sábado, 10 de octubre de 2009

Rosario Sacerdotal: Quinto Misterio Gozoso



EL NIÑO HALLADO EN EL TEMPLO
EN MEDIO DE LOS DOCTORES





“Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando." El les dijo: "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Luc. II, 42-52).

Tres enseñanzas podemos sacar de la consideración de este misterio. La primera es la del sacerdote como hombre versado en las cosas de Dios. El Niño Jesús con doce años va al Templo y se queda discutiendo con los doctores de la Ley, escuchándoles y preguntándoles, pero también respondiéndoles. Así también el sacerdote debe escuchar a los Padres y a los Doctores de la Iglesia, al Magisterio de los que tienen la misión de enseñar (que son el Papa y los Obispos), inquirir en los escritos de aquéllos y en los documentos de éstos, que constituyen el criterio seguro de la buena doctrina, investigar y ser capaz, asimismo, de responder y dar razón de la fe católica. Observemos cómo Jesús se muestra respetuoso de la Tradición judaica. Conoce la Ley y los Profetas, se interesa por la interpretación de sus especialistas y da su propia visión de las cosas, causando la admiración de sus oyentes. De modo semejante, el sacerdote debe ser un hombre imbuido de la Ley de Dios y de la doctrina católica, interesado en conocerla y en exponerla, pues ése es su cometido como colaborador del obispo en su potestad y misión de enseñar. No puede enseñar algo que no conoce; de ahí la suma importancia de su preparación y de su permanente disposición a profundizar en el magisterio de la Santa Madre Iglesia.

La segunda enseñanza se refiere al sacerdote como hombre de la casa de Dios. Su ordenación le vincula al altar al hacer de él un sacrificador, que actúa in persona Christi, renovando el sacrificio salvífico del Calvario incruentamente cada vez que dice la Misa. El altar es el centro de la iglesia, adonde los fieles van para nutrirse de la Palabra de Dios y de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. También acuden a ella para reconciliarse con Dios y recibir su gracia a través de los demás sacramentos, que reciben del sacerdote como santificador. Así pues, el sacerdote, como sacrificador y santificador, es un hombre de iglesia: su sitio está allí, en la casa de Dios, cuyo celo debe consumirle. Al Niño Jesús le buscaron por todas partes, menos en el lugar que era más obvio: el Templo. Con esto se nos quiere significar que el lugar natural del sacerdote es su iglesia. Allí es donde debe buscársele y encontrársele de ordinario. Debe, además, huir de todo otro lugar que desdiga de su dignidad y de su estado. Da pena ver cómo, a veces, los ministros de Dios huyen del lugar sagrado para frecuentar sitios profanos en los que ni los seglares se hallarían sin sonrojo. Siendo hombre de Dios y de iglesia, siendo un asumido, un segregado de entre los hombres, el consagrado debe vivir principalmente en función del orden sobrenatural que está llamado a difundir mediante su ministerio. Los fieles deben poder encontrar siempre disponible a su sacerdote cuando lo buscan. Y deberían poder hallarlo en la casa de su Padre.

En fin, llegamos a la consideración del sacerdote como devoto de María y José, a semejanza de Jesús, que les estaba sujeto. La devoción mariana es la piedra de toque del genuino catolicismo. Si esto es así respecto de todo fiel lo es a fortiori referido a los sacerdotes, de los cuales María es un modelo. Si Ella no está investida de poderes sacerdotales, sí que cumplió una función que puede llamarse por analogía “sacerdotal”, puesto que hizo presente a Jesús por obra del Espíritu Santo y fue el vehículo de la santificación del Bautista (prefiguración de la gracia sacramental), obra de Jesucristo a través de sus sacerdotes. Por eso éstos deben tomar siempre como ejemplo: en su pureza, su virginidad, su obediencia, su atención a la Palabra de Dios, su espíritu de meditación, su discreción, su atención a las necesidades del prójimo, su entrega incondicional a la voluntad divina. San José es también un modelo para los consagrados: en su castidad, en su obediencia, en su disponibilidad para con Dios, en su celo providente por la Sagrada Familia, en su laboriosidad, en su rectitud. Fue él el custodio del gran misterio de la Encarnación, misterio que tiene relación directa con el de la Eucaristía, pues si por el primero Dios se hizo hombre y apareció en el mundo, por el segundo Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, se hace hostia y se queda realmente presente entre nosotros como nutrimento. El sacerdote es, pues, el custodio del misterio de la Eucaristía y, como tal, émulo de San José, el varón justo, cuyo papel en la economía de salvación está insinuado en la historia bíblica del patriarca José, que llegó a ser virrey de Faraón, rey de Egipto. San José tiene un ascendiente insospechado por su posición privilegiada, que lo hace entrar de cierto modo en el orden hipostático, al ser la Sagrada Familia trasunto de la Familia Trinitaria. De todo esto se deduce lo recomendable de que todo sacerdote viva, como el Niño Jesús, sujeto a María y José, obedeciéndoles y honrándoles en la presencia de Dios.

El sacerdote: hombre de la casa de Dios