sábado, 1 de agosto de 2009

Rosario Sacerdotal: Segundo Misterio Gozoso

Ghirlandaio: La Visitación a Santa Isabel

“En esos Días se levantó María y fue de prisa a una ciudad en la región montañosa de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Elisabet. Aconteció que, cuando Elisabet oyó la salutación de María, la criatura saltó en su vientre. Y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz y dijo: --¡Bendita Tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde se me concede esto, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque he aquí, cuando llegó a mis oídos la voz de tu salutación, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le ha sido dicho de parte del Señor. Y María dijo: - Engrandece mi alma al Señor; y mi Espíritu se alegra en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la bajeza de su sierva. He aquí, pues, desde ahora me tendrán por bienaventurada todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho grandes cosas conmigo. Su nombre es santo, y su misericordia es de generación en generación, para con los que le temen. Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó a los poderosos de sus tronos y levantó a los humildes. A los hambrientos sació de bienes y a los ricos los despidió vacíos. Ayudó a Israel su siervo, para acordarse de la misericordia, tal como habló a nuestros padres; a Abraham y a su descendencia para siempre. Y María se quedó con ella como tres meses, y regresó a su casa. Se cumplió para Elisabet el tiempo de su alumbramiento, y dio a luz un hijo” (Luc I, 39-57).

María, después de la Anunciación, estaba llena del Espíritu Santo. En la Biblia aparece esta divina persona con los rasgos de la juventud impetuosa y emprendedora. Su acción es siempre enérgica y resuelta. Se ve en María, que se levanta y va “cum festinatione” a asistir a su prima Isabel, de la que se ha enterado por el Ángel que está encinta de seis meses. La expresión latina no expresa la fuerza de la palabra griega que usa san Lucas: σπουδῆς (de σπεύδω), que significa ciertamente “con apresuramiento”, pero con un matiz fuerte, que da la idea de vertiginoso. La Virgen tenía un llenazo de Dios que la hacía catapultarse al encuentro de quien la necesitaba. Ése es el efecto de la gracia en las almas dóciles, que se dejan llevar por el Espíritu Santo. No hay que insistir con ellas para que obren, no hay que arrearlas: son resueltas y expeditas. Se vería también en Pentecostés, al descender el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego sobre los Apóstoles: éstos, antes acobardados y temerosos, bajo el influjo divino se vuelven al improviso valientes y briosos y predican abiertamente a Jesucristo desafiando a los sanedritas. Así también, el buen sacerdote, cuya vida espiritual se nutre de la gracia divina, de la inhabitación del Espíritu Santo, no es moroso en el ejercicio de su apostolado, sino que siempre está dispuesto y animado por el llamado “celo sacerdotal”: celo por las cosas de Dios y celo de las almas.

Pero consideremos cómo la Virgen, que marcha con vehemencia al encuentro de su prima para prestarle los auxilios materiales que requiere una mujer encinta (auxilios especiales tratándose de una mujer de cierta edad), es vehículo de una acción del todo insospechada: la santificación del Bautista en el seno de su madre por la proximidad de Aquél de quien sería el precursor. Jesús, apenas concebido en las purísimas entrañas de la doncella nazaretana, ejerce su primer influjo salvífico en una de sus criaturas, borrándole el pecado original sin mediación de ningún sacramento: es lo que se llama la “potestad de excelencia” de Cristo (la misma que sirve para explicar la salvación de los niños que no reciben materialmente el sacramento de la regeneración, según el Padre Royo Marín). María, que lleva al Autor mismo de la gracia consigo, se convierte así en instrumento de la gracia santicante, cumple un papel santificador, por lo cual se la puede considerar, en cierto modo (análoga y no unívocamente), sacerdote. El sacerdote, en efecto, es sacrificador y santificador, es el que da la vida sobrenatural mediante la comunicación de la gracia por participación en el Sacerdocio eterno de Jesucristo. La Santísima Virgen se nos presenta en este hermoso episodio como modelo de sacerdotes.

Pero otra consideración nos lleva a ver cómo su acción principal es la santificación del Bautista; los cuidados a su prima –con ser importantes– pasarán a segundo plano. Lo que nos sugiere que lo importante en el apostolado sacerdotal es primordialmente la santificación de las almas. El apostolado material, la beneficencia, la caridad organizada o, como se suele decir hoy, la promoción humana, viene después. No es poco importante, por supuesto, porque al fin y al cabo hemos de ser juzgados por cómo hemos cumplido con las obras de misericordia; pero lo principal es comunicar a las almas esa vida de la gracia que las hace partícipes del Reino de Dios, que es lo que hay que buscar con preferencia. El sacerdote es ante todo un vehículo de la gracia santificante: ésa es su prioridad. Los misioneros católicos allí donde han llegado lo primero que han hecho ha sido plantar la Cruz y levantar un altar. Después, la fuerza de la caridad ha hecho el resto y ha construido escuelas, hospitales, dispensarios, carreteras, asilos, cementerios, etc. Hay que tener siempre en cuenta esto: el sacerdote debe procurar ante todo y sobre todo la salvación de las almas; ésa es su misión como sacerdote. Todo lo demás se deriva de esta principio; de otro modo, no se distinguiría el ministro de Dios de sun asistente social, un filántropo o un voluntario, ocupaciones dignísimas de reconocimiento y aplauso, pero que no son específicamente sacerdotales.

María, en fin, se nos presenta en la visitación como una mujer de fe, de fe sencilla, profunda y pura; la fe que hace milagros y que mueve montañas. La fe por la que vive el Justo. La fe por la que se agrada a Dios y que granjea la bienaventuranza. Lo dice Isabel: “Bienaventurada tú, que has creído, porque se te cumplirá todo lo que de parte del Señor tienes prometido”. Esta es la fe teologal y la fe fiducial: María en la Anunciación ha creído en las palabras del Ángel, emisario de Dios. Ha creído a Dios y ha creído en Dios. Le cree y se fía de Él totalmente, al punto que se le entrega como esclava. Ésa es la fe que trastoca todas las miras humanas y que nos hace ver las cosas desde la perspectiva divina, tal y como lo expresa gráficamente la Virgen en el hermosísimo canto del Magníficat, en el que prorrumpe con la fuerza de un volcán en erupción, pero en erupción piroclástica, que lo envuelve todo en segundos y todo lo arrasa. Aquí María Santísima, grácil doncella comedida, discreta como una violeta, de pocas palabras y reflexiva, se muestra con un arrebato místico que muestra el llenazo de Espíritu Santo que debía tener. El Magníficat es uno de los más bellos himnos de la Biblia, de ideas claras y contundentes, que vuelan ligeras y certeras como saetas. Compite con ventaja con las mejores creaciones del Antiguo Testamento, con el que la Virgen estaba familiarizada. Es a la vez, fresco, viril y delicado y rezuma amor al Padre Celestial. El sacerdote, como María debe ser hombre de fe y de amor a Dios y su vida entera debe ser un Magníficat constante, que edifique a los demás, como quedó edificada Isabel.


El sacerdote es santificador