martes, 23 de diciembre de 2008

Costumbres navideñas: la cena de Nochebuena



Antiguamente, el 24 de diciembre, vigilia de Navidad, era uno de los días de ayuno y abstinencia prescritos por la Iglesia como penitencia. En ellos se hacía una sola comida fuerte al día aunque sin carnes, permitiéndose en las horas vespertinas la denominada colación nocturna, consistente en una cena muy frugal para mantener las fuerzas hasta el día siguiente. Pero la Nochebuena tenía una particularidad: después de la misa de del gallo, se volvía a cenar y esta vez sin las restricciones de la víspera (ya que la obligación del ayuno y la abstinencia había cesado desde la medianoche): era lo que se llamó el resopón navideño, que podía consistir desde una chocolatada con bizcochos, pastas, polvorones y otros dulces hasta una verdadera y propia cena de varios servicios, según el apetito y las posibilidades de las familias. Con la relajación de la ley canónica en la mayor parte de los días de penitencia, desapareció la obligación de ayunar y abstenerse también en la vigilia de Navidad. El antiguo resopón posterior a la misa del gallo pasó a reemplazar a la colación nocturna del 24 convertido en la cena de Nochebuena, en la cual se ha hecho tradicional servir pavo como vianda principal, aunque otros se decantan por el lechón o aun por los mariscos (reminiscencia de los tiempos de abstinencia).

Esta cena llega a ser tan opípara que se ha creado toda una gastronomía alrededor. No hay duda de que en muchos hogares constituye ésta una ocasión para reunir a la familia con espíritu cristiano, lo cual es santo y bueno. Pero también es verdad que existe el peligro de los excesos de la gula, que no son precisamente la mejor preparación para recibir al Niño Jesús en la noche bendita de su Natividad. Un estómago repleto y una digestión pesada no son, desde luego, las mejores disposiciones con las que acudir a la misa del gallo, si es que se está en condiciones de salir de casa. Mucho menos lo son para recibir la comunión, por mucho que se haya comido antes de medianoche y legalmente se pueda acercar uno a recibir la sagrada hostia. Por ello sería muy recomendable conservar o volver a la costumbre de la cena de vigilia, aunque no sea tan parca como la antigua colación, pero a base de pescado y en cantidad moderada para poder digerirla bien y estar en condiciones decentes para ir a a la iglesia.

Después de la misa del gallo, la familia podría volverse a reunir para adorar al Niño Jesús en el pesebre de casa, cantando villancicos y felicitándose recíprocamente. Entonces se podría tomar el resopón tradicional –a base de chocolate y pastas– en el que es recomendable no abusar, reservándose para la comida del día, la cual podría tener lugar, para los más devotos, al regreso de la tercera misa de Navidad, que suele ser la misa mayor. Los banquetes no están reñidos con el regocijo cristiano, siempre que se asuman con moderación. En la Sagrada Escritura son muchos los ejemplos de grandes comidas como legítima muestra de alegría: baste pensar en Jesucristo, María y los discípulos en las bodas de Caná; en el banquete mandado preparar por el padre del hijo pródigo para celebrar el regreso de éste; en las veces en las que el Maestro compara el Reino de los Cielos a un convite. Qué duda cabe que el nacimiento de nuestro Salvador es motivo de festejar con júbilo las familias cristianas, pero ha de guardarse, como en todo, la justa medida y en esto, como en muchas otras cosas, es sabia la tradición.