miércoles, 10 de diciembre de 2008

La Santa Casa y las Letanías Lauretanas




Hoy se conmemora la festividad de la Traslación de la Santa Casa de Loreto. ¿En qué consistió este episodio que ha quedado marcado en la liturgia y en el calendario católico? Debemos hacer un poco de Historia. Resulta que los sarracenos, triunfantes de las Cruzadas hacia finales del siglo XIII, decidieron arrasar los lugares más significados de Tierra Santa para que desapareciera toda traza de culto cristiano de Palestina. Unos de los más venerados era la casa que había habitado la Sagrada Familia en Nazaret, sobre la que la emperatriz santa Elena había hecho edificar una basílica y que desde tiempo muy antiguo era meta de peregrinos. Uno de los más ilustres había sido san Luis IX de Francia, que acudió para dar gracias por haber sido liberado del cautiverio en el que había caído en Egipto durante la Séptima Cruzada y mandó celebrar una solemne misa de acción de gracias. Pero en 1263, los musulmanes destruyeron la basílica, aunque providencialmente la Santa Casa no fue tocada. A punto estaba de cernirse sobre ésta la furia musulmana cuando milagrosamente desapareció, siendo trasladada por ministerio de ángeles a Trsat en la actual Croacia: ocurría ello el 12 de mayo de 1291.

En Trsat los habitantes se encontraron de la noche a la mañana con una casa sin cimientos colocada en un paraje donde la víspera no había nada. Hallaron en su interior una imagen de la Virgen con el Niño sobre un altar de piedra, que en seguida fue objeto de veneración. Pocos días después, la Madre de Dios se apareció a un sacerdote del lugar, de nombre Alejandro, y le explicó que la casa era la misma donde había tenido lugar la Anunciación del arcángel Gabriel. Comenzaron entonces a afluir las gentes en peregrinación y se construyó un cobertizo para proteger los sagrados muros. Sin embargo, no permaneció la casa por mucho tiempo en Trsat. El 10 de diciembre de 1294 aparecía al otro lado del Adriático, en la localidad italiana de Loreto (Lauretum), cerca de Ancona.

Cuéntase que los habitantes del lugar reportaron haber visto venir del mar la casa llevada por ángeles, a los que comandaba uno con capa roja (que fue identificado como san Miguel Arcángel), y que la Virgen con el Niño estaban sentados sobre ella. También declararon haber oído cómo los ángeles entonaban unos cánticos a modo de invocaciones a María Santísima: como una hermosa letanía. La Santa Casa fue depositada en un sitio llamado Banderuola, al que empezaron a acudir los peregrinos. Hubo dos transportes más en la misma localidad: a un cerro, propiedad de dos hermanos que empezaron a disputar acremente por el dominio del terreno, y al actual emplazamiento, donde ha permanecido el sagrado monumento por más de setecientos años, habiéndose construido sobre él, para protegerlo, una hermosa basílica.

El fondo histórico de esta piadosa y bella tradición es que los cruzados que aún quedaron en Tierra Santa quisieron salvar todas las reliquias cristianas que pudieron y, entre ellas, la santa casa de Nazaret. Por eso decidieron llevársela, desmontando sus muros y reconstruyéndola piedra por piedra en un lugar más seguro. En ese momento, las repúblicas de Venecia y Génova dominaban todavía el Mediterráneo Oriental, mientras el basileus bizantino debía enfrentarse a la cada vez mayor amenaza de la Medialuna. No es raro, pues, que, la casa llegara por mar a las costas croatas y se quedara en Trsat, bajo la protección del rey apostólico de Hungría.

Parece ser que el traslado desde Palestina se llevó a cabo gracias a Nicéforo I Comneno Dukas, déspota del Epiro (1271-1297), perteneciente a la dinastía de los Ángeles o Angelina (que había reinado en Bizancio entre 1185 y 1204). Este detalle genealógico nos da un dato sobre el origen de la creencia en la intervención angélica en la traslación. Más tarde, juzgando acaso que los Balcanes no ofrecían una total garantía de seguridad contra la amenaza musulmana, se decidió volver a desmontar la casa para reconstruirla esta vez en la Península Itálica, a razonablemente buen recaudo de aquélla.

La autenticidad de la monumental reliquia está avalada por datos históricos y arqueológicos. Entre los primeros no es de poca importancia el hecho de que ya desde Trsat se hizo una indagación sobre si realmente se trataba de lo que afirmaba la voz pública. Así, se envió a Tierra Santa a unos comisionados que, bajo la protección de los cruzados que quedaban allá, fueron al emplazamiento donde tradicionalmente había estado la Santa Casa. Efectuaron una inspección ocular y preguntaron a los lugareños. Con las informaciones que recabaron, se tuvo el convencimiento de la autenticidad de la reliquia nazarena. Modernamente se han hecho investigaciones con los auxilios de la moderna ciencia arqueológica y se ha llegado a la misma conclusión: la Santa Casa de Loreto es la casa que la Sagrada Familia habitaba en Nazaret (o al menos, es una casa de la época y del entorno de la Sagrada Familia). Sobre ella se construyó la rica y hermosa basílica que hoy se puede admirar y que visitó en peregrinación el beato Juan XXIII en el célebre breve viaje apostólico que emprendió en 1961 a Asís y a Loreto para encomendar su concilio.

¿Y las Letanías?

En el santuario de Loreto se cantaban desde principios del siglo XVI unas letanías a la Virgen, de hermosa simbología. Algunos han querido hacer remontar su origen a las invocaciones de los ángeles mientras trasladaban la Santa Casa. Más tarde, hacia 1575, aparecieron unas nuevas letanías de inspiración bíblica y que se hicieron tan populares que acabaron desplazando a las más antiguas y fueron finalmente aprobadas en 1587 por Sixto V, que les concedió indulgencias. Pero, dado el éxito de éstas proliferaron en pocos años nuevas letanías hasta el punto que en Loreto se llegó a tener una para cada día. La situación se hizo tan exagerada que Clemente VIII prohibió todas las que no se hallaran en el Misal o el Breviario. Las Lauretanas aprobadas por Sixto V, al estar incluidas en el Breviario, se salvaron. Es más, Pablo V mandó en 1605 que se cantasen en las fiestas principales de la Virgen en la basílica romana de Santa María la Mayor y las incluyó en la edición típica del Rituale Romanum. Los dominicos contribuyeron a su difusión por todo el orbe católico al adoptarlas como preceptivas en todos sus conventos los sábados después de las oraciones de la tarde.

Desde entonces quedaron fijadas, sin que pudiera añadirse ninguna invocación nueva a no ser por autoridad papal. En España había el privilegio de añadir “Mater Immaculata, ora pro nobis” por la especial y tradicional adhesión de la nación al misterio de la Inmaculada Concepción. Más tarde esta invocación quedó incorporada definitivamente a las letanías. Algunos papas contemporáneos hicieron sus propias adiciones. El beato Pío IX, que definió el dogma de la Inmaculada, añadió “Regina sine labe originali concepta, ora pro nobis”. León XIII, que prácticamente publicó una encíclica dedicada al Rosario cada año, insertó “Regina Sacratissimi Rosarii, ora pro nobis”, y también “Mater Boni consilii, ora pro nobis”. Benedicto XV, el pontífice que se prodigó por detener la Gran Guerra, agregó “Regina pacis, ora pro nobis”. Pío XII, que definió el dogma de la Asunción, incorporó "Regina in coelum Assumpta, ora pro nobis”. Pablo VI introdujo “Mater Ecclesiae, ora pro nobis”. Juan Pablo II, en fin, incluyó “Regina familiae, ora pro nobis”. Algunas órdenes religiosas también añadieron por su cuenta otras invocaiones, siempre eso sí con aprobación apostólica. Por ejemplo, los franciscanos: “Regina Ordinis Minorum, ora pro nobis”.

Existen otras letanías en honor a la Virgen y a imitación de las lauretanas, pero que no son de uso general. Entre ellas merecen especial mención las Letanías Peruanas, que recibieron el placet de Pablo V en 1605, y las Letanías de Dolores, compuestas por Pío VII en 1809 aunque para uso privado solamente. De ambas nos ocuparemos en este mismo costumbrario oportunamente. Las Letanías Lauretanas son un hermoso compendio de teología mariana y muestran cómo la Santísima Virgen está inserta de modo especialísimo en la economía de la salvación. No han de recitarse de carrerilla ni cansinamente, sino meditando cada invocación mientras se pronuncia de modo pausado y rítmico. Mejor cantadas que rezadas, según aquello de que qui cantat bis orat, pero aun en el rezo privado y silencioso de cada uno son una fuente maravillosa de santos pensamientos.

LITANIAE LAVRETANAE BEATAE MARIAE VIRGINIS

Kyrie, eleison.
Christe, eleison.
Kyrie, eleison.
Christe, audi nos.
Christe, exaudi nos.
Pater de coelis, Deus, miserere nobis.
Filii, Redemptor Mundi, Deus, miserere nobis.
Spiritus Sancte, Deus, miserere nobis.
Sancta Trinitas, unus Deus, miserere nobis.
Sancta Maria, ora pro nobis.
Sancta Dei Genitrix, ora pro nobis.
Sancta Virgo virginum, ora pro nobis.
Mater Christi, ora pro nobis.
Mater Ecclesiae, ora pro nobis.
Mater Divinae Gratiae, ora pro nobis.
Mater purissima, ora pro nobis.
Mater castissima, ora pro nobis.
Mater inviolata, ora pro nobis.
Mater intemerata, ora pro nobis.
Mater inmaculata, ora pro nobis.
Mater amabilis, ora pro nobis.
Mater admirabilis, ora pro nobis.
Mater boni consilii, ora pro nobis.
Mater Creatoris, ora pro nobis.
Mater Salvatoris, ora pro nobis.
Virgo prudentissima, ora pro nobis.
Virgo veneranda, ora pro nobis.
Virgo predicanda, ora pro nobis.
Virgo potens, ora pro nobis.
Virgo clemens, ora pro nobis.
Virgo fidelis, ora pro nobis.
Speculum Iustitiae, ora pro nobis.
Sedes sapientae, ora pro nobis.
Causae nostrae letitiae, ora pro nobis.
Vas spirituale, ora pro nobis.
Vas honorabile, ora pro nobis.
Vas insigne devotionis, ora pro nobis.
Rosa Mystica, ora pro nobis.
Turris davidica, ora pro nobis..
Turris eburnea, ora pro nobis.
Domus aurea, ora pro nobis.
Foederis arca, ora pro nobis.
Ianua Coeli, ora pro nobis.
Stella matutina, ora pro nobis.
Salus infirmorum, ora pro nobis.
Refugium peccatorum, ora pro nobis.
Consolatrix afflictorum, ora pro nobis.
Auxilium christianorum, ora pro nobis.
Regina Angelorum, ora pro nobis.
Regina Patriarcharum, ora pro nobis.
Regina Profetarum, ora pro nobis.
Regina Apostolorum, ora pro nobis.
Regina Martyrum, ora pro nobis.
Regina Confessorum, ora pro nobis.
Regina Virginum, ora pro nobis.
Regina sanctorum omnium, ora pro nobis.
Regina sine labe originale concepta, ora pro nobis.
Regina in coelum assumpta, ora pro nobis.
Regina Sacratissimi Rosarii, ora pro nobis.
Regina familiae, ora pro nobis
Regina pacis, ora pro nobis.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, parce nobis, Domine.
Agnus Dei qui tollis peccata mundi, exaudi nos, Domine.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis.

Ant. Sub tuum praesidium configimus, Sancta Dei Genetrix: nostras deprecationes ne despicias in necesitatibus, sed a periculis cunctis liber nos semper, Virgo gloriosa et benedicta.

Per annum:

V. Ora pro nobis, Sancta Dei Genitrix.
R. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.

Oremus. Concede nos famulos tuos, quaesumus, Domine Deus, perpetua mentis et corporis sanitate gaudere: et gloriosa beatae Mariae semper Virginis intercessione, a praesenti liberari tristitia, et aeterna perfrui laetitia. Per Christum Dominum nostrum. R. Amen.

Tempore Adventus:

V. Angelus Domini nuntiavit Mariae,
R. Et concepit de Spiritu Sancto.

Oremus. Deus, qui de beatae Mariae Virginis utero Verbum tuum, Angelo nuntiante, carnem suscipere voluisti: praesta supplicibus tuis; ut, qui vere eam Genitricem Dei credimus, eius apud te intercessionibus adiuvemur. Per Christum Dominum nostrum. R. Amen.

Tempore Nativitatis:

V. Post partum, Virgo, inviolata permansisti,
R. Dei Genetrix, intercede pro nobis.

Oremus. Deus, qui salutis aeternae, beatae Mariae virginitate fecunda, humano generi praemia praestitisti: tribue, quaesumus; ut ipsam pro nobis intercedere sentiamus, per quam meruimus Filius tuum auctorem vitae suscipere. Qui tecum vivit et regnat in saecula saeculorum. R. Amen.

Tempore Paschali:

V. Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia.
R. Quia surrexit Dominus vere, alleluia.

Oremus. Deus, qui per resurrectionem Filii tui, Domini nostri Iesu Christi, mundum laetificare dignatus es: praesta, quaesumus: ut, per eius Genitricem Virginem Mariam, perpetuae capiamus gaudia vitae. Per eundem Christum Dominum nostrum. R. Amen.