sábado, 4 de julio de 2009

Rosario sacerdotal: Primer Misterio Gozoso




"Yo no sé si ya sabes acerca de la devoción reparadora de los cinco primeros Sábados al Inmaculado Corazón de María. Como todavía esta reciente, me gustaría inspirarte a practicarla, porque es pedida por Nuestra querida Madre Celestial y Jesús ha manifestado un deseo de que sea practicada. También me parece que serias muy afortunada querida madrina, no solo de saberla y de darle a Jesús la consolación de practicarla, pero también de hacerla conocida y abrazada por muchas otras personas.

"Consiste de esto: Durante cinco meses en los Primeros Sábados, recibir a Jesús en la Sagrada Comunión, recitar un Rosario, mantener quince minutos de compañía a la Virgen mientras se meditan los misterios del Rosario, y hacer una confesión. La confesión se puede hacer unos pocos días antes, y si en esta confesión previa tu haz olvidado la intención (requerida), la siguiente intención se puede ofrecer, siempre y cuando en el Primer Sábado uno reciba la Sagrada Comunión en estado de Gracia, con la intención de hacer reparación por las ofensas en contra de la Santísima Virgen y las cuales afligen Su Inmaculado Corazón" (Carta de Sor Lucía dos Santos a doña María Miranda, su madrina).

Desde este Primer Sábado de mes, dedicado a honrar al Inmaculado Corazón de María, y cumpliendo con lo pedido por Ella como uno de los medios de santificarlo (a saber la meditación durante al menos quince minutos de alguno de los misterios del Santo Rosario), comenzamos a publicar unas meditaciones muy aptas para el Año Sacerdotal que acaba de comenzar, siguiendo las cuatro series de misterios: gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. Las iremos poniendo cada Primer Sábado de Mes y todos los sábados de octubre (Mes del Rosario) y mayo (Mes de María) próximos. Empezamos hoy con el primer misterio gozoso:



LA ENCARNACIÓN DEL VERBO

LA VOCACIÓN

La Anunciación (Leonardo)


Y al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón, que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado el ángel a donde estaba, dijo: "Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres". Y cuando ella esto oyó, se turbó con las palabras de él, y pensaba, qué salutación fuese ésta. Y el ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. He aquí, concebirás en tu seno, y parirás un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre; y reinará en la casa de Jacob por siempre, y no tendrá fin su reino". Y dijo María al ángel: "¿Cómo será esto, porque no conozco varón?" Y respondiendo el ángel, le dijo: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te hará sombra la virtud del Altísimo. Y por eso lo santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios. Y he aquí Elisabeth tu parienta, también ella ha concebido un hijo en su vejez; y este es el sexto mes a ella, que es llamada la estéril; porque no hay cosa alguna imposible para Dios". Y dijo María: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Y se retiró el ángel de ella. (San Lucas I, 26-38).


MEDITACIÓN

En este episodio de los Santos Evangelios se nos narra la vocación de María. Dios envía su ángel a la dulce Virgen de Nazaret con el objeto revelarle que es Ella la escogida para contribuir decisivamente a la obra trascendental de la Redención mediante la maternidad divina. Desde toda la eternidad el Padre celestial se había reservado del género humano dos personas para llevar a cabo sus arcanos designios de divinización de la creación: Jesús y María y los preparó con ese propósito. A Jesús, nacido de mujer e hijo de David secundum carnem, lo tenía destinado para que se uniese a Él hipostáticamente la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. María era la mujer en cuyo seno virginal y purísimo debía producirse ese milagro del que resultaría Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, el Cordero inmaculado nacido de la Cordera inmaculada. Dios Padre tenía sus planes, pero quiso someterlos a la decisión libérrima de María. La economía de la salvación, en este sentido, dependió de Ella. María estaba predestinada ciertamente, pero fue llamada por Dios para que su colaboración en la obra redentora fuera plenamente asumida, como fruto de un asentimiento deliberado.

Analicemos el texto de la Sagrada Escritura para comprender lo que debió ser para María el llamado de la vocación. San Gabriel comienza con un saludo que produce turbación en María. Algunos comentaristas creen que se debió al pudor virginal ante el ángel que en alguna manera invadía su intimidad, pero no parece que sea este el motivo, ya que el evangelista dice que Ella se turbó por las palabras del ángel, no por el ángel mismo, y se quedó meditando en su significado. Además, María era como una niña pequeña, sin malicia alguna, y no es pensable que pudiera albergar sospechas de tipo escabroso. ¿Qué fue, pues, lo que le dijo el mensajero de Dios que la turbó? Primero la saluda, luego la halaga diciéndole que es “graciosísima hasta el colmo” (según interpretación del Padre Alcañiz) y a continuación le dice: “El Señor está contigo”. Esta última frase tuvo que poner en alerta a la Virgen, que conocía perfectamente la Sagrada Escritura (como quedará probado por el Magníficat, de un precioso estilo davídico, que revela un alma familiarizada con la Biblia). Cada vez que el Señor confiaba una misión ardua a sus siervos en el Antiguo Testamento les decía: “No temas, Yo estaré contigo”. Así pues, al oír las palabras del ángel, María no pudo por menos de preguntarse: “¿Qué querrá Dios de mí, que me manda decir que está conmigo?”.

El ángel le aclara cuál es la misión que Dios le confía y para la que la llama. No lo hace con gran profusión de palabras ni con circunloquios, sino con frases certeras y directas, como saetas: “no temas”, “vas a concebir y dar a luz un hijo”, “que será el Hijo del Altísimo”, “reinará para siempre”. Con un rápido trazo le ha descrito el plan mesiánico de Dios, proyectándolo directamente a los Últimos Tiempos y el Reino (cuando se restauren todas las cosas en Cristo). Pero, ¿dónde está lo arduo? No se habla aquí de la Pasión ni del sufrimiento del Siervo de Dios. Nuevamente debemos buscar la explicación en el conocimiento que de la Palabra de Dios debía tener la Virgen, que los Evangelios nos presentan como un alma dada a la meditación. De hecho en la iconografía tradicional de la Anunciación siempre se la representa ante el libro abierto de la Sagrada Escritura. Ella a buen seguro que conocía la Ley y los Profetas, como buena israelita que era, pero además, al haber sido educada en el Templo ese conocimiento tenía que ser profundo. Por lo tanto, es claro que sabía lo que implicaba ser la Madre del Mesías, que reinaría para siempre, sí, pero que primero debía ser “varón de dolores”.

La Virgen cree al ángel y está dispuesta a plegarse a la voluntad de Dios, pero surge una dificultad, natural después de todo: ¿cómo se realizará lo que me dices, si no tengo las relaciones por las que se verifica naturalmente la concepción de un ser humano? Aquí, por cierto, hay un argumento a favor del dogma de la perpetua virginidad de María. Se ve por lo que dice San Lucas que Ella había hecho voto de virginidad perpetua; si no, la objeción no tendría sentido. El ángel podría haberle respondido: “no conoces varón ahora, pero lo conocerás; ¿cuál es el problema?” En cambio le responde con la revelación del modo divino mediante el que concebirá: por la virtud del Espíritu Santo y en prueba de que este prodigio no es impensable le cuenta que su prima Isabel va a ser madre a pesar de ser una mujer anciana (es decir, que ya habría pasado el climaterio). En este punto la Virgen, confiando completamente en el Señor, da su asentimiento, y lo hace substituyendo la voluntad de Dios a la suya, declarándose su esclava, es decir, entregando su libertad. María desde este momento ya no se posee; es posesión de Dios y ahora Él puede llevar tranquilamente a cabo sus planes, gracias a la libre docilidad y entrega de Sí misma de esta criatura suya, en la que depositó una confianza que no ha sido defraudada.

Encontramos en la Anunciación los elementos principales de lo que es la vocación sacerdotal. María ciertamente no es sacerdote en el sentido estricto del término, o sea “el que ofrece sacrificios a Dios”. Pero sí lo es en un doble sentido: por medio de su aceptación de la Divina Maternidad hace presente a Dios entre los hombres (cosa que es también competencia sacerdotal) y prepara la Víctima del gran sacrificio, del sacrificio por antonomasia, proporcionando al Verbo al hombre que con Él se va a unir hipostáticamente. En la Epístola a los Hebreos se leen estas palabras atribuidas a Jesucristo al tomar carne humana: “Me has dado un cuerpo: aquí estoy para hacer tu voluntad”. Es curiosa la coincidencia de disposición en María y en Cristo: “hágase en mí según tu palabra”, “aquí estoy para hacer tu voluntad”. En el mismo instante de la Encarnación. Dios Padre da al Verbo un cuerpo para llevar a cabo la obra de la Redención, pero se lo da por medio de la voluntad de María, que se pliega a la de su Creador. Así pues, la Virgen es un magnífico ejemplo de vocación para el sacerdocio y para los sacerdotes (que deben cultivarla hasta el último día de sus vidas terrenales).

¿Qué podemos aprender de Nuestra Señora en cuanto a la vocación? Las disposiciones con las que se ha de recibir: fe, sencillez, confianza, entrega. La Virgen es una mujer de fe profunda. Nos enseña una fe no está hecha de grandes y pomposas manifestaciones, sino que discurre como los ríos caudalosos, tranquilamente y serenamente. Una fe que está anclada en la Palabra de Dios, meditada y hecha vida de modo que la menor sugestión divina nos es reconocible. Una fe vivida, interiorizada, de modo que nuestros actos sean reflejos de ella. María es también una doncella de sencillez arrebatadora. No es engreída, a pesar de ser perfectamente consciente de su condición especialísima (que ha podido intuir a lo largo de su vida, especialmente durante su servicio en el Templo, y a través de sus mociones interiores y ahora le es confirmada por el ángel). No se ensoberbece y toma lo que le viene del Señor con una naturalidad pasmosa, que revela una personalidad sin artificio ni doblez. Esa misma sencillez que el Dios “que resiste a los soberbios” quiere en sus elegidos y exige de ellos. Una sencillez que en nosotros debe provenir de la consciencia de nuestra nada y de nuestra contingencia, de nuestra imperfección y nuestras limitaciones, de nuestras miserias y debilidades, que sabe que todo lo bueno que tenemos se lo debemos a Dios, es pura gratuidad de su munificencia.

Confianza. Nuestra Señora no pone en duda lo que se le anuncia de parte de su Señor, pero hay un obstáculo natural que Ella no sabe cómo se puede superar. San Gabriel le da una explicación sobrenatural y María se fía de lo que le dice. Si Dios lo dice, es que así será. ¡Cuántas veces no oponemos al llamado de Dios nuestras dificultades humanas! Que si mis padres, que si mi hacienda, que si mi situación económica, que si el trabajo, que si la seguridad material… El Evangelio narra un episodio de vocación personal de Cristo a un joven rico que tenía buenas disposiciones. Cuando el Maestro le dice que lo deje todo y lo siga, el muchacho se marcha entristecido “porque tenía muchas posesiones”. No se acababa de fiar de Jesús y prefería la seguridad que le otorgaban sus riquezas. ¡Qué pena de vocación frustrada! Pero pasa cuando se deposita la confianza en cualquier otra cosa que no sea Dios. Falta fe en la Providencia. Los Apóstoles eran hombres pobres y trabajadores en su mayor parte; se jugaban mucho por seguir a Jesús y, sin embargo, creyeron en Él y se fiaron de Él. Cuando se siente el llamado hay que entregarse total y confiadamente. “Me fio de ti; creo en lo que me has mandado decir y acepto”.

La entrega ha de ser total. Hay que abandonarse enteramente a Dios que llama. La Virgen expresó la radicalidad y plenitud de la entrega mediante la figura de la esclavitud: es decir, el dominio de una persona sobre otra, con poder de vida y de muerte, que es como se concebía esta institución en la Antigüedad. Me doy a Ti, Señor, haz de mí lo que se te antoje que mi voluntad es la tuya”. Que se cumpla en mí según tu palabra. En otro episodio evangélico en que se narra una vocación, el que era llamado por Cristo le dice que le espere a que vaya a enterrar a su padre muerto, lo que provoca la respuesta aparentemente dura del Señor: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú sígueme”. Es decir, que los afanes del mundo no nos hagan diferir la decisión de seguir el llamado. No podemos tener el corazón dividido y puesto en otra cosa que no sea Jesucristo. Tenemos que ser como Zaqueo, para quien la vocación fue una total conversión de vida, o como su colega el publicano Leví, que dejó su lucrativo negocio sin pensarlo dos veces y se convirtió en Mateo, el apóstol. En el momento que aceptamos la vocación ya no nos pertenecemos: somos los esclavos del Señor, como María en la Anunciación.


La vocación de Mateo (Caravaggio)