y brilla como nunca un Corazón, un Corazón de Madre, capaz de unir los corazones todos y llevarlos a Dios.
"En ese Corazón -dice Ricardo de San Lorenzo- la justicia y la paz se besaron", porque como explica San Bernardo, "maría recibió del mismo Corazón del Eterno Padre en su propio Corazón, al Verbo", que es nuestra paz y reconciliación.
¿Acaso no es oficio propio de la madre aplacar al Padre con los hijos y pacificar a éstos entre sí? Sala de esos armisticios es el corazón de toda madre. El de María es arca noética de donde sale siempre la paloma mensajera de paz, cuyos ramitos de olivo caen y germinan en las tierras ensangrentadas por el odio.
"Abre, pues, oh María -le suplica San Bernardo- la puerta del Corazón a los llorosos hijos de Adán". Ante ese "áureo altar de paz" vengan todos a depositar su ofrenda, reconciliados ya con sus hermanos. Roguemos a la Reina de la paz la dé a los pueblos y familias; pero más, mucho más a los pecadores que están alejados de Dios y tiranizados por el demonio.


Día 4º
El Corazón de María y los pecadores

No una, sino varias veces exhortó la Virgen a los niños de Fátima a orar y sufrir por la conversión de los pecadores, y pidió expresamente el culto a su Corazón como medio de conversiones.
Dicen muchos: "Pequé, y ¿qué de malo me ha sucedido?". No hablarían así, a poca fe y reflexión que tuvieran. Verían que el pecado mortal mata al alma, roba la paz y todos los méritos, enemista con Dios y esclaviza bajo el poder de satanás. El que muere en pecado mortal se condena para siempre. ¡Qué espantosa desgracia!
Una avemaría diaria rezan los archicofrades del Corazón de María por los pecadores. Y María les inspira arrepentimiento, confesión, enmienda, y así les torna la vida, antes insoportable, dulce y feliz. "¡Cuánto no debemos al tesoro de consuelos que encierra el Corazón Inmaculado de María!" exclamaba el P. Faber, convertido por ese Corazón de Madre.
"¡Oh María! -le decía San Alfonso María de Ligorio- si vuestro Corazón llega a tener compasión de mí, no podrá dejar de protegerme".
El Papa en nombre de toda la humanidad pecadora, ora de este modo: "Estamos seguros de obtener misericordia y de recibir gracias, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro materno Corazón".
Acude tú también a este Trono de misericordia; y pídele la conversión de los pecadores empedernidos.


Día 5º
La Gran Promesa del Corazón de María

Esta promesa será sin duda lo que más perpetúe el nombre de Fátima a través de los siglos y traiga más frutos de salvación. "Prometo -dijo la Virgen- asistir en la hora de muerte con las gracias necesarias para la salvación a los que en cinco primeros sábados de mes seguidos comulguen y recen el rosario meditado".
Ante este alarde de misericordia del Corazón de María, el mundo se ha conmovido. El mismo soberano Pontífice pone al principio de la misa del Corazón de María aquella invitación: "Vayamos con confianza a ese Trono de gracia". Y cada uno de los fieles ganoso de asegurar lo que más importa, el porvenir eterno, tiene cuenta con sus cinco primeros sábados, evita el interrumpirlos, se alegra de coronarlos y se complace en repetirlos.
Es interesante el dato evangélico: Jesús otorgaba sus favores y prodigios preferentemente en sábado. E interrogaba a sus detractores: ¿Es lícito curar en sábado? Su Madre divina parece responder: los sábados son los días de mi predilección a favor de mis devotos en la tierra y en el purgatorio.
¡Oh alma! reza el rosario y comulga en dichos días, con gratitud, con fervor, en espíritu de reparación, y no lo dudes: albergada en ese Corazón, que es, según San Buenaventura, "deliciosísimo paraíso de Dios", pasarás al paraíso eterno.


Día 6º
El Corazón de María y el Rosario

Como en Lourdes, María pide en Fátima el rezo del rosario, y pide lo recemos diariamente, por la paz y por los pecadores, es decir: "por la paz de las armas y por la paz de las almas", según frase del Papa.
¿Necesitaremos más invitaciones para darnos a esta dulcísima y salvadora devoción? Dulcísima, pues como dice San Anselmo de Luca, "debería rebosar célica dulzura nuestra boca al saludar a tan benigna Señora y bendecir el fruto de su vientre, Jesús". Salvadora, pues dice Montfort: "No sé el cómo ni el porqué, pero es una verdad, que para conocer si una persona es de Dios, basta examinar si gusta de rezar el avemaría y el rosario".
Dijo la Virgen al P. Claret: "Quiero que seas el Domingo de Guzmán de estos tiempos". Y él propagó el rosario con celo indecible, transformando los hogares.
Al B. P. Hoyos le declaró la misma Señora: "Hasta ahora ninguno se ha condenado, ni se condenará en adelante que haya sido verdadero devoto de mi rosario".
"¡Reina del Smo. Rosario!": así empieza el Papa la Consagración al Corazón de María, para indicarnos su aprecio al rosario. Alma fiel: el rosario sea para ti un tesoro: rézalo en familia o en particular todos los días de tu vida.


Día 7º
El Corazón de María y la meditación

La Virgen de Fátima prometió el cielo a los que n cinco primeros sábados comulguen y recen el rosario meditando sus misterios.
En la historia del cristianismo, que cuenta 20 siglos, es la primera vez que la Virgen invita al mundo a la práctica de la meditación u oración mental. Sabe muy bien que la irreflexión es la característica de nuestra época, llena de desolación, porque no hay quien medite de corazón.
¿Y quién podrá invitarnos mejor a la meditación que María, que en su Corazón -testigo el Evangelio- guardaba, meditaba y analizaba todas las palabras y acciones de Jesús niño, de Jesús adolescente, de Jesús hombre, y así se santificaba de día en día?
Para Ella sí que las palabras de Jesús eran palabras de vida eterna; y pues el hombre vive de toda palabra que procede de la boca de Dios, de ellas se alimentaba la Virgen como de una verdadera Eucaristía.
Si San Juan Eudes llama al Corazón de María "Libro de la Vida", es porque en las páginas delicadas de su Corazón la Virgen imprimía y releía todo lo que decía y hacía Jesús durante aquellos 30 años, para ser después el archivo divino de la Iglesia naciente.
"Ea, pues, -dice San Juan Crisóstomo- lo que María meditaba en su Corazón, meditémoslo en el nuestro". En los misterios del rosario está la vida de Jesús y de María: quien los medite bien, no pecará jamás.


Día 8º
El Corazón de María y el Papa

En sus apariciones de Fátima la Virgen menciona varias veces con amor al Santo Padre y pide se ore mucho por él.
El Papa es, entre todos los mortales, el primer hijo del Corazón de María, por ser el "Jesús visible", o como decía Santa Catalina de Siena, "el dulce Cristo en la tierra".
El Papa es nuestro Padre. ¡Oh si le tuviéramos aquel amor filial que le profesaba San Juan Bosco, quien por ser fiel a su consigna "con el Papa hasta la muerte", tanto sufrió de los enemigos de la Iglesia, y el P. Claret, que en pleno Concilio Vaticano manifestó que ansiaba derramar toda su sangre en defensa de la infalibilidad pontificia!
Es nuestro Padre amantísimo: hemos de profesarle amor, respeto y obediencia; no consentir jamás se le ataque y persiga; rogar para que el Corazón de María lo ilumine y guarde de todo peligro, lo haga feliz en la tierra y lo corone de gloria en el cielo.


Día 9º
Consagración al Corazón de María

El Papa Pío XII, en el 25 aniversario de las apariciones de Fátima, consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María, secundando la petición de la aparecida Señora. Y a tono con él, innumerables Prelados le han consagrado sus diócesis, provincias y naciones.
Apareció el foco de la benignidad de la Salvadora del mundo y éste lo ha saludado con transportes de júbilo. De ese foco de amor maternal no habrá ya quien se esconda.
"Os tengo en mi Corazón", puede decirnos María, mejor que San Pablo a los filipenses. En esa arca de salvación nos ha refugiado a todos el Papa, por salvarnos del diluvio de males y vicios. ¿Cuándo? Cuando dijo solemnemente: "A vuestro Corazón Inmaculado nos confiamos y nos consagramos, no sólo en unión con la Santa Iglesia... sino también con todo el mundo".
Ahora nos toca a nosotros, a cada uno de nosotros repetir la consagración y vivir de acuerdo con ella llevando una conducta digna de hijos del Corazón de María, una vida de pureza, de oración, de mansedumbre, de caridad, de paciencia, de mortificación, virtudes que nos harán semejantes a nuestra Madre y fieles discípulos de Jesús, nuestro adorable Redentor, y nos otorgarán derecho a la eterna bienaventuranza.