viernes, 25 de diciembre de 2009

Alegato a favor de la Silla Gestatoria





El cortejo pontificio en todo su antiguo esplendor



El ataque del que fue objeto el Santo Padre Benedicto XVI por parte de una pobre enajenada mental la pasada Nochebuena y que, gracias a Dios, se saldó sin daño físico para el Papa (aunque sí para el anciano cardenal Roger Etchegaray, que se fracturó el fémur en la caída a la que fue arrastrado), ha puesto de manifiesto la relatividad de las medidas de seguridad que rodean a su augusta persona, las cuales no son precisamente laxas, sobre todo después del atentado contra Juan Pablo II en 1981 y de los ataques terroristas del fatídico 11 de septiembre de 2001.

Hay quienes hablan de fallos en el servicio de protección que opera en el Vaticano, pero, como ha apuntado acertadamente el R.P. Federico Lombardi, S.I., director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, ningún aparato de vigilancia puede garantizar al 100% la total incolumidad del Papa, sobre todo porque no está dispuesto a sacrificar la cercanía con los fieles por criterios de seguridad. Los Papas han sido tradicionalmente accesibles al pueblo. El venerable Pío XII pasó gran parte de su pontificado recibiendo en audiencia a toda clase de personas y sus alocuciones a los distintos grupos de peregrinos y visitantes conforman una buena parte de sus documentos. Del beato Juan XXIII se sabe que le gustaba hacer visitas sorpresivas a sus feligreses romanos.

A partir de Pablo VI comenzaron los viajes apostólicos: ya no eran sólo los fieles los que iban a Roma a ver al Papa; ahora él también iba a su encuentro en sus respectivos países. El venerable Juan Pablo II prácticamente visitó todo el mundo y algunos países más de una vez. La figura del Vicario de Cristo fue haciéndose cada vez más familiar y cercana gracias a la relajación del protocolo del Palacio Apostólico impracticable fuera de él. La extraordinaria popularidad de que gozan los Romanos Pontífices hoy en día es su punto fuerte, pero también su punto flaco, porque los hace convierte en fácil blanco de ataques y atentados. Sobre todo en tiempos en los que, por una falsa concepción de proximidad humana, ya no existe una cierta distancia física, saludable y necesaria para mantener no sólo la mística de la institución, sino también una seguridad razonable.

Antiguamente el Papa estaba rodeado de la llamada “Corte pontificia”, compuesta de la Familia y de la Capilla pontificas, es decir de los dignatarios que intervenían en la vida de palacio y en las celebraciones litúrgicas papales. En las grandes ocasiones se desplegaba todo su fasto, que culminaba con la aparición del Soberano Pontífice tocado con la tiara de tres coronas, envuelto en el manto y llevado sobre la silla gestatoria y bajo dosel, precedido por maceros y trompeteros y flanqueado por los flabelos de pluma de avestruz. En 1968, Pablo VI reformó radicalmente la corte, a la que dio el nombre de “Casa pontificia”, dándole un aire más burocrático que de aparato y ceremonia. Suprimió la mayor parte de elementos considerados ostentosos, aunque conservó el uso de la silla gestatoria, pero sin el acompañamiento tradicional.

Sin embargo, el papa Montini estaba dispuesto a abandonarla del todo pero su artrosis progresiva (que le hacía sufrir de dolores atroces en las rodillas) lo acabó de disuadir. Juan Pablo I, no queriendo aparecer como un antiguo monarca sino como el siervo de los siervos de Dios, se rehusó en un principio a hacer uso de ella, pero lo convencieron de que los fieles tenían derecho a contemplarlo sin demasiado esfuerzo visivo y acabó por subirse a ella resignado. En cambio, el venerable Juan Pablo II fue inconmovible: sólo fue llevado a hombros de los sediarios muerto, durante la procesión fúnebre de sus exequias. Ni siquiera cuando se hallaba completamente debilitado y le costaba terriblemente caminar quiso la silla gestatoria. En su lugar se hizo construir una especie de carro móvil con el que hacía su ingreso en San Pedro. No hay que decir lo que el artilugio contrastaba con la belleza clásica y barroca de la Basílica Vaticana y los elementos de la liturgia papal.

Benedicto XVI no la ha usado hasta hoy, pero hace algunas semanas, desde el interesantísimo blog Orbis Catholicus, se sugirió la existencia de rumores constantes de que el papa Ratzinger acabará retomando la silla gestatoria. Hoy, a la vista del incidente de Nochebuena, creemos desde estas humildes líneas que su vuelta se impone. Y ello por varios motivos:

1) El poderoso simbolismo de la silla gestatoria, que subraya la majestad de la dignidad del Sumo Sacerdote de la Cristiandad (que no otra cosa es el Papa). Papas como San Pío X y el beato Juan XXII, de cuya modestia y humildad no cabe en absoluto dudar aceptaron rodearse del fasto de sus predecesores, llevados por su consciencia de la altísima dignidad que representaban. Sabían que aquél era tributado al Papa y no a Giuseppe Sarto o Angelo Roncalli. El beato Juan XXIII, al que pintan algunos como revolucionario, era especialmente exigente en el exacto cumplimiento del protocolo y la etiqueta, lo cual no redundó en ningún momento en una merma de su indiscutible bondad.


2) El hecho de que el Santo Padre, llevado en alto, puede ser visto por todos los fieles y no sólo por los que se hallan más cerca a él. Es lamentable el espectáculo que se produce en la Basílica de San Pedro (o en la Plaza, cuando la celebración tiene lugar fuera) al querer ver todos al Papa: gente que se empuja, que se sube a los asientos, que impide verlo a los que se hallan detrás, con desdoro de lo sagrado del lugar y de la reverencia debida a la liturgia. Estos desórdenes se amortiguarían mucho o hasta desaparecerían si todos pudieran contemplar la venerable figura del Vicario de Cristo sin dificultad, lo cual sólo es posible mediante la silla gestatoria.


3) La seguridad se vería reforzada al no ser ya tan fácilmente accesible la augusta persona del Papa. La pobre mujer que lo atacó anoche sólo logró tirarle de la casulla, pero podría haberlo golpeado con las manos o con algún objeto contundente que pasara la inspección (una máquina fotográfica, por ejemplo). Consideremos que Benedicto XVI es una persona anciana e indefensa ante un ataque tan súbito como el de ayer, que no habría sido posible de ir el Santo Padre sobre la silla gestatoria, que, al elevarlo por encima de las cabezas de los asistentes, lo pone al abrigo de incidentes como ése, teniendo a sus ocho sediarios como barrera humana.


4) En fin, desde el punto de vista de la salud del Papa, la silla gestatoria le ahorraría fatigas innecesarias. El recorrido desde la Capilla de la Piedad hasta el Baldaquino de Bernini es largo de por sí, máxime para un hombre octogenario, revestido de pesados ornamentos y debiendo llevar la férula. ¿Por qué no ahorrarle el esfuerzo (que puede desplegar mejor durante la celebración misma) llavándolo a hombros sobre la silla gestatoria?

Sin necesidad de volver al fasto de antes, la recuperación de la silla gestatoria devolvería a las mentes de los fieles un sentido de lo sagrado, de lo solemne, de esa discontinuidad con la vida cotidiana que es necesaria para cautivar los espíritus. La monarquía británica, a pesar de todos sus escándalos, pervive gracias al poder de fascinación del símbolo que la representa: la Reina, rodeada del esplendor de las Joyas de la Corona, de los mantos reales, de los collares de las órdenes de caballería, de los carruajes dorados, de los atuendos de los cortesanos, de las libreas de sus servidores… El Papado puede prescindir de esos elementos humanos, pero qué duda cabe que ellos comunican la idea de la Belleza y ésta no está reñida con la Verdad ni con el Bien, sino que los complementa.


No fue abolida; simplemente cayó en desuso




ALGUNAS IMÁGENES DE PAPAS EN LA SILLA GESTATORIA


Pío II (1458-1464)


Pío II en Ancona (Pinturicchio)


Julio II (1503-1513)

Julio II (detalle del fresco de Rafael La expulsión de Heliodoro del Templo,
en la Estancia de Heliodoro del Palacio Apostólico Vaticano)


León X (1513-1521)


Boceto de Papa llevado en silla gestatoria por Rafael

Pío VIII (1829-1830)


Pío VIII (Horace Emile Jean Vernet)


Beato Pío IX (1846-1878)


Entrada del beato Pío IX en el aula del Concilio Vaticano I


Estampa de época

León XIII (1878-1903)




San Pío X (1903-1914)












Benedicto XV (1914-1922)




Pío XI (1922-1939)












Venerable Pío XII (1939-1958)














Beato Juan XXIII (1958-1963)








Pablo VI (1963-1978)








Esta fotografía es extraordinaria por su rareza


Juan Pablo I (1978)





Y aquí acaba la historia... de momento.


¿Benedicto XVI?


La silla gestatoria aguarda a su augusto ocupante
en medio de los fieles sediarios pontificios





Desde este Costumbrario Tradicional Católico
deseamos a todos nuestros amables lectores y seguidores



PAZ y BIEN



con motivo de las celebraciones natalicias.
Que el espíritu de la Sagrada Familia en el Portal de Belén
inspire a todas las familias católicas.





jueves, 3 de diciembre de 2009

Mes de diciembre en honor al Padre Celestial






¿Por qué el mes de diciembre dedicado al Padre Celestial? Porque coincide con el Adviento, que es el tiempo litúrgico en el que consideramos de manera especial el gran misterio de la Encarnación, concebido por el Padre para nuestra salvación. El Adviento es tiempo de preparación y evoca la espera de los Santos Patriarcas a los que fue hecha la promesa del Mesías por Dios Padre. El Adviento nos lleva al Antiguo Testamento, a la historia de nuestra salvación desde la Creación y la caída de nuestros primeros Padres hasta la llegada del Redentor. En todo él es patente la providencia del Padre. También es oportuno recordar que la primera parte del mes de diciembre se consagra a honrar el privilegio de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen (primero con la novena y después con la octava). Dios Padre es quien en el Paraíso promete a Adán y Eva la redención, que vendrá a través de la Mujer, la criatura cuya descendencia aplastará la cabeza de la serpiente. Dios Padre es quien elige a la excelsa criatura que será su instrumento para cumplir su promesa salvífica. Dios Padre es quien prepara a la Virgen con toda clase de gracias espirituales y corporales para ser digna Madre del Verbo Encarnado. La Inmaculada Concepción es obra especialmente del Padre. En fin, el mes de diciembre se cierra con el último día del año civil, en el que se dan gracias a Dios por los bienes recibidos durante él. Es un reconocimiento de la criatura a su Creador. El día de San Silvestre honramos a Aquél “en quien somos, nos movemos y existimos”, Dios Padre, Creador Omnipotente y misericordioso, que por su Providencia amorosa nos ha conservado hasta el presente. Justo y conveniente es, pues, que le dediquemos este mes que abre el año litúrgico y cierra el civil. Recitemos cada día las hermosas letanías que ofrecemos a continuación y que datan del siglo XVII.



LITANIAE AD DEVM PATREM COELESTEM


Kyrie eleison.
Christe eleison.
Kyrie eleison.

Pater sancte, audi nos.
Pater iuste, exaudi nos.


Pater de caelis Deus, miserere nobis.
Fili redemptor mundi Deus, miserere nobis.
Spiritus Sancte Deus, miserere nobis.
Sancta Trinitas, unus Deus, miserere nobis.

Pater noster, qui es in caelis, miserere nobis.
Pater Domini nostri Iesu Christi, miserere nobis.
Pater misericordiarum, et Deus totius consolationis, miserere nobis.
Pater peccavimus in caelum et coram te, miserere nobis.
Pater Deus benedictus in saecula, miserere nobis.
Pater in spiritu et veritate adorande, miserere nobis.
Pater sine quo nemo venit ad ilium, miserere nobis.
Pater gloriae et Domine caeli et terrae, miserere nobis.
Qui misisti Filium in mundum, miserere nobis.
Ex quo omnis paternitas in caelo et in terra nominatur, miserere nobis.
Qui elegisti nos in Filio ante mundi constitutionem, miserere nobis.
Qui praedestinasti nos in adoptionem filiorum, miserere nobis.
Qui mysteria abscondis prudentibus et sapientibus et revelas ea parvulis,
miserere nobis.
Qui benedixisti nos omni benedictione spirituali in caelestibus, miserere nobis.
Qui dimittis nobis peccata nostra, miserere nobis.
Qui elegisti nos, ut essemus sancti et immaculati in conspectu tuo, miserere nobis.
Qui das spiritum bonum petentibus te, miserere nobis.
Pater luminum, a quo omne bonum descendit, miserere nobis.
Pater vivificans, et mortuos suscitans, miserere nobis.
Pater videns in abscondito, miserere nobis.
Agricola usque modo operans, miserere nobis.
Qui solem tuum oriri facis super bonos et malos, miserere nobis.
Qui pluis super iustos et iniustos,
miserere nobis.
Qui numerasti omnes capillos capitis nostri, miserere nobis.
Qui proprio Filio non pepercisti, sed pro nobis omnibus tradidisti eum, miserere nobis.
Qui vocasti nos in societatem Filii tui, miserere nobis.
Qui gratificasti nos in dilecto Filio tuo, miserere nobis.
Qui transtulisti nos in regum Filii dilectionis tuae, miserere nobis.
Qui dignos nos fecisti in partem fortis sanctorum, miserere nobis.
Qui ad nuptias Filii nos vocasti, miserere nobis.
Qui dilexisti nos, et dedisti consolationem aeternam, miserere nobis.
Qui sic dilexisti mundum, ut Filium unigenitum dares, miserere nobis.
Qui magnifica voce de caelo delapsa clarificasti Filium tuum,
miserere nobis.
Qui tibi in Filo tuo bene complacuisti, miserere nobis.
Cui complacuit dare nobis regnum,
miserere nobis.
Cuius faciem semper vident Angeli in caelis, miserere nobis.
Qui ut servum redimeres, Filium tradidisti, miserere nobis.
Qui talem caritatem dedisti nobis, ut filii tui nominemur et simus,
miserere nobis.
Qui voluisti nos conformes fieri in imaginis Filii tui, miserere nobis.
Qui es super omnes, et per omnia, et in omnibus nobis, miserere nobis.
Qui parasti regnum electis tuis ante mundi constitutionem, miserere nobis.
Pater orphanorum et iudex viduarum, miserere nobis.
Qui sine acceptione personarum iudicas secundum opus uniuscuiusque, miserere nobis.
In cuius domo mansiones multae sunt, miserere nobis.
Pater benigne, patiens, et multae misericordiae, miserere nobis.

Propitius esto, parce nobis, Domine.
Propitius esto, exaudi nos, Domine.
Propitius esto, libera nos, Domine.

Ab omni malo, libera nos, Domine.
Ab omni peccato, libera nos, Domine.
A potestate Diaboli, libera nos, Domine.
Ab omnibus peccatorum occasionibus et tentationibus, libera nos, Domine.
Ab insidiis inimicorum omnium,
libera nos, Domine.
Ab ira et odio et omni mala voluntate, libera nos, Domine.
Ab imminentibus peccatorum periculis, libera nos, Domine.
Ab omnibus adversitatibus et hostibus mentis et corporis, libera nos, Domine.
A damnatione perpetua, libera nos, Domine.

Per altissimam, qua intueris abyssos, scientiam tuam, libera nos, Domine.
Per immensam, qua omnia ex nihilo creasti potentiam tuam, libera nos, Domine.
Per suavem, qua cuncta gubernas, providentiam tuam, libera nos, Domine.
Per aeternam, qua mundum dilexisti caritatem tuam, libera nos, Domine.
Per infinitam, qua omnia imples, bonitatem tuam, libera nos, Domine.
In die Iudicii, libera nos, Domine.

Peccatores, te rogamus audi nos.
Ut nomen tuum semper et ubique sanctificetur, te rogamus audi nos.
Ut regnum tuum nobis advenire concedas, te rogamus audi nos.
Ut semper fiat voluntas tua sicut in caelo et in terra, te rogamus audi nos.
Ut panem nostrum quotidianum nobis dare digneris, te rogamus audi nos.
Ut nobis debita nostra clementer dimittere digneris, te rogamus audi nos.
Ut nos sub umbra alarum tuarum protegere, et ex omni tentatione eripere digneris, te rogamus audi nos.
Ut nos ab omni malo liberare digneris, te rogamus audi nos.
Ut quod fideliter petimus, efficaciter consequamur, te rogamus audi nos.
Pater in nomine Filii tui, te rogamus audi nos.

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, reconcilias Patri.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, da nobis accessum ad Patrem.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, post hoc exilium ostende nobis Patrem.

Pater sancte, audi nos.
Pater iuste, exaudi nos.

Kyrie eleison.
Christe eleison.
Kyrie eleison.

Pater noster...
V. Et ne nos inducas in tentationem.
R. Sed libera nos a malo.
V. Protector noster aspice Deus.
R. Et respice in faciem Christi tui.
V. Memento nostri, Domine, in beneplacito tuo.
R. Visita nos in salutari tuo.
V. Ostende nobis, Domine, misericordiam tuam,
R. Et salutare tuum da nobis.
V. Domine Deus virtutum, converte nos.
R. Ostende faciem tuam, et salvi erimus.
V. Domine, exaudi orationem meam.
R. Et clamor meus ad te veniat.
(V. Dominus vobiscum.
R. Et cum Spiritu tuo.)

Oremus. Deus, qui in omnibus Ecclesiae tuae filiis, Christi Filii tui voce manifestasti satorem te bonorum seminum, et electorum palmitum esse cultorem, tribue quaesumus fidelibus tuis, qui vinearum apud te nomine censentur et segetum, ut spinarum et tribulorum squalore resecato, digna efficiamur fruge fecundi.

Deus incommutabilis virtus et lumen aeternum, respice propitius ad totius Ecclesiae tuae corpus, et opus salutis humanae, perpetuae dispositionis effectu tranquillus operare, ut totius mundus experiatur, et videat deiecta erigi, inveterata renovari, et per ipsum redire omnia in integrum, a quo sumpsere principium.

Deus celsitudo humilium, et fortitudo rectorum, qui per unigenitum Filium tuum ita erudire mundum dignatus es, ut omnis illius actio, fieret nostra instructio, excita in nobis spiritus tui fervorem, ut quod ille verbo et exemplo salubriter docuit, nos efficaciter imitari valeamus.

Deus, qui fidelium mentes unius efficis voluntatis, da nobis id amare, quod praecipis, id desiderare, quod promittis, ut inter mundanas varietates ibi nostra fixa sint corda, ubi vera sunt gaudia.

Deus, a quo bona cuncta procedunt, largire supplicibus tuis, ut cogitemus te inspirante, quae recta sunt, et te gubernante eadem faciamus. Per Dominum nostrum Iesum Christum Filium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum. R. Amen.

V. Domine exaudi orationem meam.
R. Et clamor meus ad te veniat.
V. Benedicamus Domino.
R. Deo gratias.
V. Et fidelium animae per misericordiam Dei requiescant in pace.
R. Amen.



LETANÍAS AL PADRE CELESTIAL

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Padre Santo, óyenos.
Padre Justo, escúchanos.

Dios Padre Celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Reentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

Padre nuestro, que estás en los cielos, ten misericordia de nosotros.
Padre de Nuestro Señor Jesucristo, ten misericordia de nosotros.
Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, ten misericordia de nosotros.
Pater, hemos pecado contra el cielo y contra Ti, ten misericordia de nosotros.
Dios Padre, bendito por la eternidad, ten misericordia de nosotros.
Padre, digno de ser adorado en Espíritu y en verdad, ten misericordia de nosotros.
Padre, sin el que nadie va al Hijo, ten misericordia de nosotros.
Padre de la Gloria y Señor de cielos y tierra, ten misericordia de nosotros.
Tú que enviaste a tu Hijo al mundo, ten misericordia de nosotros.
Tú de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, ten misericordia de nosotros.
Tú que nos elegiste en el Hijo antes de la creación del mundo, ten misericordia de nosotros.
Tú, que nos predestinaste como hijos de adopción, ten misericordia de nosotros.
Tú, que escondes tus misterios a los prudentes y sabios y los revelas a los pequeños, ten misericordia de nosotros.
Tú, que nos has bendecido con toda bendición espiritual en los cielos, ten misericordia de nosotros.
Tú, que perdonas nuestros pecados, ten misericordia de nosotros.
Tú, que nos has elegido para que seamos santos e inmaculados en tu presencia, ten misericordia de nosotros.
Tú, que das el espíritu bueno a quienes te lo piden, ten misericordia de nosotros.
Padre de las luces, del cual desciende todo bien, ten misericordia de nosotros.
Padre que das vida y resucitas a los muertos, ten misericordia de nosotros.
Padre que ves en lo escondido, ten misericordia de nosotros.
Agricultor que trabajas hasta ahora, ten misericordia de nosotros.
Tú, que haces salir el sol sobre buenos y malos, ten misericordia de nosotros.
Tú, que haces llover sobre justos e inicuos, ten misericordia de nosotros.
Tú, que has contado todos los cabellos de nuestras cabezas, ten misericordia de nosotros.
Tú, que no perdonaste a tu propio Hijo, sino que lo entregaste por todos nosotros, ten misericordia de nosotros.
Tú, que nos has llamado para asociarnos a tu Hijo, ten misericordia de nosotros.
Tú, que nos has gratificado en tu amado Hijo, ten misericordia de nosotros.
Tú, que nos has transportado al Reino del Hijo de tu amor, ten misericordia de nosotros.
Tú, que nos has hecho dignos de tener parte con tus santos, ten misericordia de nosotros.
Tú, que nos has invitado a las bodas del Hijo, ten misericordia de nosotros.
Tú, que nos has amado y nos has dado el consuelo eterno, ten misericordia de nosotros.
Tú, que amaste tanto al mundo que le has dado a tu Hijo Unigénito, ten misericordia de nosotros.
Tú, que con magnífica voz proveniente del cielo ensalzaste a tu Hijo, ten misericordia de nosotros.
Tú, que te has complacido en tu Hijo, ten misericordia de nosotros.
Tú, a quien ha complacido darnos el reino, ten misericordia de nosotros.
Tú, cuya Faz contemplan siempre los ángeles en los cielos, ten misericordia de nosotros.
Tú, que entregaste al Hijo para redimir al siervo, ten misericordia de nosotros.
Tú, que tanto amor nos has dado como para que nos llamemos y seamos tus hijos, ten misericordia de nosotros.
Tú, que has querido que nos transformemos a imagen de tu Hijo, ten misericordia de nosotros.
Tú, que estás sobre todos, por todos y en todos nosotros, ten misericordia de nosotros.
Tú, que has preparado un reino a tus elegidos antes de la creación del mundo, ten misericordia de nosotros.
Padre de los huérfanos y juez de las viudas, ten misericordia de nosotros.
Tú, que sin acepción de personas juzgas a cada uno según sus obras, ten misericordia de nosotros.
Tú en cuya casa hay muchas moradas, ten misericordia de nosotros. miserere nobis.
Padre benigno, paciente y rico en misericordia, ten misericordia de nosotros.

Sénos propicio, perdónanos, Señor.
Sénos propicio, escúchanos, Señor.
Sénos propicio, líbranos, Señor.

De todo mal, líbranos, Señor.
De todo pecado, líbranos, Señor.
Del poder del diablo, líbranos, Señor.
De todas las tentaciones y ocasiones de pecado, Ab líbranos, Señor.
De las insidias de nuestros enemigos, líbranos, Señor.
De toda ira, odio y mala voluntad, líbranos, Señor.
De los inminentes peligros de los pecados, líbranos, Señor.
De todas las adversidades y enemigos de la mente y del cuerpo, líbranos, Señor.
De la condenación eterna, líbranos, Señor.

Por tu altísima sapiencia que penetra los abismos, líbranos, Señor.
Por tu poder inmenso, con el que creaste todas las cosas de la nada, líbranos, Señor.
Por tu suave providencia con la que todo lo gobiernas, líbranos, Señor.
Por tu eterna caridad, con la has amado al mundo, líbranos, Señor.
Por tu infinita bondad, con la cual todo lo llenas, líbranos, Señor.
En el día del juicio, líbranos, Señor.

Nosotros, pecadores, te rogamos, óyenos.
Para que tu Nombre sea siempre y en todas partes santificado, te rogamos, óyenos.
Para que nos concedas que venga a nosotros tu reino, te rogamos, óyenos.
Para que siempre se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo, te rogamos, óyenos.
Para que te dignes darnos nuestro pan de cada día, te rogamos, óyenos.
Para que te dignes perdonarnos con clemencia nuestras deudas, te rogamos, óyenos.
Para que te dignes protegernos siempre bajo la sombra de tus alas y librarnos de toda tentación, te rogamos, óyenos.
Para que te dignes librarnos de todo mal, te rogamos, óyenos.
Para que lo que pedimos fielmente lo consigamos con eficacia, te rogamos, óyenos.
Padre, en nombre de tu Hijo, te rogamos, óyenos.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, reconcílianos con el Padre.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, danos acceso al Padre. Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, después de este destierro, muéstranos al Padre.

Padre Santo, óyenos.
Padre Justo, escúchanos.

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Padre nuestro...

V. Y no nos dejes caer en tentación.
R. Mas líbranos del mal.
V. Sé, oh Dios, nuestro protector.
R. Y mira la Faz de tu Cristo.
V. Acuérdate de nosotros, Señor, en tu beneplácuto.
R. Visítanos con tu salvación.
V. Muétranos, Señor, tu misericordia.
R. Y danos tu salvacaión.
V. Señor, Dios de las virtudes, vuélvete hacia nosotros.
R. Muéstranos tu Faz y seremos salvos.
V. Señor, escucha mi oración.
R. Y llegue a Ti mi clamor.
(V. El Señor sea con vosotros.
R. Y con tu espíritu.)

Oremos. Oh Dios, que por boca de Cristo, tu Hijo, te has manifestado como el sembrador de la Buena semilla y el cultivador de las ramas selectas que se encuentran en todos los hijos de tu Iglesia, concédenos a tus fieles, que somos tu viña y tu campo, que, quitadas las espinas y abrojos, demos frutos dignos y abundantes.

Oh Dios, virtud inconmovible y luz eterna, mira propicio a todo el cuerpo de tu Iglesia y por tu perpetua providencia cumple en él tranquilamente la obra de salvación, para que todo el mundo experimente y vea cómo se yergue lo caído y cómo se renueva lo envejecido, y que todas las cosas son de nuevo creadas por Aquél de quien tuvieron principio.

Oh Dios, excelsitud de los humildes y fotaleza de los justos, que te has dignado instruir al mundo por medio de tu Hijo Unigénito de tal modo que toda acción suya se convirtiera en enseñanza nuestra, suscita en nosotros el fervor de tu Espíritu para que lo que Aquél nos enseñó con su palabra y su ejemplo podamos imitarlo eficazmente.

Oh Dios, que haces que las mentes de los fieles se unan en una sola voluntad, concédenos amar lo que mandas y desear lo que prometes para que en medio delas mundanas vicisitudes nuestros corazones se fijen allí donde están los gozos verdaderos.

Oh Dios, de quien procede todo lo bueno, otorga a los que te suplicamos que pensemos mediante tu inspiración lo que es recto y bajo tu gobierno lo cumplamos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. R. Amen.

V. Señor, escucha mi oración.
R. Y llegue a Ti mi clamor.
V. Bendigamos al Señor.
R. A Dios sean dadas las gracias.
V. Y las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.






martes, 10 de noviembre de 2009

San Andrés Avelino y la importancia de la preparación para la muerte




Hoy la Iglesia celebra la festividad de San Andrés Avelino, sacerdote y religioso teatino, que es invocado para evitar tener una muerte súbita. Es curioso que fuera éste precisamente el género de fallecimiento que le tocó a este varón de Dios, que pasó de este mundo a la vida eterna después de sufrir una apoplejía fulminante al pie del altar, mientras comenzaba la celebración de la Santa Misa. Y es que, en realidad, aunque la muerte se presentó de repente, San Andrés Avelino estaba preparado para afrontarla, por lo cual, en lugar de ser una desgracia se trató de una merced de Dios, que le ahorró los sufrimientos de la agonía a un cuerpo cuya alma siempre se halló vigilante. En este mismo sentido hay que entender la anécdota de uno de sus más célebres devotos: el papa Pío XI. La copiamos de las memorias del maestro de cámara pontificio Mons. Alberto Arborio Mella di Sant’Elia, que llevan el sugestivo título de Instantáneas inéditas de los cinco últimos Papas (Ed. Paulinas, 1961).

«Entretanto los inviernos se iban sucediendo. Los paseos por el jardín se fueron haciendo menos frecuentes y también menos recreativos. Los sinsabores y penalidades sufridas habían dado un zarpazo a la salud del Papa. El Padre Santo me había dicho varias veces que iba a durar poco, pero que esperaba no morir de enfermedad. No quería caer en manos de los hombres, sino directamente en las de Dios.

“Rezo todos los días un Padrenuestro, Avemaría y Gloria en honor de San Andrés Avelino para que me ayude a tener una muerte repentina tan hermosa como la que tuvo él”
“¡Qué horror, Dios mío!” – exclamé.
“Sí, algo de susto para los que me rodean, pero… así es mejor… Se da menos quehacer…”
“No, Beatísimo Padre:
A subitánea et improvisa morte libera nos, Domine – repliqué.
“¿Qué dice usted?” – me respondió el Papa.
“La invocación de la Iglesia, Padre Santo:
A subitánea et improvisa morte libera nos, Domine”.
“Pero, ¿qué dice usted? – repitió más fuerte –. ¿No comprende que para nosotros los sacerdotes nunca es la muerte súbita e imprevista, aunque sea repentina? ¡Nosotros siempre estamos preparados y dispuestos para morir!” ¡Qué lección! Quedé impresionado, ejemplarizado con aquella advertencia que me hizo mucho bien»
.

La anécdota que antecede nos hace reflexionar, a propósito de la festividad de San Andrés Avelino, en la necesidad de estar habitualmente en estado de gracia y en la conveniencia de meditar en los Novísimos, según aquello de la Sagrada Escritura (Ecclo. VII, 40): “Memento novissima tua et in aeternum non peccabis” (Acuérdate de tus postrimerías y nunca más pecarás). La muerte debería ser para nosotros los católicos un tema tan natural como la vida y nuestras aficiones. Si la tuviéramos presente en nuestro pensamiento con más asiduidad de la habitual (y no sólo a través de los aldabonazos que nos la recuerdan cada vez que golpea a las puertas de nuestra familia y allegados) tendríamos más cuidado en procurar que nos fuera propicia para la salvación.

Enseña el P. Royo Marín que a la muerte se prepara uno de dos maneras: 1) remota y 2) próxima. La remota depende de nosotros: es el mantenimiento del estado de gracia mediante una vida auténticamente cristiana y siempre vigilante, hecha de oración, de penitencia, de limosna, de frecuencia de los sacramentos y uso de sacramentales, de buenas obras, de ejercicio de las virtudes teologales y cardinales, etc. Es ésta la preparación propia de las vírgenes prudentes, que tienen a punto sus lámparas para cuando llega el Esposo. La preparación próxima, en cambio, depende de la Iglesia, que dispone los medios necesarios para asegurar la salvación de sus hijos en el último trance: la extrema-unción, la confesión general, el viático, la bendición apostólica in articulo mortis, las oraciones por los agonizantes y ciertos sacramentales.

Partiendo de estas dos clases de preparación, el insigne teólogo dominico distingue cuatro clases de muerte:

a) Con preparación remota y próxima. Es la muerte ideal, la muerte de los justos. Aunque su vida haya sido recta, siempre es convenientísimo disponer de los últimos auxilios que ofrece la Iglesia, lo cual puede, además, acortar el Purgatorio. Es la muerte de los justos por excelencia y su modelo es el Glorioso Patriarca San José, varón justo, que tuvo el consuelo de morir asistido de Jesús y de María.

b) Con preparación remota pero no próxima. Es menos perfecta que la anterior, pero moralmente permite suponer la salvación del que tiene este tipo de muerte. Suele sobrevenir repentinamente, por accidente físico u orgánico, sin dar tiempo a recibir los últimos sacramentos. Aquí se aplica a la muerte aquello que se dice del Día del Señor: que viene como ladrón en la noche, sin que se sepa el día ni la hora. Pero para quien ha vivido cristianamente y en estado habitual de gracia no tiene por qué suponer una desgracia. Su modelo es San Andrés Avelino.

c) Sin preparación remota, pero con preparación próxima. Es la muerte de los pecadores arrepentidos, a quienes hasta un punto de contrición abre los cielos. Es una clase de muerte que muestra la extrema misericordia divina, que quiere hasta el extremo que el pecador se convierta y viva, pero no es deseable por lo incierta y porque el pecador habitual corre el peligro de endurecerse y desesperar de la salvación. Su modelo es San Dimas, el Buen Ladrón, que se convirtió en el patíbulo de la cruz después de una vida miserable de pecado y de delitos.

d) Sin preparación remota ni próxima. Es la muerte del renegado, del que ha vivido una vida a espaldas de Dios y ni en el último instante se vuelve hacia Él. Es una muerte horrible como que es la peor de todas: “mors peccatorum pessima” (Psalm. XXXIII, 22). Ésta es la muerte que se pide a Dios apartar de nosotros en las Letanías de los Santos: “A subitánea et improvisa norte libera nos, Domine”. Su modelo es el rico Epulón, a quien sorprende el paso de este mundo al otro inopinadamente.

Después de estas consideraciones sacamos en claro la utilidad de la devoción a San Andrés Avelino, a quien podemos pedir que nos alcance del Señor las gracias necesarias para vivir píamente y poder morir en brazos de la Iglesia y rodeados de sus últimos cuidados, ya que no podemos pretender alcanzar una santidad como la suya, que le permitió entrar en la gloria desde el altar de la Santa Misa, al pie del cual se disponía a celebrar. Invoquémosle, pues, con sincera devoción, para lo cual copiamos esta oración:



Oh San Andrés Avelino, digno hijo de San Cayetano, yo tu devoto ruégote, por amor de Dios, te constituyas en abogado mío ante el Altísimo y me obtengas de su misericordia la gracia de vivir de tal manera que merezca morir con los auxilios de nuestra Santa Madre Iglesia. Te pido ahuyentes toda asechanza del enemigo maligno a lo largo de mi existencia terrena y sobre todo en mis últimos momentos. Haz que el Señor me libre de una muerte súbita e imprevista, de modo que pueda prepararme convenientemente a comparecer ante Él y pueda oír de tan justo y misericordioso Juez una sentencia benigna y clemente. Así sea.

Como complemento oportuno de estas reflexiones en el día de San Andrés Avelino, consignamos a continuación el vínculo de una breve biografía suya publicada por un recomendable sitio católico:





domingo, 1 de noviembre de 2009

Mes de ánimas



Presentamos una práctica litúrgica poco conocida de la mayoría de los fieles y que puede rezarse con mucho fruto espiritual y provecho de los difuntos al toque de ánimas (9 de la noche) o antes de acostarse, después de las oraciones de la noche. En este mes de noviembre, dedicado a la Iglesia purgante, acordémonos especialmente de los precitos y acostumbrémonos a rezar por ellos frecuentemente. Las ánimas benditas son muy agradecidas y así ejercemos la comunión de los santos en su favor.



Psalmi Graduales


Sicubi recitentur in choro, congrue dicuntur ante Matutinum diei; extra chorum vero pro temporis opportunitate.
Primi quinque psalmi dicuntur sine Gloria Patri; sed in fine ultimi dicitur Requiem æternam.

Incipiuntur absolute sine antiphona.


Psalmus 119

Ad Dominum cum tribularer clamavi: * et exaudivit me.
Domine, libera animam meam a labiis iniquis, * et a lingua dolosa.
Quid detur tibi, aut quid apponatur tibi * ad linguam dolosam?
Sagittæ potentis acutæ, * cum carbonibus desolatoriis.
Heu mihi, quia incolatus meus prolongatus est: habitavi cum habitantibus Cedar: * multum incola fuit anima mea.
Cum his, qui oderunt pacem, eram pacificus: * cum loquebar illis, impugnabant me gratis.


Psalmus 120

Levavi oculos meos in montes, * unde veniet auxilium mihi.
Auxilium meum a Domino, * qui fecit cælum et terram.
Non det in commotionem pedem tuum: * neque dormitet qui custodit te.
Ecce, non dormitabit neque dormiet, * qui custodit Israël.
Dominus custodit te, Dominus protectio tua, * super manum dexteram tuam.
Per diem sol non uret te: * neque luna per noctem.
Dominus custodit te ab omni malo: * custodiat animam tuam Dominus.
Dominus custodiat introitum tuum, et exitum tuum: * ex hoc nunc, et usque in sæculum.


Psalmus 121

Lætatus sum in his, quæ dicta sunt mihi: * In domum Domini ibimus.
Stantes erant pedes nostri, * in atriis tuis, Ierusalem.
Ierusalem, quæ ædificatur ut civitas: * cuius participatio eius in idipsum.
Illuc enim ascenderunt tribus, tribus Domini: * testimonium Israël ad confitendum nomini Domini.
Quia illic sederunt sedes in iudicio, * sedes super domum David.
Rogate quæ ad pacem sunt Ierusalem: * et abundantia diligentibus te:
Fiat pax in virtute tua: * et abundantia in turribus tuis.
Propter fratres meos, et proximos meos, * loquebar pacem de te:
Propter domum Domini, Dei nostri, * quæsivi bona tibi.


Psalmus 122

Ad te levavi oculos meos, * qui habitas in cælis.
Ecce sicut oculi servorum, * in manibus dominorum suorum.
Sicut oculi ancillæ in manibus dominæ suæ: * ita oculi nostri ad Dominum, Deum nostrum, donec misereatur nostri.
Miserere nostri, Domine, miserere nostri: * quia multum repleti sumus despectione:
Quia multum repleta est anima nostra: * opprobrium abundantibus, et despectio superbis.


Psalmus 123

Nisi quia Dominus erat in nobis, dicat nunc Israël: * nisi quia Dominus erat in nobis,
Cum exsurgerent homines in nos, * forte vivos deglutissent nos:
Cum irasceretur furor eorum in nos, * forsitan aqua absorbuisset nos.
Torrentem pertransivit anima nostra: * forsitan pertransisset anima nostra aquam intolerabilem.
Benedictus Dominus * qui non dedit nos, in captionem dentibus eorum.
Anima nostra sicut passer erepta est * de laqueo venantium.
Laqueus contritus est, * et nos liberati sumus.
Adiutorium nostrum in nomine Domini, * qui fecit cælum et terram.

Requiem æternam * dona eis, Domine.
Et lux perpetua * luceat eis.

Deinde dicitur flexis genibus:
Pater noster, secreto usque ad

V. Et ne nos inducas in tenationem.
R. Sed libera nos a malo.
V. A porta inferi.
R. Erue, Domine, animas eorum.
V. Requiescant in pace.
R. Amen.
V. Domine, exaudi orationem meam.
R. Et clamor meus ad te veniat.
Vel, in choro aut in communi:
V. Dominus vobiscum.
R. Et cum spiritu tuo.

Oremus. Absolve, quæsumus, Domine, animas famulorum famularumque tuarum et omnium fidelium defunctorum, ab omni vinculo delictorum; ut in resurrectionis gloria inter Sanctos et electos tuos resuscitati respirent. Per Christum Dominum nostrum. R. Amen.






Salmos Graduales


Si son recitados en el coro, convenientemente se dicen antes de los maitines del día; fuera del coro, en el momento más oportuno.
Los primeros cinco salmos de recitan sin Gloria Patri; pero al final del último se dice Requiem æternam.

Comienzan directamente sin antífona.


Salmo 119

En mi aflicción llamé al Señor, y El me respondió.
Líbrame, Señor, de los labios mentirosos, de la lengua traidora.
¿Qué te va a dar o mandarte Dios, lengua traidora?
Flechas de arquero, afiladas con ascuas de retama.
¡Ay de mí, desterrado en Masac, acampado en Cedar!
Demasiado llevo viviendo con los que odian la paz;
cuando yo digo: "Paz", ellos dicen: "Guerra".

Salmo 120

Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa el guardián de Israel.
El Señor te aguarda a su sombra, está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche.
El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre.


Salmo 121

¡Qué alegría cuando me dijeron: "Vamos a la casa del Señor"!
Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.
Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus, las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.
Desead la paz a Jerusalén: "Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios".
Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: "La paz contigo".
Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien.


Salmo 122

A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.
Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.


Salmo 123

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte -que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos: tanto ardía su ira contra nosotros.
Nos habrían arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello las aguas espumantes.
Bendito el Señor, que no nos entregó en presa a sus dientes;
hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.
Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Dales, Señor, el descanso eterno.
Y que la luz perpetua les alumbre.

A continuación se dice de rodillas:

Padre nuestro, en secreto hasta

V. Y no nos dejes caer en tentación.
R. Mas líbranos del mal.
V. De la puerta del infierno.
R. Libra, Señor, sus almas.
V. Que descansen en paz.
R. Amén.
V. Señor, escucha mi oración.
R. Y mi clamor llegue a Ti.
O en el coro y en común:
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Oremos. Absuelve, te rogamos Señor, las almas de tus siervos y siervas y las de todos los fieles difuntos de todo vínculo de pecados; para que en la gloria de la resdurrección respiren resucitados entre tus santos y elegidos. Por Cristo nuestro Señor. R. Amén.




domingo, 18 de octubre de 2009

Una gran devoción peruana: el Cristo Morado



EL SEÑOR DE LOS MILAGROS



Como nos consta que tenemos muchos lectores peruanos que siguen este Costumbrario, hemos querido publicar hoy la Novena al Señor de los Milagros, precedida por una noticia histórica y una reflexión sobre la significación de esta devoción. La novena comienza mañana, día 19, para terminar el 27, como preparación a la festividad del Cristo Morado, que es el 28 de octubre, aniversario del terrible terremoto de 1746 y día en que sale en gran procesión de clausura del Crucificado, que congrega alrededor suyo a la mayor concentración de fieles católicos en el mundo entero.


Historia y reflexión


El mes de octubre se tiñe en el Perú, pero especialmente en Lima, de morado, el color de las religiosas nazarenas que, bajo la regla del Carmen descalzo, custodian la sagrada imagen del Santo Cristo de Pachacamilla, más conocido como el Señor de los Milagros, el divino patrón de la Ciudad de los Reyes y protector de toda la nación de la que es la capital telúrica, depositada entre el Pacífico insondable y los colosales Andes. El mes morado es con razón llamado “la cuaresma peruana”, pues todo él está dedicado a considerar el misterio de nuestra Redención en Jesús Crucificado y Su Pasión salvífica. Es por ello por lo que, por especial privilegio de la Santa Sede, la ley del ayuno cuaresmal, común a todos los católicos, obligaba a los peruanos los viernes de octubre en lugar de los anteriores a la Pascua Florida. La procesión que acompaña al Señor de los Milagros y que es la manifestación religiosa periódica más grande del mundo, constituye un plebiscito de catolicidad. Marchan en ella fieles de todo el rico caleidoscopio racial de un país mestizo, en el que la diversidad es una riqueza; también acuden devotos de todas las clases sociales y de todas las condiciones, porque ante la imagen pintada por un esclavo negro no cabe la acepción de personas; hasta el poder político hinca su rodilla reverente al paso del Cristo Morado, Rey indiscutible del Perú.

Esta devoción que los peruanos llevan consigo allí donde van, extendiéndola en las latitudes más insospechadas como signo inequívoco de su identidad, nació del modo más humilde, en uno de los barracones donde transcurrían su existencia los esclavos negros llamados angolas (por ser su origen de la colonia portuguesa de Angola) en el barrio limeño de Pachacamilla, donde había florecido la antigua y señorial civilización de Pachacamac antes de la llegada de los españoles. Había allí una cofradía fundada por aquellos hombres a mediados del siglo XVII. Uno de ellos, a quien se le daban bien los pinceles, pintó al temple sobre una de las cuatro paredes sin cimentar, que constituían su lugar de reunión, un Cristo en la Cruz para satisfacer la devoción de sus hermanos. Su culto, en medio de una ciudad tan devota y santurrona como riente y pecadora, hubiera pasado desapercibido de no haber sido por uno de esos periódicos terremotos que los limeños ven como advertencias del cielo llamándolos a la penitencia.

Eran las 2:45 de la tarde del 13 de noviembre de 1655 cuando un terrible movimiento sísmico estremeció Lima y el puerto del Callao, derribando la mayor parte de las edificaciones y causando miles de muertos. Las barracas de los angolas se vinieron abajo, aunque milagrosamente no pereció ninguno de ellos. Entre los escombros se alzaba indemne la pared donde estaba pintado el Cristo de Pachacamilla, aunque nadie reparó en ello hasta quince años después, cuando Antonio León, vecino de la parroquia de San Sebastián, descubrió la imagen y comenzó a venerarla, construyendo una ermita para cobijarla. A ella comenzaron a acudir los devotos, sobre todo al conocerse que León había sido milagrosamente curado de un tumor maligno que le producía terribles jaquecas. La afluencia de fieles fue tal que, con pretexto de la devoción, comenzaron a producirse ciertos desórdenes y a mezclarse con los actos de piedad otros que nada tenían que ver con la religión. La autoridad civil, de acuerdo con la eclesiástica, decidió entonces acabar con el culto y mandó borrar la imagen.

Entre el 6 y el 13 de septiembre de 1671, una comitiva oficial, acompañada de un destacamento de soldados, se presentó ante la ermita para cumplir la orden. Varias veces se intentó destruir la pintura y otras tantas los ejecutores fracasaron, sintiéndose paralizados cuando se encontraban cara a cara con el trasunto del Crucificado. La gente comenzó a elevar sus protestas, que llegaron a oídos del conde de Lemos, virrey del Perú. Éste, que era hombre muy religioso, revocó la orden viendo en lo acontecido una clara señal de Dios. Al día siguiente, 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Cruz, se celebró la primera misa ante el que ya comenzaba a ser llamado Señor de los Milagros o de las Maravillas. Hubo gran concurso de gentes, llegadas de todas las partes de la ciudad. Desde entonces la devoción no hizo sino incrementarse. Con la anuencia del Virrey fue nombrado primer mayordomo de la llamada “Ermita del Santo Cristo de los Milagros” don Juan de Quevedo y Zárate. El lugar quedaba así bajo la protección de las leyes civiles y canónicas. El conde de Lemos hizo cimentar la pared y colocar un altar bajo ella, así como construir la que se llamó la Capilla del Santo Cristo de la Pared.

Pero el 20 de octubre de 1687, a las 4:45 de la madrugada, un nuevo terremoto azotó Lima y el Callao, arrasando casi por completo la ciudad y su puerto. Toda la magnificencia arquitectónica de la gran metrópoli del Imperio español de Ultramar desapareció en pocos minutos. A las 6:30, una réplica tan intensa como el sismo original acabó por derribar lo que había sobrevivido a éste. La ermita del Santo Cristo y su capilla se vinieron abajo, pero la pared con la imagen volvió a salvarse de la ruina, quedando inexplicablemente en pie. El mayordomo de entonces, don Sebastián de Antuñano, hizo reconstruir de su peculio la ermita y encargó una copia en tela y al óleo del Cristo de Pachacamilla para sacarla en procesión los días 18 y 19 de octubre de cada año, en memoria del terrible terremoto, para pedir misericordia por Lima. Actualmente sigue saliendo en esos días el Señor de los Milagros, mientras sus devotos cantan estos versos que gritan los peruanos cada vez que tiembla la tierra:

¡Aplaca, Señor, tu ira,
tu justicia y tu rigor!
Por tu Santísima Madre,
¡misericordia, Señor!

Don Sebastián de Antuñano, hacia el final de sus días, trabó conocimiento con la Madre Antonia Lucía del Espíritu Santo, fundadora de un beaterio en el Callao con el nombre de Colegio de las Nazarenas. Al fracasar éste por intrigas de los benefactores, se trasladó a Lima, donde en 1700 Antuñano le hizo donación de los terrenos de su propiedad en Pachacamilla y el santuario del Santo Cristo, para que estableciera su beaterio en aquéllos y se encargara de la custodia y mantenimiento de éste. La Madre Antonia fundó, pues, una nueva comunidad de Nazarenas, que vestían hábito morado, color que distinguió desde entonces a los devotos del Señor de los Milagros, aunque tardó años en ser reconocido el beaterio por la autoridad. Fue bajo el gobierno de la segunda superiora y sucesora de la Madre Antonia, Sor Josefa de la Providencia cuando se obtuvo la aprobación de la Corona y de Roma. En 1720, el rey Felipe V dio una Real Cédula autorizando la erección del beaterio. Siete años más tarde, el papa Benedicto XIII expidió el breve mediante el que aprobaba la fundación de las Nazarenas, poniéndola bajo la regla de las carmelitas descalzas y erigiéndola canónicamente como monasterio de clausura, el cual fue solemnemente inaugurado el 11 de marzo de 1730.

Una nueva y tremenda prueba iba a experimentar la capital fundada por Pizarro. El 28 de octubre de 1746, a las 10:30 de la noche, la sacudió el más catastrófico terremoto de su historia, que fue acompañado de un espantoso maremoto que engulló el Callao y mató a la casi totalidad de sus 5.000 habitantes (sólo sobrevivieron 300). Por segunda vez en menos de sesenta años, Lima quedaba casi totalmente asolada. El horror causado por este fenómeno telúrico fue un preludio del que recorrería Europa con ocasión del terremoto de Lisboa, que habría de tener lugar de allí en nueve años. Dato curioso fue que una estatua ecuestre del rey Felipe V, que se hallaba apostada en el Puente de Piedra sobre el Río Rímac, se vino abajo (la noticia de la muerte del Rey debía llegar a Lima). Pues bien, por tercera vez, la imagen del Santo Cristo de Pachacamilla quedó indemne en medio de la general destrucción. Se decidió entonces que cada año saldría también en procesión el 28 de octubre, en recuerdo del terremoto. Y hasta hoy es en ese día cuando se clausura el mes morado mediante el último paseo del Señor de los Milagros por su ciudad. El monasterio de las Nazarenas fue reedificado y se construyó la nueva y magnífica iglesia gracias al virrey catalán don Manuel de Amat y Junyent, de los marqueses de Castellbell, que puede ser considerado como su gran benefactor junto con don Sebastián de Antuñano.

Después de recorrer la historia del origen de esta gran devoción, conviene que consideremos lo que ella implica y a qué compromete a sus devotos: penitencia, sacrificio y sentido sobrenatural de las cosas. La vida no es cosa fácil, pero se hace llevadera cuando la vemos bajo la luz de Dios, que, a pesar de todo, siempre cuida providentemente a cuantos le aman. Hoy está de moda un racionalismo que se niega a leer en los fenómenos naturales y en los acontecimientos lo que Dios quiere decirnos a través de ellos. Pero quienes tienen una fe sencilla y sólida saben que nada ocurre porque sí y que Nuestro Señor se sirve hasta de las tragedias para aleccionarnos en orden a nuestra salvación. Lo hizo en los tiempos bíblicos y lo sigue haciendo hoy, cuando el engreído género humano se cree tan adelantado y se yergue con tanta autosuficiencia. Dios es el Señor de la Historia. La devoción del Señor de los Milagros, tan ligada a la historia telúrica de un pueblo, es un tesoro que nos enseña a todos a vivir en sintonía con ese Dios que no es el dios difuso y abstracto de los filósofos y los científicos, sino el que se hizo Hombre y subió a esa Cruz bendita desde la que reina sobre Lima y sobre todos los peruanos estén donde estén a través de su bendita imagen del Cristo Morado.




Novena al Señor de los Milagros


Por la señal (+) de la Santa Cruz, de nuestros (+) enemigos líbranos (+) Señor Dios nuestro. (+) En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón el haberos ofendido. Propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas ocasiones de ofenderos, confesarme bien, y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.


Oración Preparatoria

Adorabilísimo Jesús Crucificado, Hijo de Dios vivo, que habéis venido del cielo a la tierra, y os habéis sacrificado, muriendo en una Cruz para salvarnos, yo os reconozco por mi verdadero Dios, mi Padre, mi Salvador y mi Redentor, mi única esperanza en la vida y en la muerte, y mi única salvación posible en el tiempo y en la eternidad.

Me tengo por indigno, Señor y Dios mío, de presentarme ante vuestra Majestad por mi gran miseria y muchas culpas, pero ya me arrepiento de ellas y confiado en vuestra grande misericordia, acudo a Vos, Dios Todopoderoso y verdadero Señor de los Milagros, suplicando humildemente os dignéis hacer uso de vuestra omnipotencia, obrando milagros de misericordia en mi favor y en el de todos nosotros.

Aplacad Señor Misericordiosísimo vuestra justa indignación provocada por nuestros pecados, calmad las iras de la tierra, del mar, y de los elementos para que no seamos castigados con terremotos, tempestades, pestes, guerras, ni otras calamidades que de continuo nos amenazan, libradnos, Salvador nuestro amorosísimo, de todo mal y peligro en la vida y en la muerte, y obrad el mayor de vuestros milagros en favor nuestro, haciendo que os amemos y sirvamos de tal suerte en este mundo, que merezcamos veros y gozaros en el cielo, donde con el Padre y el Espíritu Santo vivís y reináis Dios, Uno y Trino, en infinita gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

Medítese y pídase lo que se desea obtener del Señor por medio de esta Novena. Luego se reza 5 Padrenuestros, 5 Ave Marías, y 5 Glorias en referencia a las cinco Llagas del Señor, y por tres veces la siguiente súplica:


Aplaca Señor tu ira,
Tu justicia y tu rigor,
por tu Santísima Madre,
¡Misericordia Señor!


Oración a la Santísima Virgen María
bajo la advocación de
Nuestra Señora de la Nube

(Repítase al final de cada Novena)

Oh Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra! Por la gran bondad de vuestro maternal corazón oíd benigna los ruegos de todos nosotros que acudimos a vos, no nos abandonéis, dulcísima Virgen María ni consintáis en nuestra ruina y perdición. Mirad con ojos de misericordia y compasión a nuestra ciudad de Lima y a todos sus moradores. ¿Qué sería de nosotros y qué valdrían nuestras súplicas ante el Señor a quien tanto hemos ofendido, si no fuera por vuestra intercesión? Compadeceos pues, misericordiosísima Madre nuestra, de estos desgraciados pecadores que, aunque tan ingratos, son hijos vuestros. Conseguidnos, una vez más el que hallemos gracia y misericordia delante del Señor: alcanzadnos los favores que pedimos en esta Novena y cuanto Vos sabéis que necesitamos, principalmente: el perdón de nuestros pecados, el remedio de nuestras necesidades, la perseverancia en el bien, una santa muerte, y la gloria eterna del Cielo. Y para más obligaros os saludamos con una Salve (récese).



Las Sahumadoras


Consideraciones para cada día de la novena

DIA PRIMERO

Consideración de la excelencia de esta devoción

Considera Alma mía, cómo la devoción al Señor de los Milagros, ha sido siempre entre nosotros, y sigue siendo todavía, un medio de que se vale este Divino Señor para conceder especiales favores y gracias a los individuos, a las familias, y aún a todo el pueblo. De las almas que acuden con fe y devoción a este Señor de los Milagros, podemos decir espiritualmente y en verdad, que los ciegos ven, los sordos oyen, los enfermos sanan, los muertos resucitan, y quienes se iban a perder, se salvan. ¿Y quién podrá decir los secretos milagros que hace este mismo Señor en favor de las familias que tienen la suerte de contar en su seno con alguna persona devota que a El acude con fe y confianza? La ciudad misma, tan expuesta a temblores de tierra, tal vez se hubiera arruinado mil veces y hubiéramos sido sepultados todos entre ruinas y escombros, si no fuera por la gran devoción a este Señor de los Milagros. ¿Y no es un verdadero milagro el que después de haber pecado no hayamos perecido para siempre y sin remedio? Sí, Dios mío, grande milagro de vuestra misericordia es el mantenernos vivos, capaces de salvación y penitencia cuando hoy más que nunca, merecemos vuestra justa indignación. Haced Redentor amabilísimo, que me aproveche de esta vuestra misericordia y me salve para siempre. Amén.


DIA SEGUNDO

Consideración sobre la necesidad de acudir al Señor de los Milagros

Considera, alma mía, cuán grande necesidad hay de que se acuda con fe y confianza a implorar misericordia y perdón por los pecados a fin de que el Señor a quien tanto y tan gravemente ofende, no nos castigue, movido por su justa indignación, antes bien nos perdone y libre de los castigos que nuestros pecados merecen. Por no haberse hallado en Sodoma y Gomorra diez justos siquiera que rogaran al Señor, como refiere la Sagrada Escritura castigó Dios con terrible destrucción aquellas poblaciones pecadoras. En otra ocasión, debiendo el mismo Señor castigar a Jerusalén por ciertos pecados, sólo exigía del profeta Jeremías las oraciones y méritos de algún justo para usar misericordia. ¡Cuánto valen y de cuánto sirven las almas buenas que ruegan al Señor! Por ellas tiene Dios paciencia con todos nosotros y como dice en el Santo Evangelio: "no arranca la cizaña por no arrancar con ella el trigo." Así por algunas personas piadosas que vengan a orar con mérito ante este Señor de los Milagros podrá ser que haya misericordia para todos y seamos libres de muchas y tremendas desgracias que nuestros pecados reclaman. Acude, pues, alma mía a este Divino Señor, llora tus pecados y los pecados de todos, a fin de que libre de todo mal seamos salvos en el tiempo y en la eternidad. Amén.


DIA TERCERO

Consideración sobre los bienes que tenemos en el Señor de los Milagros

Considera, alma mía, como en Jesucristo Crucificado, verdadero Señor de los Milagros, tenemos todos los bienes que podemos desear y hemos de necesitar, y el mayor de todos los bienes, que es tener como cosa nuestra a este Divino Señor, Hijo de Dios vivo, e igual al Padre, en quién están encerrados todos los tesoros de grandeza, de riqueza y de gloria. El Padre celestial nos lo ha dado y El se ha entregado por nosotros y se nos ha dado también haciéndose todo para todos. El es para nosotros cuanto hay de bueno y amable. Es nuestro Padre, nuestro Maestro, nuestro Amigo, nuestro Redentor, nuestro Bienhechor, nuestro Glorificador, nuestro Dios. Se nos dio por hermano y compañero en esta vida en su admirable nacimiento, se nos dio por manjar delicioso en la Sagrada Eucaristía, se nos dio por precio de nuestro rescate y medio de salvación en la muerte de cruz, y se da por premio y eterna gloria en la inmortalidad. ¡Oh si conocieses y comprendieras alma mía la grandeza de este don y los infinitos bienes que en él se encierran! Todo lo tenemos en El: no hay milagro que no nos pueda hacer, ni bien alguno, para nosotros, que no esté dispuesto a concederlo, si se lo pedimos con fe. ¡Oh Dios de mi alma! Haced que yo sea todo vuestro para que Vos, sumo bien, que encerráis todos los bienes, seáis todo mío en el tiempo y en la eternidad. Amén.


DIA CUARTO

Consideración sobre los consuelos que tenemos en el Señor de los Milagros

Considera, alma mía, cuánta dulzura y consolidación se encuentra siempre en Jesucristo Crucificado. En El encontró la pobre Magdalena consuelo a su pena y satisfacción a su amor. En El halló, el arrepentido ladrón, el perdón de sus crímenes, el remedio de sus tristezas en su agonía y un paraíso de goces eternos por galardón. En El, como fuente inagotable de caridad y de amor, bebió en abundancia su discípulo amado, la vida y la consolidación. ¿Y no hace siempre este amantísimo Redentor, semejantes prodigios de misericordia y de amor hacia los que le invocan con fervor? A los pies de este Dios de consolidación, vienen los desgraciados pecadores a derramar su dolor con lágrimas y encuentran misericordia y compasión. De las manos benditísimas de este Señor Crucificado reciben los justos, con abundancia de gracias y bendiciones, el más poderoso y constante apoyo de su virtud. En el Sacratísimo Corazón de este Divino y amante Redentor podemos hallar todos nosotros raudales infinitos de ternura, compasión, misericordia, luz, gracia y amor. Alma mía, levántate de la postración en que te encuentras, corre a los pies de tu amantísimo Salvador, entre el espíritu por la abertura de su sagrado Corazón, bebe de la fuente de su divino amor en seta vida para que la goces con inefable hartura en la gloria eterna. Amén.


DIA QUINTO

Consideración sobre la confianza que debemos tener en el Señor de los Milagros

Considera, alma mía, cómo Jesucristo Crucificado, con sus manos llagadas, su pecho herido y su corazón abierto nos declara de la manera más elocuente que no nos abandona, que nos ama siempre, que se sacrifica y muere por nuestra salvación. El nos repite las palabras llenas de ternura que decía a la multitud que le rodeaba: "Venid a mí todos los que estáis afligidos y padecéis trabajos y yo os consolaré." "Tengo sed de vuestro amor y deseo vuestra salvación", "Quiero recibiros en mis brazos y estrecharos sobre mi corazón. Quién desconfiará teniendo un Redentor tan misericordioso? Además es nuestro Abogado delante del Padre Celestial y por eso nos dice el Apóstol San Juan: "Hijos míos, no pequéis, pero si alguno pecare, no desconfíe, porque tenemos por abogado ante el Padre a Jesucristo su Hijo." Y como nos aconseja el Apóstol San Pablo: "Teniendo un Pontífice y Medianero tan grande como Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que penetró en los cielos y está sentado a la diestra del Padre y es igual a El, acudamos con eterna confianza al trono de su misericordia, seguros de alcanzar las gracias que necesitamos". Este trono de misericordia se ofrece a nosotros en la sagrada Imagen del Señor de los Milagros. Entonces pues, alma mía, acude a este divino señor, segurísima de que todo cuanto pidas al Padre Celestial en su nombre se te concederá y El mismo te lo concederá. Si Dios mío, así lo creo porque Vos lo dijisteis, y así lo hago abriendo mi corazón y descubriendo humildemente mis necesidades para que Vos, Salvador del mío las remediéis y me salvéis eternamente. Amén.


DIA SEXTO

Consideración sobre las virtudes que nos enseña El Señor de los Milagros

Considera, alma mía, cómo Jesucristo Señor Nuestro, nos da ejemplo de todas las virtudes que debemos practicar para conseguir nuestra salvación. El fue humilde con la más profunda e incomprensible humildad en su Encarnación. El fue humilde con la más profunda e incomprensible humildad en su Encarnación, fue pobre con asombrosa pobreza en su Nacimiento, obedecía a María y a José, a la vez que cumplía fielmente toda la Ley. Cuán tierno fue este Divino Señor con los niños, cuán indulgente con los pobres pescadores, cuán Clemente con Magdalena, cuán bueno con Juan y cuán benigno y dulce con el mismo Judas! El permanecía tranquilo ante ultrajes, sufría con paciencia inalterable las contrariedades, amaba, tiernamente a la humanidad, amaba, principalmente en sus últimos instantes, bendecía con su bondadosas miradas, perdonaba a sus enemigos y moría por la salvación de todos los hombres. Cómo quieres alma mía que El te atienda y proteja siendo tu conducta tan opuesta la suya? Aprende, pues, alma mía a ser buena como El, humilde como El, pobre y desprendida como El, obediente y mansa como El, paciente y misericordiosa como El, y si alguna vez fuese necesario sufrir y padecer, acuérdate que El, primero derramó su sangre y dio su vida por ti. Oh Jesús de mi vida! Haced el gran milagro de reproducir en mi vuestras virtudes, de suerte que llegue a ser semejante a Vos en este mundo para que también lo sea eternamente en el Cielo. Amen.


DIA SEPTIMO

Consideración sobre la pasión de Jesucristo Señor de los Milagros

Considera, alma mía, lo mucho que padeció el Señor en su sacratísima Pasión. Míralo llegar al Huerto de Getsemaní con sus queridos discípulos y apartándose un poco de ellos, comenzar su oración, angustiarse profundamente, sudar sangre divina por todo su cuerpo y entrar en mortal agonía cayendo en el suelo oprimido por la consideración de nuestros pecados. Obsérvalo luego recibiendo el beso de Judas a la vez que entregado al poder de sus enemigos llevado preso por las calles de Jerusalén a los tribunales de Anás, Caifás, Herodes y Pilatos, despojando de sus vestiduras sagradas y atado a la columna de la flagelación, vertiendo a torrentes su sangre divina por horrible azotamiento. Sentado después en el banco de ajusticiado, fue escupido, abofeteado, burlado y coronado de espinas. Por fin sentenciado a muerte, obligado a llevar sobre sus hombros la Cruz en que ha de ser inmolado, cayendo bajo su peso enorme consolando a las piadosas mujeres que le siguen llorando, y en la cima del Calvario extendiendo sus brazos sobre la Cruz para ser crucificado, sufriendo en su cuerpo y alma lo que ya no se puede concebir y muriendo enclavado en la Cruz con un amor y una bondad jamás vista entre los hombres. Oh Jesús mío Crucificado! No permitáis que sean inútiles para mí los grandes sufrimientos de vuestra Pasión Santísima. Por lo mucho que mi alma os ha costado, salvadla. Redentor amorosísimo, de todo pecado en esta vida y de la muerte eterna en la otra. Amén.


DIA OCTAVO

Consideración sobre la Muerte de Jesucristo Señor de los Milagros

Considera, alma mía, cómo el milagro de los milagros de Jesucristo fue su muerte preciosísima. Nadie ni nada podía haberle quitado la vida, porque tenía potestad de dejarla y tomarla, era El mismo, la vida y manantial de toda clase de vida, pero se ofreció a la muerte para que nosotros, sin menoscabo de la justicia eterna, pudiéramos vivir eternamente. Murió en efecto por la fuerza de los dolores que padeció en la Cruz, y así sufrió desfallecimiento por la abundancia de sangre, que de sus heridas derramaba y, como sus venas se vaciaban de sangre, comenzó a desnudarse su divino rostro y languideció su sagrado cuerpo, hasta que, faltándole las fuerzas expiró… Las tinieblas se extendieron entonces sobre la tierra, se rompieron las piedras, abriéndose los sepulcros de algunos muertos y el velo del templo se rasgó en dos partes. El Centurión y los soldados, viendo los portentos de tan sangriento como sagrado espectáculo exclamaron: Verdaderamente este era el Hijo de dios…! Y hasta la turba del pueblo, que había asistido a tan tremenda tragedia, se volvió a la ciudad hiriéndose los pechos en señal de dolor y sentimiento por la muerte del Señor Crucificado. Oh Salvador del mundo! No permitáis que sea yo más insensible que la tierra, más duro que los peñascos y más cruel que los verdugos que os sacrificaron! Haced en mí semejantes milagros cubriendo mi alma de tristeza santa por mis pecados, conmoviendo mi corazón con sentimientos de dolor y de amor y haciendo que yo no viva sino para Vos, que habéis muerto por mí, a fin de que llegue a gozaros en la gloria eterna. Amen.


DIA NOVENO

Consideración sobre la Resurrección del Señor de los Milagros

Considera, alma mía como ese Señor y Dios nuestro, que murió en la Cruz, resucitó saliendo gloriosísimo del sepulcro, se apareció a la Virgen Santísima su divina Madre, a sus apóstoles y discípulos, conversó y trató familiarmente con ellos por espacio de cuarenta días, al fin de los cuales, viéndolo todos, subió a los cielos en admirable y gloriosa ascensión. De allí, del cielo ha de volver otra vez al mundo a juzgar a los vivos y a los muertos. Entonces saldrán de sus sepulcros los hombres de todos los tiempos y de todas las naciones para presentarse ante este Divino Señor que hará ostensible, con gran gloria y majestad, su justicia eterna y universal en la condenación de unos y en la salvación de otros.

Ante este Soberano Jesús comparecerán los que le blasfemaron y crucificaron, los impíos y sacrílegos de todas las edades que le insultaron, todos los desgraciados pecadores que le despreciaron… También comparecerán los buenos, los Apóstoles, los Mártires, Confesores, Vírgenes y con ellos Ilustres penitentes, cuantos supieron arrepentirse a tiempo de sus pecados, cuantos le sirvieron y amaron. Y volviéndose hacia los buenos dirá: "Venid benditos de mi Padre, venid a poseer el reino de gloria que os está preparado desde el principio del mundo, entrad en la gloria de vuestro Dios y Señor"… A los malos les dirá "Id, malditos de mi Padre, id al fuego eterno del infierno..!" E irán éstos al suplicio eterno y los justos a la eterna gloria. Así terminarán las cosas de este mundo en aquel grande día del juicio universal, en eso pararán todos los asuntos de la vida, tal será también nuestro destino, o gozar eternamente de Dios en el cielo, o padecer eternamente con los demonios en el infierno… Oh Dios mío! Cómo he podido olvidarme de semejante asunto… Haced con vuestra gracia Salvador mío adorabilísimo que siempre os ame y sirva en este mundo, para que llegue a gozar con Vos y con los bienaventurados la eterna gloria del Cielo. Amen.


Mar morado



Himno del Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a Tí venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición. (bis)

Faro que guía, da a nuestras almas
la fe, esperanza, la caridad,
tu amor divino nos ilumine,
nos haga dignos de tu bondad.

Señor de los Milagros, a Tí venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición. (bis)

Con paso firme de buen cristiano
hagamos grande nuestro Perú,
y unidos todos como una fuerza
te suplicamos nos des tu luz.

Señor de los Milagros, a Tí venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición. (bis)