
jueves, 18 de marzo de 2010
lunes, 8 de marzo de 2010
Fervorines para la elevación de las sagradas especies durante la Misa
La elevación mayor, es decir, el momento en el que tanto la hostia consagrada como el cáliz bendito son alzados por el sacerdote a la vista de los fieles, es el punto culminante en el que la participación de éstos en la Santa Misa se hace más actuosa y patente: es entonces cuando, verificándose el sublime instante de la transubstanciación, se puede uno unir a la oblación del sacrificio que está realizando el celebrante. Aunque el sacrificio histórico del Calvario ya está cumplido, aquí se reproduce de forma real y mística la separación del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, mediante la doble consagración. Es entonces cuando sobre nuestros altares vuelve a inmolarse la Divina Víctima en unicidad y continuidad misteriosa con su Pasión y Muerte sobre la Cruz. El Verbo Encarnado se hace presente en su Divinidad y Humanidad. Es el momento de adorarlo, como hacen los ángeles en el cielo, que caen de hinojos y rostro en tierra ante su acatamiento. Aquí es donde podemos profesar nuestra fe católica, la fe eucarística, que es fe en la realidad del sacrificio y en la Presencia Real. Y esta fe nos lleva al acto natural y lógico de la adoración, por el cual reconocemos la suprema excelencia de Dios Padre en Jesucristo por el Espíritu Santo y nuestra absoluta dependencia de su divina Providencia y de su Misericordia.
Para mejor captar el significado y el sentido de la elevación en la Santa Misa, hemos creído muy conveniente reproducir la magnífica exposición que Dom Gregori Maria como parte de su inapreciable estudio histórico-litúrgico del sacrificio eucarístico:
“… ya desde fines del siglo XI los intelectuales habían empezado a prestar más atención a la teología de la presencia real de Cristo en el sacramento, complementándola con la afirmación de que en cada una de las dos especies está Cristo totalmente. Así, se decide la Iglesia a dar la comunión bajo la sola especie de pan. La herejía de Berengario de Tours (m. 1088) había motivado esa mayor profundización en el problema de la presencia real."Desacostumbrados desde hacía siglos a la comunión frecuente por un respeto exagerado al sacramento, el nuevo movimiento eucarístico no siguió este cauce, sino que abrió nuevas sendas, más fáciles y que mejor encajaban con su modo de pensar. Aumentan las muestras de reverencia, como son los lavatorios de manos y las abluciones del cáliz; algunos sacerdotes empiezan a juntar los dedos en señal de respeto después de haber tocado en la consagración el cuerpo de Cristo bajo la especie de pan. No importaba que el gran liturgista Bertoldo de Constanza se levantase contra esa innovación (Micrologus, c 16 PL 151, 987); fue ganando terreno y Durando en su Rationale litúrgico (libro IV) la exige como cosa normal después de la consagración.
"En el pueblo la mayor veneración de la eucaristía tomó otras modalidades. Siempre había podido contemplar en ciertos instantes, aunque brevemente y a distancia, las sagradas especies. Ahora quería verlas de cerca y por más espacio. Consciente de su indignidad, no aspiraba a ver, como los santos, en la sagrada forma al mismo Cristo con su figura real. Pero sí a verlo velado en la contemplación y adoración de las especies sacramentales ya consagradas. Por eso el obispo Odón de París dispuso a principios del siglo XIII que los sacerdotes antes de consagrar levantasen la forma a la altura del pecho pero que después de la consagración la levantases a una altura conveniente para que todos la pudiesen adorar cómodamente (Precepta Synodalia, c.28: Mansi, XXIII,682). Es la primera noticia segura sobre la elevación, pero parece probable que las mismas causas dieran lugar en otras regiones, aún antes, a semejantes disposiciones.
"Con esto la elevación oblativa de antes de la consagración se redujo notablemente, tomando en cambio la elevación mayor con el tiempo la absoluta primacía. Idea del fervor por contemplar la sagrada forma nos la dan las noticias de procesos ante los tribunales, en que se disputaban los sitios de la iglesia desde donde mejor se pudiera ver la forma, o el hecho de que los excomulgados que no podían entrar en la iglesia, abrieran boquetes en los muros que daban al altar mayor para no verse privados de la elevación. Hubo casos en que ofrecían al sacerdote una limosna para que tuviese más tiempo elevada la forma; e incluso se podían oír en el templo durante la elevación voces rogando no acabara la elevación. Mucha gente se contentaba con haber visto la forma al alzar. En muchas iglesias como no era fácil ver la forma sobre los colores del fondo del retablo, para que se recortara mejor corrían un velo negro entre el altar y el retablo y, en las misas tempranas, encendían una vela que levantaban detrás de la hostia.
"Este movimiento llevó a establecer la fiesta del Corpus y la costumbre de la exposición mayor. Fue el siglo en que con motivo de los delitos contra la Sagrada Forma estallaron tanto en España como en Alemania las sangrientas persecuciones contra los judíos.
"Por varios siglos este deseo de ver la Sagrada Forma influyó fervorosamente en la espiritualidad de Occidente. A fines de la Edad Media hacía el siglo XV se entibian estas ansias pues se había introducido otra espiritualidad que impuso la costumbre de inclinar la cabeza en señal de veneración. Este hábito degeneró en frialdad creciente al extremo que el papa San Pío X, para reavivar la antigua costumbre juzgó conveniente conceder una indulgencia especial si al alzar se miraba la Sagrada Forma y se rezaba la jaculatoria “Señor mío y Dios mío”."La elevación influyó en el corte de la casulla. Hasta entonces nunca se había elevado la forma tan alto ni se prolongaba tanto tiempo. Por eso no estorbaba la casulla, que cubría entonces los brazos hasta la mano. Cuando ahora el sacerdote levantaba los brazos casi verticalmente, la casulla estorbaba notablemente este movimiento. Se dieron pues, disposiciones para que el diácono facilitase el gesto al celebrante elevando la casulla; disposiciones que pasaron a las rúbricas de la misa. Sin embargo, dada la forma de entonces en la casulla, poco aliviaba la ayuda del diácono (cuando lo había) De ahí que empezaran a recortar la parte que cubría los brazos hasta hacerla desaparecer totalmente. Con retoques y modificaciones continuas en su ornamentación la casulla llegó a perder su carácter de prenda de vestir, adaptada al cuerpo, para convertirse en dos piezas rígidas unidas entre sí por encima de los hombros.
"Ya en la década de los 50 en todo el mundo católico se notó un fuerte movimiento para volver a la forma antigua, que con poca razón se ha llamado “gótica” ya que no es más que la antigua paenula romana, conocida ya en el culto estacional y que adquirió posteriormente el nombre de “planeta”. La forma ovalada, casi puntiaguda, que se dio en aquellos años 50 a las primeras casullas en ese retorno a la tradición, se debió a la ignorancia de la forma primitiva que fue tan redonda en ambos extremos como la casulla recortada de la época renascimental y bárroca de los últimos siglos.
"Hay que apostillar que la elevación del cáliz no se introdujo cuando la de la forma. Era natural, pues aún levantando en alto el cáliz, no se veía el sanguis. Se comprende, sin embargo, la tendencia a uniformar las ceremonias de ambas consagraciones.
"Hacia el año 1201 encontramos un testimonio documental del toque de campanilla. Coincide su aparición cronológicamente con el de la elevación mayor, a la que debía acompañar. Se considera como una señal y una invitación para venerar el sacramento. La misma finalidad tenía desde finales del siglo XIII el toque de una de las campanas de la torre, para que los que estuvieran ocupados en las faenas del campo pudieran recogerse por un momento, dirigir su mirada respetuosamente hacia la iglesia y adorar a Cristo, que acababa de bajar de los cielos a la tierra.
"Por otra parte, el poder mirar la Sagrada Forma explica también por qué en la Edad Media en vez de la profunda inclinación durante la consagración o el canon, que mantuvieron las iglesias orientales, los fieles se pusieran de rodillas. No cuajó esta nueva costumbre sin alguna resistencia por parte del clero, sobre todo de los canónigos, que por ejemplo en Chartres, mantuvieron la postura antigua hasta el siglo XVIII.
"Otras formas de demostrar la veneración a la eucaristía era extender los brazos en cruz o levantar por lo menos las manos. La genuflexión simple con una sola rodilla y por un momento, aparece por vez primera mencionada en Enrique de Hesse (m. 1397) como costumbre de algunos sacerdotes piadosos. El Misal Romano no la prescribe hasta el año 1498 y fue el Misal de San Pío V quien la universalizó.
"Fue en esta época, entre los siglos XV y XVI, cuando aparecen en los documentos de fundaciones piadosas algunas estipulaciones sobre el canto en el momento de la elevación de himnos como el O salutaris hostia y el Ave verum o de la oración O sacrum convivium.
"El mismo significado de ceremonia de saludo tenía el presentarse en el presbiterio inmediatamente antes de la consagración ( al canto del Benedictus del Santo) algunos acólitos con velas encendidas y un turiferario. Esta última costumbre arraigó y logró imponerse generalmente.
"Sin embargo en lo que se refiere a los cantos, podemos afirmar que se los encuentra con preferencia en los países latinos, mientras que en los germánicos querían más bien el silencio. Las decisiones de la Sagrada Congregación de Ritos favoreció generalmente la tendencia el silencio, prohibiendo los cantos aunque permitiendo que se toque el órgano al alzar pero no más allá, como testarudamente aún se hace en algunos sitios contraviniendo la norma litúrgica de antes y de después del Concilio…
"No hay que tener miedo al silencio litúrgico, que debe ocupar un espacio importante en la celebración”.
Así pues: dos actitudes parecen deducirse de la consideración de cuanto antecede: adoración y silencio sacro. Cosas ambas que se resumen en aquella frase ascética que se nos inculcaba antes (quizás sin explicarnos como era deseable su sentido más profundo): “Tú, alma mía, adora y calla”. Hoy desgraciadamente, parece que lo que prima es lo festivo, lo convivial, lo comunitario, que obnubila el aspecto más importante de la Misa cual es el sacrificial y el de culto latréutico y propiciatorio. Por eso en las misas modernas no hay silencio adoratorio; ni siquiera, en muchos sitios, hay la disposición para ello, pues faltan los reclinatorios o se disuade a los fieles de arrodillarse no ya en el canon, pero ni siquiera en el momento cumbre de la doble consagración. Lo cual es triste y deplorable. ¿Por qué es importante el acto exterior de adoración? Porque su repetición crea un hábito que dispone mejor a la adoración interior y ésta se expresa mejor mediante dicho acto exterior. Siendo nuestra naturaleza mixta, formada de alma y de cuerpo, que no pueden disociarse, de modo semejante, las disposiciones del alma deben expresarse a través de la gestualidad corporal.Como modo práctico de participar en el sacrificio de la Misa en el mismo momento de la real y mística inmolación de Jesucristo Víctima sobre el altar por manos del celebrante, uniéndonos a esta acción del sacerdocio ministerial podemos ejercer nuestro sacerdocio común adorando las especies consagradas con lo que se ha llamado “fervorines”, es decir jaculatorias o breves preces en las que se manifiesta la fe eucarística de la Iglesia y el culto latréutico del que son acreedores el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, Cuerpo y Sangre, que se formaron íntegramente del Cuerpo y Sangre de la Santísima Virgen por obra y gracia del Espíritu Santo, no lo olvidemos. En el mismo instante de la consagración, se vuelve a realizar, por así decirlo, el gran misterio de la Encarnación. El “Fiat” de María hizo real y carnalmente presente al Hijo de Dios, de modo análogo a como las palabra del sacerdote lo hacen presente sacramentalmente sobre el altar de la Misa. Nuestra Señora, la Madre de Dios, es el mejor ejemplo de fe y de adoración. Creyó al ángel de la anunciación y se realizó el milagro de la Encarnación del Verbo, que ella fue la primera en adorar amorosamente. Por eso, en estos fervorines que proponemos está presente la Santísima Virgen, “causa nostrae laetitae”, causa de nuestra alegría, que es Dios, pues Él “laetificat iuventutem meam”.
Fervorín para la elevación de la Sagrada Hostia
Salve, Cuerpo sacratísimo de mi Señor Jesucristo, formado de la purísima substancia de la Virgen María, inmolado sobre el ara de la Cruz y ahora sobre este altar: os adoro y os pido que seáis prenda de nuestra eterna salvación.
Adoremus cum Maria
lunes, 1 de marzo de 2010
Mes de Marzo en honor del Glorioso Patriarca San José
El mes de marzo está tradicionalmente dedicado a honrar al Glorioso Patriarca San José, padre nutricio de Jesús y castísimo esposo de la Santísima Virgen, por quien le venían al Mesías los regios derechos de la dinastía davídica. La devoción a San José, sin embargo, debió esperar siglos hasta su gran expansión, como si él quisiera mantenerse discreto, prefiriendo que la atención se centrase en el culto a Jesús y de su Inmaculada Madre. Como veremos en la excelente exposición que copiamos de la Enciclopedia Católica, a pesar de que no es extraño a la Iglesia desde los primeros tiempos el culto a San José y que durante la Edad Media experimentó éste un notable desarrollo, fue gracias a Santa Teresa de Jesús, devotísima suya, y al Carmelo por ella reformado como se comenzó a extender prodigiosamente, hasta el punto que los dos pasados siglos pueden a justo título ser llamados “la era josefina”, que culminó con la inserción del nombre del santo patriarca en el Canon de la Misa. Ofreceremos, pues, a continuación: a) un resumen de la historia de la devoción a San José, b) el relato de primera mano de un testigo del Concilio Vaticano II sobre las circunstancias que llevaron a esa inserción por voluntad del beato Juan XXIII, c) un ejercicio piadoso para cada día y d) la versión online del precioso libro San José del R.P. Florentino Alcañiz García, S.I., gran apóstol del Corazón de Jesús y eximio devoto josefino.José era un “hombre justo”. Este elogio otorgado por Espíritu Santo, y el privilegio de haber sido elegido por Dios para ser el padre adoptivo de Jesús y el Esposo de la Virgen Madre, son los fundamentos de los honores asignados a San José por la Iglesia. Tan convincentes son dichos fundamentos que no deja de ser sorprendente que el culto a San José fuese tan lento en ganar reconocimiento. La principal de las causas de esto es el hecho de que “durante los primeros siglos de existencia de la Iglesia, eran sólo los mártires quienes gozaban de veneración” (Kellner). Lejos de ser ignoradas o pasadas por alto durante los primeros años de Cristianismo, las prerrogativas de San José fueron ocasionalmente confrontadas entre los Padres; incluso tales elogios, que no pueden ser atribuidos a los escritores entre cuyos trabajos ellos encuentran cabida, atestiguan que las ideas y la devoción allí expresadas eran familiares, no sólo para los teólogos y predicadores, y deberían haber sido prestamente bienvenidas por la gente. Las huellas más tempranas de reconocimiento público acerca de la santidad de San José son halladas en Oriente. Su fiesta, si es que podemos confiarnos de las afirmaciones de Papebroch, era tenida en cuenta por los Coptos ya en los tempranos inicios del siglo cuarto. Nicéforo Calixto dice asimismo –cuya autoridad desconocemos– que en la gran basílica erigida en Belén (Bethlehem) por Santa Elena, había un magnífico oratorio dedicado en honor de nuestro santo. Lo cierto es, sea como sea, que la fiesta de “José el Carpintero” se encuentra registrada, el 20 de Julio, en uno de los antiguos Calendarios Coptos que ha llegado a nuestras manos, así como también en un Synazarium de los siglos octavo y noveno publicado por el Cardenal Mai (Script. Vet. Nova Coll., IV, 15 sqq.). Menologios griegos de una fecha posterior al menos mencionan a San José en el 25 ó 26 de Diciembre, y otra conmemoración suya conjuntamente con otros santos fue realizada en los dos Domingos inmediatamente anterior y posterior a Navidad.
En Occidente el nombre del padre adoptivo de Nuestro Señor (Nutritor Domini) aparece en algunos martirologios locales de los siglos noveno y décimo, y encontramos en 1129, por primera vez, una iglesia dedicada en su honor en Bologna. Su devoción, por entonces solamente privada, como aparentaba ser, cobró un gran ímpetu debido a la influencia y al celo de santos de la talla de San Bernardo, Santo Tomás de Aquino, Santa Gertrudis (muerta en 1310), y Santa Brígida de Suecia (muerta en 1373). De acuerdo con Benedicto XIV (De Serv. Dei beatif., I, iv, n. 11; xx, n. 17), "la opinión generalizada de lo aprendido es que los Padres Carmelitas fueron los primeros en importar desde Oriente hacia Occidente la loable práctica de tributarle un completo culto a San José”. Su fiesta, introducida hasta el fin poco tiempo después, en el calendario dominico, fue ganando paulatinamente una posición segura en numerosas diócesis de Europa Occidental. Entre los más celosos promotores de la devoción en dicha época, San Vicente Ferrer (muerto en 1419), Pedro d'Ailly (m. en 1420), San Bernardino de Siena (m. en 1444), y Jehan Charlier Gerson (m. en 1429), merece una especial mención Gerson, quien, en 1400, compuso un Oficio de los Esponsales de José particularmente en el Concilio de Constanza (1414), como medio de promocionar el reconocimiento público del culto de San José. Recién bajo el pontificado de Sixto IV (1471-84), los esfuerzos de dichos benditos hombres fueron recompensados por el calendario romano (19 de Marzo), en el cual fue incluida, en 1476, por mandato de dicho papa la fiesta en honor del santo patriarca que aún hoy se celebra. Desde aquel entonces la devoción adquirió cada vez mayor popularidad, y la dignidad de la fiesta fue guardando relación con su firme crecimiento. Primeramente sólo fue una festum simplex, y fue prontamente elevada a un doble rito por Inocencio VIII (1484-92), declarada por Gregorio XV, en 1621, como una fiesta obligatoria, a instancias de los emperadores Fernando III y Leopoldo I y del rey Carlos II de España, y fue elevada al rango de fiesta doble de la segunda clase por Clemente XI (1700-21). Además, Benedicto XIII (Orsini), en 1726, agregó el nombre de San José en la Letanía de los Santos.
Una festividad en el año, sin embargo, no fue considerada suficiente para satisfacer la piedad popular. La Fiesta de los Esponsales de la Santísima Virgen y San José –tan vigorosamente propugnada por Gerson, y concedida por Paulo III a los Franciscanos, y después a otras órdenes religiosas y diócesis individuales– fue, en 1725, concedida a todos los países que la solicitasen. Un apropiado Oficio, compilado por el dominico Pierto Aurato, fue asignado, y el día fijado en el 23 de Enero. Esto no fue todo: la reformada Orden Carmelita Descalza, en la cual Santa Teresa infundió su gran devoción hacia el padre adoptivo de Jesús, lo eligió, en 1621, como su patrono, y en 1689, les fue permitido celebrar la fiesta de su Patrocinio en el tercer Domingo después de Pascua. Esta fiesta, pronto, adoptada a lo largo de todo el Reino de España, fue posteriormente extendida a todos los estados y diócesis que solicitasen el privilegio. Ninguna otra devoción, tal vez, haya crecido tan universalmente como esta, así como tampoco ninguna otra pareció haber atraído con tanta fuerza a los corazones de los cristianos, y particularmente de las clases obreras, durante el siglo diecinueve, como ésta de San José.
Este maravilloso y sin precedentes incremento de la popularidad ha sido otro nuevo galardón para ser adosado al culto del santo. Complementariamente, uno de los primeros actos del pontificado de Pío IX (siendo él mismo particularmente devoto de San José) fue hacer extensiva a toda la Iglesia la fiesta del Patrocinio (1847). En diciembre de 1870, de acuerdo con los deseos de los obispos y de toda la feligresía, el papa Mastai declaró solemnemente al Santo Patriarca José, como Patrono de la Iglesia universal, y resolvió que su fiesta (19 de Marzo) debería de allí en adelante ser celebrada como una doble de la primera clase (pero sin octava, a causa de la Cuaresma). Siguiendo los pasos de sus predecesores, Leon XIII y san Pío X exhibieron un similar deseo de agregar sus propias joyas a la corona de San José: el primero, permitiendo en ciertos días la lectura del oficio votivo del santo, y el segundo aprobando, el 18 de Marzo de 1909, una letanía en honor de aquel cuyo nombre él recibió en su bautismo (Giuseppe Sarto). Pero el paso más trascendental lo dio el beato Juan XXIII (que ya había publicado, el 19 de marzo de 1961, su carta apostólica Le Voci sobre el fomento de la devoción josefina): la introducción del nombre del Glorioso Patriarca nada menos que en el canon de la Misa (Communicantes), inmediatamente después de la mención de la Santísima Virgen. Conviene repasar la interesante historia de esta adición al Misal Romano. Al efecto, transcribimos los pasajes relativos del inapreciable libro del R.P. Ralph Wiltgen, S.V.D. The Rhine flows into the Tiber sobre el Concilio Vaticano II.
«El último orador en tomar la palabra el 30 de octubre [de 1962] fue Mons. Sansierra, obispo auxiliar de San Juan de Cuyo en Argentina. Expresó la esperanza de que no se olvidaría “el deseo que tienen un gran número de obispos y sacerdotes” de ver el nombre de San José en el canon de la Misa. El 5 de noviembre, la misma petición fue hecha, aunque con más detalles, por Mons. Cousineau, obispo de Cap Haïtien en Haití, antiguo superior del Oratorio de San José en Montréal, el cual solicitó que “el nombre de San José, esposo de la Santísima Virgen María, sea introducido en la Misa cada vez que se mencione el de la Santísima Virgen”.
«Al final de la décimo octava congregación general, tenida el 13 de noviembre, el cardenal secretario de Estado hizo una declaración a este respecto. Dijo que el Santo Padre deseoso de conformarse al voto “manifestado por numerosos Padres conciliares”, había decidido insertar el nombre de San José en el Canon de la Misa, inmediatamente después del de la Santísima Virgen María. Esta medida debía servir en adelante para recordar que San José había sido el patrón del Concilio Vaticano Segundo. “Esta decisión del Santo Padre –añadió el Cardenal– entrará en vigor el próximo 8 de diciembre y mientras tanto la Sagrada Congregación de Ritos preparará los documentos necesarios".
«El cardenal Montini debía decir más tarde que esta iniciativa inesperada había sido “una sorpresa dada al Concilio por el Papa”.
«Ciertos medios criticaron severamente a Juan XXIII por haber tomado lo que llamaron una medida independiente mientras el concilio ecuménico se hallaba en plenos trabajos. En efecto, este decreto no era sino el resultado de campañas, esporádicas pero intensas, llevadas a cabo desde 1815: cientos de miles de firmas de obispos y de laicos habían llegado al Vaticano. Esas campañas habían sido especialmente intensas cuando se anunció la convocatoria del primer Concilio Vaticano por Pío IX y la del segundo Concilio Vaticano por Juan XXIII. Nada más conocerse esta última, Mons. Joseph Phelan, de la iglesia de San José de Capitola en California, había difundido, con la ayuda de sus parroquianos, una petición que logró recoger unas 150.000 firmas.
«La principal responsabilidad de la medida tomada por Juan XXIII incumbía, sin embargo, a los Padres de la Santa Cruz Roland Gauthier y Guy Bertrand, directores del centro de investigación y documentación del Oratorio de San José de Montréal, que en 1961 habían escrito un folleto de 75 páginas en el que se reseñaba la historia de estas campañas. En él se exponía cómo la inserción del nombre de San José después del de la Santísima Virgen María en el Canon de la Misa tendría como efecto, doctrinal y litúrgicamente, el reconocimiento oficial de la preeminencia de la santidad de San José sobre la de todos los santos, excepto María. En colaboración con los carmelitas descalzos de la Sociedad Iberoamericana de Josefología de Valladolid y con los Padres de San José del beato Leonardo Murialdo del centro de investigación San Jose de Viterbo, aquellos dos padres de la Santa Cruz habían podido hacer publicar las traducciones inglesa, francesa, española, portuguesa e italiana de su folleto, de las cuales hicieron llegar un ejemplar juntamente con una petición a los Padres conciliares bastante antes de la apertura del Concilio.
«A mitad de marzo de 1962, habían sido remitidos seis volúmenes de peticiones firmadas por 30 cardenales, 436 patriarcas, arzobispos y obispos y 60 superiores generales a Juan XXIII, quien, después de haber examinado las firmas, dijo: “Algo se hará por San Jose”. Estas firmas no hacían sino confirmar su deseo personal efectivamente algo de especial en honor a San José, hacia el cual profesaba desde niño una especial devoción.
«El 19 de octubre, tres días antes que se abriera la discusión del esquema sobre la liturgia en el aula, el P. Edward Heston, de los Padres de la Santa Cruz, que había remitido las peticiones en nombre de los tres centros arriba mencionados, había sido oficialmente informado que el Sumo Pontífice había decidido dar curso a la propuesta y que iba a decretar la inserción del nombre de San José en el Canon de la Misa».
El 13 de noviembre se anunció en el aula conciliar “la soberana decisión” de Juan XXIII. Ese mismo día un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, firmado por el cardenal Larraona, prefecto, y Mons. Dante, secretario, la hacía pública y obligatoria. Fue ésta la única modificación que se hizo a la edición típica del Misal Romano de 1962 hasta la recentísima de Benedicto XVI cambiando el formulario de la oración solemne del Viernes Santo por los judíos. Se trató, desde luego, de un enriquecimiento deseable y deseado, y de un acto de justicia hacia el Glorioso Patriarca, que aparecía por fin mencionado en el Sacrificio de aquella Redención en cuya economía tanto tuvo que ver, hasta el punto que, como dice el jesuita P. Alcañiz, entre en cierta manera en el orden hipostático, que contribuyó de peculiar manera a constituir.
Ejercicio diario para el mes de marzo
Este ejercicio consta de cinco oraciones sacadas del precioso devocionario clásico Coeleste Palmetum y de las Letanías a San José aprobadas por San Pío X en 1905. Ponemos los textos en latín y su respectiva traducción española.
I. Oratio, qua S. Ioseph in patronum eligitur
O S. IOSEPH, Redemptoris mei Christi Iesu fidelis oeconome ac nutricie, castissime Virginis Deiparae sponse! Ego NN. te hodie in patronum et advocatum meum singularem eligo, firmiterque propono, me numquam te derelictum, nec permissurum, ut a quoquam ex meis subditis aliquid contra tuum honorem agatur. A te igitur peto suppliciter, ut me in clientem perpetuum suscipere, in rebus dubiis instruere, in adversis solari, in hora denique mortis defendere ac protegere dignaris. Amen.
Pater, Ave et Gloriapatri
I. Oración para elegir a San José como patrono
¡Oh San José, ecónomo y nutricio de mi Redentor Jesucristo y castísimo esposo de la Virgen Madre de Dios! Yo NN. Te elijo como patrono y abogado mío y propongo firmemente que nunca dejaré ni permitiré que ninguno de los que me están sometidos haga alguna cosa contra tu honor. A ti, pues, pido suplicante que te dignes aceptarme como perpetuo devoto tuyo, instruirme en las dudas, confortarme en las adversidades y defenderme y protegerme en la hora de la muerte. Así sea.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
II. Oratio, ad impetrandam D. Ioseph intercessione gratiam pie communicandi
O BEATISSIME IOSEPH, quanta tibi a Deo gratia concessa est, quod unigenitum eius Filium in carne (quem tot reges videre frustra exoptarunt) non tantum videris, sed et brachiis paterno affectu amplexus fueris! Utinam ego hoc tuo exemplo inflammatus, et patrocinio adiutus, Dominum ac Redemptorem meum Christum Iesum simili amoris ac reverentiae affectu complectar in sanctissimo Altaris Sacramento, quo merear eundem posthac aeternum complecti in caelis. Amen.
Pater, Ave et Gloriapatri
II. Oración pidiendo a San José que nos alcance la gracia de comulgar piadosamente
¡Oh, Santísimo José, cuánta es la gracia que recibiste de Dios, no sólo de ver a su Hijo Unigénito encarnado (por lo que tantos patriarcas y reyes suspiraron), sino también de estrecharlo entre tus brazos con afecto paternal! Ojalá yo, inflamado por tu ejemplo y ayudado por tu patrocinio, me una en estrecho abrazo de parecidos amor y reverencia, en el Santísimo Sacramento del Altar, a mi Señor y Redentor Jesucristo, al que pueda abrazar después de esta vida eternamente en el cielo. Así sea.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
III. Oratio, ut S. Ioseph in via vitae huius ducem et comitem impetremus
O S. IOSEPH! qui tanquam pater et manuductor Christum Iesum in pueritia et iuventute per omnes peregrinationis humanae vias fidelissime deduxisti: et mihi obsecro in vitae meae peregrinatione tanquam comes et ductor assiste, nec unquam permitte me a via mandatorum Dei declinare; sis in adversis praesidium, in aerumnis solatium, donec tandem ad terram viventium perveniam, ubi tecum et sanctissima sponsa tua Maria, omnibusque Sanctis aeternum in Deo Iesu meo exultem. Amen.
Pater, Ave et Gloriapatri
III. Oración para invocar a San José como guía y compañero en el camino de esta vida
¡Oh San José, que como padre y mentor fidelísimamente condujiste a Jesucristo durante su infancia y juventud por los senderos del humano discurrir! También a mí asísteme como compañero y guía a través de todas las vicisitudes de mi vida y no permitas que me desvíe del camino de los mandamientos de Dios. Sé para mí refugio en las adversidades y consuelo en las penas, hasta que llegue finalmente a la tierra de los vivos, donde contigo y tu Santísima Esposa María, así como con todos los Santos, exulte para siempre en mi Dios y Señor Jesucristo. Así sea.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
IV. Oratio, ad quaelibet D. Ioseph intercessione impetranda
O S. IOSEPH! cui Iesus hic in terris sese subiecit, prompteque oboedivit, quemque singulari semper honore et amore prosecutus est; quomodo idem in caelis, ubi tua nunc remunerantur merita, quidquam tibi denegabit? Ora pro me, o S. Ioseph! gratiamque impetra imprimis, ut peccata omnia serio detester et fugiam, praesertim ista NN. vitam in melius emendem, constanterque me in virtutum studio impendam, praesertim istarum NN ab his NN tentationibus, et peccati occasionibus, quibus anima mea in periculum damnationis induci posset, et ab afflictione ac miseria hac N. nisi divinae id voluntati, meaeque saluti adversetur, liberer. In his tamen et aliis omnibus totum me divino arbitrio et dispositioni, tuaeque paternae fidei, O S. Ioseph! subiicio et committo. Amen.
Pater, Ave et Gloriapatri
IV. Oratio para pedir a San José una gracia
¡Oh San José, a quien Jesús quiso someterse aquí en la tierra, obedeció con diligencia y honró siempre con especial homenaje y amor!, ¿cómo en el cielo, donde tus méritos se ven recompensados, te negará Él algo? Ruega por mí, San José, y obtén para mí estas gracias: ante todo, la de detestar y huir seriamente de todos mis pecados; especialmente, la de enmendar mi vida en esto, esto y esto; que me consagre con empeño y constancia a la práctica de las virtudes, en particular ésta y ésta; y la de ser librado de estas tentaciones (señalar), de las ocasiones de pecar, que pueden conducir mi alma a la condenación eterna, y de esta aflicción y miseria (señalar) si ello no se opone a la divina voluntad y a mi salvación. En estas cosas como en todas las demás me someto y me encomiendo al divino arbitrio y sus disposiciones y a tu paternal protección, ¡oh San José!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
V. Oratio, pro felici morte impetranda
O S. IOSEPH! qui in suavissimo Iesu clientis tui, et dulcissimae sponsae tuae Mariae complexu ex hac vita emigrasti: succurre mihi, o S. Pater! cum Iesu et Maria, tunc potissimum, quando mors vitae meae finem imponet; illudque (quod unice peto) solatium mihi impetra, ut in iisdem sanctissimis Iesu et Mariae brachiis exspirem. In manus vestras vivens et moriens commendo spiritum meum, Iesus, Maria, Ioseph! Amen.
Pater, Ave et Gloriapatri
V. Oración para implorar una buena muerte
¡Oh San José, que saliste de esta vida en los brazos suavísimos de tu hijo adoptivo Jesús y de tu dulcísima Esposa María! Socórreme, sobre todo, oh Santo Patriarca, junto con Jesús y María cuando la muerte ponga fin a mi vida, y obtén para mí el consuelo (que es el único que pido) de expirar en aquellos mismos brazos de Jesús y de María. En vuestras manos, en la vida y en la hora de la muerte, encomiendo mi espíritu, oh Jesús, María y José! Así sea.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
Iesu, Maria, Ioseph, vobis cor et animam meam dono
Iesu, Maria, Ioseph, adstate mihi in extreme agóne.
Iesu, Maria, Ioseph, in pace vobiscum dormiam et requiescam.
Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.
Kyrie, eleison
Christe, eleison
Kyrie, eleison
Christe, audi nós
Christe, exaudi nós
Páter de caelis, Déus, miserere nobis
Fili, Redémptor mundi, Déus, miserere nobis
Spíritus sancte, Déus, miserere nobis
Sancta Trínitas, unus Déus, miserere nobis
Sancta María, ora pro nobis (se repite en cada una de las invocaciones)
Sancte Ióseph
Proles Dávid ínclyta
Lumen Patriarchárum
Déi Genitricis sponse
Custos pudice Vírginis
Fílii Déi nutrície
Christi defénsor sédule
Almae Famíliae praeses
Ióseph iustíssime
Ióseph castíssime
Ióseph prudentíssime
Ióseph fortíssime
Ióseph obedientíssime
Ióseph fidelíssime
Spéculum patiéntiae
Amátor paupertatis
Exémplar opíficum
Domésticae vitae decus
Custos vírginum
Familiárum cólumen
Solátium miserórum
Spes aegrotántium
Patrone moriéntium
Térror daémonum
Protéctor sanctae Ecclésiae
Agnus Déi, qui tollis peccata mundi, parce nobis, Dómine
Agnus Déi, qui tollis peccata mundi, exaudi nós, Dómine
Agnus Déi, qui tollis peccata mundi, miserere nobis
V. Constítuit éum dóminum domus súae.
R. Et príncipem omnis possesionis súae.
Oremus: Deus, qui ineffábili providéntia beátum Ióseph sanctíssimae Genitricis túae spónsum elígere dignatus es: praesta quaésumus; ut quem protectórem venerámur in terris, intercessórem habere mereámur in caelis: Qui vivis et regnas in saéculam saeculorum. R. Amen.
Fac nos innocuam, Ioseph, decúrrere vitam: sitque tua nobis tuta patrocinio.
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad
Cristo, óyenos
Cristo, escúchanos
Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros
Dios Hijo Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros
Trinidad Santa, un sólo Dios, ten misericordia de nosotros
Santa María, ruega por nosotros
San José, ruega por nosotros (se repite en cada invocación)
Ínclito descendiente de David
Lumbrera de los patriarcas
Esposo de la Madre de Dios
Custodio casto de la Virgen
Padre nutricio del Hijo de Dios
Solícito defensor de Cristo
Jefe de la Sagrada Familia
José justísimo
José castísimo
José prudentísimo
José fortísimo
José obedientísimo
José fidelísimo
Espejo de paciencia
Amador de la pobreza
Modelo de los obreros
Honra de la vida doméstica
Custodio de Vírgenes
Amparo de las familias
Solaz de los míseros
Esperanza de los enfermos
Patrono de los moribundos
Terror de los demonios
Protector de la Santa Iglesia
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros.
V. Le constituyó dueño de su casa.
R. Y príncipe de todas sus posesiones.
Oremos: Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste elegir a san José para esposo de tu Madre Santísima: te rogamos nos concedáis que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle por intercesor en el cielo: Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.
San José, haz que vivamos una vida inocente asegurada siempre bajo tu patrocinio.
(clicar en título de arriba para acceder al libro)
viernes, 26 de febrero de 2010
Una sugerencia muy útil para honrar a Pío XII: la novena mensual
NOVENA MENSUAL AL VENERABLE PÍO XII
Hoy queremos hacernos eco de una excelente iniciativa del blog amigo Sodalitium Internationale Pastor Angelicus: una novena mensual en honor del venerable Pío XII, para pedir gracias por su intercesión y de este modo procurar que haya más milagros atribuidos a este gran Papa y pueda aviarse pronto la beatificación. Reproducimos, sin más, la entrada correspondiente del citado blog.Con motivo de la declaración de virtudes heroicas de Pío XII, a quien podemos ya dar el título de Venerable desde el 19 de diciembre de 2010, se ha renovado el interés por su vida y pontificado, de lo cual el SIPA no puede por menos de regocijarse. Pero el conocimiento lleva naturalmente a la admiración y la admiración a la devoción. Por eso, al mismo tiempo que intentamos desde este blog contribuir a divulgar todo lo relativo al gran papa Pacelli, deseamos difundir más ampliamente su devoción con el objeto de tomarlo como modelo de vida cristiana y, al mismo tiempo, encomendarse a Dios por su intercesión. El R.P. Peter Gumpel, relator de la causa de beatificación, ha exhortado recientemente a pedir gracias por medio del venerable Pío XII para que pronto pueda aprobarse el milagro necesario para su beatificación. Recogiendo esta recomendación proponemos la idea de una novena mensual en su honor a hacerse nueve días antes del 9 de cada mes (como se sabe, el Papa murió un 9 de octubre). En ella se pueden pedir las gracias que más se necesiten, pero, sobre todo, que Dios se digne glorificar a su siervo en esta tierra con el honor de los altares.
El calendario para esta novena mensual correspondiente al año 2010 es como sigue:
Jueves 31 de diciembre de 2009 a viernes 8 de enero de 2010
Domingo 31 de enero a lunes 8 de febrero
Domingo 28 de febrero a 8 de lunes marzo
Miércoles 31 de marzo a jueves 8 de abril
Viernes 30 de abril a sábado 8 de mayo
Lunes 31 de mayo a martes 8 de junio
Miércoles 30 de junio a jueves 8 de julio
Sábado 31 de julio a domingo 8 de agosto
Martes 31 de agosto a miércoles 8 de septiembre
Jueves 30 de septiembre a viernes 8 de octubre
Domingo 31 de octubre a lunes 8 de noviembre
Martes 30 de noviembre a miércoles 8 de diciembre
Viernes 31 de diciembre de 2010 a sábado 8 de enero de 2011

Como fórmula de la Novena se propone la oración compuesta por Mons. Petrus Canisius van Lierde (que se incluye en estas líneas) acompañada de tres Pater, Ave y Gloria Patri y una Salve a la Madonna Salus Populi Romani (la Santísima Virgen bajo la advocación de Salvadora del Pueblo Romano venerada en la Basílica romana de Santa María la Mayor), a la cual el venerable Pío XII profesó especial devoción, coronándola canónicamente el 1º de noviembre de 1954. El rezo se puede acompañar de la lectura meditada de la vida de Eugenio Maria Pacelli o de alguno de los documentos de su rico magisterio. Invitamos a todos a observar esta práctica piadosa, en la seguridad de que Nuestro Señor escuchará las plegarias de quienes le invoquen por intercesión del venerable Pío XII.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Primer Jueves de mes: Jueves sacerdotal
Rogier van der Weyden: Tríptico de los Siete SacramentosEl Jueves es el día tradicionalmente dedicado a recordar a los sagrados ministros de Dios al haber Nuestro Señor Jesucristo instituido el Jueves Santo el Sacerdocio juntamente con la Eucaristía. Práctica particularmente laudable es la de los Primeros Jueves de Mes, en el que se hacen especiales ejercicios de piedad para pedir por los sacerdotes y religiosos, así como por las vocaciones para que el Señor envíe operarios a su mies y extiendan su Reino en el mundo entero (por lo que también se elevan preces especialmente por los misioneros católicos).
El Sacerdocio está en función de la Misa y ésta, que es el sacrificio eucarístico, es el culmen de la vida espiritual del cristiano. De la Eucaristía dimana la eficacia de todos los demás sacramentos, por lo cual se la llama “magnum mysterium” o “mysterium fidei”, es decir, el gran sacramento, el sacramento o misterio de la Fe. El Sacerdocio, pues, es clave en la Iglesia. Los sacerdotes quiere San Pablo que sean considerados como: “ministros Christi et dispensatores mysteriorum Dei”. El sacerdote católico es, en razón de ello, sacrificador y santificador: ofrece la Santa Misa como sacrificio propiciatorio por vivos y difuntos y administra los Sacramentos, que son los medios ordinarios y seguros de la salvación.
El sacerdote tiene la gracia unitiva, que es la particular del sacramento del orden. Éste imprime en él un carácter indeleble y lo configura con Jesucristo para que actúe en su nombre y persona. Cuando el sacerdote ofrece su misa es Cristo quien ofrece; cuando absuelve de los pecados en el tribunal de la penitencia, es Cristo el que perdona. Ese carácter sacramental y esa configuración con Jesucristo hacen que el sacerdote no sea “un hombre como todos los demás”, sino que tenga un plus ontológico que lo distingue del resto de los hombres. Tras recibir la ordenación presbiteral, el nuevo sacerdote ya no es simplemente hombre, sino que es hombre-sacerdote.De aquí se deduce que el sacerdocio ministerial es esencialmente distinto del sacerdocio común de todos los bautizados. No es una diferencia de grado, sino cualitativa y substancial. Y, como el sacerdote ordenado tiene un carácter indeleble que lo hace ontológicamente hombre-sacerdote, su ministerio implica una forma y estado de vida y no un ejercicio transitorio. No se puede ser, como hoy en día se pretende, una suerte de “sacerdote a tiempo parcial”, un simple funcionario de lo sagrado sujeto a nómina y a horarios. El sacerdote lo es las veinticuatro horas de cada día de su existencia aunque no se encuentre ejerciendo su sacerdocio. Y seguirá siendo sacerdote por toda la eternidad, ya sea que se salve o que tenga la desgracia de condenarse.
Sin los sacerdotes estaríamos desamparados espiritualmente. No tendríamos la misa ni los sacramentos, es decir que no dispondríamos de los medios ordinarios para salvarnos. La vida católica no podría desarrollarse normalmente sin ellos. Allí donde han faltado o faltan por diversas circunstancias (por falta de clero, por persecución, por abandono) los fieles sufren y languidecen espiritualmente, aunque ciertamente Dios no abandona a sus hijos. Por eso es tan importante rezar por las vocaciones y por la santificación y perseverancia del clero. Para que haya muchos sacerdotes que santifiquen al pueblo de Dios y lleven las almas al cielo. La santidad no es indispensable para que el sacerdote católico ejerza eficazmente su ministerio, ¡afortunadamente! Nuestra salvación no depende de la bondad o maldad de los sacerdotes, que no son sino los instrumentos a través de los cuales Jesucristo actúa: ya darán cuenta a Dios de su vida personal. Pero qué duda cabe que un sacerdote santo edifica, consuela y llama a la santidad.
El quinto precepto general de la Santa Madre Iglesia manda “contribuir al sostenimiento de la Iglesia de Dios” (antiguamente se decía “pagar los diezmos y las primicias”, que viene a ser lo mismo). Quiere decir que los fieles tenemos el deber de mantener el culto católico y a sus ministros, que es por quienes nos viene la gracia. Es natural, pues como dice San Pablo: “tiene el operario derecho a su salario” y los sacerdotes son los operarios de la viña del Señor. También dice el Apóstol de las Gentes que “quien sirve el altar que viva del altar”, por lo cual los sacerdotes, que son los ministros del altar tienen el derecho a vivir de él, del cual, por cierto, nos beneficiamos todos.Ahora bien, contribuir al sostenimiento de la Iglesia se hace de dos maneras: material y espiritualmente. Se contribuye materialmente aportando dinero, bienes y trabajo en la medida de las posibilidades reales de cada quien. Debemos considerar siempre si en conciencia hacemos todo lo que podemos. Muchas veces no somos generosos con la Iglesia mientras somos capaces de gastarnos dinerales en caprichos, vicios o cosas superfluas. Tengamos siempre en cuenta que, como pasa con nosotros, los sacerdotes no viven del aire y que tienen necesidad de nuestra asistencia material. A cambio ellos nos dan los medios de salvación. Realmente, salimos ganando siempre porque los fieles les damos bienes perecederos, mientras ellos nos dan la posibilidad de ganar el bien duradero de la vida eterna.
Pero también espiritualmente podemos sostener a la Iglesia y a sus ministros: encargando misas, ofreciendo nuestras oraciones y difundiendo propaganda a favor de las vocaciones. En esta categoría de limosna entra la práctica de los Primeros Jueves de mes, en los cuales invertimos una pequeña parte de nuestro tiempo para orar por los sacerdotes, religiosos, vocaciones y misiones, es decir, para mantener vivo el organismo de nuestra religión. Acostumbrémonos a santificar los Jueves Sacerdotales ofreciendo en ellos nuestras preces y nuestros pensamientos, participando de las funciones que se organizan en las parroquias o desde casa si no podemos estar en ellas presentes. Es la mejor manera de preparar el Primer Viernes, consagrado al corazón Divino según el cual queremos que sean nuestros sacerdotes. También para preparar el Primer Sábado en honor del Corazón inmaculado de María, modelo de almas consagradas.
Ofrecemos unas cuantas sugerencias sobre el modo práctico de hacer el Jueves Sacerdotal:
1. Exposición del Santísimo Sacramento
2. Rosario meditado
3. Preces por los Sacerdotes, religiosos y religiosas
4. Preces para pedir vocaciones
5. Preces por las misiones
6. Reserva y bendición con el Santísimo Sacramento.
7. Misa votiva de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Oración del Venerable Pío XII por los sacerdotes
Sed para ellos, oh Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que vuestra Palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de vuestra vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas.
Concededles, oh Señor, desprendimiento de todo interés terreno y que sólo busquen vuestra mayor gloria. Concededles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el postrer aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en vuestras manos la tarea bien cumplida, dadles, Jesús, Vos que fuisteis su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos. Amén.
Preces litánicas por los sacerdotes
V. Para que sea santificado tu nombre:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que venga a nosotros tu reino:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que tu voluntad sea hecha en la tierra como en el cielo:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que no nos falte el pan espiritual de tu Palabra ni el Divino Pan Eucarístico cada día:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que en tu nombre perdonen nuestros pecados:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que nos enseñen a perdonar las ofensas:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que nos auxilien en la lucha contra las tentaciones,
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que nos ayuden a librarnos del mal, sobre todo en la hora de la muerte:
R. Danos sacerdotes santos.
Haced que las trampas y calumnias del enemigo malo, secundado por el espíritu indiferente y materialista del mundo, no obscurezcan entre los fieles el sublime esplendor y la profunda estima debida a la misión de aquellos que, sin ser del mundo, viven en el mundo, para ser los dispensadores de los divinos misterios. Haced que, para preparar buenas vocaciones, continúen promoviéndose en la juventud la instrucción religiosa, la piedad sincera, la pureza de la vida y el cultivo de las ideas más elevadas. Haced que, para secundarles, la familia cristiana, consciente del honor que significa destinar al Señor a algunos de sus retoños, no deje nunca de ser un vivero de almas puras y fervorosas. Haced que no falten nunca en tu Iglesia extendida por todo el mundo los medios necesarios para acoger, favorecer, formar y llevar a término las buenas vocaciones que se le ofrecen. Y, a fin de que todo ello se convierta en realidad, oh Jesús, que deseáis tanto el bien y la salvación de todos, haced que el poder irresistible de vuestra gracia no cese de bajar del cielo de modo que numerosas almas reciban vuestra llamada silenciosa, os den una respuesta generosa y perseveren, en fin, en vuestro santo servicio.
¿Acaso no os aflige, oh Señor, la visión de tantas muchedumbres semejantes a ovejas sin pastor, sin nadie que parta para ellas el pan de vuestra Palabra y las sacie con el agua de vuestra gracia, quedando así a merced de los lobos rapaces, que las acechan sin cesar? ¿No sufrís al contemplar tantos campos en los que aún no ha penetrado la reja del arado y donde crecen espinas y abrojos sin que nadie les dispute el terreno? ¿No os apena considerar tantos de vuestros jardines ayer floridos y frondosos y hoy en peligro de marchitarse y volverse áridos? ¿Permitiréis que la mies ya madura se disperse y se pierda a falta de brazos para cosecharla?
Oh María, Madre purísima, de cuyas piadosísimas manos hemos recibido al más santo de todos los sacerdotes; oh glorioso Patriarca San José, ejemplo perfecto de correspondencia a la llamada divina; oh santos sacerdotes, que en el cielo formáis alrededor del Cordero de Dios un coro de predilección; obtenednos numerosas y santas vocaciones, a fin de que el rebaño del Señor, protegido y guiado por pastores vigilantes y solícitos, pueda alcanzar el dulcísimo pasturaje de la bienaventuranza eterna. Amén.
Oración por los misioneros
V. Respice de coelo et vide, et visita vineam istam.
R. Et perfice eam, quam plantavit dextera tua.
Oremus. Deus, qui omnes homines vis salvos fieri et ad agnitionem veritatis venire, mitte, quaesumus, operarios in messem tuam, et da eis cum omni fiducia loqui verbum tuum, ut sermus tuus currat et clarificetur; et omnes gentes cognoscant te solum Deum verum, et quem missisti Iesum Christum, Filium tuum, Dominum nostrum: Qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum. R. Amen.
Missa de D. N. Iesu Christo summo et aeterno Sacerdote
(Ps. 109, 4) Juravit Dominus, et non paenitebit eum: Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech. (T. P. Alleluia, alleluia). (Ps. ibid., 1) Dixit Dominus Domino meo: Sede a dextris meis. V. Gloria Patri.
Graduale
(Luc. 4, 18) Spiritus Domini super me: propter quod unxit me. V. Evangelizare pauperibus misit me, sanare contritos corde.
Alleluia, alleluia. (Hebr. 7, 24) V. Iesus autem eo quod maneat in aeternum, sempiternum habet sacerdotium. Alleluia.
Post Septuagesimam, omissis Alleluia et versu sequenti, dicitur:
Tempore autem paschali omittitur graduale, et eius loco dicitur:
Alleluia, alleluia. (Hebr. 7, 24) Iesus autem eo quod maneat in aeternum, sempiternum habet sacerdotium. Alleluia. (Luc. 4, 18) V. Spiritus Domini super me: propter quod unxit me, evangelizare pauperisms misit me, sanare contritos corde. Alleluia.
Evangelium
Offertorium
Secreta
domingo, 31 de enero de 2010
Mes de febrero, dedicado al fomento de la vida consagrada
Este mes de febrero se abre con una de las festividades más hermosas y populares de la liturgia romana: la Purificación de Nuestra Señora y la Presentación del Niño Jesús en el Templo, más conocida como la Candelaria. Se trata de una de las más antiguas celebraciones marianas, aunque su carácter es más cristológico, pudiendo ser rastreada hasta la célebre Peregrinatio de Eteria, que asegura que se celebraba en Jerusalén ya a mediados del siglo IV con el nombre de Quadragesima Epiphaniae (Cuaresma de Epifanía), en razón de los cuarenta días prescritos por la ley mosaica para la presentación de un neonato y la purificación de su madre. Como en aquella época la fecha de la Navidad estaba fijada el 6 de enero (y lo continúa estando en Oriente), esta fiesta tenía lugar el 14 de febrero, es decir el cuadragésimo día. Más tarde, al cambiarse definitivamente la Navidad al 25 de diciembre, pasó a celebrarse el 2 de febrero. En un principio fue una festividad circunscrita al patriarcado de Jerusalén y a las comunidades monásticas de Palestina y Siria, pero a inicios del siglo VI se extendió al patriarcado de Constantinopla (donde se celebraba magníficamente en la iglesia de la Blanquerna). En 542, Justiniano ordenó que se celebrara en todo el Imperio.El origen de la Candelaria en Roma no está claro, pero ciertamente proviene de Oriente, sea por influjo del decreto justinianeo, sea por haberla introducido –según el Liber Pontificalis– el papa Sergio I, griego de origen. Los antiguos calendarios romanos la llaman Hypapante (“el encuentro”). Hasta su inclusión en el sacramentario gelasiano a esta fiesta no se la llamó “de la Purificación”, denominación de origen galicano y que expresa el giro mariológico que experimentó su celebración. La bendición y procesión de candelas no consta como rito propio de ella en Occidente sino desde el siglo X, siendo descrito en el sacramentario de Corbie, dedicado al abad Ratoldo (945-986). En Oriente había sido introducido por la matrona romana Ikelia, fundadora del monasterio de Palaion Kathisma (a medio camino entre Belén y Jerusalén). En Roma aparece la bendición de candelas por primera vez en el Ordo del canónigo Benedicto, que data del siglo XII.
La misa gira toda ella en torno a las nociones de presentación y consagración a Dios. En la colecta pedimos a Dios que, así como su Divino Hijo se presentó en el templo, así también sus fieles nos presentemos purificados ante su presencia. Pero esta presentación no es un mero ponerse en la presencia de Dios, no. Es un verdadero y propio ofertorio. Siguiendo la ley de Moisés, el Niño Jesús, como todo primogénito, es presentado a Dios como don por sus padres, en un acto genuino de oblación sacrifical; sólo que, en substitución del infante, se ofrecen animales, ya que no se admiten los sacrificios humanos. La Presentación de Jesús en el Templo viene a ser, pues, como el Ofertorio de la Misa de su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección. A esto se refiere la epístola a los Hebreos (X, 5-10):“Ideo ingrediens mundum dicit : Hostiam et oblationem noluisti : corpus autem aptasti mihi : holocautomata pro peccato non tibi placuerunt. Tunc dixi : Ecce venio : in capite libri scriptum est de me : Ut faciam, Deus, voluntatem tuam. Superius dicens : Quia hostias, et oblationes, et holocautomata pro peccato noluisti, nec placita sunt tibi, quæ secundum legem offeruntur, tunc dixi : Ecce venio, ut faciam, Deus, voluntatem tuam : aufert primum, ut sequens statuat. In qua voluntate sanctificati sumus per oblationem corporis Jesu Christi semel” (Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad! Dice primero: Sacrificios y oblaciones y holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron cosas todas ofrecidas conforme a la Ley entonces añade: He aquí que vengo a hacer tu voluntad. Abroga lo primero para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo).
"Dominus pars haereditatis meae et calicis mei:De esta manera y con este espíritu, ojalá que los que consagran su vida a Dios puedan llegar a extrema ancianidad, hablando de Jesús a todo el mundo, como la profetisa Ana, y andar en paz como Simeón, después de ver la salvación prometida y preparada ante la faz de todos los pueblos. Este mes de febrero está todo él impregnado del espíritu de la Candelaria y es, por lo tanto, propicio para dedicarlo a promover la vida consagrada, con nuestras oraciones, sacrificios y ayuda material, sosteniendo la obra de las vocaciones y las misiones.
Ofrezcamos, pues, a Dios por medio de María, nuestras plegarias pidiendo:
a) Por las vocaciones sacerdotales y religiosas;
b) Por la santificación y perseverancia del clero, y
c) Por las misiones católicas en el mundo entero.
Y oigamos y encarguemos misas votivas de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote y para la propagación de la Fe. Una práctica muy recomendable es la de los primeros Jueves de Mes o Jueves Sacerdotales, que explicaremos dentro de dos días, en este próximo primer jueves de Febrero. Y todos consagrémonos a Jesús por medio de María para que cada uno, a su manera, viva su vida cristiana con espíritu de oblación a Dios y para su gloria.






























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