lunes, 8 de diciembre de 2008

¡Viva la Inmaculada Concepción!

Hoy es el gran día de la Inmaculada. Fue fijado el 8 de diciembre tomando como base la fiesta –más antigua– de la Natividad de la Santísima Virgen, que se celebra el 8 de septiembre, en consideración de los nueve meses que estuvo Nuestra Señora en el seno de su madre Santa Ana. Aunque no forma parte de la revelación ni hay obligación de creer en ella, vamos a empezar por contar aquí la historia de cómo fue concebida María tal y como lo cuentan los evangelios apócrifos (que no son escritos necesariamente fantasiosos, sino que pueden contener verdades transmitidas por la tradición oral aunque no cuenten con el aval de autenticidad que la Iglesia otorga a los libros canónicos: aquí, pues, “apócrifo” no significa “falso”, sino simplemente “no canónico”).

Los datos sobre las circunstancias de la concepción de la Virgen están contenidos principalmente en el Protoevangelio de Santiago, datado alrededor del año 150 y del cual dependen el Evangelio del Pseudo-Mateo (siglo VII) y el Libro de la Natividad de María (época de Carlomagno). Este último está incluido íntegramente en la famosa Leyenda Dorada de Jacobo de Vorágine. También la venerable sor María de Jesús de Ágreda en su Mística Ciudad de Dios y la beata Ana Catalina Emmerich en sus viviones (recopiladas por Clemens Brentano) tratan ampliamente del tema. Intentaremos, pues, concordar todas estas fuentes en un único relato.

Así pues, tenemos que por la época de la reconstrucción del segundo Templo de Jerusalén por el rey Herodes el Grande (comenzada el año séptimo u octavo del imperio de Augusto), vivía en Nazaret un matrimonio piadoso y pudiente formado por Joaquín y Ana. Desgraciadamente, la pareja era estéril y los cónyuges se hallaban en una edad tal que no podían ya esperar razonablemente descendencia. A pesar de su posición y de su buena fama, eran mirados con conmiseración y hasta recelo por sus conciudadanos, dado que en Israel la infecundidad matrimonial era vista como un signo de maldición. Además, con mayor motivo en este caso, ya que Joaquín pertenecía a la tribu de Judá y también probablemente Ana (pues, aunque la costumbre había conocido un cierto relajamiento debido a los avatares históricos, se practicaba la endogamia en las tribus de Israel) y la esterilidad en este caso significaba directamente que se negaba a los esposos la gracia de ser vehículo del nacimiento del Mesías, que debía nacer de esa tribu.

Cierto día festivo Joaquín fue a ofrecer su sacrificio al templo como todo el mundo, cuando se vio rechazado por el sumo sacerdote Isacar, el cual, recordándole la escritura que dice “Maldito quien no engendre hijos en Israel”, le reprochó que se presentara él, que no tenía hijos, entre los varones fecundos para presentar su ofrenda y lo echó, conminándole a sacudirse la maldición que sobre él pesaba. Joaquín, confundido y avergonzado, se marchó al campo, entre los pastores que guardaban sus rebaños, para dolerse con Dios en soledad y no queriendo comparecer ante su esposa por no afligirla contándole la pública humillación de la que había sido objeto. Pero Ana tomó la conducta de Joaquín como un rechazo hacia ella y, noticiada de lo que había pasado en el templo por sus vecinos, dirigió al Señor fervientes y doloridas súplicas para que levantara la maldición que pesaba sobre su vientre estéril.

Dios escuchó los ruegos de Ana y envió a su ángel (probablemente Gabriel) a Joaquín, al cual fue anunciado que su esposa concebiría y daría a luz a una niña por la que vendría al mundo el Hijo del Altísimo. Le explicó cómo Sara y Raquel habían sido también estériles y, sin embargo, se cumplieron por ellas las promesas hechas a los patriarcas. También cómo Sansón y Samuel nacieron de madres que habían sido largo tiempo infecundas. Le indicó que debía llamar María a su hija y que corriera al encuentro de su esposa a Jerusalén. A ésta se le apareció el mismo ángel, que le dijo: “Ana, el Señor ha visto tus lágrimas; concebirás y darás a luz, y el fruto de tu seno será bendecido por todo el mundo”, y le ordenó también correr a la ciudad santa para reunirse con su marido. Ambos coincidieron en la Puerta Dorada de la muralla jerosolimitana, bajo la cual se abrazaron tiernamente, llenos de júbilo por el anuncio que les había sido hecho de parte de Dios, a quien dieron rendidas gracias en el templo, regresando más tarde a Nazaret para esperar el cumplimiento de la promesa.

Algunos han sostenido que la concepción de María tuvo lugar milagrosamente a través de un casto beso que se dieron Joaquín y Ana al encontrarse bajo la Puerta Dorada. Otros admiten que entre ellos hubo el lícito y natural concúbito marital, por el cual fue engendrada la que había de ser Madre de Dios. Sea como fuere, lo cierto es que la escena inmortalizada por Giotto en el siglo XIV (Capella degli Scrovegni de Padua) está cargada de un hermoso y rico simbolismo. Jerusalén, la ciudad santa, representa el Paraíso perdido por la primera prevaricación. La Puerta Dorada significa que la entrada al Paraíso sólo puede franquearla la Divinidad, cuyo símbolo es el oro. El encuentro bajo ella de Joaquín y Ana sugiere, en fin, que es por la Virgen por la que nos viene la salvación, pues su divino Hijo es el que nos da el acceso a la Jerusalén celeste.

Pero, ¿en qué consiste la Inmaculada Concepción? Existen ideas erróneas sobre este misterio, desgraciadamente cada vez más extendidas por la creciente ignorancia religiosa. Unos piensan que se trata de que la Virgen fue concebida virginalmente; otros confunden esta prerrogativa con el parto virginal de Jesucristo, y así por el estilo. En realidad, la Inmaculada Concepción se refiere a que María estuvo exenta del pecado original, escapando así, por puro privilegio divino a la común y dañosa herencia de nuestros primeros padres. Y ello desde el instante mismo de su concepción, de manera que en ningún momento estuvo bajo el dominio de Satanás, sino que fue engendrada en estado de inocencia original, de santidad innata. Tal como después Ella concebiría la persona humana de Jesús, unida substancialmente al Verbo de Dios.

San Juan Bautista nació sí en estado de inocencia, pero había sido concebido con el pecado original, que le fue borrado estando en el vientre de su madre encinta de seis meses gracias a la visita de la Virgen. Consta por el Antiguo Testamento que el profeta Jeremías ya había sido presantificado en el seno materno. Y puede suponerse con fundamento lo mismo de San José, tan cercano al misterio de la encarnación del Hijo de Dios, que puede decirse que en cierta forma está incluido dentro del orden hipostático. Sin embargo, presantificación no es lo mismo que concepción inmaculada. La Virgen María no necesitó santificación alguna porque nació toda pura y toda santa: tota pulchra.

Hasta la definición dogmática de esta verdad, disputaron los doctores, dividiéndose en maculistas e inmaculistas, es decir, partidarios respectivamente de la no exención del pecado original y del privilegio de la purísima concepción. Los dominicos defendieron la primera opinión, mientras los franciscanos se decantaron por la segunda. Entre estos últimos descolló el Doctor Sutil, el beato Juan Duns Escoto, el cual inmortalizó la famosa fórmula “Potuit , decuit, ergo fecit”, que viene a decir que Dios tenía poder para hacer inmaculada a María, convenía que así fuese; por lo tanto, así lo hizo. Sin embargo, la discusión teológica era más académica que otra cosa, porque en el pueblo fiel siempre se tendió a creer en la total exención del pecado.

España se distinguió en todo tiempo en la defensa y propagación de la creencia en la Inmaculada Concepción. Sus reyes no sólo la pusieron bajo el patronazgo de esta advocación, sino que pidieron en numerosas ocasiones a los Papas que definieran el dogma. Éstos concedieron especial misa y oficio de este misterio al Reino y a todos sus dominios, al mismo tiempo que el privilegio de usar ornamentos azules en la fiesta y durante su octava y en las misas votivas. Los españoles se saludaban mediante la confesión de la fe en la prerrogativa mariana, diciendo: “Ave María Purísima”, a lo que el interlocutor debía responder ratificando: “Sin pecado concebida”. En defensa de esta convicción se llegaba incluso hasta al desafío. Cuéntase que un hidalgo fijó en el umbral de su morada un cartel en el que se leía esta terminante redondilla:

Nadie cruce este portal
Que no jure por su vida
Ser concebida María
Sin pecado original.

No es casual el que delante de la sede de la embajada de España ante la Santa Sede en Roma se levante una columna monumental coronada por la imagen de María Inmaculada, ante la cual el Papa depone una ofrenda floral y se detiene en oración cada 8 de diciembre, como hoy. Este día el edificio de nuestra representación diplomática aparece iluminado como para las grandes recepciones y sus ventanas adornadas con tapices en señal de homenaje a la patrona del Reino.

Como se sabe, el beato Pío IX definió el dogma solemnemente el 8 de diciembre de 1854, en presencia de 43 cardenales, 54 arzobispos y 92 obispos. Lo hizo mediante la bula Ineffabilis Deus. El Papa había pedido el parecer episcopal, recabando un consenso prácticamente unánime a favor de la definición. Un obispo de Hispanoamérica respondió con estas hermosas palabras, que reporta el franciscano P. Pascual Rambla: “Los americanos, con la fe católica, hemos recibido la creencia en la preservación de María”. Y como si el Cielo quisiera rubricar el acto papal, la misma Santísima Virgen se apareció cuatro años más tarde, el 11 de febrero de 1858, a Bernardita Soubirous en la cueva de Massabielle de Lourdes, en los Pirineos franceses, identificándose en patois precisamente como "la Inmaculada Concepción". De ello hace exactamente ahora ciento cincuenta años.

Cuestión distinta y aún en el dominio de lo opinable es la de la irredención de María. A primera vista, parece claro que si la Virgen fue inmaculada no requería redención. Pero muchos teólogos opinan que, si de hecho estuvo exenta del pecado original, ello no es menos que, siendo descendiente de Adán y Eva debería haberlo contraído. Ese débito necesitaba, pues, ser compensado por los méritos de Jesucristo y en este sentido María fue redimida preventivamente (con lo cual se salva, además, la universalidad de la redención, que quedaría comprometida si alguna criatura humana hubiera escapado a la exigencia de ser redimida).

Hay, empero, quienes niegan que la Virgen necesitara cualquier tipo de redención. El jesuita Florentino Alcañiz, un eximio irredentista contemporáneo, opinaba que la Virgen no tenía por qué ser redimida porque fue exceptuada expresamente por libérrima voluntad de Dios Padre, junto con la persona humana de su Hijo, de la común suerte de Adán y Eva y de sus descendientes, ya que los reservaba para sus misteriosos designios prescindiendo de si nuestros primeros padres hubieran pecado o no. No existía, pues, débito alguno, ya que Jesús y María eran asunto aparte respecto del resto de la humanidad. Por otra parte, si hubiera débito en cuanto a la Virgen, ¿a qué título hubiera estado exenta de él la persona humana de Cristo? Los redentistas afirman, entre otras cosas, que nacer de una madre inmaculada sin concurso de varón ya lo eximía de cualquier débito, pero no explican cómo se salva la universalidad de la redención si queda excluido de ella el Hijo de María, Dios ciertamente, pero también hombre verdadero. En fin, la misma palabra “redemptio” encierra el concepto de “volver a comprar algo que se había perdido”. Cristo, redimiéndonos, nos vuelve a comprar a Satanás, bajo cuyo dominio habíamos caído por el pecado. Ahora bien, suponer siquiera por un momento que la Santísima Virgen, aunque sea de manera “preventiva”, haya sido re-comprada es verdaderamente intolerable.

Creemos que aquí es de aplicación el principio de que hay que atribuir a María toda perfección que sea compatible con la dignidad de Dios. Haber sido librada incluso del débito de pecado sin que necesitara, en consecuencia, ningún tipo de redención es compatible con la dignidad de Dios, porque de todos modos todos sus privilegios los ha recibido de Él, quedando siempre como criatura contingente respecto del ser necesario. Por lo tanto, hay que atribuir a María la exención de toda necesidad de redención. De todos modos, sobre este tema, todavía disputant doctores.

Como regalo de este día de la Inmaculada hemos creído oportuno presentar a nuestros lectores una devoción privada que puede ser muy útil para preparar los misterios oficiales del Santísimo Rosario (gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos): se trata de los Protomisterios. Son también en número de cinco, como los misterios normales, y se rezan como éstos (Pater, diez Avemarías y Gloriapatri). Se refieren a cómo fue preparada la venida del Mesías por medio de María. Helos aquí:

Primer misterio. El Edicto de la redención hecho por Dios en el Paraíso después del pecado de Adán y Eva, anunciando las enemistades entre la mujer y la serpiente.
Segundo misterio. El Encuentro de Joaquín y Ana bajo la Puerta Dorada de Jerusalén, habiendo cesado su esterilidad, y la Concepción Inmaculada de su Hija.
Tercer misterio. La Natividad de la Santísima Virgen en Nazaret.
Cuarto misterio. La Presentación de la Niña María en el Templo.
Quinto misterio. Los Desposorios de la Virgen María con san José, varón justo de la Casa de David.

Es importante insistir en que estos misterios no reemplazan a los aprobados por la Iglesia, sino que son supererogatorios, son de pura devoción privada, para rezar en casa meditando en el papel peculiar que desempeñó María en la economía de salvación. Se recomienda rezarlos como preludio a los otros, especialmente en las fiestas a las que hacen alusión: la Manifestación de la Medalla Milagrosa –en la que aparece la Virgen aplastando la cabeza de la serpiente– (27 de noviembre), la Inmaculada (8 de diciembre), la Natividad (8 de septiembre), la Presentación (21 de noviembre) y los Desposorios (23 de enero). Se pueden complementar con el rezo de las Letanías Lauretanas. Esperamos que sean de provecho a quienes quieran emplearlos en sus devociones particulares.

Y no olvidemos tampoco en este día tan señalado la devoción de las Tres Avemarías, enriquecida con numerosas indulgencias y que tantas gracias atrae sobre quienes la practican. Recuérdese que consiste en decir tres veces el Avemaría con la invocación de la Inmaculada:

V. O Maria, sine labe concepta.
R. Ora pro nobis, qui confugimus ad Te.

V. Oh María, concebida sin pecado.
R. Ruega por nos, que recurrimos a Vos.

¡Feliz día de la Purísima!

1 comentario:

wimmortalis dijo...

Cito la siguiente frase en la que el autor hace referencia a la Inmaculada Concepción de la Santísima Vírgen María: "Aunque no forma parte de la revelación ni hay obligación de creer en ella,.."

La frase citada es un error desde el punto de vista de la Doctrina Católica, y el cual estimo fue involuntario, pues como bien describe más adelante el autor la Inmaculada Concepción es dogma de fe declarada Ex Cathedra por el Papa Pío IX según la Inefabilis Deus.