lunes, 29 de diciembre de 2008

Acción de gracias de fin de año




Bien dice el refrán que “es de bien nacido el ser agradecido”. Si esto vale entre los seres humanos, ¡cuánto más en nuestras relaciones con Dios! De Sus bondadosas Manos salimos; Él no sacó de la nada, nos llamó del no ser al ser y nos mantiene en la existencia por Su presencia en nosotros (sin la cual nos aniquilaríamos); por Su providencia nos sostiene; nos redimió por el sacrificio de Su Hijo, el Verbo encarnado, y nos elevó a la vida sobrenatural de la gracia, en la cual entramos y nos mantenemos por los sacramentos; ha tolerado nuestras infidelidades y recaídas hasta el día de hoy sin precipitarnos al abismo de la condenación eterna; nos ha dado por intercesora a la Santísima Virgen; nos ha puesto bajo la custodia de sus santos ángeles y accede a que los santos y bienaventurados intercedan por nosotros; nos ha colmado de bienes y si permite que a veces nos vengan males es en vista de un bien superior y para nuestro aprovechamiento; es un Padre amoroso y clemente y está siempre dispuesto a perdonar si con sincero corazón se lo pedimos. Cada uno de nosotros tiene, además, muchas razones personales para dar gracias al buen Dios.

El final del año civil es un tiempo de rememoración y recapitulación en nuestras sociedades. En cada país se hace balance de lo acontecido a lo largo de los doce meses precedentes. Es un sano ejercicio que debiéramos transportar al plano espiritual. Si el mundo se detiene a reflexionar sobre su andadura anual, ¿no nos pararemos nosotros los cristianos a meditar en todo lo que de Dios hemos recibido? Tenemos muchos motivos para estarle agradecidos en este 2008: como personas, como familias, como parroquia, como diócesis y como Iglesia. Un año más el pontificado del Santo Padre Benedicto XVI ha ilustrado la vida de los católicos, con la sabiduría humilde y bondadosa del magisterio y del ejemplo de este gran pontífice, a quien Dios guarde muchos años. La misa gregoriana sigue reconquistando los altares, de los que había sido injustamente desterrada durante décadas. 2008 ha sido el año del sesquicentenario de las apariciones de Lourdes, efeméride que ha redundado en una reafirmación universal de la devoción mariana. El cincuentenario de la muerte de Pío XII ha contribuido, por su parte, a un renacer del interés por la persona y el pontificado extraordinarios del papa Pacelli.

En España también hay razones para dar gracias. La hostilidad de la potestad civil y de ciertos sectores de la sociedad hacia la Iglesia ha fortalecido las convicciones y los sentimientos de los católicos practicantes. Se empieza a notar una saludable tendencia en los nombramientos episcopales. 2008 se cierra con una impresionante manifestación de las familias católicas en Madrid cerrando filas en torno a una treintena larga de obispos de toda España, para defender públicamente los valores imperecederos de la moral natural y católica. A pesar del laicismo imperante, de la propaganda anticatólica abierta o sibilina, de los deplorables ejemplos en los medios de comunicación y en la publicidad, España no ha dejado todavía de ser católica. Aún tenemos la Semana Santa, la Purísima, la Navidad y, aunque se pretenda vaciar a estas fiestas de su contenido religioso, están ahí como testimonio histórico y fehaciente de nuestra identidad irrenunciable. Este año Su Majestad el Rey, aunque no ha mencionado explícitamente a Nuestro Señor Jesucristo en su mensaje de Navidad (como sí lo ha hecho su prima Isabel II, la soberana británica) ha hablado teniendo como fondo el belén de la Zarzuela (con la figura de la Virgen María en plano relevante) y ha felicitado personalmente las fiestas natalicias con una tarjeta de carácter netamente religioso (representando la adoración de los Magos). Son detalles si se quiere, pero que tienen su importancia y por los que hemos de agradecer a Dios, que no permite que la hija predilecta de la Iglesia se hunda totalmente en la apostasía.

Así pues, este 31 de diciembre, día de san Silvestre y último del año civil, acudamos a nuestras iglesias para dar gracias a Dios por todos sus beneficios mediante el canto del Tedeum, el hermoso himno ambrosiano que es una de las grandes doxologías de la Liturgia católica (la otra es el Gloria in Excelsis o himno angélico). La mejor manera de ejecutarlo es delante del Santísimo manifiesto en horas vespertinas. El Papa lo hará en San Pedro de Roma durante las primeras vísperas de la festividad de la Madre de Dios (según el calendario del usus modernus del rito romano). Después del Tedeum se añaden unos versículos y oraciones de acción de gracias. Si no se puede asistir a la parroquia o a algún templo u oratorio, no por ello se debe omitir este acto, pudiéndose hacer en casa en familia, presidiendo el padre o la madre, o la persona de mayor edad y reuniendo en torno al pesebre a los hijos, a los parientes y amigos presentes y a los colaboradores del hogar. A continuación, copiamos el texto del Tedeum con la esperanza que sea de utilidad a nuestros benévolos lectores.



TE DEUM


Te Deum laudamus:
Te Dominum confitemur.
Te aeternum Patrem,
omnis terra veneratur.
Tibi omnes angeli,
Tibi caeli et universae potestates:
Tibi cherubim et seraphim,
incessabili voce proclamant:
Sanctus,
Sanctus, Sanctus
Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra
majestatis gloriae tuae.
Te gloriosus Apostolorum chorus,
Te prophetarum laudabilis numerus,
Te martyrum candidatus
laudat exercitus.
Te per orbem terrarum
sancta confitetur Ecclesia,
Patrem
immensae maiestatis;
venerandum tuum verum
et unicum Filium;
Sanctum quoque
Paraclitum Spiritum.
Tu rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu, ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.
Tu, devicto mortis aculeo,
aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes,
in gloria Patris.
Iudex crederis
esse venturus.
Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni,
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac
cum sanctis tuis in gloria numerari.
Salvum fac populum tuum, Domine,
et benedic hereditati tuae.
Et rege eos,
et extolle illos usque in aeternum.
Per singulos dies
benedicimus te;
et laudamus nomen tuum in saeculum,
et in saeculum saeculi.
Dignare, Domine, die isto
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine,
miserere nostri.
Fiat misericordia tua, Domine, super nos,
quem ad modum speravimus in te.
In te, Domine, speravi:
non confundar in aeternum.



A Ti, oh Dios, te alabamos,
a Ti, Señor, te reconocemos.
A Ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.
Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.
A Ti te ensalza
el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.
A Ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra,
te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.
Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.
Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.
Creemos que un día
has de venir como juez.
Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.
Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de Ti.
En Ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.

Vínculo con el canto del Tedeum: