sábado, 3 de octubre de 2009

Rosario Sacerdotal: Cuarto Misterio Gozoso



LA PURIFICACIÓN DE NUESTRA SEÑORA
Y LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO EN EL TEMPLO



«Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor”. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el alma a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret» (Luc. II, 22-39).

Consideremos, en primer lugar, cómo Jesús, María y José eran exactos cumplidores de la Ley de Moisés y de los ritos establecidos por ella. El Hijo de Dios hecho hombre, Autor de la Ley, estaba por encima de la Ley. La Santísima Virgen no necesitaba purificarse, siendo Ella toda limpia y hermosa, Virgen Inmaculada y Madre virgen, cuya integridad no sufrió menoscabo ni antes ni durante ni después de su divino parto. Sin embargo, ambos se someten a lo establecido por la religión judaica. El Niño Jesús es presentado en el Templo, ofrecido a Dios como primicia (como primogénito) mediante una ofrenda de substitución consistente en dos tórtolas o pichones. Primera reflexión para el sacerdote: debe ser cumplidor escrupuloso de la Ley de Dios y de los Preceptos de la Iglesia y muy respetuoso de las ceremonias sagradas. A veces, los propios sacerdotes, que deberían amar su oficio de liturgos, son los primeros en no dar importancia a las reglas que rigen el culto divino. Deberían en cambio tomar ejemplo de los grandes amigos de Dios, como Santa Teresa, que decía que daría la vida por la menor de las rúbricas.

Otro pensamiento inspirado en este misterio es que, mediante la ordenación, el sacerdote es separado, segregado, apartado para Dios y su santo servicio. Como Jesús, debe presentarse en el Templo y ofrecerse al Señor como primicia, en calidad de primogénito espiritual de los hombres, puesto para interceder entre éstos y su Creador. El sacerdote no es un hombre como todos; es un hombre-sacerdote, con un plus ontológico que le viene precisamente de su consagración a Dios por el carácter indeleble que en él imprime el orden sagrado. Este sacramento produce en él una gracia peculiar que se llama “unitiva”, porque le une de un modo especialísimo a Cristo, en cuya persona actúa cada vez que celebra la Santa Misa y dispensa la gracia. No es casual que el 2 de febrero, cuando se celebra la Presentación, sea el día escogido generalmente para la entrada en la clericatura en muchos institutos apostólicos y religiosos. Pero para poder ofrecerse a Dios y consagrarse a Él, el sacerdote debe purificarse y para ser ofrenda agradable como las dos palomas de las que habla el texto evangélico y que simbolizan la sencillez, la pureza, la mansedumbre, virtudes que deben adornar a todo consagrado. Aún más, debe tomar como ejemplo a la Virgen Inmaculada, la hermosísima Paloma en la que se complace la Trinidad.

El sacerdote es, como Jesucristo, “signo de contradicción”. No puede ser de otra manera: no es mayor el discípulo que el maestro, y si al Hijo de Dios lo persiguieron, también lo harán con los suyos. Cristo es incómodo con su mensaje y con la predicación del Reino de Dios, que va contracorriente de las expectativas e ideales del mundo. Hoy la Iglesia es también incómoda en una sociedad cada vez más alejada de Dios, más escéptica, más laxa y permisiva, más relativista. Los sacerdotes, en consecuencia, son también incómodos, porque su sola presencia es una afirmación de los valores de la religión sobre los ilusorios valores mundanos, políticamente correctos pero tan alejados de la Ley de Dios. Sobre todo, si se presentan como signos visibles, como símbolos vivientes y estandartes de la fe católica. Por eso es importante que de algún modo se distingan del resto, mediante el traje eclesiástico, llevado sin vanidad pero con dignidad y que denota su consagración y los hace reconocibles a todos. Deben ser luz para iluminación de las gentes. No deben esconderse bajo el celemín, sino alumbrar para que todos puedan alcanzar la salvación. El ejemplo del sacerdote es tanto más importante cuanto que de él muchas veces puede depender “el triunfo y caída de muchos”. Un sacerdote que es causa de escándalo por su mal ejemplo es una desgracia para la Iglesia, aunque su ministerio sea perfectamente válido.

Las figuras de Simeón y Ana, profetas y heraldos de Jesucristo, son también un modelo para los sacerdotes. Como Simeón, debe estar siempre vigilante y anhelar la llegada del Señor: la espiritual cada día con la Santa Misa, que debe preparar con gran devoción, y la escatológica, estando siempre bien dispuesto para su encuentro con Dios en la hora de la muerte. Como la profetisa Ana, debe ser un entusiasta predicador de Jesucristo, que hable de Él a todos para que le conozcan y se salven por su gracia. También como esta venerable anciana, debe ser una persona apegada a su iglesia, al sagrario y ser hombre de penitencia y de oración. Porque la penitencia y la oración son el alma de todo apostolado.

El sacerdote: hombre consagrado a Dios