lunes, 8 de marzo de 2010

Fervorines para la elevación de las sagradas especies durante la Misa



Missa alter Calvarius


La elevación mayor, es decir, el momento en el que tanto la hostia consagrada como el cáliz bendito son alzados por el sacerdote a la vista de los fieles, es el punto culminante en el que la participación de éstos en la Santa Misa se hace más actuosa y patente: es entonces cuando, verificándose el sublime instante de la transubstanciación, se puede uno unir a la oblación del sacrificio que está realizando el celebrante. Aunque el sacrificio histórico del Calvario ya está cumplido, aquí se reproduce de forma real y mística la separación del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, mediante la doble consagración. Es entonces cuando sobre nuestros altares vuelve a inmolarse la Divina Víctima en unicidad y continuidad misteriosa con su Pasión y Muerte sobre la Cruz. El Verbo Encarnado se hace presente en su Divinidad y Humanidad. Es el momento de adorarlo, como hacen los ángeles en el cielo, que caen de hinojos y rostro en tierra ante su acatamiento. Aquí es donde podemos profesar nuestra fe católica, la fe eucarística, que es fe en la realidad del sacrificio y en la Presencia Real. Y esta fe nos lleva al acto natural y lógico de la adoración, por el cual reconocemos la suprema excelencia de Dios Padre en Jesucristo por el Espíritu Santo y nuestra absoluta dependencia de su divina Providencia y de su Misericordia.

Para mejor captar el significado y el sentido de la elevación en la Santa Misa, hemos creído muy conveniente reproducir la magnífica exposición que Dom Gregori Maria como parte de su inapreciable estudio histórico-litúrgico del sacrificio eucarístico:

“… ya desde fines del siglo XI los intelectuales habían empezado a prestar más atención a la teología de la presencia real de Cristo en el sacramento, complementándola con la afirmación de que en cada una de las dos especies está Cristo totalmente. Así, se decide la Iglesia a dar la comunión bajo la sola especie de pan. La herejía de Berengario de Tours (m. 1088) había motivado esa mayor profundización en el problema de la presencia real.

"Desacostumbrados desde hacía siglos a la comunión frecuente por un respeto exagerado al sacramento, el nuevo movimiento eucarístico no siguió este cauce, sino que abrió nuevas sendas, más fáciles y que mejor encajaban con su modo de pensar. Aumentan las muestras de reverencia, como son los lavatorios de manos y las abluciones del cáliz; algunos sacerdotes empiezan a juntar los dedos en señal de respeto después de haber tocado en la consagración el cuerpo de Cristo bajo la especie de pan. No importaba que el gran liturgista Bertoldo de Constanza se levantase contra esa innovación
(Micrologus, c 16 PL 151, 987); fue ganando terreno y Durando en su Rationale litúrgico (libro IV) la exige como cosa normal después de la consagración.

"En el pueblo la mayor veneración de la eucaristía tomó otras modalidades. Siempre había podido contemplar en ciertos instantes, aunque brevemente y a distancia, las sagradas especies. Ahora quería verlas de cerca y por más espacio. Consciente de su indignidad, no aspiraba a ver, como los santos, en la sagrada forma al mismo Cristo con su figura real. Pero sí a verlo velado en la contemplación y adoración de las especies sacramentales ya consagradas. Por eso el obispo Odón de París dispuso a principios del siglo XIII que los sacerdotes antes de consagrar levantasen la forma a la altura del pecho pero que después de la consagración la levantases a una altura conveniente para que todos la pudiesen adorar cómodamente
(Precepta Synodalia, c.28: Mansi, XXIII,682). Es la primera noticia segura sobre la elevación, pero parece probable que las mismas causas dieran lugar en otras regiones, aún antes, a semejantes disposiciones.

"Con esto la elevación oblativa de antes de la consagración se redujo notablemente, tomando en cambio la elevación mayor con el tiempo la absoluta primacía. Idea del fervor por contemplar la sagrada forma nos la dan las noticias de procesos ante los tribunales, en que se disputaban los sitios de la iglesia desde donde mejor se pudiera ver la forma, o el hecho de que los excomulgados que no podían entrar en la iglesia, abrieran boquetes en los muros que daban al altar mayor para no verse privados de la elevación. Hubo casos en que ofrecían al sacerdote una limosna para que tuviese más tiempo elevada la forma; e incluso se podían oír en el templo durante la elevación voces rogando no acabara la elevación. Mucha gente se contentaba con haber visto la forma al alzar. En muchas iglesias como no era fácil ver la forma sobre los colores del fondo del retablo, para que se recortara mejor corrían un velo negro entre el altar y el retablo y, en las misas tempranas, encendían una vela que levantaban detrás de la hostia.

"Este movimiento llevó a establecer la fiesta del Corpus y la costumbre de la exposición mayor. Fue el siglo en que con motivo de los delitos contra la Sagrada Forma estallaron tanto en España como en Alemania las sangrientas persecuciones contra los judíos.

"Por varios siglos este deseo de ver la Sagrada Forma influyó fervorosamente en la espiritualidad de Occidente. A fines de la Edad Media hacía el siglo XV se entibian estas ansias pues se había introducido otra espiritualidad que impuso la costumbre de inclinar la cabeza en señal de veneración. Este hábito degeneró en frialdad creciente al extremo que el papa San Pío X, para reavivar la antigua costumbre juzgó conveniente conceder una indulgencia especial si al alzar se miraba la Sagrada Forma y se rezaba la jaculatoria “Señor mío y Dios mío”.

"La elevación influyó en el corte de la casulla. Hasta entonces nunca se había elevado la forma tan alto ni se prolongaba tanto tiempo. Por eso no estorbaba la casulla, que cubría entonces los brazos hasta la mano. Cuando ahora el sacerdote levantaba los brazos casi verticalmente, la casulla estorbaba notablemente este movimiento. Se dieron pues, disposiciones para que el diácono facilitase el gesto al celebrante elevando la casulla; disposiciones que pasaron a las rúbricas de la misa. Sin embargo, dada la forma de entonces en la casulla, poco aliviaba la ayuda del diácono (cuando lo había) De ahí que empezaran a recortar la parte que cubría los brazos hasta hacerla desaparecer totalmente. Con retoques y modificaciones continuas en su ornamentación la casulla llegó a perder su carácter de prenda de vestir, adaptada al cuerpo, para convertirse en dos piezas rígidas unidas entre sí por encima de los hombros.

"Ya en la década de los 50 en todo el mundo católico se notó un fuerte movimiento para volver a la forma antigua, que con poca razón se ha llamado “gótica” ya que no es más que la antigua
paenula romana, conocida ya en el culto estacional y que adquirió posteriormente el nombre de “planeta”. La forma ovalada, casi puntiaguda, que se dio en aquellos años 50 a las primeras casullas en ese retorno a la tradición, se debió a la ignorancia de la forma primitiva que fue tan redonda en ambos extremos como la casulla recortada de la época renascimental y bárroca de los últimos siglos.

"Hay que apostillar que la elevación del cáliz no se introdujo cuando la de la forma. Era natural, pues aún levantando en alto el cáliz, no se veía el sanguis. Se comprende, sin embargo, la tendencia a uniformar las ceremonias de ambas consagraciones.

"Hacia el año 1201 encontramos un testimonio documental del toque de campanilla. Coincide su aparición cronológicamente con el de la elevación mayor, a la que debía acompañar. Se considera como una señal y una invitación para venerar el sacramento. La misma finalidad tenía desde finales del siglo XIII el toque de una de las campanas de la torre, para que los que estuvieran ocupados en las faenas del campo pudieran recogerse por un momento, dirigir su mirada respetuosamente hacia la iglesia y adorar a Cristo, que acababa de bajar de los cielos a la tierra.

"Por otra parte, el poder mirar la Sagrada Forma explica también por qué en la Edad Media en vez de la profunda inclinación durante la consagración o el canon, que mantuvieron las iglesias orientales, los fieles se pusieran de rodillas. No cuajó esta nueva costumbre sin alguna resistencia por parte del clero, sobre todo de los canónigos, que por ejemplo en Chartres, mantuvieron la postura antigua hasta el siglo XVIII.

"Otras formas de demostrar la veneración a la eucaristía era extender los brazos en cruz o levantar por lo menos las manos. La genuflexión simple con una sola rodilla y por un momento, aparece por vez primera mencionada en Enrique de Hesse (m. 1397) como costumbre de algunos sacerdotes piadosos. El Misal Romano no la prescribe hasta el año 1498 y fue el Misal de San Pío V quien la universalizó.

"Fue en esta época, entre los siglos XV y XVI, cuando aparecen en los documentos de fundaciones piadosas algunas estipulaciones sobre el canto en el momento de la elevación de himnos como el
O salutaris hostia y el Ave verum o de la oración O sacrum convivium.

"El mismo significado de ceremonia de saludo tenía el presentarse en el presbiterio inmediatamente antes de la consagración ( al canto del
Benedictus del Santo) algunos acólitos con velas encendidas y un turiferario. Esta última costumbre arraigó y logró imponerse generalmente.

"Sin embargo en lo que se refiere a los cantos, podemos afirmar que se los encuentra con preferencia en los países latinos, mientras que en los germánicos querían más bien el silencio. Las decisiones de la Sagrada Congregación de Ritos favoreció generalmente la tendencia el silencio, prohibiendo los cantos aunque permitiendo que se toque el órgano al alzar pero no más allá, como testarudamente aún se hace en algunos sitios contraviniendo la norma litúrgica de antes y de después del Concilio…

"No hay que tener miedo al silencio litúrgico, que debe ocupar un espacio importante en la celebración”.

Así pues: dos actitudes parecen deducirse de la consideración de cuanto antecede: adoración y silencio sacro. Cosas ambas que se resumen en aquella frase ascética que se nos inculcaba antes (quizás sin explicarnos como era deseable su sentido más profundo): “Tú, alma mía, adora y calla”. Hoy desgraciadamente, parece que lo que prima es lo festivo, lo convivial, lo comunitario, que obnubila el aspecto más importante de la Misa cual es el sacrificial y el de culto latréutico y propiciatorio. Por eso en las misas modernas no hay silencio adoratorio; ni siquiera, en muchos sitios, hay la disposición para ello, pues faltan los reclinatorios o se disuade a los fieles de arrodillarse no ya en el canon, pero ni siquiera en el momento cumbre de la doble consagración. Lo cual es triste y deplorable. ¿Por qué es importante el acto exterior de adoración? Porque su repetición crea un hábito que dispone mejor a la adoración interior y ésta se expresa mejor mediante dicho acto exterior. Siendo nuestra naturaleza mixta, formada de alma y de cuerpo, que no pueden disociarse, de modo semejante, las disposiciones del alma deben expresarse a través de la gestualidad corporal.

Como modo práctico de participar en el sacrificio de la Misa en el mismo momento de la real y mística inmolación de Jesucristo Víctima sobre el altar por manos del celebrante, uniéndonos a esta acción del sacerdocio ministerial podemos ejercer nuestro sacerdocio común adorando las especies consagradas con lo que se ha llamado “fervorines”, es decir jaculatorias o breves preces en las que se manifiesta la fe eucarística de la Iglesia y el culto latréutico del que son acreedores el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, Cuerpo y Sangre, que se formaron íntegramente del Cuerpo y Sangre de la Santísima Virgen por obra y gracia del Espíritu Santo, no lo olvidemos. En el mismo instante de la consagración, se vuelve a realizar, por así decirlo, el gran misterio de la Encarnación. El “Fiat” de María hizo real y carnalmente presente al Hijo de Dios, de modo análogo a como las palabra del sacerdote lo hacen presente sacramentalmente sobre el altar de la Misa. Nuestra Señora, la Madre de Dios, es el mejor ejemplo de fe y de adoración. Creyó al ángel de la anunciación y se realizó el milagro de la Encarnación del Verbo, que ella fue la primera en adorar amorosamente. Por eso, en estos fervorines que proponemos está presente la Santísima Virgen, “causa nostrae laetitae”, causa de nuestra alegría, que es Dios, pues Él “laetificat iuventutem meam”.


Fervorín para la elevación de la Sagrada Hostia


¡Señor mío y Dios mío!

¡Mi Dios y mi todo!

Salve, Cuerpo sacratísimo de mi Señor Jesucristo, formado de la purísima substancia de la Virgen María, inmolado sobre el ara de la Cruz y ahora sobre este altar: os adoro y os pido que seáis prenda de nuestra eterna salvación.


Fervorín para la elevación del Cáliz bendito


¡Señor mío y Dios mío!

¡Mi Dios y mi todo!

Salve, Sangre preciosísima de mi Señor Jesucristo, formada de la purísima substancia de la Virgen María, derramada sobre el ara de la Cruz y ahora sobre este altar: os adoro y os pido que bañéis nuestras almas en la efusión de vuestra santa gracia.

Estos fervorines están inspirados en el Apóstol Santo Tomás, en San Francisco de Asís y en el P. Alcañiz. Esperamos que sean del agrado y para utilidad de nuestros amables lectores.

Adoremus cum Maria

lunes, 1 de marzo de 2010

Mes de Marzo en honor del Glorioso Patriarca San José



El mes de marzo está tradicionalmente dedicado a honrar al Glorioso Patriarca San José, padre nutricio de Jesús y castísimo esposo de la Santísima Virgen, por quien le venían al Mesías los regios derechos de la dinastía davídica. La devoción a San José, sin embargo, debió esperar siglos hasta su gran expansión, como si él quisiera mantenerse discreto, prefiriendo que la atención se centrase en el culto a Jesús y de su Inmaculada Madre. Como veremos en la excelente exposición que copiamos de la Enciclopedia Católica, a pesar de que no es extraño a la Iglesia desde los primeros tiempos el culto a San José y que durante la Edad Media experimentó éste un notable desarrollo, fue gracias a Santa Teresa de Jesús, devotísima suya, y al Carmelo por ella reformado como se comenzó a extender prodigiosamente, hasta el punto que los dos pasados siglos pueden a justo título ser llamados “la era josefina”, que culminó con la inserción del nombre del santo patriarca en el Canon de la Misa. Ofreceremos, pues, a continuación: a) un resumen de la historia de la devoción a San José, b) el relato de primera mano de un testigo del Concilio Vaticano II sobre las circunstancias que llevaron a esa inserción por voluntad del beato Juan XXIII, c) un ejercicio piadoso para cada día y d) la versión online del precioso libro San José del R.P. Florentino Alcañiz García, S.I., gran apóstol del Corazón de Jesús y eximio devoto josefino.


Historia de la devoción a San José

José era un “hombre justo”. Este elogio otorgado por Espíritu Santo, y el privilegio de haber sido elegido por Dios para ser el padre adoptivo de Jesús y el Esposo de la Virgen Madre, son los fundamentos de los honores asignados a San José por la Iglesia. Tan convincentes son dichos fundamentos que no deja de ser sorprendente que el culto a San José fuese tan lento en ganar reconocimiento. La principal de las causas de esto es el hecho de que “durante los primeros siglos de existencia de la Iglesia, eran sólo los mártires quienes gozaban de veneración” (Kellner). Lejos de ser ignoradas o pasadas por alto durante los primeros años de Cristianismo, las prerrogativas de San José fueron ocasionalmente confrontadas entre los Padres; incluso tales elogios, que no pueden ser atribuidos a los escritores entre cuyos trabajos ellos encuentran cabida, atestiguan que las ideas y la devoción allí expresadas eran familiares, no sólo para los teólogos y predicadores, y deberían haber sido prestamente bienvenidas por la gente. Las huellas más tempranas de reconocimiento público acerca de la santidad de San José son halladas en Oriente. Su fiesta, si es que podemos confiarnos de las afirmaciones de Papebroch, era tenida en cuenta por los Coptos ya en los tempranos inicios del siglo cuarto. Nicéforo Calixto dice asimismo –cuya autoridad desconocemos– que en la gran basílica erigida en Belén (Bethlehem) por Santa Elena, había un magnífico oratorio dedicado en honor de nuestro santo. Lo cierto es, sea como sea, que la fiesta de “José el Carpintero” se encuentra registrada, el 20 de Julio, en uno de los antiguos Calendarios Coptos que ha llegado a nuestras manos, así como también en un Synazarium de los siglos octavo y noveno publicado por el Cardenal Mai (Script. Vet. Nova Coll., IV, 15 sqq.). Menologios griegos de una fecha posterior al menos mencionan a San José en el 25 ó 26 de Diciembre, y otra conmemoración suya conjuntamente con otros santos fue realizada en los dos Domingos inmediatamente anterior y posterior a Navidad.



En Occidente el nombre del padre adoptivo de Nuestro Señor (Nutritor Domini) aparece en algunos martirologios locales de los siglos noveno y décimo, y encontramos en 1129, por primera vez, una iglesia dedicada en su honor en Bologna. Su devoción, por entonces solamente privada, como aparentaba ser, cobró un gran ímpetu debido a la influencia y al celo de santos de la talla de San Bernardo, Santo Tomás de Aquino, Santa Gertrudis (muerta en 1310), y Santa Brígida de Suecia (muerta en 1373). De acuerdo con Benedicto XIV (De Serv. Dei beatif., I, iv, n. 11; xx, n. 17), "la opinión generalizada de lo aprendido es que los Padres Carmelitas fueron los primeros en importar desde Oriente hacia Occidente la loable práctica de tributarle un completo culto a San José”. Su fiesta, introducida hasta el fin poco tiempo después, en el calendario dominico, fue ganando paulatinamente una posición segura en numerosas diócesis de Europa Occidental. Entre los más celosos promotores de la devoción en dicha época, San Vicente Ferrer (muerto en 1419), Pedro d'Ailly (m. en 1420), San Bernardino de Siena (m. en 1444), y Jehan Charlier Gerson (m. en 1429), merece una especial mención Gerson, quien, en 1400, compuso un Oficio de los Esponsales de José particularmente en el Concilio de Constanza (1414), como medio de promocionar el reconocimiento público del culto de San José. Recién bajo el pontificado de Sixto IV (1471-84), los esfuerzos de dichos benditos hombres fueron recompensados por el calendario romano (19 de Marzo), en el cual fue incluida, en 1476, por mandato de dicho papa la fiesta en honor del santo patriarca que aún hoy se celebra. Desde aquel entonces la devoción adquirió cada vez mayor popularidad, y la dignidad de la fiesta fue guardando relación con su firme crecimiento. Primeramente sólo fue una festum simplex, y fue prontamente elevada a un doble rito por Inocencio VIII (1484-92), declarada por Gregorio XV, en 1621, como una fiesta obligatoria, a instancias de los emperadores Fernando III y Leopoldo I y del rey Carlos II de España, y fue elevada al rango de fiesta doble de la segunda clase por Clemente XI (1700-21). Además, Benedicto XIII (Orsini), en 1726, agregó el nombre de San José en la Letanía de los Santos.

Una festividad en el año, sin embargo, no fue considerada suficiente para satisfacer la piedad popular. La Fiesta de los Esponsales de la Santísima Virgen y San José –tan vigorosamente propugnada por Gerson, y concedida por Paulo III a los Franciscanos, y después a otras órdenes religiosas y diócesis individuales– fue, en 1725, concedida a todos los países que la solicitasen. Un apropiado Oficio, compilado por el dominico Pierto Aurato, fue asignado, y el día fijado en el 23 de Enero. Esto no fue todo: la reformada Orden Carmelita Descalza, en la cual Santa Teresa infundió su gran devoción hacia el padre adoptivo de Jesús, lo eligió, en 1621, como su patrono, y en 1689, les fue permitido celebrar la fiesta de su Patrocinio en el tercer Domingo después de Pascua. Esta fiesta, pronto, adoptada a lo largo de todo el Reino de España, fue posteriormente extendida a todos los estados y diócesis que solicitasen el privilegio. Ninguna otra devoción, tal vez, haya crecido tan universalmente como esta, así como tampoco ninguna otra pareció haber atraído con tanta fuerza a los corazones de los cristianos, y particularmente de las clases obreras, durante el siglo diecinueve, como ésta de San José.

Este maravilloso y sin precedentes incremento de la popularidad ha sido otro nuevo galardón para ser adosado al culto del santo. Complementariamente, uno de los primeros actos del pontificado de Pío IX (siendo él mismo particularmente devoto de San José) fue hacer extensiva a toda la Iglesia la fiesta del Patrocinio (1847). En diciembre de 1870, de acuerdo con los deseos de los obispos y de toda la feligresía, el papa Mastai declaró solemnemente al Santo Patriarca José, como Patrono de la Iglesia universal, y resolvió que su fiesta (19 de Marzo) debería de allí en adelante ser celebrada como una doble de la primera clase (pero sin octava, a causa de la Cuaresma). Siguiendo los pasos de sus predecesores, Leon XIII y san Pío X exhibieron un similar deseo de agregar sus propias joyas a la corona de San José: el primero, permitiendo en ciertos días la lectura del oficio votivo del santo, y el segundo aprobando, el 18 de Marzo de 1909, una letanía en honor de aquel cuyo nombre él recibió en su bautismo (Giuseppe Sarto). Pero el paso más trascendental lo dio el beato Juan XXIII (que ya había publicado, el 19 de marzo de 1961, su carta apostólica Le Voci sobre el fomento de la devoción josefina): la introducción del nombre del Glorioso Patriarca nada menos que en el canon de la Misa (Communicantes), inmediatamente después de la mención de la Santísima Virgen. Conviene repasar la interesante historia de esta adición al Misal Romano. Al efecto, transcribimos los pasajes relativos del inapreciable libro del R.P. Ralph Wiltgen, S.V.D. The Rhine flows into the Tiber sobre el Concilio Vaticano II.




El P. Wiltgen nos cuenta cómo se insertó el
nombre de San José en el Canon de la Misa

«El último orador en tomar la palabra el 30 de octubre [de 1962] fue Mons. Sansierra, obispo auxiliar de San Juan de Cuyo en Argentina. Expresó la esperanza de que no se olvidaría “el deseo que tienen un gran número de obispos y sacerdotes” de ver el nombre de San José en el canon de la Misa. El 5 de noviembre, la misma petición fue hecha, aunque con más detalles, por Mons. Cousineau, obispo de Cap Haïtien en Haití, antiguo superior del Oratorio de San José en Montréal, el cual solicitó que “el nombre de San José, esposo de la Santísima Virgen María, sea introducido en la Misa cada vez que se mencione el de la Santísima Virgen”.

«Al final de la décimo octava congregación general, tenida el 13 de noviembre, el cardenal secretario de Estado hizo una declaración a este respecto. Dijo que el Santo Padre deseoso de conformarse al voto
“manifestado por numerosos Padres conciliares”, había decidido insertar el nombre de San José en el Canon de la Misa, inmediatamente después del de la Santísima Virgen María. Esta medida debía servir en adelante para recordar que San José había sido el patrón del Concilio Vaticano Segundo. “Esta decisión del Santo Padre –añadió el Cardenal– entrará en vigor el próximo 8 de diciembre y mientras tanto la Sagrada Congregación de Ritos preparará los documentos necesarios".

«El cardenal Montini debía decir más tarde que esta iniciativa inesperada había sido
“una sorpresa dada al Concilio por el Papa”.

«Ciertos medios criticaron severamente a Juan XXIII por haber tomado lo que llamaron una medida independiente mientras el concilio ecuménico se hallaba en plenos trabajos. En efecto, este decreto no era sino el resultado de campañas, esporádicas pero intensas, llevadas a cabo desde 1815: cientos de miles de firmas de obispos y de laicos habían llegado al Vaticano. Esas campañas habían sido especialmente intensas cuando se anunció la convocatoria del primer Concilio Vaticano por Pío IX y la del segundo Concilio Vaticano por Juan XXIII. Nada más conocerse esta última, Mons. Joseph Phelan, de la iglesia de San José de Capitola en California, había difundido, con la ayuda de sus parroquianos, una petición que logró recoger unas 150.000 firmas.

«La principal responsabilidad de la medida tomada por Juan XXIII incumbía, sin embargo, a los Padres de la Santa Cruz Roland Gauthier y Guy Bertrand, directores del centro de investigación y documentación del Oratorio de San José de Montréal, que en 1961 habían escrito un folleto de 75 páginas en el que se reseñaba la historia de estas campañas. En él se exponía cómo la inserción del nombre de San José después del de la Santísima Virgen María en el Canon de la Misa tendría como efecto, doctrinal y litúrgicamente, el reconocimiento oficial de la preeminencia de la santidad de San José sobre la de todos los santos, excepto María. En colaboración con los carmelitas descalzos de la Sociedad Iberoamericana de Josefología de Valladolid y con los Padres de San José del beato Leonardo Murialdo del centro de investigación San Jose de Viterbo, aquellos dos padres de la Santa Cruz habían podido hacer publicar las traducciones inglesa, francesa, española, portuguesa e italiana de su folleto, de las cuales hicieron llegar un ejemplar juntamente con una petición a los Padres conciliares bastante antes de la apertura del Concilio.

«A mitad de marzo de 1962, habían sido remitidos seis volúmenes de peticiones firmadas por 30 cardenales, 436 patriarcas, arzobispos y obispos y 60 superiores generales a Juan XXIII, quien, después de haber examinado las firmas, dijo:
“Algo se hará por San Jose”. Estas firmas no hacían sino confirmar su deseo personal efectivamente algo de especial en honor a San José, hacia el cual profesaba desde niño una especial devoción.

«El 19 de octubre, tres días antes que se abriera la discusión del esquema sobre la liturgia en el aula, el P. Edward Heston, de los Padres de la Santa Cruz, que había remitido las peticiones en nombre de los tres centros arriba mencionados, había sido oficialmente informado que el Sumo Pontífice había decidido dar curso a la propuesta y que iba a decretar la inserción del nombre de San José en el Canon de la Misa».

El 13 de noviembre se anunció en el aula conciliar “la soberana decisión” de Juan XXIII. Ese mismo día un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, firmado por el cardenal Larraona, prefecto, y Mons. Dante, secretario, la hacía pública y obligatoria. Fue ésta la única modificación que se hizo a la edición típica del Misal Romano de 1962 hasta la recentísima de Benedicto XVI cambiando el formulario de la oración solemne del Viernes Santo por los judíos. Se trató, desde luego, de un enriquecimiento deseable y deseado, y de un acto de justicia hacia el Glorioso Patriarca, que aparecía por fin mencionado en el Sacrificio de aquella Redención en cuya economía tanto tuvo que ver, hasta el punto que, como dice el jesuita P. Alcañiz, entre en cierta manera en el orden hipostático, que contribuyó de peculiar manera a constituir.



Ejercicio diario para el mes de marzo

Este ejercicio consta de cinco oraciones sacadas del precioso devocionario clásico Coeleste Palmetum y de las Letanías a San José aprobadas por San Pío X en 1905. Ponemos los textos en latín y su respectiva traducción española.



I. Oratio, qua S. Ioseph in patronum eligitur

O S. IOSEPH, Redemptoris mei Christi Iesu fidelis oeconome ac nutricie, castissime Virginis Deiparae sponse! Ego NN. te hodie in patronum et advocatum meum singularem eligo, firmiterque propono, me numquam te derelictum, nec permissurum, ut a quoquam ex meis subditis aliquid contra tuum honorem agatur. A te igitur peto suppliciter, ut me in clientem perpetuum suscipere, in rebus dubiis instruere, in adversis solari, in hora denique mortis defendere ac protegere dignaris. Amen.

Pater, Ave et Gloriapatri


I. Oración para elegir a San José como patrono

¡Oh San José, ecónomo y nutricio de mi Redentor Jesucristo y castísimo esposo de la Virgen Madre de Dios! Yo NN. Te elijo como patrono y abogado mío y propongo firmemente que nunca dejaré ni permitiré que ninguno de los que me están sometidos haga alguna cosa contra tu honor. A ti, pues, pido suplicante que te dignes aceptarme como perpetuo devoto tuyo, instruirme en las dudas, confortarme en las adversidades y defenderme y protegerme en la hora de la muerte. Así sea.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria



II. Oratio, ad impetrandam D. Ioseph intercessione gratiam pie communicandi

O BEATISSIME IOSEPH, quanta tibi a Deo gratia concessa est, quod unigenitum eius Filium in carne (quem tot reges videre frustra exoptarunt) non tantum videris, sed et brachiis paterno affectu amplexus fueris! Utinam ego hoc tuo exemplo inflammatus, et patrocinio adiutus, Dominum ac Redemptorem meum Christum Iesum simili amoris ac reverentiae affectu complectar in sanctissimo Altaris Sacramento, quo merear eundem posthac aeternum complecti in caelis. Amen.

Pater, Ave et Gloriapatri



II. Oración pidiendo a San José que nos alcance la gracia de comulgar piadosamente

¡Oh, Santísimo José, cuánta es la gracia que recibiste de Dios, no sólo de ver a su Hijo Unigénito encarnado (por lo que tantos patriarcas y reyes suspiraron), sino también de estrecharlo entre tus brazos con afecto paternal! Ojalá yo, inflamado por tu ejemplo y ayudado por tu patrocinio, me una en estrecho abrazo de parecidos amor y reverencia, en el Santísimo Sacramento del Altar, a mi Señor y Redentor Jesucristo, al que pueda abrazar después de esta vida eternamente en el cielo. Así sea.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria



III. Oratio, ut S. Ioseph in via vitae huius ducem et comitem impetremus

O S. IOSEPH! qui tanquam pater et manuductor Christum Iesum in pueritia et iuventute per omnes peregrinationis humanae vias fidelissime deduxisti: et mihi obsecro in vitae meae peregrinatione tanquam comes et ductor assiste, nec unquam permitte me a via mandatorum Dei declinare; sis in adversis praesidium, in aerumnis solatium, donec tandem ad terram viventium perveniam, ubi tecum et sanctissima sponsa tua Maria, omnibusque Sanctis aeternum in Deo Iesu meo exultem. Amen.

Pater, Ave et Gloriapatri



III. Oración para invocar a San José como guía y compañero en el camino de esta vida


¡Oh San José, que como padre y mentor fidelísimamente condujiste a Jesucristo durante su infancia y juventud por los senderos del humano discurrir! También a mí asísteme como compañero y guía a través de todas las vicisitudes de mi vida y no permitas que me desvíe del camino de los mandamientos de Dios. Sé para mí refugio en las adversidades y consuelo en las penas, hasta que llegue finalmente a la tierra de los vivos, donde contigo y tu Santísima Esposa María, así como con todos los Santos, exulte para siempre en mi Dios y Señor Jesucristo. Así sea.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria


IV. Oratio, ad quaelibet D. Ioseph intercessione impetranda

O S. IOSEPH! cui Iesus hic in terris sese subiecit, prompteque oboedivit, quemque singulari semper honore et amore prosecutus est; quomodo idem in caelis, ubi tua nunc remunerantur merita, quidquam tibi denegabit? Ora pro me, o S. Ioseph! gratiamque impetra imprimis, ut peccata omnia serio detester et fugiam, praesertim ista NN. vitam in melius emendem, constanterque me in virtutum studio impendam, praesertim istarum NN ab his NN tentationibus, et peccati occasionibus, quibus anima mea in periculum damnationis induci posset, et ab afflictione ac miseria hac N. nisi divinae id voluntati, meaeque saluti adversetur, liberer. In his tamen et aliis omnibus totum me divino arbitrio et dispositioni, tuaeque paternae fidei, O S. Ioseph! subiicio et committo. Amen.

Pater, Ave et Gloriapatri


IV. Oratio para pedir a San José una gracia

¡Oh San José, a quien Jesús quiso someterse aquí en la tierra, obedeció con diligencia y honró siempre con especial homenaje y amor!, ¿cómo en el cielo, donde tus méritos se ven recompensados, te negará Él algo? Ruega por mí, San José, y obtén para mí estas gracias: ante todo, la de detestar y huir seriamente de todos mis pecados; especialmente, la de enmendar mi vida en esto, esto y esto; que me consagre con empeño y constancia a la práctica de las virtudes, en particular ésta y ésta; y la de ser librado de estas tentaciones (señalar), de las ocasiones de pecar, que pueden conducir mi alma a la condenación eterna, y de esta aflicción y miseria (señalar) si ello no se opone a la divina voluntad y a mi salvación. En estas cosas como en todas las demás me someto y me encomiendo al divino arbitrio y sus disposiciones y a tu paternal protección, ¡oh San José!

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

V. Oratio, pro felici morte impetranda

O S. IOSEPH! qui in suavissimo Iesu clientis tui, et dulcissimae sponsae tuae Mariae complexu ex hac vita emigrasti: succurre mihi, o S. Pater! cum Iesu et Maria, tunc potissimum, quando mors vitae meae finem imponet; illudque (quod unice peto) solatium mihi impetra, ut in iisdem sanctissimis Iesu et Mariae brachiis exspirem. In manus vestras vivens et moriens commendo spiritum meum, Iesus, Maria, Ioseph! Amen.

Pater, Ave et Gloriapatri



V. Oración para implorar una buena muerte

¡Oh San José, que saliste de esta vida en los brazos suavísimos de tu hijo adoptivo Jesús y de tu dulcísima Esposa María! Socórreme, sobre todo, oh Santo Patriarca, junto con Jesús y María cuando la muerte ponga fin a mi vida, y obtén para mí el consuelo (que es el único que pido) de expirar en aquellos mismos brazos de Jesús y de María. En vuestras manos, en la vida y en la hora de la muerte, encomiendo mi espíritu, oh Jesús, María y José! Así sea.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria



Iesu, Maria, Ioseph, vobis cor et animam meam dono
Iesu, Maria, Ioseph, adstate mihi in extreme agóne.
Iesu, Maria, Ioseph, in pace vobiscum dormiam et requiescam.

Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, expire en paz con vosotros el alma mía.



Litaniae Sancti Ioseph

Kyrie, eleison
Christe, eleison
Kyrie, eleison
Christe, audi nós
Christe, exaudi nós

Páter de caelis, Déus, miserere nobis
Fili, Redémptor mundi, Déus, miserere nobis
Spíritus sancte, Déus, miserere nobis
Sancta Trínitas, unus Déus, miserere nobis

Sancta María, ora pro nobis (se repite en cada una de las invocaciones)

Sancte Ióseph
Proles Dávid ínclyta
Lumen Patriarchárum
Déi Genitricis sponse
Custos pudice Vírginis
Fílii Déi nutrície
Christi defénsor sédule
Almae Famíliae praeses
Ióseph iustíssime
Ióseph castíssime
Ióseph prudentíssime
Ióseph fortíssime
Ióseph obedientíssime
Ióseph fidelíssime
Spéculum patiéntiae
Amátor paupertatis
Exémplar opíficum
Domésticae vitae decus
Custos vírginum
Familiárum cólumen
Solátium miserórum
Spes aegrotántium
Patrone moriéntium
Térror daémonum
Protéctor sanctae Ecclésiae

Agnus Déi, qui tollis peccata mundi, parce nobis, Dómine
Agnus Déi, qui tollis peccata mundi, exaudi nós, Dómine
Agnus Déi, qui tollis peccata mundi, miserere nobis

V. Constítuit éum dóminum domus súae.
R. Et príncipem omnis possesionis súae.

Oremus: Deus, qui ineffábili providéntia beátum Ióseph sanctíssimae Genitricis túae spónsum elígere dignatus es: praesta quaésumus; ut quem protectórem venerámur in terris, intercessórem habere mereámur in caelis: Qui vivis et regnas in saéculam saeculorum. R. Amen.

Fac nos innocuam, Ioseph, decúrrere vitam: sitque tua nobis tuta patrocinio.





Letanías de San José

Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad
Cristo, óyenos
Cristo, escúchanos

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros
Dios Hijo Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros
Trinidad Santa, un sólo Dios, ten misericordia de nosotros

Santa María, ruega por nosotros

San José, ruega por nosotros (se repite en cada invocación)
Ínclito descendiente de David
Lumbrera de los patriarcas
Esposo de la Madre de Dios
Custodio casto de la Virgen
Padre nutricio del Hijo de Dios
Solícito defensor de Cristo
Jefe de la Sagrada Familia
José justísimo
José castísimo
José prudentísimo
José fortísimo
José obedientísimo
José fidelísimo
Espejo de paciencia
Amador de la pobreza
Modelo de los obreros
Honra de la vida doméstica
Custodio de Vírgenes
Amparo de las familias
Solaz de los míseros
Esperanza de los enfermos
Patrono de los moribundos
Terror de los demonios
Protector de la Santa Iglesia

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros.

V. Le constituyó dueño de su casa.
R. Y príncipe de todas sus posesiones.

Oremos: Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste elegir a san José para esposo de tu Madre Santísima: te rogamos nos concedáis que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle por intercesor en el cielo: Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.

San José, haz que vivamos una vida inocente asegurada siempre bajo tu patrocinio.


(clicar en título de arriba para acceder al libro)


viernes, 26 de febrero de 2010

Una sugerencia muy útil para honrar a Pío XII: la novena mensual

NOVENA MENSUAL AL VENERABLE PÍO XII

Hoy queremos hacernos eco de una excelente iniciativa del blog amigo Sodalitium Internationale Pastor Angelicus: una novena mensual en honor del venerable Pío XII, para pedir gracias por su intercesión y de este modo procurar que haya más milagros atribuidos a este gran Papa y pueda aviarse pronto la beatificación. Reproducimos, sin más, la entrada correspondiente del citado blog.

Con motivo de la declaración de virtudes heroicas de Pío XII, a quien podemos ya dar el título de Venerable desde el 19 de diciembre de 2010, se ha renovado el interés por su vida y pontificado, de lo cual el SIPA no puede por menos de regocijarse. Pero el conocimiento lleva naturalmente a la admiración y la admiración a la devoción. Por eso, al mismo tiempo que intentamos desde este blog contribuir a divulgar todo lo relativo al gran papa Pacelli, deseamos difundir más ampliamente su devoción con el objeto de tomarlo como modelo de vida cristiana y, al mismo tiempo, encomendarse a Dios por su intercesión. El R.P. Peter Gumpel, relator de la causa de beatificación, ha exhortado recientemente a pedir gracias por medio del venerable Pío XII para que pronto pueda aprobarse el milagro necesario para su beatificación. Recogiendo esta recomendación proponemos la idea de una novena mensual en su honor a hacerse nueve días antes del 9 de cada mes (como se sabe, el Papa murió un 9 de octubre). En ella se pueden pedir las gracias que más se necesiten, pero, sobre todo, que Dios se digne glorificar a su siervo en esta tierra con el honor de los altares.




El calendario para esta novena mensual correspondiente al año 2010 es como sigue:

Jueves 31 de diciembre de 2009 a viernes 8 de enero de 2010
Domingo 31 de enero a lunes 8 de febrero
Domingo 28 de febrero a 8 de lunes marzo
Miércoles 31 de marzo a jueves 8 de abril
Viernes 30 de abril a sábado 8 de mayo
Lunes 31 de mayo a martes 8 de junio
Miércoles 30 de junio a jueves 8 de julio
Sábado 31 de julio a domingo 8 de agosto
Martes 31 de agosto a miércoles 8 de septiembre
Jueves 30 de septiembre a viernes 8 de octubre
Domingo 31 de octubre a lunes 8 de noviembre
Martes 30 de noviembre a miércoles 8 de diciembre
Viernes 31 de diciembre de 2010 a sábado 8 de enero de 2011




Como fórmula de la Novena se propone la oración compuesta por Mons. Petrus Canisius van Lierde (que se incluye en estas líneas) acompañada de tres Pater, Ave y Gloria Patri y una Salve a la Madonna Salus Populi Romani (la Santísima Virgen bajo la advocación de Salvadora del Pueblo Romano venerada en la Basílica romana de Santa María la Mayor), a la cual el venerable Pío XII profesó especial devoción, coronándola canónicamente el 1º de noviembre de 1954. El rezo se puede acompañar de la lectura meditada de la vida de Eugenio Maria Pacelli o de alguno de los documentos de su rico magisterio. Invitamos a todos a observar esta práctica piadosa, en la seguridad de que Nuestro Señor escuchará las plegarias de quienes le invoquen por intercesión del venerable Pío XII.


Venerabilis Pie XII: ora pro nobis!


miércoles, 3 de febrero de 2010

Primer Jueves de mes: Jueves sacerdotal





Rogier van der Weyden: Tríptico de los Siete Sacramentos


El Jueves es el día tradicionalmente dedicado a recordar a los sagrados ministros de Dios al haber Nuestro Señor Jesucristo instituido el Jueves Santo el Sacerdocio juntamente con la Eucaristía. Práctica particularmente laudable es la de los Primeros Jueves de Mes, en el que se hacen especiales ejercicios de piedad para pedir por los sacerdotes y religiosos, así como por las vocaciones para que el Señor envíe operarios a su mies y extiendan su Reino en el mundo entero (por lo que también se elevan preces especialmente por los misioneros católicos).

El Sacerdocio está en función de la Misa y ésta, que es el sacrificio eucarístico, es el culmen de la vida espiritual del cristiano. De la Eucaristía dimana la eficacia de todos los demás sacramentos, por lo cual se la llama “magnum mysterium” o “mysterium fidei”, es decir, el gran sacramento, el sacramento o misterio de la Fe. El Sacerdocio, pues, es clave en la Iglesia. Los sacerdotes quiere San Pablo que sean considerados como: “ministros Christi et dispensatores mysteriorum Dei”. El sacerdote católico es, en razón de ello, sacrificador y santificador: ofrece la Santa Misa como sacrificio propiciatorio por vivos y difuntos y administra los Sacramentos, que son los medios ordinarios y seguros de la salvación.

El sacerdote tiene la gracia unitiva, que es la particular del sacramento del orden. Éste imprime en él un carácter indeleble y lo configura con Jesucristo para que actúe en su nombre y persona. Cuando el sacerdote ofrece su misa es Cristo quien ofrece; cuando absuelve de los pecados en el tribunal de la penitencia, es Cristo el que perdona. Ese carácter sacramental y esa configuración con Jesucristo hacen que el sacerdote no sea “un hombre como todos los demás”, sino que tenga un plus ontológico que lo distingue del resto de los hombres. Tras recibir la ordenación presbiteral, el nuevo sacerdote ya no es simplemente hombre, sino que es hombre-sacerdote.

De aquí se deduce que el sacerdocio ministerial es esencialmente distinto del sacerdocio común de todos los bautizados. No es una diferencia de grado, sino cualitativa y substancial. Y, como el sacerdote ordenado tiene un carácter indeleble que lo hace ontológicamente hombre-sacerdote, su ministerio implica una forma y estado de vida y no un ejercicio transitorio. No se puede ser, como hoy en día se pretende, una suerte de “sacerdote a tiempo parcial”, un simple funcionario de lo sagrado sujeto a nómina y a horarios. El sacerdote lo es las veinticuatro horas de cada día de su existencia aunque no se encuentre ejerciendo su sacerdocio. Y seguirá siendo sacerdote por toda la eternidad, ya sea que se salve o que tenga la desgracia de condenarse.

Sin los sacerdotes estaríamos desamparados espiritualmente. No tendríamos la misa ni los sacramentos, es decir que no dispondríamos de los medios ordinarios para salvarnos. La vida católica no podría desarrollarse normalmente sin ellos. Allí donde han faltado o faltan por diversas circunstancias (por falta de clero, por persecución, por abandono) los fieles sufren y languidecen espiritualmente, aunque ciertamente Dios no abandona a sus hijos. Por eso es tan importante rezar por las vocaciones y por la santificación y perseverancia del clero. Para que haya muchos sacerdotes que santifiquen al pueblo de Dios y lleven las almas al cielo. La santidad no es indispensable para que el sacerdote católico ejerza eficazmente su ministerio, ¡afortunadamente! Nuestra salvación no depende de la bondad o maldad de los sacerdotes, que no son sino los instrumentos a través de los cuales Jesucristo actúa: ya darán cuenta a Dios de su vida personal. Pero qué duda cabe que un sacerdote santo edifica, consuela y llama a la santidad.

El quinto precepto general de la Santa Madre Iglesia manda “contribuir al sostenimiento de la Iglesia de Dios” (antiguamente se decía “pagar los diezmos y las primicias”, que viene a ser lo mismo). Quiere decir que los fieles tenemos el deber de mantener el culto católico y a sus ministros, que es por quienes nos viene la gracia. Es natural, pues como dice San Pablo: “tiene el operario derecho a su salario” y los sacerdotes son los operarios de la viña del Señor. También dice el Apóstol de las Gentes que “quien sirve el altar que viva del altar”, por lo cual los sacerdotes, que son los ministros del altar tienen el derecho a vivir de él, del cual, por cierto, nos beneficiamos todos.

Ahora bien, contribuir al sostenimiento de la Iglesia se hace de dos maneras: material y espiritualmente. Se contribuye materialmente aportando dinero, bienes y trabajo en la medida de las posibilidades reales de cada quien. Debemos considerar siempre si en conciencia hacemos todo lo que podemos. Muchas veces no somos generosos con la Iglesia mientras somos capaces de gastarnos dinerales en caprichos, vicios o cosas superfluas. Tengamos siempre en cuenta que, como pasa con nosotros, los sacerdotes no viven del aire y que tienen necesidad de nuestra asistencia material. A cambio ellos nos dan los medios de salvación. Realmente, salimos ganando siempre porque los fieles les damos bienes perecederos, mientras ellos nos dan la posibilidad de ganar el bien duradero de la vida eterna.

Pero también espiritualmente podemos sostener a la Iglesia y a sus ministros: encargando misas, ofreciendo nuestras oraciones y difundiendo propaganda a favor de las vocaciones. En esta categoría de limosna entra la práctica de los Primeros Jueves de mes, en los cuales invertimos una pequeña parte de nuestro tiempo para orar por los sacerdotes, religiosos, vocaciones y misiones, es decir, para mantener vivo el organismo de nuestra religión. Acostumbrémonos a santificar los Jueves Sacerdotales ofreciendo en ellos nuestras preces y nuestros pensamientos, participando de las funciones que se organizan en las parroquias o desde casa si no podemos estar en ellas presentes. Es la mejor manera de preparar el Primer Viernes, consagrado al corazón Divino según el cual queremos que sean nuestros sacerdotes. También para preparar el Primer Sábado en honor del Corazón inmaculado de María, modelo de almas consagradas.

Ofrecemos unas cuantas sugerencias sobre el modo práctico de hacer el Jueves Sacerdotal:

1. Exposición del Santísimo Sacramento
2. Rosario meditado
3. Preces por los Sacerdotes, religiosos y religiosas
4. Preces para pedir vocaciones
5. Preces por las misiones
6. Reserva y bendición con el Santísimo Sacramento.
7. Misa votiva de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.




Oración del Venerable Pío XII por los sacerdotes

Oh Jesús, Pontífice Eterno, Buen Pastor, Fuente de vida, que por singular generosidad de vuestro dulcísimo Corazón nos habéis dado a nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que vuestra gracia inspira en nuestras almas; os suplicamos: venid y ayudadlos con vuestra asistencia misericordiosa.

Sed para ellos, oh Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que vuestra Palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de vuestra vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas.

Concededles, oh Señor, desprendimiento de todo interés terreno y que sólo busquen vuestra mayor gloria. Concededles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el postrer aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en vuestras manos la tarea bien cumplida, dadles, Jesús, Vos que fuisteis su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos. Amén.


Preces litánicas por los sacerdotes


Padre nuestro, que estás en los cielos:

V. Para que sea santificado tu nombre:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que venga a nosotros tu reino:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que tu voluntad sea hecha en la tierra como en el cielo:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que no nos falte el pan espiritual de tu Palabra ni el Divino Pan Eucarístico cada día:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que en tu nombre perdonen nuestros pecados:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que nos enseñen a perdonar las ofensas:
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que nos auxilien en la lucha contra las tentaciones,
R. Danos sacerdotes santos.
V. Para que nos ayuden a librarnos del mal, sobre todo en la hora de la muerte:
R. Danos sacerdotes santos.





Oración del Venerable Pío XII
por las vocaciones sacerdotales y religiosas


Señor Jesús, Supremo Sacerdote y Pastor universal, que nos habéis enseñado a rezar diciendo: “Rogad al dueño de la mies que envíe operarios a su mies” (Mat. IX, 38), escuchad con benevolencia nuestras súplicas, y suscitad un gran número de almas generosas que, animadas por vuestro ejemplo y sostenidos por vuestra gracia, aspiren a ser los ministros y los continuadores de vuestro verdadero y único sacerdocio.

Haced que las trampas y calumnias del enemigo malo, secundado por el espíritu indiferente y materialista del mundo, no obscurezcan entre los fieles el sublime esplendor y la profunda estima debida a la misión de aquellos que, sin ser del mundo, viven en el mundo, para ser los dispensadores de los divinos misterios. Haced que, para preparar buenas vocaciones, continúen promoviéndose en la juventud la instrucción religiosa, la piedad sincera, la pureza de la vida y el cultivo de las ideas más elevadas. Haced que, para secundarles, la familia cristiana, consciente del honor que significa destinar al Señor a algunos de sus retoños, no deje nunca de ser un vivero de almas puras y fervorosas. Haced que no falten nunca en tu Iglesia extendida por todo el mundo los medios necesarios para acoger, favorecer, formar y llevar a término las buenas vocaciones que se le ofrecen. Y, a fin de que todo ello se convierta en realidad, oh Jesús, que deseáis tanto el bien y la salvación de todos, haced que el poder irresistible de vuestra gracia no cese de bajar del cielo de modo que numerosas almas reciban vuestra llamada silenciosa, os den una respuesta generosa y perseveren, en fin, en vuestro santo servicio.

¿Acaso no os aflige, oh Señor, la visión de tantas muchedumbres semejantes a ovejas sin pastor, sin nadie que parta para ellas el pan de vuestra Palabra y las sacie con el agua de vuestra gracia, quedando así a merced de los lobos rapaces, que las acechan sin cesar? ¿No sufrís al contemplar tantos campos en los que aún no ha penetrado la reja del arado y donde crecen espinas y abrojos sin que nadie les dispute el terreno? ¿No os apena considerar tantos de vuestros jardines ayer floridos y frondosos y hoy en peligro de marchitarse y volverse áridos? ¿Permitiréis que la mies ya madura se disperse y se pierda a falta de brazos para cosecharla?

Oh María, Madre purísima, de cuyas piadosísimas manos hemos recibido al más santo de todos los sacerdotes; oh glorioso Patriarca San José, ejemplo perfecto de correspondencia a la llamada divina; oh santos sacerdotes, que en el cielo formáis alrededor del Cordero de Dios un coro de predilección; obtenednos numerosas y santas vocaciones, a fin de que el rebaño del Señor, protegido y guiado por pastores vigilantes y solícitos, pueda alcanzar el dulcísimo pasturaje de la bienaventuranza eterna. Amén.


Oración por los misioneros

Corazón de Jesús, tended una mirada hacia las tierras de infieles y hacia los trabajos de los misioneros, quienes, por vuestro amor y por el de las almas, tan preciosas para Vos, han abandonado su casa, su patria y sus afectos más íntimos. Bendecid sus trabajos y concededles la gracia de repartir el pan de la divina Palabra entre los mendigos de la Verdad. Hacedles sentir que Vos estáis con ellos en sus trabajos y preocupaciones, y dadles la gracia de perseverar hasta el fin en la vida de abnegación para la que los habéis escogido. Sagrado Corazón de Jesús, por amor de vuestra misma gloria, proteged y haced fructificar los esfuerzos de vuestros misioneros. Amén.




Ad vocationes sacerdotales et religiosas impetrandas


Domine Iesu Christe, Salvator mundi, per Cor tuum dulcissimum te suppliciter exoramus, ut gregem tuum, Pastor aeterne, in afflictione sua non deseras, sed Spiritum illum in eo resuscites, quem super Apostolos tuos tam abunde effudisti. Voca, quaesumus, quam plurimos ad statum sacerdotalem et religiosum, et quos elegeris tuae gloriae et salutis animarum zelus incendat, virtus sanctificet, Spiritus tuus contra adversa omnia confirmet. O Iesu, da nobis sacerdotes et religiosos secundum Cor tuum!


V. Respice de coelo et vide, et visita vineam istam.
R. Et perfice eam, quam plantavit dextera tua.

Oremus. Deus, qui omnes homines vis salvos fieri et ad agnitionem veritatis venire, mitte, quaesumus, operarios in messem tuam, et da eis cum omni fiducia loqui verbum tuum, ut sermus tuus currat et clarificetur; et omnes gentes cognoscant te solum Deum verum, et quem missisti Iesum Christum, Filium tuum, Dominum nostrum: Qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum. R. Amen.



Missa de D. N. Iesu Christo summo et aeterno Sacerdote




Introitus

(Ps. 109, 4) Juravit Dominus, et non paenitebit eum: Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech. (T. P. Alleluia, alleluia). (Ps. ibid., 1) Dixit Dominus Domino meo: Sede a dextris meis. V. Gloria Patri.

Oratio

Deus, qui, ad maiestatis tuae gloriam et generis humani salutem, Unigenitum tuum summum atque aeternum constituisti Sacerdotem: praesta ut, quos ministros et mysteriorum suorum dispensatores elegit, in accepto ministerio adimplendo fideles inveniantur. Per eumdem Dominum… R. Amen.

Epistola

Lectio Epistolae beati Pauli Apostoli ad Hebraeos (Hebr. 5, 1-11). Fratres: Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum, ut offerat dona et sacrificia pro peccatis: qui condolere possit iis qui ignorant et errant: quoniam et ipse circumdatus est infirmitate: et propterea debet, quemadmodum pro populo, ita etiam et pro semetipso offerre pro peccatis. Ne quisquam sumit sibi honorem, sed qui vocatur a Deo, tamquam Aaron. Sic et Christus non semetipsum clarificavit ut pontifex fieret, sed qui lociitus est ad eum: Filius meus es tu; ego hodie genui te. Quemadmodum et in alio loco dicit: Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech. Qui in diebus carnis suae preces supplicationesque ad eum, qui possit ilium salvum facere a morte, cum clamore valido et lacrimis offerens, exauditus est pro sua reverentia. Et quidem, cum esset Filius Dei, didicit ex iis quae passus est, oboedientiam: et consummatus, factus est, omnibus obtemperantibus sibi, causa salutis aeternae, appellatus a Deo pontifex iuxta ordinem Melchisedech. De quo nobis grandis sermo et ininterpretabilis ad dicendum.


Graduale

(Luc. 4, 18) Spiritus Domini super me: propter quod unxit me. V. Evangelizare pauperibus misit me, sanare contritos corde.

Alleluia, alleluia. (Hebr. 7, 24) V. Iesus autem eo quod maneat in aeternum, sempiternum habet sacerdotium. Alleluia.

Post Septuagesimam, omissis Alleluia et versu sequenti, dicitur:

Tractus

(Ps. 9, 34-36) Exsurge, Domine Deus, exaltetur manus tua: ne obliviscaris pauperum. V. Vide quoniam tu laborem et dolorem consideras. V. Tibi derelictus est pauper: orphano tu eris adiutor.

Tempore autem paschali omittitur graduale, et eius loco dicitur:

Alleluia, alleluia. (Hebr. 7, 24) Iesus autem eo quod maneat in aeternum, sempiternum habet sacerdotium. Alleluia. (Luc. 4, 18) V. Spiritus Domini super me: propter quod unxit me, evangelizare pauperisms misit me, sanare contritos corde. Alleluia.


Evangelium

Sequentia sancti Evangelii secundum Lucam (Luc. 22, 14-20). In illo tempore: Discubuit Iesus, et duodecim Apostoli cum eo. Et ait illis: Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum, antequam patiar. Dico enim vobis, quia ex hoc non manducabo illud, donee impleatur in regno Dei. Et accepto calice, gratias egit, et dixit: Accipite, et dividite inter vos. Dico enim vobis quod non bibam de generatione vitis, donee regnum Dei veniat. Et accepto pane, gratias egit, et fregit, et dedit eis, dicens: Hoc est corpus meum, quod pro vobis datur: hoc facite in meam commemorationem. Similiter et calicem, postquam cenavit, dicens: Hie est calix novum testamentum in sanguine meo, qui pro vobis fundetur.


Offertorium

(Hebr. 10,12-14) Christus unam pro peccatis offerens hostiam, in sempiternum sedet in dextera Dei: una enim oblatione consummavit in aeternum sanctificatos. (T. P. Alleluia).


Secreta

Haec munera, Domine, mediator noster Iesus Christus tibi reddat accepta: et nos, una secum, hostias tibi gratas exhibeat: Qui tecum vivit… R. Amen.

Communionem

(I Cor. 11, 24-25) Hoc Corpus, quod pro vobis tradetur: hie calix novi testamenti est in meo Sanguine, dicit Dominus: hoc facite, quotiescumque sumitis, in meam commemorationem. (T. P. Alleluia).

Postcommunio

Vivificet nos, quxsumus, Domine, divina quam obtulimus et siimpsimus hostia: ut, perpetua tibi caritate coniuncti, fructum, qui semper maneat, afferamus. Per Dominum nostrum Iesum Christum, Filium tuum: Qui tecum vivit et regnat in uniitate. R. Amen.


Annus sacerdotalis

domingo, 31 de enero de 2010

Mes de febrero, dedicado al fomento de la vida consagrada




Este mes de febrero se abre con una de las festividades más hermosas y populares de la liturgia romana: la Purificación de Nuestra Señora y la Presentación del Niño Jesús en el Templo, más conocida como la Candelaria. Se trata de una de las más antiguas celebraciones marianas, aunque su carácter es más cristológico, pudiendo ser rastreada hasta la célebre Peregrinatio de Eteria, que asegura que se celebraba en Jerusalén ya a mediados del siglo IV con el nombre de Quadragesima Epiphaniae (Cuaresma de Epifanía), en razón de los cuarenta días prescritos por la ley mosaica para la presentación de un neonato y la purificación de su madre. Como en aquella época la fecha de la Navidad estaba fijada el 6 de enero (y lo continúa estando en Oriente), esta fiesta tenía lugar el 14 de febrero, es decir el cuadragésimo día. Más tarde, al cambiarse definitivamente la Navidad al 25 de diciembre, pasó a celebrarse el 2 de febrero. En un principio fue una festividad circunscrita al patriarcado de Jerusalén y a las comunidades monásticas de Palestina y Siria, pero a inicios del siglo VI se extendió al patriarcado de Constantinopla (donde se celebraba magníficamente en la iglesia de la Blanquerna). En 542, Justiniano ordenó que se celebrara en todo el Imperio.

El origen de la Candelaria en Roma no está claro, pero ciertamente proviene de Oriente, sea por influjo del decreto justinianeo, sea por haberla introducido –según el Liber Pontificalis– el papa Sergio I, griego de origen. Los antiguos calendarios romanos la llaman Hypapante (“el encuentro”). Hasta su inclusión en el sacramentario gelasiano a esta fiesta no se la llamó “de la Purificación”, denominación de origen galicano y que expresa el giro mariológico que experimentó su celebración. La bendición y procesión de candelas no consta como rito propio de ella en Occidente sino desde el siglo X, siendo descrito en el sacramentario de Corbie, dedicado al abad Ratoldo (945-986). En Oriente había sido introducido por la matrona romana Ikelia, fundadora del monasterio de Palaion Kathisma (a medio camino entre Belén y Jerusalén). En Roma aparece la bendición de candelas por primera vez en el Ordo del canónigo Benedicto, que data del siglo XII.


El rito propio de la Purificación y Presentación consta de tres partes: la bendición de las candelas, la procesión con ellas y la misa. No vamos a ocuparnos aquí de las particularidades litúrgicas de cada una, porque no es nuestro cometido en estas líneas; nos fijaremos, más bien, en el simbolismo que encierran. Comencemos por el de la bendición de las candelas y la procesión con ellas. El cirio siempre se ha visto como un símbolo de Jesucristo. En efecto, está hecho (o debe estarlo normalmente) de cera de abeja formando como una vara alargada alrededor de un pabilo, que es el que se enciende para que el cirio, consumiéndose, dé luz. Sabemos que la cera la producen las abejas obreras, que son vírgenes. ¡Hermosa analogía! Porque la vara de cera representa el cuerpo santísimo de la Humanidad de Jesucristo, producido todo él de la substancia purísima de la Virgen María, y el pabilo que está en su interior simboliza su alma inmaculada, mientras el fuego que enciende el cirio no es sino figura de la Divinidad del Verbo que se une hipostáticamente a la Humanidad del Hijo de María, siendo así “luz para iluminación de las gentes”, según lo profetizado por Simeón. Esa “luz del mundo” es la que llevamos en procesión, como queriendo indicar la voluntad salvífica de Cristo que llega a todos los que lo reciben.

La misa gira toda ella en torno a las nociones de presentación y consagración a Dios. En la colecta pedimos a Dios que, así como su Divino Hijo se presentó en el templo, así también sus fieles nos presentemos purificados ante su presencia. Pero esta presentación no es un mero ponerse en la presencia de Dios, no. Es un verdadero y propio ofertorio. Siguiendo la ley de Moisés, el Niño Jesús, como todo primogénito, es presentado a Dios como don por sus padres, en un acto genuino de oblación sacrifical; sólo que, en substitución del infante, se ofrecen animales, ya que no se admiten los sacrificios humanos. La Presentación de Jesús en el Templo viene a ser, pues, como el Ofertorio de la Misa de su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección. A esto se refiere la epístola a los Hebreos (X, 5-10):

“Ideo ingrediens mundum dicit : Hostiam et oblationem noluisti : corpus autem aptasti mihi : holocautomata pro peccato non tibi placuerunt. Tunc dixi : Ecce venio : in capite libri scriptum est de me : Ut faciam, Deus, voluntatem tuam. Superius dicens : Quia hostias, et oblationes, et holocautomata pro peccato noluisti, nec placita sunt tibi, quæ secundum legem offeruntur, tunc dixi : Ecce venio, ut faciam, Deus, voluntatem tuam : aufert primum, ut sequens statuat. In qua voluntate sanctificati sumus per oblationem corporis Jesu Christi semel” (Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad! Dice primero: Sacrificios y oblaciones y holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron cosas todas ofrecidas conforme a la Ley entonces añade: He aquí que vengo a hacer tu voluntad. Abroga lo primero para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo).


"Dominus pars haereditatis meae et calicis mei:
Tu es qui restitues haereditatem meam mihi"

Ahora se comprende por qué la festividad de la que nos ocupamos ha sido puesta en relación con la vida consagrada, es decir, la de los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos dedicados al servicio de Dios. Cada uno de ellos, a imitación de Jesucristo, hace especial oblación de su vida a Dios para servirle y cuidarse de sus cosas hasta la muerte. Tradicionalmente es el 2 de febrero el día en el que se confiere la prima tonsura, es decir el rito que antiguamente hacía entrar al que lo recibía en la clericatura, es decir en el estado propio de los separados para Dios. De acuerdo con el nuevo Derecho Canónico, no se entra en ella hasta recibir el diaconado, pero allí donde el hermoso rito de la tonsura se conserva (en los institutos que tienen como propio el rito romano clásico) sigue significando una segregación del mundo para consagrarse a Dios. Éste es también el día en que los postulantes y las postulantes de muchas órdenes y congregaciones religiosas son recibidos en el noviciado, que es cuando la ofrenda de sus vidas para el divino servicio es aceptada oficialmente por la Iglesia.

La vida del cristiano debe configurarse con Cristo: ¡cuánto más la de sus consagrados! Deben ser ellos, como su Maestro, luz del mundo, que no debe ser puesta bajo el celemín, sino que debe alumbrar al prójimo para colaborar así en su salvación. De ahí que sea una costumbre que los seminaristas y postulantes religiosos lleven un cirio encendido a la hora de hacer su ingreso en el templo para consagrarse a Dios. El cirio les recuerda a Jesucristo, que es quien debe desde ahora vivir en ellos en lugar de ellos mismos. Sus vidas desde entonces ya no deben reflejar sus propias miras e intereses, sino la luz de Cristo, que ilumina a todas las gentes para su salvación. Pero para ello, deben purificarse, no como María (pues la Santa Madre de Dios no lo necesitaba), pero sí a imitación suya: con humildad, sujeción a la voluntad de Dios y total entrega, con mansedumbre, tal y como se significa por las dos tórtolas de la ofrenda. Y no se olvide a José, el custodio del gran misterio de la redención. De él los consagrados deben aprender el celo por el cuidado de las cosas de Dios y el ponerse completamente a la disposición del Señor como instrumento de su voluntad, que no otra cosa hizo el glorioso Patriarca.

De esta manera y con este espíritu, ojalá que los que consagran su vida a Dios puedan llegar a extrema ancianidad, hablando de Jesús a todo el mundo, como la profetisa Ana, y andar en paz como Simeón, después de ver la salvación prometida y preparada ante la faz de todos los pueblos. Este mes de febrero está todo él impregnado del espíritu de la Candelaria y es, por lo tanto, propicio para dedicarlo a promover la vida consagrada, con nuestras oraciones, sacrificios y ayuda material, sosteniendo la obra de las vocaciones y las misiones.

Ofrezcamos, pues, a Dios por medio de María, nuestras plegarias pidiendo:

a) Por las vocaciones sacerdotales y religiosas;
b) Por la santificación y perseverancia del clero, y
c) Por las misiones católicas en el mundo entero.

Y oigamos y encarguemos misas votivas de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote y para la propagación de la Fe. Una práctica muy recomendable es la de los primeros Jueves de Mes o Jueves Sacerdotales, que explicaremos dentro de dos días, en este próximo primer jueves de Febrero. Y todos consagrémonos a Jesús por medio de María para que cada uno, a su manera, viva su vida cristiana con espíritu de oblación a Dios y para su gloria.


miércoles, 30 de diciembre de 2009

La reparación por los excesos de Nochevieja



El año pasado nos ocupamos en este blog de la acción de gracias que se hace el día de San Alineación al centroSilvestre, último del año, preferentemente ante el Santísimo expuesto y con el canto solemne del Tedeum. En esta ocasión queremos fijar nuestra atención en la reparación y expiación que, por los pecados que se cometen entre los excesos de la Nochevieja, deberían inaugurar el Nuevo Año. Desgraciadamente, nuestra actual sociedad paganizada es propicia para toda clase de licencias y de desórdenes con pretexto de celebrar el cambio anual del calendario (realmente nunca falta un pretexto para la disipación en cualquier época del año). En lugar de pasar sanamente, en familia o entre amigos la noche de la Octava de Navidad, haciendo balance, divirtiéndose honestamente y formulando buenos propósitos, la mayoría se aturde y se deja llevar por el desenfreno que propicia el consumo excesivo de alcohol y la desinhibición. Es lamentable ver al día siguiente los efectos de ello: accidentes, vandalismo, gamberrismo, gente tirada por las calles en medio de borracheras o víctima de la delincuencia… Es evidente que en Nochevieja es cuando se ofende a Dios con mayor intensidad.

Las almas consagradas, las almas santas y las piadosas emplean las primeras horas del primer día del año en recogimiento y en vela, rezando por los que no piensan en Dios, lo apartan de sus vidas y lo ignoran completamente; por los que, aun creyentes de buena voluntad, se dejan arrastrar por la corriente hedonista; por los que, débiles frente a los enemigos del alma, sucumben a sus innumerables tentaciones en el ambiente propicio de estas calendas. Es claro, cuando se empieza por olvidar que el 1º de enero es el que cierra la Octava de Navidad mediante la conmemoración de la Maternidad Divina y de la Circuncisión del Niño Jesús, cuando las Festividades Natalicias son consideradas simplemente “Fiestas” y ocasión para desplegar el ocio (pero no el otium nobile que invita a la contemplación y el enriquecimiento personal, sino la simple disposición de tiempo libre para darse al aturdimiento de los sentidos), entonces no es de sorprender que lo que debería ser una fructífera renovación personal y social se convierta en el vehículo de toda clase de desórdenes morales y materiales, que abocan a la ruina espiritual y social.

El 1º de enero es una fecha propicia para entrar en uno mismo y unirse a todos aquellos que reparan y expían con sus oraciones, sacrificios y penitencias por los innumerables pecados que se cometen durante esa noche. La liturgia romana nos ofrece un bellísimo medio en los Siete Salmos Penitenciales, que es oportuno recitar o cantar frente al Santísimo manifiesto. De este modo se comienza el año cristianamente, como se ha acabado el anterior cuando el 31 de diciembre se ha dado gracias a Dios por todos los beneficios recibidos de su inmensa Bondad. Con las mismas palabras inspiradas por el Espíritu Santo al Rey Salmista, con lo que es verdaderamente Palabra de Dios, nos dirigimos a la Palabra Encarnada para que nos otorgue el perdón por tantas ofensas. A esos salmos se les puede añadir laudablemente las Letanías de los Santos, con lo cual, al mismo tiempo que expiamos, hacemos impetración a Dios por intercesión de la Santísima Virgen, los Ángeles y los Santos del Cielo, para que nos ayuden en la nueva andadura anual con su ejemplo y su mediación. Deseando a nuestros lectores un 2010 lleno de las copiosas bendiciones del Cielo, nos despedimos con el texto sea de los siete Salmos Penitenciales que de las Letanías de los Santos.



SEPTEM PSALMI POENITENTIALES


Ant. Ne reminiscaris Domine delicta nostra, vel parentum nostrorum: neque vindictam sumas de peccatis nostris.

Psalmus VI

Domine ne in furore tuo arguas me: neque in ira tua corripias me.
Miserere mei Domine, quoniam infirmus sum: sana me Domine, quoniam conturbata sunt ossa mea.
Et anima mea turbata est valde: sed tu Domine usquequo.
Convertere Domine, et eripe animam meam: salvum me fac propter misericordiam tuam.
Quoniam non est in morte, qui memor sit tui: in inferno autem quis confitebitur tibi?
Laboravi in gemitu meo, lavabo per singulas noctes lectum meum: lacrymis meis stratum meum rigabo.
Turbatus est a furore oculus meus: inveteravi inter omnes inimicos meos.
Discedite a me omnes, qui operamini iniquitatem: quoniam exaudivit Dominus vocem fletus mei.
Exaudivit Dominus deprecationem meam: Dominus orationem meam suscepit.
Erubescant, et conturbentur vehementer omnes inimici mei: convertantur, et erubescant valde velociter.
Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saecula saeculorum. Amen.

Oratio contra superbiam

Humiliavit semetipsum Dominus noster Iesus Christus, factus oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis: et ego vilissimus terrae vermiculus, ego pulvis et cinis, ego peccatorum maximus, qui millies infernum merui, non vereor me animo efferre? Propitius esto mihi, Domine: agnosco et detestor exsecrabilem arrogantiam meam. Ne, obsecro, cum superbo Lucifero eiusque adseculis in gehennae barathrum me deturbes: convertere et eripe animam meam; adiuva me et salvum me fac propter misericordiam tuam. Elegi in posterum, abiectus esse in domo Dei magis, quam habitare in tabernaculis peccatorum. (Ps 83:11).


Psalmus XXXI

Beati quorum remissae sunt iniquitates: et quorum tecta sunt peccata.
Beatus vir cui non inputavit Dominus peccatum: nec est in spiritu eius dolus.
Quoniam tacui, inveteraverunt ossa mea: dum clamarem tota die.
Quoniam die, ac nocte gravata est super me manus tua: conversus sum in aerumna mea, dum configitur spina.
Delictum meum cognitum tibi feci: et iniustitiam meam non abscondi.
Dixi, confitebor adversum me iniustitiam meam Domino: et tu remisisti impietatem peccati mei.
Pro hac orabit ad te omnis sanctus: in tempore oportuno.
Verumtamen in diluvio aquarum multarum: ad eum non approximabunt.
Tu es refugium meum a tribulatione, quae circumdedit me: exultatio mea, erue me a circumdantibus me.
Intellectum tibi dabo, et instruam te in via hac, qua gradieris: firmabo super te oculos meos.
Nolite fieri sicut equus et mulus: quibus non est intellectus.
In camo et freno maxillas eorum constringe: qui non approximant ad te.
Multa flagella peccatoris: sperantem autem in Domino misericordia circumdabit.
Laetamini in Domino, et exultate iusti: et gloriamini omnes recti corde.

Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saecula saeculorum. Amen.


Oratio contra avaritiam

Quid mihi est in caelo et a te quid volui super terram, Deus cordis mei, et pars mea Deus in aeternum? Non satiatur oculus visu, nec auri impletur auditu: satiabor, cum apparuerit gloria tua. Eheu quod tanto hactenus studio Mammonae servivi: Et quid mihi proderit, si universum mundum lucratus fuero, animae vero meae detrimentum patiar? Dormierunt somnum suum omnes viri divitiarum et nihil invenerunt in manibus suis, confitebor adversum me iniustitiam meam Domino, et tu remittes, spero, impietatem peccati mei. Pauperis in posterum miserebor, male parta restituam et tuo me servitio ferventius impendam. Tu, Domine, adiuva me, qui reples in bonis desiderium meum. (Ps 102:5)


Psalmus XXXVII

Domine ne in furore tuo arguas me: neque in ira tua corripias me.
Quoniam sagittae tuae infixae sunt mihi: et confirmasti super me manum tuam.
Non est sanitas in carne mea a facie irae tuae: non est pax ossibus meis a facie peccatorum meorum.
Quoniam iniquitates meae supergressae sunt caput meum: et sicut onus grave gravatae sunt super me.
Putruerunt, et corruptae sunt cicatrices meae: a facie insipientiae meae.
Miser factus sum, et curvatus sum usque in finem: tota die contristatus ingrediebar.
Quoniam lumbi mei impleti sunt illusionibus: et non est sanitas in carne mea.
Afflictus sum, et humiliatus sum nimis: rugiebam a gemitu cordis mei.
Domine ante te omne desiderium meum: et gemitus meus a te non est absconditus.
Cor meum conturbatum est, dereliquit me virtus mea: et lumen oculorum meorum, et ipsum non est mecum.
Amici mei, et proximi mei: adversum me appropinquaverunt, et steterunt.
Et qui iuxta me erant, de longe steterunt: et vim faciebant, qui quaerebant animam meam.
Et qui inquirebant mala mihi, locuti sunt vanitates: et dolos tota die meditabantur.
Ego autem tamquam surdus non audiebam: et sicut mutus non aperiens os suum.
Et factus sum sicut homo non audiens: et non habens in ore suo redargutiones.
Quoniam in te Domine speravi: tu exaudies Domine Deus meus.
Quia dixi, ne quando supergaudeant mihi inimici mei: et dum commoventur pedes mei, super me magna locuti sunt.
Quoniam ego in flagella paratus sum: et dolor meus in conspectu meo semper.
Quoniam iniquitatem meam annunciabo: et cogitabo pro peccato meo.
Inimici autem mei vivunt, et confirmati sunt super me: et multiplicati sunt, qui oderunt me inique.
Qui retribuunt mala pro bonis, detrahebant mihi: quoniam sequebar bonitatem.
Non derelinquas me Domine Deus meus: ne discesseris a me.
Intende in adiutorium meum: Domine Deus salutis meae.
Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saecula saeculorum. Amen.


Oratio contra iram

Homo homini reservat iram; et a Deo quaerit medelam? In hominem similem sibi non habet misericordiam, et de peccatis sui deprecatur? Quis exorabit pro delictis illius? (Eccli 28:3-5) His verbis mihi, Domine Deus, loqueris per servum tuum filium Sirach. Et ego post hac iram aut odium contra quemquam fovere audeam? Parce, Domine, parce malitiae et pertinaciae meae, in qua hucusque perseveravi. Ex animo nunc ignosco et remitto, quidquid ullus unquam in me peccavit; supplexque oro, Domine, ne in furore tuo arguas me, neque in ira tua corripias me; utinam tamquam surdus in posterum non audiam, et sicut mutus non aperiam os meum; quando inimici mei contra me insurgunt et vim faciunt, qui quaerunt animam meam. Ne derelinquas me, Domine Deus meus, ne discesseris a me: quoniam tu es patientia mea. (Ps 70:5)


Psalmus L

Miserere mei Deus: secundum magnam misericordiam tuam.
Et secundum multitudinem miserationum tuarum: dele iniquitatem meam.
Amplius lava me ab iniquitate mea: et a peccato meo munda me.
Quoniam iniquitatem meam ego cognosco: et peccatum meum contra me est semper.
Tibi soli peccavi, et malum coram te feci: ut iustificeris in sermonibus tuis, et vincas cum iudicaris.
Ecce enim in iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.
Ecce enim veritatem dilexisti: incerta et occulta sapientiae tuae manifestasti mihi.
Asperges me Domine hyssopo, et mundabor: lavabis me, et super nivem dealbabor.
Auditui meo dabis gaudium, et laetitiam: et exultabunt ossa humiliata.
Averte faciem tuam a peccatis meis: et omnes iniquitates meas dele.
Cor mundum crea in me Deus: et spiritum rectum innova in visceribus meis.
Ne proicias me a facie tua: et spiritum sanctum tuum ne auferas a me.
Redde mihi laetitiam salutaris tui: et spiritu principali confirma me.
Docebo iniquos vias tuas: et impii ad te convertentur.
Libera me de sanguinibus Deus, Deus salutis meae: et exultabit lingua mea iustitiam tuam.
Domine labia mea aperies: et os meum annunciabit laudem tuam.
Quoniam si voluisses, sacrificium dedissem utique: holocaustis non delectaberis.
Sacrificium Deo spiritus contribulatus: cor contritum, et humiliatum Deus non despicies.
Benigne fac Domine in bona voluntate tua Sion: ut aedificentur muri Hierusalem.
Tunc acceptabis sacrificium iustitiae, oblationes, et holocausta: tunc inponent super altare tuum vitulos.
Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saecula saeculorum. Amen.


Oratio contra luxuriam

Pater, peccavi in caelum et coram te, et iam non sum dignus vocari filius tuus. Quid faciam miser? Non enim permanebit Spiritus tuus in homine, quia caro est. Ah! miserere mei, miserere. Quod cum tot reproborum milibus, quos hodiedum abominanda luxuriae pestis in Gehennam praecipitat, captus non sim, infinitae tuae bonitati adscribo. Ergone iterum peccabo? Iterumne pretiosissimum Sanguinem tuum, O Iesu, in ablutionem scelerum meorum effusum, amore bestialium voluptatum, conculcabo? Absit, O Iesu, absit! Obsecro te, O Fili castissimae Virginis Mariae, a spiritu fornicationis libera me. Amplius lava me ab iniquitate mea, et a peccato meo munda me. Ne proiicias me a facie tua, et Spiritum Sanctum tuum ne auferas a me!


Psalmus CI

Domine exaudi orationem meam: et clamor meus ad te veniat.
Non avertas faciem tuam a me: in quacumque die tribulor, inclina ad me aurem tuam.
In quacumque die invocavero te: velociter exaudi me.
Quia defecerunt sicut fumus, dies mei: et ossa mea sicut gremium aruerunt.
Percussus sum, ut faenum, et aruit cor meum: quia oblitus sum comedere panem meum.
A voce gemitus mei: adhaesit os meum carni meae.
Similis factus sum pelicano solitudinis: factus sum sicut nycticorax in domicilio.
Vigilavi: et factus sum sicut passer solitarius in tecto.
Tota die exprobrabant mihi inimici mei: et qui laudabant me, adversum me iurabant.
Quia cinerem tamquam panem manducabam: et potum meum cum fletu miscebam.
A facie irae et indignationis tuae: quia elevans allisisti me.
Dies mei sicut umbra declinaverunt: et ego sicut faenum arui.
Tu autem Domine in aeternum permanes: et memoriale tuum in generatione, et generationem.
Tu exsurgens Domine misereberis Sion: quia tempus miserendi eius, quia venit tempus.
Quoniam placuerunt servis tuis lapides eius: et terrae eius miserebuntur.
Et timebunt gentes nomen tuum Domine: et omnes reges terrae gloriam tuam.
Quia aedificavit Dominus Sion: et videbitur in gloria sua.
Respexit in orationem humilium: et non sprevit precem eorum.
Scribantur haec in generatione altera: et populus qui creabitur, laudabit Dominum.
Quia prospexit de excelso sancto suo: Dominus de caelo in terram aspexit.
Ut audiret gemitus conpeditorum: ut solveret filios interemptorum.
Ut annuntient in Sion nomen Domini: et laudem eius in Hierusalem.
In conveniendo populos in unum: et reges ut serviant Domino.
Respondit ei in via virtutis suae: paucitatem dierum meorum nuncia mihi.
Ne revoces me in dimidio dierum meorum: in generatione, et generationem anni tui.
Initio tu Domine terram fundasti: et opera manuum tuarum sunt caeli.
Ipsi peribunt, tu autem permanes: et omnes sicut vestimentum veterescent.
Et sicut opertorium mutabis eos, et mutabuntur: tu autem idem ipse es, et anni tui non deficient.
Filii servorum tuorum habitabunt: et semen eorum in saeculum dirigetur.
Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saecula saeculorum. Amen.


Oratio contra gulam
Me miserum, qui te, Dominum Deum, fontem aquae vivae reliqui, et mihi fodi cisternas delectationum terrenarum, cisternas dissipatas, quae continere non valent aquas! (cf Jer 2:13) Vere oblitus sum comedere panem meum, panem vitae, omne delectamentum in se habentem, et omnis saporis suavitatem, ventremque porcorum siliquis implere studui: (Lc 15:16) adhuc escae erant olim in ore Filiorum Israel, cum ira Dei descenderet super eos: et mihi toties est parcitum, qui cibi postusque intemperantia tuam imaginem, Deus, et similitudinem brutis, non tibi similem feci! Utinam in posterum cinerem tamquam panem manducem, et potum meum cum fletu misceam, cibusque meus sit, tuam in omnibus facere voluntatem, qui torrente voluptatis tuae potabis nos. (Ps 35:9)


Psalmus CXXIX

De profundis clamavi ad te Domine: Domine exaudi vocem meam.
Fiant aures tuae intendentes: in vocem deprecationis meae.
Si iniquitates observaveris Domine: Domine quis sustinebit?
Quia apud te propitiatio est: propter legem tuam sustinui te Domine.
Sustinuit anima mea in verbo eius: speravit anima mea in Domino.
A custodia matutina usque ad noctem: speret Israel in Domino.
Quia apud Dominum misericordia: et copiosa apud eum redemptio.
Et ipse redimet Israel: ex omnibus iniquitatibus eius.

Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saecula saeculorum. Amen.

Oratio contra invidiam
Sic, mi Deus, dilexisti mundum, ut Filium tuum unigenitum dares, ut omnes qui credit in te non pereat, sed vitam habeat aeternam. Tu solem tuum oriri facis super bonos et malos, et pluis super iustos et iniustos: et ego, dum aliis bene est, invidia exstimuler: omnia mihi ex voto evenire exoptem, proximi tamen vel minima felicitate contrister? O inhumana malitia! o virus infernale! Ignosce, clementissime Pater, quod in eo hactenus a me peccatum est. Benigna est misericordia tua. Fac ut et ego ex hoc momento induam sicut electus Dei, viscera misericordiae, benignitatem: et super omnia caritatem habere studeam, quod est vinculum perfectionis. (Col. 3:14)

Psalmus CXLII

Domine exaudi orationem meam, auribus percipe obsecrationem meam: in veritate tua, exaudi me in tua iustitia.
Et non intres in iudicium cum servo tuo: quia non iustificabitur in conspectu tuo omnis vivens.
Quia persecutus est inimicus animam meam: humiliavit in terra vitam meam.
Collocavit me in obscuris sicut mortuos saeculi: et anxiatus est super me spiritus meus, in me turbatum est cor meum.
Memor fui dierum antiquorum, meditatus sum in omnibus operibus tuis: et in factis manuum tuarum meditabar.
Expandi manus meas ad te: anima mea sicut terra sine aqua tibi.
Velociter exaudi me Domine: defecit spiritus meus.
Non avertas faciem tuam a me: et similis ero descendentibus in lacum.
Auditam fac mihi mane misericordiam tuam: quia in te speravi.
Notam fac mihi viam, in qua ambulem: quia ad te levavi animam meam.
Eripe me de inimicis meis, Domine, ad te confugi: doce me facere voluntatem tuam, quia Deus meus es tu.
Spiritus tuus bonus deducet me in terram rectam: propter nomen tuum Domine vivificabis me in aequitate tua.
Educes de tribulatione animam meam: et in misericordia tua disperdes inimicos meos.
Et perdes omnes, qui tribulant animam meam: quoniam ego servus tuus sum.

Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.Sicut erat in principio, et nunc, et semper: et in saecula saeculorum. Amen.


Oratio contra acediam

Ecquando, mi Deus, ex toto corde meo, ex tota anima mea et ex omnibus viribus meis, uti par est, te amare et laudare incipiam, qui in caritate perpetua dilexisti me tibique me sponsasti in sempiternum? Eheu! dormitavit anima mea in prae taedio. Vae mihi, quia adeo hactenus in tuo servitio fui tepidus, ut merito formidare possim, ne me incipias evomere ex ore tuo. Sed parce, Domine: non intres in iudicium cum servo tuo, quia non iustificabitur in conspectu tuo omnis vivens. Expando manus meas ad te: anima mea sicut terra sine aqua tibi. Velociter exaudi me, Domine; defecit Spiritus meus. Spiritus autem tuus bonus deducet me in terram rectam. Et propter nomen tuum, Domine, vivificabis me. (Ps. 142:11)


Ant. Ne reminiscaris Domine delicta nostra, vel parentum nostrorum: neque vindictam sumas de peccatis nostris.




LITANIAE SANCTORUM


Kyrie, eleison (Kyrie, eleison.)
Christe, eleison (Christe, eleison.)
Kyrie, eleison (Kyrie, eleison.)
Christe, audi nos (Christe, audi nos.)
Christe, exaudi nos. (Christe, exaudi nos.)
Pater de caelis, Deus, miserere nobis.
Fili, Redemptor mundi, Deus, miserere nobis.
Spiritus Sancte, Deus, miserere nobis.
Sancta Trinitas, unus Deus, miserere nobis.

Sancta Maria, ora pro nobis.
Sancta Dei Genetrix, ora pro nobis.
Sancta Virgo virginum, ora pro nobis.
Sancte Michaël, ora pro nobis.
Sancte Gabriël, ora pro nobis.
Sancte Raphaël, ora pro nobis.
Omnes sancti Angeli et Archangeli, orate pro nobis.
Omnes sancti beatorum Spirituum ordines, orate pro nobis.
Sancte Ioannes Baptista, ora pro nobis.
Sancte Ioseph, ora pro nobis.
Omnes sancti Patriarchae et Prophetae, orate pro nobis.
Sancte Petre, ora pro nobis.
Sancte Paule, ora pro nobis.
Sancte Andrea, ora pro nobis.
Sancte Iacobe, ora pro nobis.
Sancte Ioannes, ora pro nobis.
Sancte Thoma, ora pro nobis.
Sancte Iacobe, ora pro nobis.
Sancte Philippe, ora pro nobis.
Sancte Bartolomaee, ora pro nobis.
Sancte Matthaee, ora pro nobis.
Sancte Simon, ora pro nobis.
Sancte Thaddaee, ora pro nobis.
Sancte Matthia, ora pro nobis.
Sancte Barnaba, ora pro nobis.
Sancte Luca, ora pro nobis.
Sancte Marce, ora pro nobis.
Omnes sancti Apostoli et Evangelistae, orate pro nobis.
Omnes sancti discipuli Domini, orate pro nobis.
Omnes sancti Innocentes, orate pro nobis.
Sancte Stephane, ora pro nobis.
Sancte Laurenti, ora pro nobis.
Sancte Vincenti, ora pro nobis.
Sancti Fabiane et Sebastiane, orate pro nobis.
Sancti Ioannes et Paule, orate pro nobis.
Sancti Cosma et Damiane, orate pro nobis.
Sancti Gervasi et Protasi, orate pro nobis.
Omnes sancti martyres, orate pro nobis.
Sancte Sylvester, ora pro nobis.
Sancte Gregori, ora pro nobis.
Sancte Ambrosi, ora pro nobis.
Sancte Augustine, ora pro nobis.
Sancte Hieronyme, ora pro nobis.
Sancte Martine, ora pro nobis.
Sancte Nicolae, ora pro nobis.
Omnes sancti Pontifices et Confessores, orate pro nobis.
Omnes sancti Doctores, orate pro nobis.
Sancte Antoni, ora pro nobis.
Sancte Benedicte, ora pro nobis.
Sancte Bernarde, ora pro nobis.
Sancte Dominice, ora pro nobis.
Sancte Francisce, ora pro nobis.
Omnes sancti Sacerdotes et Levitae, orate pro nobis.
Omnes sancti Monachi et Eremitae, orate pro nobis.
Sancta Maria Magdalena, ora pro nobis.
Sancta Agatha, ora pro nobis.
Sancta Lucia, ora pro nobis.
Sancta Agnes, ora pro nobis.
Sancta Caecilia, ora pro nobis.
Sancta Catharina, ora pro nobis.
Sancta Anastasia, ora pro nobis.
Omnes sanctae Virgines et Viduae, orate pro nobis.

Omnes Sancti et Sanctae Dei, intercedite pro nobis.
Propitius esto, parce nos, Domine. Propitius esto, exaudi nos, Domine.

Ab omni malo, libera nos, Domine.
Ab omni peccato, libera nos, Domine.
Ab ira tua, libera nos, Domine.
A subitanea et improvisa morte, libera nos, Domine.
Ab insidiis diaboli, libera nos, Domine.
Ab ira et odio et omni mala voluntate, liebra nos, Domine.
A spiritu fornicationis, libera nos, Domine.
A fulgure et tempestate, libera nos, Domine.
A flagello terraemotus, libera nos, Domine.
A peste, fame et bello, libera nos, Domine.
A morte perpetua, libera nos, Domine.
Per mysterium sanctae Incarnationis tuae, libera nos, Domine.
Per adventum tuum, libera nos, Domine.
Per nativitatem tuam, libera nos, Domine.
Per baptismum et sanctum ieiunium tuum, libera nos, Domine.
Per crucem et passionem tuam, libera nos, Domine.
Per mortem et sepulturam tuam, libera nos, Domine.
Per sanctam resurrectionem tuam, libera nos, Domine.
Per admirabilem ascensionem tuam, libera nos, Domine.
Per adventum Spiritus Sancti Paracliti, libera nos, Domine.
In die iudicii, libera nos, Domine.

Peccatores, te rogamus, audi nos.
Ut nobis parcas, te rogamus, audi nos.
Ut nobis indulgeas, te rogamus, audi nos.
Ut ad veram paenitentiam nos perducere digneris, te rogamus, audi nos.
Ut Ecclesiam tuam sanctam regere et conservare digneris, te rogamus, audi nos.
Ut domum Apostolicum et omnes ecclesiasticos ordines in sancta religione conservare digneris, te rogamus, audi nos.
Ut inimicos sanctae Ecclesiae humiliare digneris, te rogamus, audi nos.
Ut regibus et principibus christianis pacem et veram concordiam donare digneris, te rogamus, audi nos.
Ut cuncto populo christiano pacem et unitatem largiri digneris, te rogamus, audi nos.
Ut omnes errantes ad unitatem Ecclesiae revocare, et infideles universos ad Evangelii lumen perducere digneris, te rogamus, audi nos.
Ut nosmetipsos in tuo sancto servitio confortare et conservare digneris, te rogamus, audi nos.
Ut mentes nostras ad caelestia desideria erigas, te rogamus, audi nos.
Ut omnibus benefactoribus nostris sempiterna bona retribuas, te rogamus, audi nos.
Ut animas nostras, fratrum, propinquorum et benefactorum nostrorum ab aeterna damnatione eripias, te rogamus, audi nos.
Ut fructus terrae dare et conservare digneris, te rogamus, audi nos.
Ut omnibus fidelibus defunctis requiem aeternam donare digneris, te rogamus, audi nos.
Ut nos exaudire digneris, te rogamus, audi nos.
Fili Dei, te rogamus, audi nos.

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, parce nobis, Domine.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, exaudi nos, Domine.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis.
Christe, (audi nos.)
Christe, (exaudi nos.)
Kyrie, eleison. (Kyrie, eleison.)
Christe, eleison. (Christe, eleison.)
Kyrie, eleison. (Kyrie, eleison.)
[Pater noster silentio]

V. Et ne nos inducas in tentationem.
R. Sed libera nos a malo.

Psalmus LXIX

V. Deus, in adjutorium meum intende;
R. Domine, ad adjuvandum me festina.
V. Confundantur, et revereantur.
R. qui quærunt animam meam.
V. Avertantur retrorsum, et erubescant,
R. qui volunt mihi mala.
V. Avertantur statim erubescentes
R. qui dicunt mihi : Euge, euge !
V. Exsultent et lætentur in te omnes qui quærunt te;
R. et dicant semper : Magnificetur Dominus, qui diligunt salutare tuum.
V. Ego vero egenus et pauper sum;
R. Deus, adjuva me.
V. Adjutor meus et liberator meus es tu;
R. Domine, ne moreris.
V. Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.
R. Sicut erat in principio, et nunc, et semper, et in saecula saeculorum. Amen.

V. Salvos fac servos tuos.
R. Deus meus, sperantes in te.
V. Nihil proficiat inimicus in nobis.
R. Et filius iniquitatis non apponat nocere nobis.
V. Domine, non secundum peccata nostra facias nobis.
R. Neque secundum iniquitates nostras retribuas nobis.
V. Oremus pro Pontifice nostro Benedicto.
R. Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.
V. Oremus pro benefactoribus nostris.
R. Retribuere dignare, Domine, omnibus nobis bona facientibus propter nomen tuum, vitam aeternam. Amen.
V. Oremus pro fidelibus defunctis.
R. Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.
V. Requiescant in pace.
R. Amen.
V. Pro fratribus nostris absentibus.
R. Salvos fac servos tuos, Deus meus, sperantes in te.
V. Mitte eis, Domine, auxilium de sancto.
R. Et de Sion tuere eos.
V. Domine, exaudi orationem meam.
R. Et clamor meus ad te veniat.
V. Dominus vobiscum.
R. Et cum spiritu tuo.

Oremus. Deus, cui proprium est misereri semper et parcere: suscipe deprecationem nostram; ut nos, et omnes famulos tuos, quos delictorum catena constringit, miseratio tuae pietatis clementer absolvat.

Exaudi, quaesumus, Domine, supplicum preces, et confitentium tibi parce peccatis: ut pariter nobis indulgentiam tribuas benignus et pacem.

Ineffabilem nobis, Domine, misericordiam tuam clementer ostende: ut simul nos et a peccatis omnibus exuas, et a poenis quas pro his meremur, eripias.

Deus, qui culpa offenderis, paenitentia placaris: preces populi tui supplicantis propitius respice; et flagella tuae iracundiae, quae pro peccatis nostris meremur, averte.

Omnipotens sempiterne Deus, miserere famulo tuo Pontifici nostro Benedicto, et dirige eum secundum tuam clementiam in viam salutis aeternae: ut, te donante, tibi placita cupiat, et tota virtute perficiat.

Deus, a quo sancta desideria, recta consilia, et iusta sunt opera: da servis tuis illam, quam mundus dare non potest, pacem; ut et corda nostra mandatis tuis dedita, et, hostium sublata formidine, tempora sint tua protectione tranquilla.

Ure igne Sancti Spiritus renes nostros et cor nostrum, Domine: ut tibi casto corpore serviamus, et mundo corde placeamus.

Actiones nostras, quaesumus, Domine, aspirando praeveni et adiuvando prosequere: ut cuncta oratio et operatio a te semper incipiat et per te coepta finiatur.

Omnipotens sempiterne Deus, qui vivorum dominaris simul et mortuorum, omniumque misereris, quos tuos fide et opere futuros esse praenoscis: te supplices exoramus; ut pro quibus effundere preces decrevimus, quosque vel praesens saeculum adhuc in carne retinet vel futurum iam exutos corpore suscepit, intercedentibus omnibus Sanctis tuis, pietatis tuae clementia, omnium delictorum suorum veniam consequantur. Per Dominum nostrum Iesum Christum.

V. Dominus vobiscum.
R. Et cum spiritu tuo.
V. Exaudiat nos omnipotens et misericors Dominus.
R. Amen.
V. Et fidelium animae per misericordiam Dei requiescant in pace.
R. Amen.



EL COSTUMBRARIO TRADICIONAL CATÓLICO
DESEA A SUS LECTORES UN FELIZ AÑO 2010,
LLENO DE GRACIAS Y BENDICIONES
Y AUMENTO DE FE, ESPERANZA Y CARIDAD