lunes, 8 de marzo de 2010

Fervorines para la elevación de las sagradas especies durante la Misa



Missa alter Calvarius


La elevación mayor, es decir, el momento en el que tanto la hostia consagrada como el cáliz bendito son alzados por el sacerdote a la vista de los fieles, es el punto culminante en el que la participación de éstos en la Santa Misa se hace más actuosa y patente: es entonces cuando, verificándose el sublime instante de la transubstanciación, se puede uno unir a la oblación del sacrificio que está realizando el celebrante. Aunque el sacrificio histórico del Calvario ya está cumplido, aquí se reproduce de forma real y mística la separación del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, mediante la doble consagración. Es entonces cuando sobre nuestros altares vuelve a inmolarse la Divina Víctima en unicidad y continuidad misteriosa con su Pasión y Muerte sobre la Cruz. El Verbo Encarnado se hace presente en su Divinidad y Humanidad. Es el momento de adorarlo, como hacen los ángeles en el cielo, que caen de hinojos y rostro en tierra ante su acatamiento. Aquí es donde podemos profesar nuestra fe católica, la fe eucarística, que es fe en la realidad del sacrificio y en la Presencia Real. Y esta fe nos lleva al acto natural y lógico de la adoración, por el cual reconocemos la suprema excelencia de Dios Padre en Jesucristo por el Espíritu Santo y nuestra absoluta dependencia de su divina Providencia y de su Misericordia.

Para mejor captar el significado y el sentido de la elevación en la Santa Misa, hemos creído muy conveniente reproducir la magnífica exposición que Dom Gregori Maria como parte de su inapreciable estudio histórico-litúrgico del sacrificio eucarístico:

“… ya desde fines del siglo XI los intelectuales habían empezado a prestar más atención a la teología de la presencia real de Cristo en el sacramento, complementándola con la afirmación de que en cada una de las dos especies está Cristo totalmente. Así, se decide la Iglesia a dar la comunión bajo la sola especie de pan. La herejía de Berengario de Tours (m. 1088) había motivado esa mayor profundización en el problema de la presencia real.

"Desacostumbrados desde hacía siglos a la comunión frecuente por un respeto exagerado al sacramento, el nuevo movimiento eucarístico no siguió este cauce, sino que abrió nuevas sendas, más fáciles y que mejor encajaban con su modo de pensar. Aumentan las muestras de reverencia, como son los lavatorios de manos y las abluciones del cáliz; algunos sacerdotes empiezan a juntar los dedos en señal de respeto después de haber tocado en la consagración el cuerpo de Cristo bajo la especie de pan. No importaba que el gran liturgista Bertoldo de Constanza se levantase contra esa innovación
(Micrologus, c 16 PL 151, 987); fue ganando terreno y Durando en su Rationale litúrgico (libro IV) la exige como cosa normal después de la consagración.

"En el pueblo la mayor veneración de la eucaristía tomó otras modalidades. Siempre había podido contemplar en ciertos instantes, aunque brevemente y a distancia, las sagradas especies. Ahora quería verlas de cerca y por más espacio. Consciente de su indignidad, no aspiraba a ver, como los santos, en la sagrada forma al mismo Cristo con su figura real. Pero sí a verlo velado en la contemplación y adoración de las especies sacramentales ya consagradas. Por eso el obispo Odón de París dispuso a principios del siglo XIII que los sacerdotes antes de consagrar levantasen la forma a la altura del pecho pero que después de la consagración la levantases a una altura conveniente para que todos la pudiesen adorar cómodamente
(Precepta Synodalia, c.28: Mansi, XXIII,682). Es la primera noticia segura sobre la elevación, pero parece probable que las mismas causas dieran lugar en otras regiones, aún antes, a semejantes disposiciones.

"Con esto la elevación oblativa de antes de la consagración se redujo notablemente, tomando en cambio la elevación mayor con el tiempo la absoluta primacía. Idea del fervor por contemplar la sagrada forma nos la dan las noticias de procesos ante los tribunales, en que se disputaban los sitios de la iglesia desde donde mejor se pudiera ver la forma, o el hecho de que los excomulgados que no podían entrar en la iglesia, abrieran boquetes en los muros que daban al altar mayor para no verse privados de la elevación. Hubo casos en que ofrecían al sacerdote una limosna para que tuviese más tiempo elevada la forma; e incluso se podían oír en el templo durante la elevación voces rogando no acabara la elevación. Mucha gente se contentaba con haber visto la forma al alzar. En muchas iglesias como no era fácil ver la forma sobre los colores del fondo del retablo, para que se recortara mejor corrían un velo negro entre el altar y el retablo y, en las misas tempranas, encendían una vela que levantaban detrás de la hostia.

"Este movimiento llevó a establecer la fiesta del Corpus y la costumbre de la exposición mayor. Fue el siglo en que con motivo de los delitos contra la Sagrada Forma estallaron tanto en España como en Alemania las sangrientas persecuciones contra los judíos.

"Por varios siglos este deseo de ver la Sagrada Forma influyó fervorosamente en la espiritualidad de Occidente. A fines de la Edad Media hacía el siglo XV se entibian estas ansias pues se había introducido otra espiritualidad que impuso la costumbre de inclinar la cabeza en señal de veneración. Este hábito degeneró en frialdad creciente al extremo que el papa San Pío X, para reavivar la antigua costumbre juzgó conveniente conceder una indulgencia especial si al alzar se miraba la Sagrada Forma y se rezaba la jaculatoria “Señor mío y Dios mío”.

"La elevación influyó en el corte de la casulla. Hasta entonces nunca se había elevado la forma tan alto ni se prolongaba tanto tiempo. Por eso no estorbaba la casulla, que cubría entonces los brazos hasta la mano. Cuando ahora el sacerdote levantaba los brazos casi verticalmente, la casulla estorbaba notablemente este movimiento. Se dieron pues, disposiciones para que el diácono facilitase el gesto al celebrante elevando la casulla; disposiciones que pasaron a las rúbricas de la misa. Sin embargo, dada la forma de entonces en la casulla, poco aliviaba la ayuda del diácono (cuando lo había) De ahí que empezaran a recortar la parte que cubría los brazos hasta hacerla desaparecer totalmente. Con retoques y modificaciones continuas en su ornamentación la casulla llegó a perder su carácter de prenda de vestir, adaptada al cuerpo, para convertirse en dos piezas rígidas unidas entre sí por encima de los hombros.

"Ya en la década de los 50 en todo el mundo católico se notó un fuerte movimiento para volver a la forma antigua, que con poca razón se ha llamado “gótica” ya que no es más que la antigua
paenula romana, conocida ya en el culto estacional y que adquirió posteriormente el nombre de “planeta”. La forma ovalada, casi puntiaguda, que se dio en aquellos años 50 a las primeras casullas en ese retorno a la tradición, se debió a la ignorancia de la forma primitiva que fue tan redonda en ambos extremos como la casulla recortada de la época renascimental y bárroca de los últimos siglos.

"Hay que apostillar que la elevación del cáliz no se introdujo cuando la de la forma. Era natural, pues aún levantando en alto el cáliz, no se veía el sanguis. Se comprende, sin embargo, la tendencia a uniformar las ceremonias de ambas consagraciones.

"Hacia el año 1201 encontramos un testimonio documental del toque de campanilla. Coincide su aparición cronológicamente con el de la elevación mayor, a la que debía acompañar. Se considera como una señal y una invitación para venerar el sacramento. La misma finalidad tenía desde finales del siglo XIII el toque de una de las campanas de la torre, para que los que estuvieran ocupados en las faenas del campo pudieran recogerse por un momento, dirigir su mirada respetuosamente hacia la iglesia y adorar a Cristo, que acababa de bajar de los cielos a la tierra.

"Por otra parte, el poder mirar la Sagrada Forma explica también por qué en la Edad Media en vez de la profunda inclinación durante la consagración o el canon, que mantuvieron las iglesias orientales, los fieles se pusieran de rodillas. No cuajó esta nueva costumbre sin alguna resistencia por parte del clero, sobre todo de los canónigos, que por ejemplo en Chartres, mantuvieron la postura antigua hasta el siglo XVIII.

"Otras formas de demostrar la veneración a la eucaristía era extender los brazos en cruz o levantar por lo menos las manos. La genuflexión simple con una sola rodilla y por un momento, aparece por vez primera mencionada en Enrique de Hesse (m. 1397) como costumbre de algunos sacerdotes piadosos. El Misal Romano no la prescribe hasta el año 1498 y fue el Misal de San Pío V quien la universalizó.

"Fue en esta época, entre los siglos XV y XVI, cuando aparecen en los documentos de fundaciones piadosas algunas estipulaciones sobre el canto en el momento de la elevación de himnos como el
O salutaris hostia y el Ave verum o de la oración O sacrum convivium.

"El mismo significado de ceremonia de saludo tenía el presentarse en el presbiterio inmediatamente antes de la consagración ( al canto del
Benedictus del Santo) algunos acólitos con velas encendidas y un turiferario. Esta última costumbre arraigó y logró imponerse generalmente.

"Sin embargo en lo que se refiere a los cantos, podemos afirmar que se los encuentra con preferencia en los países latinos, mientras que en los germánicos querían más bien el silencio. Las decisiones de la Sagrada Congregación de Ritos favoreció generalmente la tendencia el silencio, prohibiendo los cantos aunque permitiendo que se toque el órgano al alzar pero no más allá, como testarudamente aún se hace en algunos sitios contraviniendo la norma litúrgica de antes y de después del Concilio…

"No hay que tener miedo al silencio litúrgico, que debe ocupar un espacio importante en la celebración”.

Así pues: dos actitudes parecen deducirse de la consideración de cuanto antecede: adoración y silencio sacro. Cosas ambas que se resumen en aquella frase ascética que se nos inculcaba antes (quizás sin explicarnos como era deseable su sentido más profundo): “Tú, alma mía, adora y calla”. Hoy desgraciadamente, parece que lo que prima es lo festivo, lo convivial, lo comunitario, que obnubila el aspecto más importante de la Misa cual es el sacrificial y el de culto latréutico y propiciatorio. Por eso en las misas modernas no hay silencio adoratorio; ni siquiera, en muchos sitios, hay la disposición para ello, pues faltan los reclinatorios o se disuade a los fieles de arrodillarse no ya en el canon, pero ni siquiera en el momento cumbre de la doble consagración. Lo cual es triste y deplorable. ¿Por qué es importante el acto exterior de adoración? Porque su repetición crea un hábito que dispone mejor a la adoración interior y ésta se expresa mejor mediante dicho acto exterior. Siendo nuestra naturaleza mixta, formada de alma y de cuerpo, que no pueden disociarse, de modo semejante, las disposiciones del alma deben expresarse a través de la gestualidad corporal.

Como modo práctico de participar en el sacrificio de la Misa en el mismo momento de la real y mística inmolación de Jesucristo Víctima sobre el altar por manos del celebrante, uniéndonos a esta acción del sacerdocio ministerial podemos ejercer nuestro sacerdocio común adorando las especies consagradas con lo que se ha llamado “fervorines”, es decir jaculatorias o breves preces en las que se manifiesta la fe eucarística de la Iglesia y el culto latréutico del que son acreedores el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, Cuerpo y Sangre, que se formaron íntegramente del Cuerpo y Sangre de la Santísima Virgen por obra y gracia del Espíritu Santo, no lo olvidemos. En el mismo instante de la consagración, se vuelve a realizar, por así decirlo, el gran misterio de la Encarnación. El “Fiat” de María hizo real y carnalmente presente al Hijo de Dios, de modo análogo a como las palabra del sacerdote lo hacen presente sacramentalmente sobre el altar de la Misa. Nuestra Señora, la Madre de Dios, es el mejor ejemplo de fe y de adoración. Creyó al ángel de la anunciación y se realizó el milagro de la Encarnación del Verbo, que ella fue la primera en adorar amorosamente. Por eso, en estos fervorines que proponemos está presente la Santísima Virgen, “causa nostrae laetitae”, causa de nuestra alegría, que es Dios, pues Él “laetificat iuventutem meam”.


Fervorín para la elevación de la Sagrada Hostia


¡Señor mío y Dios mío!

¡Mi Dios y mi todo!

Salve, Cuerpo sacratísimo de mi Señor Jesucristo, formado de la purísima substancia de la Virgen María, inmolado sobre el ara de la Cruz y ahora sobre este altar: os adoro y os pido que seáis prenda de nuestra eterna salvación.


Fervorín para la elevación del Cáliz bendito


¡Señor mío y Dios mío!

¡Mi Dios y mi todo!

Salve, Sangre preciosísima de mi Señor Jesucristo, formada de la purísima substancia de la Virgen María, derramada sobre el ara de la Cruz y ahora sobre este altar: os adoro y os pido que bañéis nuestras almas en la efusión de vuestra santa gracia.

Estos fervorines están inspirados en el Apóstol Santo Tomás, en San Francisco de Asís y en el P. Alcañiz. Esperamos que sean del agrado y para utilidad de nuestros amables lectores.

Adoremus cum Maria